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Los primeros pasos hacia la independencia en

In document Homenaje a Gaia - James E. Lovelock (página 130-136)

Houston

Viajamos a Nueva York en el viejo Mauritania. Era casi su último viaje y pudimos saborear la calidad de aquel monumento perecedero a una nación que en otros tiempos había sido grande y poderosa. Pasamos una noche en Nueva York y, luego, volamos a Houston en una versión primitiva de un reactor de pasajeros, el Boeing 707. Ab Zlatkis salió a recibirnos y nos llevó a un motel cercano a la universidad, en el centro de Houston. Ab era un hombre delgado y larguirucho, con un aspecto y unos andares como los de Groucho Marx. Durante nuestra estancia en Houston, la familia Zlatkis se mostró amable y hospitalaria con nosotros, y Esther, la esposa de Ab, que nos brindó generosamente su amistad y su ayuda práctica, nos resultó especialmente encantadora. Pronto descubrí que el centro de investigación de lípidos de Baylor no se había construido todavía, por lo que dispusimos de tiempo abundante para buscar casa. No nos costó mucho hallar una vivienda de cinco dormitorios que estaba levantando un constructor artesano en la Stony Creek Drive, una calle tranquila en el distrito boscoso Memorial de la zona oeste de Houston, su barrio suburbano más agradable, con ventaja. La casa estaría terminada en noviembre, al cabo de dos meses; entre tanto alquilamos un piso próximo a la Universidad de Houston. Fueron dos meses duros para Helen y nuestros hijos pues el sistema de aire acondicionado consistía en unas cajas zumbadoras empotradas en la pared debajo de las ventanas, y octubre y noviembre son en Houston dos meses de calor tropical. La certeza de que pronto iríamos a vivir a una casa dotada por entero de aire acondicionado y con un agradable jardín hizo tolerable nuestra estancia en el piso, y eran muchas las cosas que nos mantenían ocupados. Habíamos llegado a Estado. Unidos de forma ilegal con un visado de visitantes. Un solícito cónsul de EE UU que trabajaba desde Southampton, en el sur de Inglatérra, nos aconsejó hacerlo así. Nos dijo que la embajada de Estados Unidos en Londres estaba llena de funcionarios de carrera que no cesaban de soñar con un nuevo empleo y que el largo y tedioso proceso de solicitud de visado servía en parte para justificar su existencia. "Procuren no tener ningún trato con ellos", me dijo. "Yo les daré unos visados de visitante y, después, una vez en Houston, acudan al servicio de Inmigración y Naturalización y pidan ser admitidos como extranjeros residentes. No hay prisa en hacerlo; instálense, y preséntense luego". Así lo hicimos y, para nuestra alegría, en vez de sufrir las largas esperas y el interminable interrogatorio de preguntas delirantes en la embajada de Londres, un amable funcionario nos dio la bienvenida y nos dijo cuánto se alegraba de que "gente tan encantadora" como nosotros "quisiera vivir en Houston". El papeleo acabó en una hora, y poco después nos entregaron nuestras cartas verdes. Este método, si aún funciona, es con mucho la mejor manera de entrar en Estados Unidos para un inmigrante en ciernes.

Teníamos que comprar muebles para nuestra nueva casa. Al principio nos sorprendió descubrir que las tiendas de la localidad no aceptaban pagos mediante cheque —"¿Dónde están sus tarjetas de crédito?", exclamaban—. En Inglaterra, a comienzos de la década de 1960, las tarjetas de crédito eran casi inexistentes; y de haber existido, las tiendas de Houston no las habrían aceptado. Zlatkis acudió a rescatarnos. Tenía un pariente que formaba parte de la organización Nieman Marcus. Nieman Marcus es un gran almacén de mucha categoría y algo parecido a lo que era Harrods en otros tiempos, con filiales en las grandes ciudades de Texas. Pronto tuvimos una tarjeta de crédito de Nieman Marcus y las puertas de la financiación se nos abrieron al instante.

Antes de la Navidad de 1961 nos instalamos en Stony Creek Drive. Nuestra parcela había sido un bosque hasta hacía poco, y el jardín terminaba en un arroyo que desembocaba en Buffalo Bayou. Era como vivir en una selva tropical sin sus inconvenientes. Los armadillos venían de noche hasta la puerta y las variedades de insectos más fascinantes zumbaban y revoloteaban ante nuestros ojos. En el jardín había más de veinte especies de serpientes, incluidas las corales, las mocasines de agua, las víboras cobrizas y varios tipos de serpientes cascabel. A ninguna parecía molestarle nuestra presencia y eran para nosotros un interminable motivo de fascinación. Pasamos el día de Navidad sentados en el jardín recién plantado disfrutando de los cálidos rayos del Sol y una temperatura de casi 30° C. Había invitado a Peter Simmonds, mi técnico de Mili Hill, que acababa de licenciarse, a trabajar conmigo en Baylor y aprovechar el tiempo para doctorarse. El y su mujer, Tina, pasaron con nosotros los días de Navidad mientras buscaban casa. El Laboratorio de Investigación de Lípidos de la facultad de Medicina de Baylor había abierto ya, y comenzamos a trabajar en una de las instalaciones más espléndidas del siglo XX. Los fondos disponibles eran tan generosos que pudimos comprar todo el equipamiento que consideramos necesario. Curiosamente, los dos años y medio pasados en el laboratorio de Houston se cuentan entre los menos productivos de mi vida desde el punto de vista científico. Hubo muchas razones para ello, en particular las frecuentes visitas al JPL y los largos veranos pasados en Inglaterra, pero creo que, para un científico como yo, una sobreabundancia de equipo constituye un obstáculo y no una ventaja, pues ahoga la inventiva. Así, en vez de idear nuevos instrumentos con los que cuestionar a la naturaleza, me dedicaba a jugar con los que habíamos comprado.

Disfruté mucho del tiempo pasado en Houston. El buen clima me hace sentirme pletórico, y, al igual que las hormigas, cuando tengo calor —y en Houston podía hacer mucho calor— me parece que me muevo más rápido y trabajo con mayor vigor. Mi familia, sin embargo, no tardó en sentirse disgustada con la casa, a pesar de la comodidad del aire acondicionado. Helen no conducía y, por tanto, se sentía atrapada; y aunque el barrio era tranquilo y tenía aceras, y la distancia a las tiendas se reducía a un cómodo paseo de kilómetro y medio, las temperaturas superiores a los treinta grados, y además con humedad, eran demasiado para ella. Le gustaba cuidar el jardín en un entorno donde los limoneros y los plátanos crecían a la intemperie, pero la vida es algo más que la jardinería. Mis hijas se inscribieron en la Universidad de Houston. A Christine se le permitió matricularse en el departamento de Inglés, pero a Jane sólo le dejaron asistir como oyente, es decir, acudir a las clases pero sin obtener créditos por su asistencia, pues no tenía el título de bachillerato Para ella, que era muy estudiosa y habría obtenido una licenciatura si s le hubiese dado la

oportunidad, fue un golpe cruel. Christine, que podía haber concluido una carrera, abrigaba otras ambiciones. Ambas pasaban, al parecer, la mayor parte del tiempo en la Cueva del Puma del sindicato estudiantil, donde conocieron y confraternizaron con un estupendo grupo de estudiantes árabes. Uno de ellos era Ualid Sharib, con quien Christine se prometió en matrimonio. Ualid quería que, una vez acabados sus estudios, volviera con él a la Franja de Gaza, donde su familia poseía y cultivaba naranjales. Ambos estaban enamorados, pero al final, tristemente, decidieron dejarlo. Se dieron cuenta de que las diferencias culturales y el destino de la mujer en la sociedad árabe tradicional hacían demasiado difícil emprender una vida en común.

Una consecuencia del amor de las chicas por los árabes fue que conocimos a un número escaso de muchachos téjanos de la zona o familiares suyos. Yo compensé esa deficiencia trabando una estrecha amistad con Haskel Lilley, vendedor de la empresa de ingeniería Bar- ber-Coleman. Era un tejano auténtico, con un acento delicioso de escuchar. Como muchos téjanos a los que conocí era muy leído y estaba familiarizado con la historia de Europa, y nuestras conversaciones solían tratar de política. Observé que, al hallarse ante estadouni- denses del norte, listos pero menos inteligentes, Haskell y otros tejanos adoptaban la actitud del paleto. Cuando aquellos norteños no se percataban de lo que estaba ocurriendo, la situación podía resultar tremendamente divertida. Al final de nuestra estancia en Houston me di cuenta de que también yo lo hacía, y en cierta ocasión estuvo a punto de ser mi perdición. Me hallaba en un bar del aeropuerto neoyorquino de La Guardia tomando un sandwich y una Coca-Cola mientras esperaba un avión para Washington. Cuando abrí la cartera para pagar descubrí que sólo llevaba un billete de 100 dólares, guardado como crédito para situaciones de emergencia. Al dárselo al camarero, arrugó la nariz y me dijo: "¿No lleva encima nada más pequeño?" Sin pensarlo, respondí: "En Texas no utilizamos billetes más pequeños". Los demás clientes y el camarero adoptaron casi al instante una actitud amenazadora, y lo único que me salvó de una paliza o de algo peor fue mi acento inglés.

Mi trabajo para el JPL me exigía volar una vez al mes de Houston Los Angeles, un viaje de unos 2.700 kilómetros que realizaba en sólo unas horas. En unas pocas ocasiones viajamos toda la familia, y entonces lo hicimos en coche. Tras el apiñamiento de Inglaterra, conducir por Texas resultaba fácil; recorríamos cientos de kilómetros en línea recta por carreteras que parecían desvanecerse unos cincuenta kilómetros delante de nosotros. Cuando cruzábamos las extensas planicies del paisaje desértico, las cordilleras lejanas tenían una belleza que me fascinaba. Sólo en raras ocasiones aparecía a lo lejos otro coche o un camión, y recorrer 1.000 kilómetros al día en aquellas condiciones no requería más esfuerzo que hacer 300 en Europa. El viaje de Houston a Los Angeles en coche nos costaba dos días y medio, y solíamos detenernos en moteles poco antes de llegar a El Paso y a Yuma, en Arizona. A veces nos tomábamos unas vacaciones y hacíamos un alto en alguno de los parques nacionales que limitan con la frontera mexicana: el Gran Cañón, el Cráter del Meteoro o el Bosque Petrificado.

El primer año y medio en el JPL no fue tan interesante como había esperado. La mayor parte del tiempo estuvo dedicada a debates técnicos sobre el diseño del cromatógrafo que se utilizaría en el análisis de la superficie lunar. Fue bueno saber que el objetivo de nuestro

trabajo consistía en garantizar que los astronautas pudieran caminar con seguridad sobre la Luna, pero al cabo de un tiempo los propios debates resultaron repetitivos y me aburrían. Al final de nuestra estancia en Houston, el JPL comenzó a interesarse más por Marte que por la Luna, y las conversaciones acerca de los instrumentos del JPL para el espacio tuvieron como objetivo este planeta. Consideré que ya había realizado todas las aportaciones posibles al aspecto químico del diseño y me acerqué a los ingenieros espaciales, que traducían nuestras ideas sobre instrumentos a máquinas capaces de funcionar en el espacio. Me consideraron útil como intérprete capaz de traducir sus pensamientos e ideas al lenguaje de los biólogos y científicos planetarios. Los lectores que puedan recordar la década de 1960 sabrán que los aparatos científicos electrónicos, e incluso los electrodomésticos, como los televisores y los magnetófonos, fallaban.

Casi esperábamos que nuestros televisores se estropearan una o veces al año. Los aparatos que iban a realizar su largo viaje a Marte no sólo tenían que resistir los impactos del ascenso en cohete —una experiencia de zarándeos y vibraciones— sino que, además, debían soportar la exposición al vacío espacial durante un período cercano a un año y sobrevivir, luego, a la reentrada atmosférica y a la tensión del aterrizaje en un planeta tan inhóspito como Marte. Las tensiones no desaparecían incluso una vez allí, pues en Marte la temperatura oscila diariamente de unos 20° C al Sol ecuatorial a temperaturas nocturnas lo bastante frías como para congelar el dióxido de carbono del aire. Por si fuera poco, la superficie del planeta es acida y oxidante, y por todas partes corre un polvo abrasivo llevado por el viento. Por tanto, la ingeniería requerida para construir instrumentos para vehículos y aparatos de aterrizaje espacial era de una categoría totalmente distinta de la empleada para fabricar los coches o televisores de la década de 1960. En realidad era tan diferente como la ingeniería de aquella década y la del tiempo de los romanos. Creo que la oportunidad de mezclarme con libertad, hablar y debatir problemas con aquellos competentes ingenieros del JPL fue la máxima recompensa de mi trabajo allí.

A menudo me sentía como debieron de sentirse los jóvenes aprendices aceptados en los estudios de Leonardo da Vinci o Holbein. En cierta ocasión, un científico con quien trabajaba estaba presentando su versión de un cromatógrafo de gases para Marte. Desde el punto de vista de la ingeniería terrestre era un instrumento bien construido y portátil, apropiado para llevarlo al campo, como dicen ellos, y analizar el suelo de cualquier lugar de la Tierra. Los ingenieros espaciales nos explicaron luego qué harían con aquel instrumento para que funcionara en el espacio. En primer lugar teníamos que pensar en la potencia necesaria para ponerlo en marcha. La potencia total disponible en Marte sería de unos 100 watios, que habrían de compartirse entre todos los experimentos y necesidades de mantenimiento de la propia nave espacial. La parte de mayor consumo energético de nuestro cromatógrafo de gases de tipo terrestre era el horno utilizado para mantener la columna del cromatógrafo y el detector a la temperatura de funcionamiento, normalmente en torno a los 200° C Para calentar el horno gastábamos de diez a veinte watios, un consumo excesivo en el suministro de energía de la nave espacial. Los ingenieros del espacio nos dijeron que intentásemos sustituirlo por otro que no pasara de dos watios para toda la actividad del cromatógrafo. Al principio parecía imposible diseñar un cromatógrafo que funcionara con tan poca potencia como la requerida para la bombilla de una linterna. Pero lo hicimos.

Uno de los problemas más difíciles abordados por los ingenieros espaciales fue el de transmitir a la Tierra los datos recogidos por nuestros instrumentos. En la década de 1960, un famoso físico electrónico escribió un artículo sobre la imposibilidad de realizar transmisiones de radio o televisión desde un lugar tan lejano como Marte. La potencia requerida para transmitir información útil a través de unas distancias tan enormes sería, según sus cálculos, de varios cientos de kilowatios, y dudaba de que pudiéramos llegar a enviar a Marte un transmisor tan potente. Sin embargo, allí estaba yo, pocos años después, sentado en una habitación con unos ingenieros dotados de sentido práctico hablando confiadamente sobre cómo y cuándo enviaríamos mensajes desde Marte. Aquellos mensajes iban a transmitir desde el planeta no sólo los datos de los instrumentos sino tam- bién fotografías en color de su superficie. Y lo harían con 100 watios de potencia, utilizando un transmisor no más potente que un transceptor de radioaficionado (más de mil veces menos de lo necesario según los cálculos del famoso físico).

Lo que estimulaba a aquellos ingenieros a hallar la manera de eludir las reglas aparentemente inquebrantables de la ciencia era el reto de inventar. Si alguien pregunta alguna vez cuál era la utilidad tecnológica del programa espacial, deberá olvidarse de la sartén antiadherente u otros objetos corrientes promocionados con gran aparato por los publicistas de la NASA y pensar, en cambio, en técnicas que consideramos obvias. Los usuarios de los teléfonos móviles y los ordenadores personales, omnipresentes hoy día, son los beneficiarios de la actividad de aquellos pioneros de la ingeniería espacial, y esos productos son los verdaderos frutos de la cosecha de la tecnología del espacio. Otro fruto que podría acabar siendo de mayor importancia es el descubrimiento de Gaia.

Conrad Josias, un joven moreno de Nueva York, y Howard Marshall hombre de porte juvenil y aristocrático, licenciado en el Cal-Tech (Instituto Tecnológico de California), fueron dos de los ingenieros electrónicos con quienes hablé. Más tarde dejaron el JPL para crear su propia compañía, Analogue Technology, que realizaba como empresa particular el mismo tipo de trabajo que habían estado llevando a cabo en el JPL. Una mañana me hallaba debatiendo con ellos sobre la transmisión de una señal del cromatógrafo de gases de Marte a la Tierra. Los químicos y biólogos insistían en que necesitábamos el cromatograma entero para definir las características de cualquier sustancia química de la vida existente en el suelo marciano. La información suministrada por un cromatógrafo de gases consiste en una tira de papel larga y ancha con una sola línea de tinta. La línea se desplaza de su posición normal, denominada línea base, y asciende hasta un pico para volver a caer a continuación. Lo hace cada vez que una sustancia sale de la columna. El cromatograma completo es un conjunto de picos en forma de tienda de campaña; cada uno de ellos muestra, con su altura, la cantidad de cada sustancia química individual. Howard Marshall observó uno de aquellos mapas cromatográficos que mostraba treinta compuestos de una muestra de suelo y dijo: "Esto requerirá, por lo menos, 100.000 bits de información; lo podemos hacer, pero los demás experimentadores aducirán un cúmulo de razones sobre si se puede o no ahorrar todo ese espacio en el canal de transmisión". Yo, entonces, le pregunté: "¿Por qué hacen falta tantos bits para transmitir un análisis tan sencillo? Todo lo que necesitamos conocer es la existencia de treinta compuestos, cuál es su cantidad y cuándo aparecieron. Seguro que el contenido de esa información es bastante más reducido". Entonces Howard se puso a explicar cuántas muestras por segundo necesitaría

para describir con exactitud el cromatograma. Me di cuenta de que nos hallábamos en una de esas confusiones características entre disciplinas científicas. Los ingenieros no sabían que un cromatograma posee un contenido informativo muy reducido. En vez de 2.000 muestras por segundo para describirlo, bastaría y sobraría con 2 por segundo. Así, combinando nuestras respectivas competencias profesionales, conseguimos enviar los datos con una milésima del coste informativo. El JPL me recordaba mis días de construcción de instrumentos durante la Segunda Guerra Mundial. Los dispositivos con- cebidos en el laboratorio no servían a bordo de los aviones encarga-

dos de realizar misiones en tiempo de guerra. La mera vibración solía hacer añicos en cuestión de segundos casi todos los instrumentos de laboratorio y necesitábamos montajes mucho más resistentes y mejores. Aquello me resultaba muy familiar e hizo que me preguntara por lo necesarias que son, para dar lo mejor de nosotros mismos, esa urgencia y esa sensación de tener un objetivo que acompañan a una situación de guerra o al sentimiento de cumplir una misión.

En Houston di un paso importante hacia la práctica independiente ¿e la ciencia, paso que

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