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La heterogeneidad ciudadana debe producir convergencias

4. Realización y superación de la demanda de una “democracia real”

4.2. La ciudadanía es una cuerpo reticular y heterogéneo

4.2.1. La heterogeneidad ciudadana debe producir convergencias

democracia funcione

Las voces ciudadanas y expertas enfatizan la enorme variedad que caracteriza la vida cotidiana de los sujetos: variedad en el sentido de la diferencia inter-subjetiva que caracteriza las vidas de las personas y que crea diferentes niveles de implicación. Y también variedad de las jerarquías y de las dicotomías que caracterizan nuestras sociedades: inmigrantes y nativos, mayores y jóvenes, mujeres y hombres. Se puede decir que el famoso “ejercicio de la ciudadanía” se encuentra con una multiplicidad de condiciones sociomateriales. Desde el trabajo de Dewey hasta los estudios de la ciencia y la tecnología o las perspectivas feministas (Crenshaw 1991;Pateman,1996; Phillips, 1996; Young, 1996) se evidencia que la ciudadanía es un cuerpo altamente heterogéneo.

Por tanto, la voluntad general como base de la política democrática es un término

que se debe explicar. La voluntad general, como fuerza unitaria y efectiva,

presupone un grado de homogeneidad que no puede existir en nuestras sociedades complejas. Bentley (1908) y Truman (1951), cuando hablaban de una multiplicidad de los “grupos de interés”, se referían a esta condición de heterogeneidad y mostraban lo que un liberal puede entender sobre ella. Según ellos, es esta heterogeneidad la que hace el pluralismo necesario y posible.

Por supuesto, la heterogeneidad ciudadana determina las grandes divisiones que atraviesan el cuerpo social. Deleuze y Guattari (1980) hablaban de los “grandes segmentos” que definen la ubicación social de cada persona -su procedencia étnica, su género, su clase social. La existencia de estos “grandes segmentos” marca con más intensidad algunos de los cortes internos que configuran la ciudadanía. Es decir, las jerarquías y las desigualdades sociales definen en buena

parte la heterogeneidad social, pero no la explican del todo: incluso una sociedad igualitaria seguiría siendo heterogénea.

En consecuencia, el ejercicio de la política o de la democracia no puede sino tomar la forma de conexiones entre diferentes posiciones sociomateriales y entre una multiplicidad de perspectivas políticas. Se puede decir que, en nuestras sociedades complejas, la ciudadanía y su participación política presenta la forma de red, de una entramado de relaciones, con un grado variable de estabilidad. Toda esta pluralidad se activa cada vez que emerge la cuestión el “issue” deweyniano. A nivel más práctico, la participación no se puede ejercer por unas asambleas masivas y/o constantes. Este proceso está expuesto al desgaste y al cansancio, tal y como quedó demostrado con el movimiento. La participación puede existir y funcionar cuando se dan unas condiciones particulares –y este estudio lo pone en evidencia. Evidentemente, toda una serie de preguntas quedan por responder respecto a la naturaleza de tales condiciones: ¿serán

institucionales o no institucionales? ¿Sobre qué cuestión y problemas? ¿Cómo se organizarán?... Pero, en todo caso, no se puede obviar su carácter particular y

localizado. La voluntad general en consecuencia tendrá este mismo carácter. Tal concepción de la participación está cerca del concepto de “democracia fuerte” de Barber (1984), que se diferencia del de “democracia unitaria”. La distinción es útil porque nos permite entender la comunidad y el “demos” en un sentido no colectivista. La persona que políticamente es activa debe participar en el colectivo, pero no necesariamente identificarse con este. Lo que inspira las relaciones comunitarias entre los ciudadanos no es la hermandad sino la vecindad. Desde esta perspectiva, la particularidad de los individuos no se puede perder si queremos construir una comunidad democrática fuerte. Aunque este estudio evidencia que es necesario superar el individualismo que caracteriza la democracia actual, que es la versión “débil” de los principios democráticos, no obstante, también sugiere que no nos deberíamos perder de vista la irreductible singularidad de la individualidad moderna.

Los liberales tienden a subestimar los lazos que nutren al individuo y el hecho de que su felicidad sea proporcional a estos lazos. Pero en algo importante tienen

razón: el lazo social no debe ser una atadura. El colectivo no puede ser la nueva autoridad trascendente e indiscutible, como en las concepciones de la democracia “unitaria”. El liberalismo, tal como comentaba Macpherson (1977) no sólo es el imperio del más fuerte, sino también el marco en el que todos y todas pueden desarrollar sus capacidades.

Por tanto, habría que reconocer que los obstáculos para participar que provienen de la vida cotidiana, la falta de tiempo o la presencia de otras prioridades son realidades que hay que considerar y no -necesariamente- lamentar. La democracia plena puede ser un ideal útil porque nos ayuda a movernos hacia adelante y a aumentar el grado de la participación significativa. La distancia entre la realidad y los ideales democráticos es una condición productiva y positiva, que nos puede empujar a buscar los cambios que son más significativos en el contexto en que nos movemos para reducir esa distancia. No obstante, quizás no sería correcto pensar: “a mayor participación, mejor”. Los sujetos indirectamente nos sugieren el camino hacia una democracia fuerte, pero no unitaria o colectivista. Una democracia en la que la participación está localizada y centrada en cuestiones concretas y no opera como condición que domina la vida.

Lo que nos indican las entrevistas, la multiplicidad de deseos y de cuestiones que se ponen de manifiesto, es que la existencia de la voluntad general es siempre circunstancial (Lieves, 2014). En una circunstancia específica se puede dar la síntesis entre vectores diferentes, como un denominador común de deseos y posiciones entrecruzados. Se trata de encuentros de diferentes movimientos que atraviesan el cuerpo social. Se trata de voluntades diferentes y convergentes. Cuando Schmitt (1932) señala que la democracia se caracteriza por la igualdad que puede crear una fuerza colectiva de autodeterminación y que, por tanto, liberalismo y democracia son movimientos diferentes, nos permite ver algo esencial: la necesidad de poner las ilusiones unitaristas -la apelación a un demos homogéneo- bajo escrutinio, el escrutinio de las vidas múltiples y corporeizadas de las personas que exigen por sí mismas el tiempo y la energía de gozar de la vida fuera de los compromisos colectivos. El politólogo alemán evidencia, también, la tensión entre libertad e igualdad. La democracia es una condición que

promueve los lazos, la creación y la existencia de un ágora, que integra la persona en una comunidad, que promueve su compromiso con ella. Tal planteamiento implica cierta renuncia, por parte del individuo, a actuar de manera independiente y, por tanto, la libertad individual queda auto-limitada por la participación en una vida y política basada en lo común. Así pues, el funcionamiento democrático es siempre algo que presupone una labor de convergencia entre singularidades. La democracia se basa en la fuerza del

Demos y se impone no sólo a la oligarquía, sino también a la expresión libre del

deseo individual. No obstante, dado que siempre queremos ser libres, nuestra individualidad no puede estar totalmente integrada en una vida común.

Hay que aceptar la singularidad de los diferentes actores y partir de esta singularidad para construir la fuerza colectiva que pueda animar el ágora democrática (Lieves, 2014). La brecha entre política y vida muestra la necesidad de crear puentes contextualizados y no abogar por una identificación idealizada e imposible de las dos: ya no vivimos en el ágora ateniense ni se trata de la asamblea del sindicato de la fábrica o del pueblo. Dewey comentaba, ya desde el año 1927, que las relaciones y las comunidades se estructuran muchas veces sin referencia a la cercanía geográfica (Dewey, 1927). En consecuencia, el Demos no es la multitud que se une en una plaza o por lo menos no es solo eso. Es una red entre actores diferentes y heterogéneos que convergen en una actuación común a partir de un movilizador [issue] particular. La participación y la ciudadanía son sensibles al contexto, y no movimientos estables que atraviesan cualquier coyuntura sin determinarse por ella.

4.2.2. La ciudadanía esta jerarquizada y sus estratos más bajos no acceden