menos la disminución del bienestar general provoca da por la pérdida de conocimiento nuevo sufrida por la sociedad. Y, análogamente, en todos los casos rea les y posibles. Pero Mili sólo prueba que una de las consecuencias (la autorrealización) de la política que defiende aumenta el bienestar general.
Aunque no la prueba, la tesis de Mili puede, no obstante, ser verdadera. La cuestión que debemos plantearnos es la de si existe alguna excepción a ella. El propio Mili aduce una, referida al caso en que las circunstancias son tales que la expresión de la opi nión constituye una instigación a un acto dañino. Pero como esas instigaciones evidentemente dañan a otros, caen fuera del dominio de su principio y, por lo tanto, no pueden ser excepciones a él. Consi derando que no puedo imaginar ninguna excepción, me inclino a pensar que el principio es verdadero. En la ilustración que acabo de dar, por ejemplo, no me consideraría moralmente justificado para impe dir al hombre publicar su crítica.
Es interesante observar, por último, que en Líber-
tad Mili no defiende el libre pensamiento de la ma
nera en que uno, basado en su Lógica, esperaría. Hemos visto que Mili acepta la interpretación inte lectual de la historia que hace Comte, según la cual el progreso en la esfera intelectual de la vida es la causa predominante del progreso en todas las demás esferas. Se podría haber esperado, por consiguiente, que Mili defendiera el pensamiento libre sobre la base de que es una condición necesaria de progreso en la esfera intelectual. De hecho, así lo hace Bury en su History of Freedom of Thought (Historia de
la libertad de pensamiento).
EL DERECHO A LA LIBERTAD DE ACCION
La prueba dada por Mili de la existencia del derecho absoluto del individuo a la libertad respecto de actos
MILL 7 5
que no perjudican a otros, prueba derivada en gran medida de von Humboldt, es como sigue. El desa rrollo de la personalidad, o autorrealización, es un
constituyente del bienestar general; y la libertad de
acción es una de las dos condiciones necesarias para la autorrealización (la otra es la «variedad de situa ciones»). Además, la autorrealización es una causa de aumento en el bienestar, puesto que aquellos que se desarrollan inducen a los no desarrollados a hacerlo también al dar «el ejemplo de una conducta más es clarecida y de un mejor gusto y sentido de la vida humana».
Mili sostiene que el derecho es incondicionado por que el bienestar general es siempre cuidadosamente evalorado y llevado al máximo, si se respeta el de recho. Considérese, por ejemplo, la prohibición de vender, y por consiguiente la de consumir, bebidas alcohólicas. La tesis de Mili es la de que, desde el punto de vista del bienestar general, es preferible la primera a la segunda de las siguientes situaciones:
1) la autorrealización para la cual la venta libre es indispensable, menos el daño causado por el consumo excesivo de bebidas y 2) la ausencia de daño causado por el excesivo consumo de bebidas menos la pérdi da de autorrealización causada por la prohibición. Y, análogamente, en todos los casos reales y posibles.
Mili piensa que su tesis obtiene un fuerte apoyo cuando consideramos que las restricciones a esta li bertad no tienden en absoluto a favorecer los inte reses del individuo. La razón estriba en que si bien es una verdad importante la de que los hombres son por lo general los mejores jueces de sus propios inte reses, de ninguna manera es cierto que son los me jores jueces de los intereses ajenos. La prohibición, como acabamos de ver, tiene de todos modos una consecuencia benéfica, pero las restricciones a actos del individuo referidos a sí mismo tienden a aseme jarse a la legislación puritana en contra de las piezas teatrales y los conciertos, que no dio ningún buen
resultado. Además, Mili observa que tales restriccio* nes son tan impracticables como erróneas pues los hombres no se detienen ante ellas.
Mili procura, naturalmente, que su principio in cluya la prevención. Si un policía ve a un hombre con un fusil apuntando a otro tiene por supuesto el derecho y el deber de contener al primero antes de que dañe al segundo. Él principio afirma, en efecto, que la sociedad sólo está justificada cuando impide al individuo ejecutar actos que dañan, o que segura mente o probablemente dañarán, a otros.
Mili considera y rechaza la objeción de que, de he cho, no hay actos que afecten sólo al agente directa mente y en primera instancia. Cree que las supues tas dificultades se superan al trazar distinciones apro piadas. Así, aunque nadie debe ser castigado por es tar borracho, es justificado castigar a un policía que está borracho mientras se halla en funciones puesto que el efecto de su incapacidad causará seguramente, o probablemente, daño a otros.
Mili piensa que los grandes enemigos de la auto- rrealización son «el despotismo de la costumbre» y «la tiranía de la opinión». Estas fuerzas son ahora tan poderosas que es deseable que ocurra un auto- desarrollo de cualquier tipo, aunque se dé en direc ciones indeseables, a fin de que la sociedad pueda familiarizarse con la existencia de una variedad de caracteres y se incline así a tolerar esta situación.
Aunque la tendencia presente es la de coartar la libertad injustificadamente, hay casos en que la li bertad es excesiva. Mili cree que la libertad de los padres de hacer totalmente su voluntad con sus hi jos se apoya en la errónea idea de que éstos son tan «suyos» como sus propios miembros, de modo que los actos que afectan a sus hijos son realmente actos referidos a ellos mismos.
Para finalizar, Mili toca dos importantes temas re lativos a los límites adecuados de la intervención del gobierno y que no se relacionan, estrictamente, con
M I L L 7 7
su principio de libertad. Hay, en primer término, una interferencia gubernamental «autoritaria» o coerci tiva en la industria y el comercio. Esta interferencia se deñende habitualmente sobre la base de que don de hay perjuicio para otros (la ruina provocada por la competencia, por ejemplo) debe haber restriccio nes; pero el principio de la libertad de Mili no afirma esto sino que donde no hay perjuicio para otros no' debe haber restricciones. De hecho. Mili sostiene so bre bases utilitarias que el laissez-faire debe ser la regla general, aunque con muchas excepciones. Hay, en segundo lugar, intervenciones «no autoritarias» o no coercitivas del gobierno, como por ejemplo el suministro, pero no monopolio, de la educación. El principio de la libertad no se aplica evidentemente aquí puesto que no hay violación de la libertad. Sin embargo, Mili piensa que hay tres objeciones convin centes contra este tipo de intervención: primera, la de que los ciudadanos son en general las personas más aptas para llevar adelante los negocios en que están interesados; segunda, la de que, aun cuando no sean las personas más aptas, es siempre mejor que lo hagan ellos «como un medio para su propia educación mental»; y, sobre todo, la de que per mitir estas intervenciones es aumentar el poder gu bernamental más allá de lo necesario o deseable.
Se advertirá que la prueba de un derecho abso luto a la libertad de acción dada por Mili sirve, sin duda, para probar un derecho incondicionado o abso luto, de modo que escapa a la principal objeción que hice en contra de su prueba de un derecho absoluto a la libertad de pensamiento y expresión. La cuestión de si su principio relativo a la libertad de acción es de hecho verdadero puede contestarse más senci llamente y de manera análoga a la cuestión corres pondiente relativa al pensamiento libre, es decir, bus cando excepciones. Aqui también, dado que no pue do hallar ninguna excepción, me inclino a pensar que el principio es verdadero. Para tomar ejemplos
78 LA FILOSOFIA EN LA SECUNDA MITAD DEL SIGLO XIX
corrientes, no me parece obvio que cuando ningún otro sufre daño y las personas en cuestión son adul- tas, sea moralmente justificable impedir físicamente el suicidio voluntario, prohibir la venta y el uso de opio o encarcelar a quienes voluntariamente reali zan prácticas homosexuales.
Fitzjames Stephen señala que el principio mílliano de la libertad, unido a la doctrina mencionada más arriba relativa a los «inconvenientes estrictamente inseparables del juicio desfavorable de los demás» acerca de la conducta de un hombre respecto de sí mismo, implica serias consecuencias. Entre ellas, por ejemplo, la de que la sociedad está moralmente jus tificada al rehusar empleo a un borracho consuetu dinario pero no está moralmente justificada al vio lar su libertad amenazándolo con una multa si se emborracha. El mismo individuo podría argumentar, no sin razón, que si la sociedad procede equivocada mente al infligirle el pequeño daño de una leve ame naza por estar habitualmente borracho, se equivoca
a fortiori al infligirle por su mala conducta el daño
mucho mayor del desempleo crónico.
Unas pocas palabras, por último, acerca de las en señanzas de Mili sobre el valor de la libertad. El cree, evidentemente, que la libertad social es una buena cosa, en lo cual sin duda está acertado pues todos decimos lo mismo, incluso los apologistas de la tiranía, que, si no fuera así, no defenderían a ésta con el argumento de que el ciudadano es realmente libre cuando está constreñido por el gobierno. La única cuestión es, entonces, por qué es, o qué es lo que la hace ser, una buena cosa. La respuesta de Mili, como hemos visto, es la de que las libertades de pensamiento y acción, que unidas componen la libertad en su conjunto, son condiciones necesarias para la autorrealización, la que, a su vez, es un cons tituyente del bienestar general. Pero si bien esto, en sí mismo, parece cierto, no creo de ningún modo que sea una explicación completa. Como vimos antes.
MILL 79
puede sostenerse que la libertad de pensamiento es buena sobre la base de que es una condición nece saria para el avance del conocimiento. Y hay dos ra zones más que vale la pena mencionar. La primera es la de que, por lo general, la libertad causa una sensación de espontaneidad y la constricción un sen
timiento de frustración que los hombres consideran, respectivamente, un gran bien y un gran mal. La segunda es la de que la libertad favorece, al menos en cierta medida, la moralidad y el carácter, puesto que a veces la constricción, aunque sin duda no siem pre, destruye la moralidad al excluir la elección y debilita el carácter al eliminar la responsabilidad. Y puede haber todavía más razones por las cuales la libertad es una buena cosa.
EL SIGNIFICADO Y LA VERDAD DEL PRINCIPIO DE UTILIDAD
«Es tarea de la ética», dice Mili, «decirnos cuáles son nuestros deberes o mediante qué prueba podemos co nocerlos». Añade que tal prueba constituye «el me
dio ... para averiguar qué es lo justo y lo injusto y no
una consecuencia de haberlo averiguado ya» (el sub rayado me pertenece).
El objetivo primordial de Mili en El utilitarismo es explicar el significado y probar la verdad del «pri mer principio de la moral», esto es, el principio de la utilidad (o mayor felicidad) que, de ser verdadero, suministraría la prueba de la justicia o¡ injusticia de las acciones. También se propone defender la «escue la ética inductiva» en contra de la intuitiva. Los principales representantes de la primera son Ben- tham y él mismo, y los de la segunda Kant y Whe- well. Estos últimos sostienen que los principios mo rales son verdades evidentes a priori mientras que los primeros afirman que tanto el primer principio como los «principios secundarios» son generaliza-
80 LA FILOSOFIA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX
ciones verdaderas a posteriori o consecuencias de es tas generalizaciones.
El principio de la utilidad es el juicio de que la felicidad es la única cosa deseable como fin (o el único bien intrínseco), y /o que las acciones son jus tas en la medida en que tienden a producir felici dad e injustas en la medida en que tienden a pro ducir infelicidad. En esta última fórmula «acciones» significa «clases de acciones» (el homicidio, por ejem plo) y no acciones particulares. La prueba de la jus ticia (o injusticia) de una acción particular es habi
tualmente su pertenencia a una dase de acciones, la
mayoría de las cuales producen felicidad (o infeli cidad). Por lo tanto, una acción particular que per tenece a determinada clase es hábitualmente injus ta, aunque produzca felicidad. Pero es a veces justa si produce felicidad, aun cuando pertenezca a una clase de acciones cuya mayoría produce infeliddad (el homicidio, por ejemplo, a veces está justificado). Por consiguiente, la prueba de la justicia de clases de acciones puede aplicarse a acciones particulares también; pero la prueba normal de la justicia de acciones particulares no puede lógicamente aplicar se también a clases de acciones *. Por «felicidad» se entiende «placer y ausencia de dolor» y «la felicidad general» se opone a la del propio agente. Todas las cosas deseables que no sean la felicidad se desean como medios para la producción de placer o la pre vención del dolor.
Si la prueba de la justicia de los actos es tal como la hemos descrito, la motivación del agente no pue de ser la prueba (o una prueba) de ella. Pero sí es una prueba de la bondad del agente. Desde el punto
* Considerando que lo que realmente quiere decir Mili en relación con este tema es objeto de polémica, debo señalar que tomo mi interpretación de la parte de su ensayo sobre la filosofía moral de Whewell que está dedicada a responder a las objeciones de éste en contra del principio de utilidad, pa saje que contiene la formulación más clara de su opinión sobre el problema.
MILL 81
de vista utilitario un hombre es bueno o virtuoso si su motivación es la de promover la felicidad general. Esto no significa, sin embargo, que el hombre bueno esté tratando siempre de hacer a todos, o a un gran número de otras personas, felices. Pocos son los que pueden ser benefactores públicos; los objetos de la beneficencia de la mayoría de la gente están restrin gidos a unas pocas personas.
Los placeres difieren por su clase (o cualidad) así como por su intensidad (o cantidad), y un placer puede ser más deseable que otro, ya sea porque es más intenso o porque pertenece a una clase más alta. Una clase de placer es más alta que otra cuan do es preferida en lugar de ella por todos o la ma yor parte de los jueces calificados, o sea por aquellos que han tenido experiencia de ambas clases de pla cer. De hecho, dichos jueces prefieren normalmente los placeres que acompañan el ejercicio de las facul tades superiores.
La política correcta que ha de seguir el legislador es la de elaborar leyes y ordenamientos sociales que aseguren que el individuo promoverá la felicidad ge. neral al promover su propia felicidad, y usar las fuerzas de la educación y la opinión para obtener que el individuo asocie la felicidad general con la suya. De esta manera el legislador dará a los hom bres un respaldo o estímulo «artificial» para produ cir la felicidad general, pero ellos también tienen un respaldo «natural» para hacerlo dado por sus senti mientos sociales o, en otras palabras, por su «sen timiento de unidad con todo el resto».
Mili responde a la objeción en contra del utilitaris mo, según la cual no es posible estimar los efectos ciertos o probables de una acción particular sobre la felicidad general, de la siguiente manera. Normal mente no necesitamos hacer tales estimaciones pues to que, como hemos visto, todo lo que por lo común tenemos que hacer para juzgar la justicia de una ac ción particular es establecer si pertenece a una clase
de acciones que tienden a promover la felicidad o la infelicidad. Las generalizaciones proporcionales que dan esta información acerca de clases de acciones son los «principios secundarios» de la moral; y uno de los sentidos en que el utilitarismo es una filosofía empírica, inductiva y «científica» de la moral, deriva de su insistencia en que estos principios secundarios son generalizaciones empíricas. La mayoría de las cuestiones morales acerca de actos particulares pue den por lo tanto resolverse aplicando los principios secundarios. Pero no todas, pues cuando el caso cae bajo dos principios secundarios en conflicto debe aplicarse directamente al acto particular el primer principio. Por ejemplo, un recluta del ejército que considera si es justo desobedecer a una orden de incorporación, podría estimar que su caso cae bajo dos principios secundarios en conflicto: «El homi cidio es generalmente injusto» y «La obediencia a las leyes es generalmente justa». El individuo ha de es timar entonces los efectos directos sobre la felicidad general de su obediencia y desobediencia a la orden, respectivamente, y decidir en consecuencia.
Mili sostiene que una consecuencia lógica del prin cipio de utilidad es el principio de igualdad, según el cual debemos considerar «la felicidad de una per sona, supuesta igual en grado (y hecha una asigna ción debida de la clase) ... exactamente del mismo va lor que la de otra». Una consecuencia lógica de este «derecho igual de todos a la felicidad» es, a su vez, «el derecho igual de todos a los medios de la felici dad». Estos derechos iguales no son, por supuesto, derechos a una cuota igual de felicidad y de medios para obtenerla, pues están supeditados a menudo a consideraciones de utilidad general; y supeditados con justicia. Por ejemplo, la pretensión de igualdad en los ingresos puede rechazarse sobre la base de que la felicidad general se promueve más en virtud del primero que del segundo de los siguientes estar dos de cosas: 1) una mayor riqueza nacional y desi-
M ILL 83
gualdad de los ingresos como aliciente necesario para producirla; y 2) la igualdad de los ingresos y en consecuencia menos riqueza nacional. El significado del principio de igualdad de Mili es, más bien, el de que «todas las personas ... tienen un derecho (moral) a la igualdad de trato, excepto cuando alguna reco nocida conveniencia social requiere lo contrario».
Hasta aqui vimos lo concerniente al significado y derivaciones del principio de utilidad; consideremos ahora la prueba de su verdad. Mili la prologa con la observación de que no es una prueba en el sentido ordinario del término porque las cuestiones relativas a los fines últimos no son abordables mediante tales pruebas. La prueba es ésta: 1) La propia felicidad (o placer) es la única cosa que toda persona desea para si misma. Por lo tanto, 2) la felicidad general (o la felicidad de todos) es la única cosa deseada por to dos para si mismos. 3) Ser deseado implica ser desea ble (o bueno). En consecuencia, 4) la felicidad gene ral es la única cosa intrínsecamente buena; y/o 5) la prueba de la justicia de las acciones es su tendencia a promover la felicidad general.
Mili suministra las siguientes elucidaciones de las