Democracia participativa y democracia representativa -que también la podemos llamar “liberal” siempre y cuando no olvidamos que este último término puede tener, según Macpherson (1977) significados más allá del liberalismo imperante- han sido dos tradiciones antagónicas. Entre las dos propuestas la desconfianza ha sido mutua y también las críticas. Las de los primeros desde posiciones ético- normativas. Las de los segundos desde posiciones pragmáticas-realistas.
Es correcto decir que se trata de dos tradiciones heterogéneas y que no han faltado los puentes entre ellas. Y también hay cierta evidencia histórica que la relación entre los seguidores de la democracia participativa y los schumpeterianos de diferente índole reflejaba -hasta cierto punto- las disputas políticas y sociales que, después de los 60´, que emergían desde los antagonismos y los conflictos sociales en los que protagonizaban los archipiélagos de colectivos de la “nueva izquierda”.. Se trataba de un ciclo de luchas (Dyer-Witheford, 1999) durante el cual el sistema político y democracia liberal se enfrentó a una multitud de demandas sociopolíticas que tenían como objetivo la entrada dinámica de amplios grupos de la población en los procesos de toma de decisiones. O quizás, una transformación, a veces radical, en la toma de decisiones. La organización del trabajo, del hogar, de la universidad, de la escuela, y todas las estructuras jerárquicas se criticaron por una multitud de movimientos que tenían como objetivo la radicalización de la democracia en todos los niveles de la vida. Efectivamente, este cambio en la toma de decisiones estaba ligado con cambios en la organización económica y social.
El ciclo cerró con la entrada de la década de los 80´y amplias reestructuraciones laborales, sociales y económicas. Algunos teóricos, por ejemplo Toni Negri y Micheal Hardt entre otros, la ha descrito como paso desde “fordismo” al postfordismo (Hardt y Negri, 2000). G. Deleuze por su parte hablo del paso de las
“sociedades disciplinarias” a las “sociedades de control” (Deleuze,1990). Se puede resumir el lugar común de estos posicionamientos posicionamientos teóricos de tal modo: si para el fordismo y la sociedad disciplinaria la subjetivad era un resultado de una imposición analítica con pretensiones homogeneizantes, el postfordismo y la sociedad de control opta por el desarrollo de la
hetegeneroneidad social. Opta por la proliferación de los modos de individuación,
de los estilos, de las modas, de las estéticas, y también de los modos de asociación social. Por ejemplo para las sociedades disciplinarias, la regla en las fabricas era que los salarios dependan del puesto jerárquico -y también, como es evidente, de la coyuntura económica. En las empresas postfordistas el salario, aparte de la conuyntura económica, depende del "merito" del trabajador. (Deleuze, 1990) Otro ejemplo es la medicina: Para las sociedades disciplinarias del fordismo la medicina seguía protocolos médicos estrictos para todos los pacientes y una imposición clara y conduntente por parte del medico. Para la medicina de las sociedades del control, la tendencia es la variación del tratamiento según las características del paciente específico y una incorporación de las variables subjetivas, psicológicas y sociales en el tratamiento.
Dicho de otro modo, las reivindicaciones emancipatorias de las décadas de los 60 y los 70 se asimilaron en las estructuras económicas, sociales y políticas institucionales de modo que favoreciera estas instituciones. La producción masiva (en las escuelas, de las fábricas, de los hospitales) se sustituyó por una producción personalizada e interactiva siempre y cuanto no cuestionara el imperativo del máximo rendimiento posible. Se promovió la expresión de la particularidad subjetiva en un plano que la hiciera productiva. Productiva quiere decir -en este punto- biopoliticamente productiva: dirigida a la expansión tanto de los beneficios económicos como de las aptitudes humanas (Foucault, 2004). La producción biopolítica, según Hardt y Negri (2000) es una fase de la producción en la que lo económico, lo político y lo cultural se superponen e infiltran crecientemente entre sí. En la producción biopolítica actual el control tiende a volverse "democrático", inmanente en el cuerpo social, interiorizado y distribuido
en las mentes y los cuerpos de los ciudadanos. Anima internamente nuestras practicas comunes y cotidianas.
Así que a causa de la radicalización social de los 60 y los 70 se consiguió una libertad compatible con la preservación de las organizaciones sociotécnicas jerárquicas en las empresas, las universidades, los hospitales etc. Las antiguas jerarquias se actualizaron hasta cierto punto, incorporando la implicación activa del sujeto en la vida social y política siempre y cuando las regulaciones institucionales tengan la última palabra.
En este marco, nace a los principios de los 80 la propuesta de la democracia deliberativa. Se trata de un campo teórico que según Habermas propone como fuente el desarrollo de procedimientos deliberativos en el marco de las instituciones, como requisito y presupuesto de calidad democrática. La ley del estado democrático y sus fundamentos constitucionales seguiere Habermas, (Flynn, 2004) no son una fuente suficiente por sí sola para asegurar el carácter democrático de las instituciones . Es necesaria también la legitimidad discursiva y deliberativa que se produce en la espera pública. La deliberación según esta concepción teórica es un paso o una fase de un proceso dialógico y discursivo para llegar a decisiones que legitiman las instituciones democráticas. Evidentemente cualquier organismo “privado”, grupo o asociación pueden seguir procedimientos deliberativos. En todo caso, este enfoque teórico no deja de enfatizar su enfoque institucional (Floridia, 2013), su interés por la reformación democrática institucional. (Habermas,1994) La consigna “democratizar la democracia” lo ha puesto eso en manifiesto.
Antonio Floridia (2013) sugiere que, aunque los plantemientos de los teóricos deliberativos -por ejemplo, Habermas (1992), Dryzek (2010), Steiner (2012), Parkinson y Mansbridge (2012)- son diferentes, es posible formular una mínima definición unitaria que capte las características de esta teoría: La cuestión central es la contraposición entre, por un lado, un modelo de democracia "agregativo" y por otro, un modelo "discrursivo" o "transformativo". En el primer caso las
preferencias individuduales se consideran inmutables y el debate político consiste en el debate entre estas diferentes perspectivas. Las opiniones son "data" que entran en la arena política buscando un punto de equilibrio. Schumpeter, Dahl, Truman, Downs, y en general los teóricos liberales y pluralistas reproducen de una o otra manera este modelo. En el segundo caso, las opiniones no son "data”, sino que se forman y se transforman a través de la deliberación colectiva. El procedimiento deliberativo se basa en el intercambio de argumentos y en la inclusión de todas las voces concernidas.
Tales procedimientos basados en una especie de reflexión colectiva, que tiende no al equilibrio sino a la hibrización de las diferentes perspectivas con el objetivo de extraer lo mejor de cada una y así llegar a las mejores decisiones posibles, contempla también la posibilidad de diferencias inconciliables. En este caso el objetivo no es la hibrización, sino la identificación de posibles áreas de compromiso y trabajo común. La perspectiva deliberativa es una propuesta normativa que considera que todas las voces que pueden presentar argumentos pertinentes deben y pueden implicarse en el proceso deliberativo y la toma de decisiones.
Este punto de vistas ha inspirado en un amplio abanico de mecanismos participativos. La reciente historia de la participación ciudadana esta marcada por la teoría deliberativa. También es importante tener en cuenta que la democracia liberal puede verse como un gran mecanismo de inspiración deliberativa (Dryzek, 2010). Las lectoras y los lectoras habrán observado que los cimentos básicos de un deliberación -la libertad de la expresión, el diálogo, la selección de los argumentos que se han considerado mejores en el curso de esto diálogo como base para la toma de decisiones- están en los fundamentos constitucionales de casi todas las democracias occidentales. Es posible decir que la deliberación colectiva es el ideal que caracteriza nuestras democracias, aunque también es verdad que estas democracias suelen mantener una distancia significativa desde este ideal.
A modo de resumen, la teoría delibarativa nació junto con la retirada del multiforme movimiento de la democracia radical, y su desarrollo es paralelo con la transición desde la sociedad disciplinaria-fordista a la sociedad de control- postfordista. No obstante, dada la hetegoneidad de las aportaciones teóricas, sería un error verla como una discurso destinado solo a fortalecer el orden político actual. Dryzek puntúa que si la propuesta deliberativa no tiene mucho margen de desarrollo en las estructuras de los estados modernos -puesto que es una modo de funcionamiento profundamente democratico, que aspira poner todos los problemas bajo el escrutinio del proceso dialógico y del debate público El estado nacional acto esta condicionado, limitado, restringido ,comenta el autor (Dryzek, 2010) por la economía política capitalista transnacional. La primera tarea de todos los estados en esta realidad es mantener la confianza de los actuales y potenciales inversores, y evitar las fugas de capitales. Este imperativo condiciona el debate político y la toma de decisiones y puesto que la influencia de los procedimientos democráticos y deliberativos induce un peligroso elemento de indeterminación, se restringe a veces radicalmente. La reciente historia europea ha dado testimonio de esta triste realidad. (Kaplanis, 2011)
Añadiríamos que tampoco la burocracia estatal se podría caracterizar como especialmente comprometida con una expansión de la democracia deliberativa. Hay cierta evidencia empírica que su visión promueve una práctica política opaca, cortoplacista y elitista dirigida al mantener la máxima cuota de poder, prestigio y privilegios posibles. La desconfianza de las instituciones ante los procesos deliberativos emerge desde el modelo actual del ejercicio de la política y eso, dicho sea de paso, no es culpa sólo de los mercados y del capitalismo transnacional.