Enviaron legados al rey de Siria, suplicando que aplacase su ´animo contra ellos y los tuviese como aliados, tal y como ten´ıa a otros. Pero ´el, renuente, les dio esta respuesta: ((He o´ıdo frecuen- temente de boca de nuestros alfaqu´ıes que Jerusal´en no puede ser purificada si no es lav´andola con sangre de cristianos, y sobre esto quiero consultarles.)) Volvieron los legados con esa incerti- dumbre. Enviaron otros, Balisano y Rainero de N´apoles y Tom´as Patricio, ofreciendo cien mil bizancios; no quiso Saladino acep- tarlos, y regresaron frustrada esa esperanza. Volvieron los en- viados por tercera vez, pidiendo insistentemente a Saladino que ´el mismo estableciese las condiciones; que si pod´ıan cumplirse, se cumplir´ıan y si no les fuese posible, le rogaban que cesase en su destrucci´on. Acept´o Saladino el ofrecimiento, imponien- do el siguiente tributo: que cada var´on aportase diez bizancios, cinco cada mujer, uno por cada ni˜no de siete a˜nos o menos; de esta forma se ver´ıan libres de la esclavitud, y quienes lo desea- sen podr´ıan abandonar la ciudad con los suyos. Pero que si esas condiciones no eran aceptadas por los ierosolomitanos, o si hab´ıa quienes no pod´ıan satisfacer los diez bizancios, los har´ıan salir del saqueo y la espada. Placieron estas condiciones al patriarca de Jerusal´en y a otros que dispon´ıan del dinero.
¡Hecho asombroso! ¿Qui´en oy´o tal alguna vez? Los herederos pagaban para enajenarse de sus propiedades21 . ¿Qui´en pag´o al- guna vez para deshacerse de su herencia? Otros se opon´ıan, con riesgo para sus vidas, para no hacerse con su cobard´ıa indig- nos de sus padres ni abandonar entre la confusi´on y el oprobio la heredad. Se doli´o de esto el profeta Jerem´ıas, lament´andose y si fuese posible queriendo resarcir el error diciendo: ((¿C´omo qued´o sola la ciudad de Jerusal´en, llena de gente?)) etc. Cinco co- sas es preciso traer sobre la ciudad: su juicio, su soledad, su ple- nitud, su viudedad y su se˜nor´ıo. Se sienta la ciudad considerando la injusticia de su causa. Sentada en las cenizas, en la suciedad de su crimen. Pues si perseverase en la virtud, luchar´ıa cierta- mente contra los enemigos. Sola se dice de ella porque qued´o sin la protecci´on de Dios y sin verdaderos fieles de Cristo. Aban- donada por Dios y sus aliados, de donde Salom´on: ((¡Ay de los que andan solos, porque si caen, qui´en los levantar´a!)). Plena de gente, de pueblo inicuo y tumultuoso y ajeno a la penitencia, de quien Isa´ıas escribi´o: ((Este pueblo me honra de palabra, pero su coraz´on est´a lejos de m´ı.)) Viuda en verdad de la dignidad pontifical y de la potestad real; viuda que se ha desprendido del anillo de la fe; viuda porque, entrantes los sarracenos, se deshizo de su contrato con Cristo. Y sin embargo se˜nora, porque todas las tribus de la tierra se vuelven hacia ella.
El d´ıa dos de octubre se anunciaron estas condiciones por las plazas de Jerusal´en: que cada cual reuniese el tributo por su li- bertad en el plazo de cuarenta d´ıas y lo entregase a Saladino. Al oir estas condiciones, el pueblo con voz lastimera se condol´ıa diciendo: ((¡Ay, ay de nosotros miserables, ¿qu´e haremos quienes no tenemos dinero? Sea mejor para nosotros morir por Cristo
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Una iron´ıa tr´agica. Los habitantes pagaban rescate por sus vidas, y el autor est´a inter- pret´andolo ir´onicamente como que lo hac´ıan para deshacerse de sus casas y propiedades, que quedar´ıan en manos de los sarracenos
en la ciudad santa que, abandon´andola, servir en onerosa escla- vitud bajo los sucios e inmundos turcos y sarracenos.)) ¿Qui´en alguna vez pudo pensar que los cristianos hiciesen tal impiedad? ¿Qui´en pens´o que entregar´ıan por propia voluntad en manos de los gentiles el Sepulcro de la resurecci´on de Cristo, el noble Tem- plo, el sant´ısimo monte Si´on y otros lugares de la ciudad santa? ¡Oh dolor! No hay otro que pueda igual´arsele. Nunca le´ımos que los jud´ıos entregasen los lugares m´as santos sino tras dura lucha y efusi´on de sangre, mucho menos que los entregasen voluntaria- mente. Perezcan esos p´esimos mercaderes que por segunda vez vendieron a Cristo y a la ciudad santa, como aquel otro maligno, que colgado vomitaba sus malas palabras y, lo que es peor, las v´ısceras de cuya malignidad fueron esparcidas entre todos aque- llos que exigen pago por la imposici´on de las manos y la ad- ministraci´on de los sacramentos eclesi´asticos. De ellos Jerem´ıas escribe: ((Desnudaron su pecho)), esto es, se comportaban tales cuales eran. ((Y mamaron sus cachorros)) mala conciencia, cons- cupiscencia, y en esta regi´on como en tierra extra˜na meditaban c´omo defraudar a sus pr´oximos con falsos pesos y sacramentos varios. Las lamias 22 en verdad se presentan con rostro humano, pero tienen cuerpo e instinto animal. ((Sean hu´erfanos sus hijos, y sus mujeres viudas en tierra extra˜na)) para los que no reclama- ron la heredad del Crucifijo y la suya propia seg´un costumbre y ejemplo de los que les precedieron.