Cada etapa histórica necesita dejar su impronta sobre el espacio urbano. La fase colonial había dejado el trazado en forma de cuadrícula y la de europeización llenó nuestras ciudades de edificios hechos a imitación de los del Viejo Mundo. Si la ciudad latinoamericana de 1880 quiere imitar a París, la de 1950 o 1960 quiere imitar a Nueva York. La imagen del poder ya no son los palacios franceses sino los rascacielos. Los ángeles de piedra o de revoque símil piedra ceden su lugar a las grandes estructuras racionalistas de acero, vidrio y hormigón. En muchas ciudades se demuele una gran cantidad de testimonios físicos del pasado. Sin embargo, algunos proyectos urbanos más sofisticados marcan la mirada que tienen los sectores del poder sobre la ciudad.
La propuesta de Le Corbusier para Buenos Aires consiste en construir un nuevo barrio de la ciudad sobre una isla artificial hecha en el Río de la Plata. “La ciudad
de los negocios” sería un espacio físicamente separado del conjunto urbano, una
exhibición de capacidad tecnológica que demostrara el poder económico de quienes tuvieran allí sus oficinas.
Avanzando en una plataforma sobre el río, Le Corbusier propone colocar en cinco rascacielos “La Cité” de negocios y oficinas, buscando el perfil futurista. Así, mientras por un lado concentra la ciudad y reduce su extensión hacia el territorio plantea simultáneamente ganar terreno hacia el río en una costosísima operación. “Este manejo de un escapismo hacia el mundo de la imaginación despegada de la realidad y la prescindencia de la ciudad real, fue probablemente la mejor lección que dejó Le Corbusier a muchos urbanistas argentinos que desde ese momento apelaron siempre más a la teoría que a la realidad y fabricaron decenas de planes reguladores destinados a exhibirse y guardarse en el cajón de algún funcionario pero jamás a servir de instrumento activo a la construcción de la ciudad”382.
Señalemos de paso que, en lo referente al patrimonio construido, Le Corbusier jugó en el siglo XX un rol semejante al de Haussmann durante el siglo XIX. Exagerando los riesgos sanitarios de las viejas edificaciones, Le Corbusier dio el
fundamento ideológico para la demolición de importantes testimonios de la historia latinoamericana.
Con un criterio semejante, el Arq. Williams propone un aeropuerto sobre una isla artificial, aproximadamente en el mismo lugar que Le Corbusier. El punto común de ambos proyectos es la soberbia tecnológica y el desprecio por las condiciones ambientales en las cuales se harían las obras. Ni Williams ni Le Corbusier se preguntaron sobre las condiciones del medio natural sobre el cual se harían las obras. Dieron por sentado que la tecnología sería capaz de superar todos los problemas que aparecieran. Es improbable que eso ocurriera, teniendo en cuenta el formidable proceso de sedimentación del Río de la Plata. Con cualquier tecnología, una isla artificial es un obstáculo que detendría los sedimentos que bajan por el río Paraná hacia el Plata. En poco tiempo, la isla artificial quedaría rodeada de un inmenso pantano.
Finalmente, el costo y las dificultades técnicas detuvieron las islas artificiales y Buenos Aires debió conformarse con un obelisco, como símbolo más modesto de su etapa industrial.
A pesar de la notoria irracionalidad del proyecto, tuvo periódicas recurrencias, debido a su enorme capacidad simbólica. En la década de 1990, las autoridades volvieron a proponer un aeropuerto sobre el río, pero ya había mecanismos de participación ciudadana que actuaron como fuerzas contrarrestantes. En la respectiva audiencia pública, los opositores al proyecto presentaron tantos argumentos contrarios, que fue imposible continuar con él.
Si el avance sobre el Río de la Plata forma parte de los imaginarios argentinos, el avance sobre la selva tiene su lugar en los imaginarios brasileños. La construcción de Brasilia tiene mucho que ver con esa concepción del espacio nacional, heredada de los bandeirantes, que considera la urbanización de la selva tropical como una epopeya.
Entre 1957 y 1960 se construye en la selva una ciudad monumental, de diseño futurista, destinada a albergar los funcionarios de los ministerios y las embajadas extranjeras. La zona central (llamada plano-piloto) diseñada por Lucio Costa y Oscar Niemeyer no debía albergar más de 300 mil personas. Brasilia está pensada en torno de dos ejes principales que se cortan para formar una gran cruz, o un gran pájaro. El eje principal está reservado a las funciones de la ciudad, con la Plaza de los Tres Poderes (ejecutivo, legislativo, judicial) en uno de sus lados. A ambos lados se distribuyen las zonas residenciales, divididas en “supercuadras”. El proyecto es el de una ciudad sin cruces “donde el automóvil ya no es el enemigo irreconciliable del hombre”.
Pero cuando se diseña en una ciudad, las cuestiones ambientales aparecen por fuera del tablero de dibujo. El resultado de hacer una Brasilia central futurista fue el crecimiento desordenado de las ciudades satélite. “En Brasilia el plano-piloto constituye una especie de fortaleza cuyos muros serían invisibles: la única frontera que separa la capital de las ciudades satélite, instaladas a considerable distancia, es un cinturón verde”383.
La construcción del plano-piloto exigió la contratación de más de 100 mil obreros, llamados candangos, procedentes del nordeste brasileño. Durante la construcción, los candangos se instalaron en barracones de madera en los límites del plano- piloto. Después de la inauguración oficial de Brasil, en 1960, los barracones fueron declarados “favelas ilegales”. Los trabajadores se quedaron y llegaron cientos de miles de inmigrantes más. Para evitar la invasión del plano-piloto, las autoridades tuvieron que crear la infraestructura de varias ciudades satélite para albergar a los inmigrantes.
En el centro del plano-piloto hay una gigantesca terminal de autobuses, a la cual llegan diariamente cientos de miles de personas procedentes de las ciudades satélite. Algunas de ellas son barrios cerrados, pensados como fortalezas para proteger a sus dueños de los pobres y otros son favelas, cuyas condiciones ambientales son, previsiblemente, desastrosas. Niemeyer se defiende: “Hoy en día se acusa a Brasilia de ser inhumana, fría, impersonal. Vacía, en suma. No es culpa nuestra si se ha convertido en víctima de las injusticias de la sociedad capitalista”384. Hay, en todo caso, culpas compartidas: no se puede diseñar una ciudad y alegar que se ignoraba el sistema social en el que esa ciudad se iba a desarrollar. Echarle la culpa al sistema social en vez de diseñar teniéndolo en cuenta es un ejemplo más de la soberbia tecnológica que caracteriza a esta etapa. LA DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO PREINDUSTRIAL
Los testimonios patrimoniales reflejan la identidad colectiva en un momento histórico determinado. Determinadas construcciones tienen sentido dentro de un marco ideológico y lo pierden cuando ese marco pasa. Algunos ejemplos de lo que se construye o destruye por el cambio de significados son los siguientes:
• La demolición del pasaje Seeber en Buenos Aires. Se trató del espacio que imitó
con mayor precisión el modelo parisino, que ilusionó a los sectores dominantes de fines del siglo XIX. En una ciudad casi sin desniveles, este pasaje se caracterizaba por una escalera que recordaba las que suben a Montmartre. Estaba en “un entorno de palacetes y castillos que llevaban a la élite a la fantasía de vivir en un mundo de civilización europea”385. Lo interesante es que no se lo reemplazó por una serie de edificios de nuevo estilo sino por una vía de comunicación rápida. La civilización del automóvil estaba reemplazando ladrillos por ruedas.
• La destrucción del símil piedra en Buenos Aires. Durante la etapa de
europeización, la casi totalidad de los edificios de Buenos Aires se cubren con un revoque especial, que le da al ladrillo la apariencia de la piedra. El color dominante del paisaje urbano es un ocre agrisado. El peso cultural del símil piedra se encontraba en la semejanza con la piedra París, modelo unánime de la cultura urbana de ese momento. Es decir, que la importancia de este material no se encuentra en sí mismo sino en lo que sugiere. Modificado ese modelo, perdida la aspiración histórica de parecerse a París, el carácter simbólico del material pierde su sentido. La ciudad entera pinta sus revoques de diversos colores más acorde con el gusto de una etapa que mira menos a Europa y más a los Estados Unidos.
• La demolición de edificios representativos en Lima. Al respecto, uno de los más
reconocidos historiadores de la arquitectura, Fernando Chueca Gotilla, señala que Lima “es una de las ciudades de la cultura hispánica que ha quedado más arrasada por el paso del tiempo, por la incompetencia de los hombres y por el desprecio de los valores históricos”386.
• El reemplazo de edificios tradicionales por otros en altura en el centro de
Ciudad de México. En este caso, no se trató sólo de un daño cultural, sino también físico, ya que las nuevas estructuras construidas no resistieron el terremoto de 1985. “Todos los edificios colapsados presentaban estructuras inadecuadas para terrenos arcillosos, principalmente a causa de la corrupción y la mala planeación, pues la mayoría de los edificios colapsados eran de reciente construcción, la negligencia del gobierno fue el principal culpable del enorme número de muertos, mientras que estructuras muy antiguas y adecuadas al tipo del terreno arcilloso soportaron el sismo. A pesar de que los peritajes mostraron que la mayoría de los edificios caídos tenían especificaciones inferiores a las exigidas en los contratos, nadie fue declarado culpable. Particularmente grave fue el caso de la constructora estatal encargada de la construcción de escuelas, cuyos directivos quedaron impunes, pese al número elevado de escuelas primarias destruidas y escolares que resultaron muertos”387.