Una densa neblina que roba el calor del Sol y desdibuja la visión de las cosas reduciendo el límite de visibilidad a ochocientos metros echa a perder a veces los días de verano en Inglaterra. Esta neblina me llenaba de perplejidad, pues no podía recordar haberla visto de muchacho ni hasta 1950, más o menos. Sospeché que se trataba de algún tipo de contaminación atmosférica, como el smog, o niebla tóxica, pero las nieblas tóxicas de Inglaterra eran fenómenos invernales que se nutrían de los humos de las chimeneas. El desastroso smog de 1952 acabó con la vida de 4.000 personas en una noche y todavía vive en nuestro recuerdo, pero, desde entonces, los combustibles sin humo han sustituido al carbón sulfuroso, y el cielo invernal es claro incluso en Londres. ¿Qué era, pues, aquel nuevo miasma que estropeaba la atmósfera estival? ¿Qué fenómeno puritano impedía a nuestros ojos disfrutar del paisaje rural ingles, florido y exuberante? Mis amigos científicos no tenían una explicación; dudaban incluso de mis recuerdos de una atmósfera limpia antes de la Segunda Guerra Mundial. Una persona cuyos escritos me hicieron sospechar que escucharía con simpatía mis preocupaciones era Hubert Lamb. Formaba parte del equipo del Servicio Meteorológico de Bracknell, y allí fui para ver si podía explicarlo.
En 1966, el Servicio Meteorológico se hallaba en la nueva ciudad de Bracknell. Era mi primera visita a aquel organismo y me asombró descubrir que formaba parte del ministerio de Defensa. Los ingleses hemos sido siempre algo paranoicos con el tiempo, pero aquello me pareció demasiado. ¿Lo considerábamos ahora un recurso y un tesoro nacional que necesitaba la protección del ejército? Curiosamente Estados Unidos, que tensaba entonces sus músculos Milltares y estaba obsesionado con el secretismo, había asignado su servicio meteorológico al departamento de Comercio. Quizá pensaban que su tiempo era lo bastante bueno como para ponerlo en venta. Tras ganarme su buena voluntad, los guardias de aquel establecimiento del ministerio de Defensa me dieron un pase de visita y me condujeron al despacho de Hubert Lamb. Aunque me recibió con afecto, parecía sentirse incómodo por una norma del servicio que le exigía cobrarme por mi conversación con él. Los honorarios eran de cinco libras. Era evidente que le irritaba tener que exigir unos honorarios a los científicos que le visitaban, pero los burócratas los habían impuesto, y a mí sólo me parecía un motivo de indignación o un medio disuasorio. Disfrutamos de una charla animada sobre los fenómenos atmosféricos, me quedé a comer y conocí a otras personas que parecieron igualmente interesadas por mis observaciones sobre la neblina. Lo que pareció despertar su interés y hacerles tomarme en serio fue la presentación de mis observaciones en forma de gráficos. En ellos se comparaba la neblina de Wiltshire con la de Los Angeles según cambiaba a lo largo de la estación. El smog del Wiltshire rural era en verano casi tan malo como el de la ciudad estadounidense.
A finales de la década de 1960, tomar mediciones de la densidad de la neblina con un fotómetro solar se había convertido en Bower-chalke en un rito familiar. Utilizábamos un sencillo instrumento manual a pilas que me había prestado Robert McCormick, meteorólogo del NOAA. En Inglaterra se tomaban pocas mediciones de ese tipo, y Hubert Lamb pensó que la gama de variaciones de visibilidad observada a diario en las estaciones meteorológicas a lo largo y an-;ho de las Islas Británicas debería ser suficiente. Tenían que propor-;ionar alguna prueba de si se habían producido cambios en la neblina con el paso del tiempo. Mi hija Christine estaba tan interesada como yo por aquel fenómeno y se había encargado de los datos del fotómetro. Le tramité, junto con Lamb, una autorización para visitar la biblioteca del Servicio Meteorológico y anotar los grados de visiibilidad remontándose al inicio del siglo. Fue un ejercicio decepcionante: los datos registrados no permitían discernir ninguna tenencia. Pero yo no soy de esa clase de científicos que se desaniman por una serie de datos desfavorables. La neblina de la Inglaterra meridional me parecía similar al smog y pensé seriamente en recoger más pruebas que confirmaran o refutaran mis ideas sobre su origen.
Se me ocurrió que un análisis del aire limpio y el neblinoso podría proporcionarme datos sobre el origen de la neblina. Podía recoger partículas de la neblina que oscurecía el aire haciendo que impactaran sobre portaobjetos de microscopio adhesivos, o bien analizar el aire para encontrar dióxido de azufre y otros productos de combustión. Sin embargo decidí no realizar ninguna de esas dos pruebas, en parte porque los métodos analíticos conocidos no eran lo bastante sensibles, pero, sobre todo, porque la presencia en la atmósfera de pequeñas cantidades de sustancias químicas productoras de neblina no nos dice nada sobre el origen del aire que las contiene. Podrían proceder de emisiones naturales o de la actividad agrícola o también de fuentes industriales urbanas. Una auténtica prueba consistiría en detectar en el aire rural alguna sustancia cuyo origen se hallase de forma inequívoca en una región industrial urbana y no proviniera de ningún modo, o de forma sólo desdeñable, de fuentes existentes en el campo. Un tipo de sustancia que se amoldaba bien a estas especificaciones eran los CFC, utilizados entonces en botes de aerosol y en frigoríficos. La mayor liberación de compuestos de este tipo se da, con mucho, en las grandes ciudades. Para mayor suerte, en mi laboratorio de Bowerchalke tenía un aparato capaz de detectarlos y medirlos con facilidad, incluso en diluciones sumamente altas.
Así pues, en 1969 iniciamos en Bowerchalke la medición simultánea de la neblina, la dirección del viento y la presencia del cloro-fluorocarbono FC11. Aquel mismo año, en fechas posteriores, tomé esas mismas mediciones en Adrigole, en el extremo occidental de Irlanda. Tanto en Adrigole como en Bowerchalke, los CFC abundaban más cuando la atmósfera era neblinosa; al parecer, mi idea de que la neblina tenía origen humano era correcta. Publiqué los resultados en el Journal of Atmospheric Environment. Elegí aquella revista porque su director era mi amigo Jim Podge, miembro entonces del equipo del Centro Nacional de Investigación Atmosférica (National Center of Atmospheric Research, NCAR). Tener un amigo como director de una publicación facilita el tedioso proceso de acatar la tiranía de la revisión por unos expertos que se designan a sí mismos. El director podía al menos seleccionar a los revisores entre una lista de críticos fiables que tratarían el artículo de manera razonable, y no entre un grupo de personas que deseaban contar con una oportunidad para dar rienda suelta a su mal genio de forma anónima.
Según el artículo del Journal of Atmospheric Environment, Inglaterra meridional, y también Irlanda occidental, se hallaban inmersas a veces durante el verano en el mismo tipo de smog que afectaba a Los Angeles, pero, fuera del pequeño círculo de científicos conocidos míos, nadie mostró en aquel momento interés alguno por el problema. En 1973 colaboré con científicos de Harwell especializados en temas atmosféricos y demostramos que, incluso en zonas remotas del oeste de Irlanda, el aire corrompido llegado de Europa contenía niveles de ozono que superaban los límites considerados seguros por el Departamento de Protección del Medio Ambiente norteamericano. Publicamos aquellos resultados en la revista Nature, pero el interés de los grupos ecologistas o de los medios de comunicación volvió a ser escaso. Aquella pequeña investigación podría haber concluido allí, pero yo sentía curiosidad por las cincuenta partes por billón de uno de los CFC, el FC11, en el aire limpio del Atlántico. ¿Había atravesado el océano procedente de América? Aún había otra cuestión más interesante: ¿se estaban acumulando los CFC en la atmósfera terrestre sin que hubiera medio de eliminarlos? Lo único que podía hacerse para saberlo era viajar en barco al hemisferio sur y medir los CFC mientras el barco atravesaba el globo.
Aunque sobrevivía como científico independiente, acepté encantado la oferta de la Universidad de Reading para cubrir una plaza de profesor invitado. Aquel puesto me facilitaba la publicación de artículos y me proporcionaba una cobertura respetable. Fue un acuerdo a título honorífico y nunca hubo un intercambio monetario entre la universidad y yo. Ello permitía a estudiantes de posgrado interesados en la hipótesis Gaia trabajar conmigo como ayudantes de investigación. Andrew Watson, en la actualidad un ilustre profesor de la Universidad de East Anglia y amigo mío, me conoció gracias a esa circunstancia. Pero por encima de todo valoré la posibilidad que me brindaba de debatir mis problemas científicos con el profesor Peter Fellgett, jefe del departamento de Cibernética. Solíamos hacerlo mientras comíamos en su casa con su esposa, Mary, y en una de esas comidas de trabajo me propuso presentar una solicitud de ayuda a organismos que concedían subvenciones, como el Consejo de Investigación del Medio Natural (Natural Environment Research Council, NERC) o el Consejo de Investigación de Ciencia e Ingeniería (Scientific and Engineering Research Council, SERC). Peter me ayudó a pedir una pequeña beca para medir la presencia de sulfuro de dimetilo, yoduro de metilo y clorofluorocarbonos mientras navegaba a bordo del Shackelton, que se disponía a realizar un viaje de ida y vuelta a la Antártida a finales de aquel mismo año. Al cabo de unos meses me llegaron noticias del NERC de que el comité de revisión académica había rechazado mi propuesta, pero me preguntaron si podía ir a visitarme un miembro del equipo directivo de esa institución, la señora Howells. Howells se presentó una tarde de principios del verano de 1971 a la hora del té y nos sentamos en el gran cuarto de estar de nuestra casa de Bowerchalke. El arquitecto la había diseñado para que entonara con las características del pueblo y se alzaba, oculta a las miradas, dominando la calle mayor. El cuarto ofrecía una buena vista de pájaro sobre la localidad y su pub. Podíamos ver desde arriba a la gente del pueblo, pero el ángulo era demasiado inclinado como para que ellos nos vieran. Un doble cristal servía para aislarnos aún más.
La señora Howells era una mujer afectuosa y agradable, pero pareció azorada cuando tomó su taza de té y probó un trozo de pastel casero hecho por Helen. Yo había pedido una modesta ayuda para ir en barco al hemisferio sur y tomar medidas de CFC en la
atmósfera a lo largo del viaje, pero, como funcionaría, la señora Howells no podía aprobar personalmente mi solicitud. Todas las propuestas debían ser examinadas y juzgadas por una comisión formada por especialistas científicos de universidades y departamentos estatales, como el Servicio Meteorológico. Su mala noticia era que aquel jurado compuesto por expertos había rechazado mi propuesta, y Peter Fellgett me dijo más tarde que el rechazo había sido unánime. Pero no era sólo eso: como apéndice a su informe se añadía una queja en la que se decía que, en el futuro, no debían presentarse al comité propuestas insidiosas como la mía, pues le hacían perder el tiempo. Su enojo se debía a que el principal químico de la comisión tenía la seguridad de que nadie podía medir los clorofluorocarbonos a niveles de partes por billón, tal como yo pretendía. Según él, los CFC se cuentan entre los compuestos químicos más inertes conocidos y sería difícil medir su presencia en la atmósfera a un nivel de partes por millón; medirlos a niveles de partes por billón era imposible y, por tanto, la propuesta era espuria. Sin embargo, aquella afirmación implicaba un profundo desconocimiento y sólo podía provenir de un especialista de miras estrechas, desconocedor de los avances realizados en otras ramas de la química. Por desgracia, las comisiones de concesión de becas se convierten a veces en camarillas íntimas formadas por compinches que emiten juicios sobre propuestas suyas o de sus amigos. Se trata de un peligro insuficientemente controlado por la sociedad, que paga sus impuestos y que, en última instancia, aporta los fondos.
La señora Howells no hizo ningún comentario acerca de ello, pero dijo que los demás miembros del equipo del NERC consideraban buena mi propuesta y que su visita tenía una doble finalidad. La primera era comprobar si yo podía medir realmente los CFC a niveles de partes por billón; y la segunda, ofrecerme un pasaje a bordo del Shackelton, que bajaría a la Antártida el siguiente noviembre. El barco tenía que atracar en Montevideo (Uruguay), y habían pensado que, si deseaba regresar desde allí, el NERC me pagaría el vuelo. En cuanto a la expedición, el instrumental y la presencia de cualquier otra persona que no fuera yo deberían correr por mi cuenta. Como la comisión académica había rechazado mi propuesta, el NERC sólo podía ofrecerme esa ayuda limitada. Me sentí encantado: podía permitirme sin problemas la construcción de un sencillo cromatógrafo de gases para la travesía. Hasta Montevideo, por lo menos, viajaría y realizaría las mediciones solo; podía concederme ese período de tiempo. Mi doctorando Bob Maggs mostró un gran interés por realizar el viaje de vuelta desde Montevideo a Gales en 1972.
Por aquellas fechas tomábamos mediciones diarias de clorofluorocarbonos en Bowerchalke, por lo que pude mostrar a la señora Howells lo usual y fácil del procedimiento. Por lo visto, la convencí de que era un científico profesional y no un intruso deshonesto que intentaba conseguir de manera fraudulenta los beneficios de una beca. Ella consideró muy interesante el proyecto y le dio su aprobación. El aparato que pensaba llevar a bordo era tan sencillo que pude construirlo en unos pocos días. Funcionó sin fallos durante los seis meses del viaje. El coste total de la investigación, incluido el aparato, fue de unos pocos cientos de libras, pero los descubrimientos realizados en el viaje tuvieron como consecuencia la "guerra del ozono" y el programa internacional de investigación sobre los vínculos entre las algas marinas, el sulfuro de dimetilo (DMS), las nubes y el clima. En conjunto, algo que debió de dar empleo a miles de científicos.