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La indescriptible angustia de los ieroso lomitanos

El d´ıa veinte del mes de septiembre se puso sitio a la ciu- dad santa de Jerusal´en. Los incr´edulos la rodearon desde todas las direcciones, con estruendo de trompetas, fragor de armas, estr´epito y aullido de voces, ((¡Hai,Hai!)), y banderas ondeantes por todas partes. Conmovida la ciudad con el tumulto y el bra- mido de los b´arbaros, clamaban sus habitantes en aquellas horas trascendentes: ((Santa Vera Cruz y Sepulcro de la Resurrecci´on de Jesucristo, protege a la ciudad de Jerusal´en con sus habitan- tes.)) Comenz´o la guerra, y se iniciaron los combates en diversos puntos. Pasaremos por alto los detalles que entorpezcan el rela- to, ya que no podemos enumerarlos despu´es de quince d´ıas en que los cristianos combatieron con los turcos, abatidos de dolor y tristeza entre tanta miseria. ¿Qui´en en verdad contemplando tanto dolor no romper´a, dejando de lado la piedad, en llanto al ver a los monjes, can´onigos, sacerdotes y levitas y anacore- tas entrar en combate con las armas en defensa de los lugares m´as santos y la heredad de la Cruz? ¿O viendo a las viudas y hu´erfanos extendidos los brazos a Dios, en tumulto por las pla- zas e iglesias, los rostros desolados, clamando entre llantos con sus voces inocentes e implorando sin cesar la divina clemencia? ¿Qu´e lengua podr´a narrar el n´umero de sarracenos atravesados con lanzas y flechas que abandonados del aliento vital alcan- zaron la muerte eterna? ¿Qui´en podr´a decir de aquel nieto de

Saladino, enga˜nado por los fastos, cubierto con vestidos de seda hasta las pezu˜nas del caballo, enjaezado de espejos de oro, cu- bierto de condecoraciones por la extrema soberbia de su ´animo que, golpeado por un sirviente ante la puerta de San Esteban encontr´o muerte miserable? ¿O qui´en podr´a narrar el n´umero de los cristianos que heridos por las flechas de los adversarios entre- garon por Cristo esta vida temporal para ganar aqu´ella eterna? En aquellos d´ıas en que Dios parec´ıa regir sobre la ciudad ¿qui´en podr´a decir de los heridos que murieron o de los que escaparon con vida?

Ca´ıan las flechas como gotas de lluvia, hasta el punto de que nadie pod´ıa se˜nalar con el dedo hacia las defensas sin resultar herido. Era en verdad tanta la multitud de los heridos que todos los m´edicos de la ciudad y de los hospitales apenas daban abas- to extrayendo las flechas clavadas en los cuerpos. Este mismo rostro vuelto hacia vosotros fue herido, atravesada la nariz por una flecha de la que los m´edicos extrajeron la madera, quedan- do la punta hasta hoy clavada. Durante una semana resistieron virilmente los ierosolomitanos el ataque contra la torre de David. Viendo Saladino que nada aprovechaba esta t´actica ni cierta- mente da˜naba a la ciudad, comenz´o con los suyos a recorrerla en derredor, escrutando aquellos puntos que pudiesen resultar d´ebiles, buscando los lugares en que sin temor a los cristianos pudiese erigir sus m´aquinas y atacar la ciudad con facilidad. Y como era hijo de aqu´el que en su execrable soberbia quiso poner al norte su trono para reinar no bajo Dios, sino contra ´El, y ha- cerse as´ı similar al Alt´ısimo, encontr´o que el flanco norte de la ciudad era d´ebil y apto para llevar a cabo sus cr´ımenes. Y as´ı un d´ıa, al clarear, orden´o el rey de Egipto mover el campamento sin estr´epito ni tumulto, y fijar las tiendas en el valle de Josafat, el Monte de los Olivos, el monte del Gozo y toda la zona monta˜nosa

de aquella parte. Al hacerse la ma˜nana levantaron los ojos los hombres de Jerusal´en y vieron, una vez que se disip´o la nebli- na, que los Sarracenos levantaban las tiendas, como si fuesen a abandonar el sitio, y dec´ıan con gran alegr´ıa: ((Huy´o el rey de Siria al no poder como planeaba destruir la ciudad.)) Pero esta alegr´ıa se torn´o en luto y lamentaciones enseguida, conocida la verdadera situaci´on. Pues el tirano orden´o de inmediato cons- truir las m´aquinas de guerra y levantar las ballestas y al mismo tiempo recoger ramas de olivo y otros ´arboles y plantarlas en el espacio que mediaba entre las m´aquinas y los muros; el mismo d´ıa, al crep´usculo, orden´o a su ej´ercito tomar las armas y ade- lantarse a los zapadores hasta las murallas para ocupar all´ı a los cristianos. Form´o tambi´en a diez mil jinetes armados de lanzas y arcos, para impedir cualquier salida. Dispuso otra decena de millar, o m´as, armados con arcos y protegidos hasta los talones bajo los escudos y las cotas. ´El permaneci´o con otra parte y sus jefes junto a las m´aquinas.

Al mediod´ıa siguiente comenzaron a romper la torre angular, a atacar los muros en diversos puntos, a disparar flechas los ar- queros y los que serv´ıan en las m´aquinas a disparar sin descanso. Pero los defensores, subestimando estos ataques, fatigados y lle- nos de tedio retiraron la vigilancia y durmieron aquella noche, hasta la ma˜nana, porque sin la custodia de Dios en vano velan los vigilantes.

Al salir el sol, los que dorm´ıan en las torres, despertados por el estr´epito de los b´arbaros, estupefactos y aterrados corr´ıan por las calles como dementes gritando: ((¡Hombres de Jerusal´en, acudid, socorred, ayudad; han perforado los muros y ya est´an entrando!)) Conmocionados, acudieron cuantos pudieron, pero no superaron a los damascenos ni con lanzas, dardos, flechas, piedras, fuego ni plomo liquefacto pudieron rechazarlos de las

murallas. Los turcos bombardeaban sin descanso y con vehe- mencia los baluartes, y entre el muro y la barbacana lanzan- do piedras y el fuego que llaman griego, maderas y todo lo que ten´ıan a mano. Los arqueros entretanto disparaban sin interrup- ci´on y sin medida enviaban sus flechas desde todas direcciones; algunos, con audacia rompieron los muros. Tomaron los defen- sores la determinaci´on de que todos los que tuviesen caballos y armas, saliesen de la ciudad por la puerta de Josafat para, con la ayuda de Dios, rechazar a los adversarios de los muros. Pero encontraron la oposici´on de la caballer´ıa turca, y lamentable- mente repelidos, agrupados al pie de los muros y sin encontrar otra salida clamaban: ((Santa Mar´ıa, Santa Mar´ıa, ay´udanos.)) Cundi´o entonces el duelo, el llanto y el tumulto de las l´agrimas, el rasgado de vestiduras en las plazas e iglesias por tanta an- gustia y dolor. Pues unos se lamentaban de la ciudad santa y del sepulcro del Se˜nor, del sant´ısimo monte del Calvario donde la sangre propiciatoria se derram´o por la salvaci´on del g´enero humano; otros lloraban a los hermanos y amigos ya muertos, o pr´oximos ya a la muerte; otros a los hijos que ser´ıan arrebatados por las lanzadas de los b´arbaros y el resto por la inminencia de la muerte o la cautividad, para ellos o los suyos.

Se prolong´o el combate en los muros por algunos d´ıas, y pre- valecieron los turcos. Ya los cristianos estaban vencidos hasta el punto de que no m´as de veinte o treinta acud´ıan a la defensa de los muros de la ciudad; ni se encontraba hombre tan audaz en toda ella que por cien bizancios accediese a pasar la noche vigilando en las defensas. Con mis propios o´ıdos o´ı al pregonero, en nombre de los patriarcas y algunos de los notables de la ciu- dad, anunciar que si se encontrasen cincuenta sirvientes fuertes y audaces dispuestos a custodiar un ´angulo ya derruido, por una sola noche, recibir´ıan cinco mil bizancios, pero no se encontra- ron. Era ya casi un´anime la voluntad de los habitantes de morir

en la ciudad santa en el nombre de Cristo, y as´ı cada cual tendr´ıa su parte en la tierra de promisi´on, como cad´averes yacentes pi- soteados por los incr´edulos. ¡Ay de m´ı m´ısero, el peor de todos los pecadores que no tom´e mi parte de Tierra Santa as´ı medida! As´ı las cosas, otros, llenos de pecado m´as que de amor a Cristo, movidos por el recuerdo de las mujeres hermosas, de los hijos e hijas y de las riquezas se conjuraron para evadirse con los su- yos y sus posesiones, abandonando la ciudad santa y los lugares sagrados.

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