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La metaética y el darwinismo

In document La ética y metaética del Darwinismo (página 103-109)

III. Metaética darwinista

2. La metaética y el darwinismo

Las premisas morales están relacionadas únicamente con nuestra naturaleza física y son el resultado de una historia genética idiosincrática.152

Una revisión de la moralidad

En el capítulo primero habíamos concluido que las acciones morales eran aquellas relacionadas directamente con el bienestar del grupo. La selección natural parecía conducir, de manera relativamente sencilla, al denominado altruismo, de modo que incluso las acciones individuales deberían girar, en mayor o menor medida, en torno al bienestar de la comunidad. Esto es posible, para Darwin, gracias a la conciencia, quien es la encargada de mantener los instintos egoístas a raya y promover la prevalencia de los instintos sociales. Cuando el individuo contraviene este orden y se dedica a la satisfacción de los primeros a costa de los últimos, entonces sentimientos de culpa, vergüenza y remordimiento son la consecuencia. Esta capacidad individual de reconocer cuando se ha hecho algo ―malo‖, es decir, algo que va en contra del bienestar general, al experimentar sentimientos negativos parece ser la prueba de que la selección natural nos ha hecho primariamente altruistas, actuando siempre con los intereses del grupo presentes antes que los propios.

Los sociobiólogos modernos han sostenido que esta versión del altruismo debe replantearse. Debemos considerar la conducta altruista desde el individuo y no desde el grupo, a pesar de que esta misma conducta parezca que va dirigida completamente hacia el beneficio de éste último. Y es que toda ayuda debe, a la final, guardar cierto interés para el individuo. Recordemos que el proceso de evolución no se da sólo con miras al sobrevivir por sobrevivir; también es de igual importancia la reproducción. De aquí que cualquier conducta altruista favorecida por la selección natural deba ser tal que favorezca las oportunidades de propagar los propios genes por encima de las de los demás. Cualquier conducta que no cuente con esta ventaja reproductiva es probable que sea eliminada por la competencia. Con esto en mente, los sociobiólogos han propuesto algunos mecanismos bajo los cuales se puede explicar la tendencia innata de los seres humanos a trabajar en cooperación (suponiendo que el costo de este trabajo mutuo sea menor que la ventaja a nivel reproductivo que pueda resultar del mismo). El primero es

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Michael Ruse y Edward Wilson, Mo al Philosoph as Applied “ ie e , e Philosophy, Vol. 61, No. 236 (Apr. 1986), 173 -192. Extraído de: http://www.jstor.org/stable/3750474. La traducción es mía.

104 el altruismo recíproco.153 La teoría fue expuesta por primera vez, en biología, por Robert Trivers para explicar casos de aparente altruismo entre individuos que no estaban relacionados consanguíneamente. La idea principal es sencilla: un organismo puede verse motivado a ayudar a otro, si existe la posibilidad de que este servicio le sea devuelto en el futuro (―if you scratch my back, I‘ll scratch yours‖). Dado un escenario hipotético que la requiera, la cooperación mutua puede resultar para un individuo, o un gen, más provechosa –en promedio– que no cooperar. Aplicada a la selección natural, la teoría del altruismo recíproco puede mostrar cómo ciertas estrategias comportamentales pueden emerger, aumentar y luego estabilizarse como el comportamiento dominante en una población, lo que quiere decir que cualquier desviación de este mismo comportamiento no será seleccionado. Ruse lo expone de la siguiente manera:

Supongamos que todos estamos en peligro de ahogarnos. Yo te ayudo a evitar que te ahogues, a causa de las exigencias de mi biología. Aunque con ello me coloque en un 1/20 de posibilidad de ahogarme yo mismo, evito el riesgo (1/2) de ahogarme si tú respondieras a mis esporádicas peticiones de ayuda. Es posible que no necesite tal ayuda ahora, pero todos hemos sido jóvenes alguna vez, todos nos haremos viejos algún día, todos caemos enfermos en ciertas ocasiones. Todos compartimos posibilidades de mala suerte en nuestras vidas, y lo mismo sucede con nuestros hijos, los portadores más inmediatos de nuestros genes.154

El altruismo recíproco puede darse entre seres que estén o no relacionados genéticamente (puede tratarse de dos buenos amigos, o incluso de miembros de distintas especies). Sin embargo, es necesario que los individuos interactúen más de una vez, y puedan reconocerse mutuamente, así como a otros con los que han interactuado antes. Esta condición es necesaria porque, si los individuos interactuaran sólo una vez, no habría posibilidad de devolver los favores o de reconocerse en el futuro. En efecto, lo que permite que este comportamiento evolucione por selección natural es la capacidad de los individuos de reconocer y recordar a aquellos que cooperan, y castigar a aquellos que se han negado a hacerlo en el pasado.155 El individuo tramposo actúa en últimas en detrimento de sus propios intereses, pues, a pesar de que se ahorra el costo inmediato de ayudar a otros, también afecta sus propias posibilidades futuras de supervivencia; los otros no lo ayudarán en ocasiones venideras. En cuestiones de vida o muerte, este

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Cf. Robert Trivers, Natural Selection and Social Theory (Oxford: Oxford University Press, 2002), 5.

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Ruse, op.cit., 289.

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Para ilustrar este caso, existe el ejemplo bien documentado de los murciélagos vampiro (Desmodus rotundus). Un murciélago que no haya tenido éxito al alimentarse puede solicitar la ayuda de otro, rascándole el abdomen y lamiéndole la cara. Si el otro murciélago acepta, procede a regurgitar un poco de la sangre que ha consumido, con lo que permite que el murciélago solicitante sobreviva por unas horas más. Sin embargo, los murciélagos sólo devuelven el favor a aquellos que antes han hecho lo mismo por ellos. Los murciélagos vampiro son una de las pocas especies mamíferas, además de los primates, que muestran este tipo de comportamiento (cf.: <http://www.bio.davidson.edu/people/vecase/behavior/Spring2002/Perry/altruism.html> 19 de junio de 2010).

105 altruismo resulta clave para la supervivencia, y por ello claramente puede influir en la evolución de la conducta.

El caso de los seres humanos no es tan disímil. No sorprenderá a nadie si afirmamos que cuando se presta una ayuda, de uno u otro modo se espera una compensación para la misma. Si yo impido que mi amigo se ahogue, es porque, así no lo reconozca conscientemente, es mi deseo que él también hiciera algo semejante por mí, si fuera yo quien se viera en una situación similar algún día. Aunque, naturalmente, no puede actuarse en sociedad esperando siempre recompensas inmediatas para cada una de las acciones individuales cometidas por el bien de los otros. Es más sutil que esto. ―Se trata más bien de lanzar la propia ayuda al, por así decirlo, fondo común y esperar poder sacar de ese fondo algún día.‖156 Es, como yo lo veo, una, por así llamarla, apuesta basada en el sentido moral humano (la natural disposición de los instintos sociales, diríamos con Darwin), el cual, presuponemos, está presente en todos los miembros adultos, sanos y cuerdos (no le exigiríamos conciencia moral a un niño o a un demente) de nuestra especie. Salvo a mi amigo de ahogarse, y esta acción en últimas redunda en mi interés propio, porque la he hecho bajo la suposición –que bien puede ser inconsciente, dada al nivel de los genes– de que aquello que me ha motivado a hacerlo (el sentido moral) está presente en todos los miembros de mi especie, por lo que, si yo llegase a ahogarme algún día, de ser posible, alguien también me salvaría. Aunque no puede esperarse más que esto, puesto que no se puede tener siempre la certeza de que mi prójimo compartirá este mismo sentido moral.157 Lo único que puedo hacer es tratar a los otros de la forma como me gustaría ser tratado y esperar que los demás piensen igual, en virtud de su naturaleza como Homo sapiens. Ésta es una estrategia evolutivamente estable, por lo que puede asumirse que para la mayoría de los casos funcionará, y los defectos de la misma serán sólo casos extraordinarios.

Desde este punto de vista, incluso el impulso de ayudar a extraños no relacionados de ninguna manera con nosotros –si el costo/riesgo no es demasiado alto– puede ser

156

Ibid.

157

A propósito de esta reciprocidad tácita, que es susceptible de no siempre funcionar, comenta Ruse:

“upo ga os ue te a udo po ue e sie to o al e te o ligado a ha e lo, supo ga os ue tú o a túas e

reciprocidad. No me ayudas a mí cuando lo necesito, o no prestas ayuda a nadie más. En nombre de la moralidad, no puedo pedirte ayuda sólo porque yo te he ayudado. Pero en nombre de la moralidad puedo pedirte ayuda porque debería ser correcto, para ti, que me ayudaras. Que yo sea un individuo moral no quiere decir que sea un imbécil. Tú debes ayudarme a mí y a las otras personas porque ésa es tu obligación moral, y puedo exigírtela. Tengo incluso la obligación de recordarte tus deberes. Démonos cuenta cuán rápidamente estamos dispuestos a aislar a

los i di iduos ue o oope a . Los astiga os po su p opio ie o los de la a os i é iles o ales y

106 comprendido. Incluso si dos individuos no están relacionados, puede haber un chance, quizá muy pequeño, de que puedan darse eventualmente circunstancias bajo las cuales un favor sea susceptible de ser devuelto en el futuro. El hecho de que el chance sea pequeño es la razón por la cual el riesgo también debe ser pequeño. La evolución ha procedido comparando el riesgo con la recompensa. Ahora bien, es importante tener en cuenta que la evolución no nos ha hecho totalmente conscientes de estos cálculos de costo y beneficio. La mayoría de las veces actuamos ignorándolos; no creo que nadie se detenga a pensar en los cálculos de ayudar a su prójimo durante un terremoto o un incendio. Lo que la evolución sí ha producido es la programación, directa o indirecta, hacia estos comportamientos, que presuponen inconscientemente el cálculo del costo y beneficio.

El otro mecanismo es la selección de parentesco, que ya hemos discutido en el primer capítulo.158 Todos los parientes poseen copias de los genes de uno. Por tanto, mis genes serán propagados por ellos, así yo mismo no me reproduzca. Lo que vendría a significar que cualquier ayuda proporcionada a los parientes redunda en favor de los intereses reproductivos propios, aun si el servicio de ayuda no es recíproco. De aquí cabe esperar la evolución del atributo de dar ayuda sin presuponer la eventual reciprocidad del mismo. Todo el beneficio se obtiene por vía de los genes.

Edward Wilson distingue estos mecanismos de ayuda como altruismo de ―núcleo fuerte‖ y altruismo de ―núcleo blando‖. El primero es resultado de la selección de parentesco. Es la ayuda que se da entre parientes, la ayuda que no presupone una eventual recompensa. El segundo es el resultado del altruismo recíproco. Se da entre individuos que pueden no estar emparentados, y aquí sí se espera una posible devolución. Al respecto comenta Wilson:

La conducta individual, incluyendo los actos aparentemente altruistas, que se realizan a favor de la tribu o de la nación, se dirigen, a veces de un modo muy intrincado, a la ventaja darwiniana del ser humano individual y sus parientes cercanos. Las formas más elaboradas de organización social, a pesar de su apariencia externa, sirven en último término de vehículos para el bienestar individual. El altruismo humano parece ser sustancialmente de núcleo duro cuando se dirige a los parientes más próximos, aunque todavía a un nivel mucho más bajo del que se da en el caso de los insectos sociales o de las colonias de invertebrados. El resto de nuestro altruismo es esencialmente blando. El resultado previsible es una mezcolanza de ambivalencia, engaño y culpa que no cesa de causar problemas a la mente individual.159 158 Cf. Pág. 38. 159 Wilson, Sociobiología, 158-159.

107 Consideremos estas ideas desde el punto de vista de la ética. El darwinismo dirá que tenemos predisposiciones biológicas (Darwin decía que instintivas, los sociobiólogos dicen que genéticas) para aprobar ciertos cursos de acción y repudiar otros. Ésta es la capacidad propiamente que caracteriza el comportamiento moral tal como lo define Darwin. Pero deben ser más que una cuestión de gustos o preferencias culturales. Aquí comenzamos a movernos más allá de ese pantano de relativismo moral que parecía invalidar la propuesta ética del darwinismo. El altruismo biológico –entendido como la cooperación hecha en vistas de la ventaja selectiva hacia la reproducción individual– nos conducirá al comportamiento propiamente ético –la distinción genuina y no relativa entre hacer el bien y hacer el mal– a través del innato sentido moral compartido por todos los miembros de nuestra especie.

Hilemos fino esta idea. La noción de un ‗sentido moral‘ presupone un contexto de seres conscientes susceptibles de elegir libremente entre opciones comportamentales distintas. Hasta ahora, los únicos seres biológicos que han mostrado tal nivel de conciencia somos los seres humanos. Por ello, los conceptos morales sólo deben tener sentido dentro de un contexto humano, y pierden su valor si son considerados fuera del mismo. Pero como veremos a continuación, esto no tiene por qué ser equivalente a un relativismo moral. Algunas verdades morales fundamentales pueden ser demostradas tan objetivas como pueden serlo, por ejemplo, verdades al respecto de qué es venenoso y qué no comer. Así, las verdades morales son para nosotros objetivas en el sentido de que no podemos arbitrariamente escoger qué es bueno y qué es malo, de la misma manera en que no podemos escoger arbitrariamente qué es venenoso consumir y qué no. Pero, al igual que las verdades sobre los alimentos venenosos, las verdades morales son verdades contingentes; no pueden existir fuera del contexto humano en algún sentido incorpóreo o independiente. Las verdades morales, como nuestras características físicas, son el resultado de una historia, para usar los términos de Wilson, genética idiosincrática, aunque contingente; una historia que pudo haber dado un sinnúmero de giros pero que, por cualquier motivo azaroso, tomó el que tomó y es en el que nos encontramos ahora. Qué resulta venenoso para nuestra especie y qué no es un hecho biológico contingente. Pudo haber sido distinto de lo que es, porque pudimos haber evolucionado de una manera totalmente distinta a como lo hicimos. El hecho de que una rana dardo del Amazonas pueda consumir de ordinario cantidades alarmantes de alcaloides, contenidos en las hormigas de las que se alimenta, no quiere decir que una

108 dieta semejante no resulte fatal para los humanos. Lo mismo puede decirse de nuestras sensibilidades morales. El hecho de que el canibalismo entre parientes sea algo que sucede con frecuencia entre los caimanes no quiere decir que no sea un hecho repulsivo y moralmente condenable para la enorme mayoría de la especie humana. No somos ranas ni caimanes. Pero tampoco somos dioses o espíritus. Somos seres humanos, y cualquier investigación sobre el comportamiento moral, único a nuestra especie, debe en consecuencia ser realizada exclusivamente desde esta perspectiva.

Aún así, debemos aclarar que no es posible derivar desde el darwinismo ninguna exigencia normativa de que actuemos como seres morales. La evolución no albergó nunca el propósito deliberado de hacernos seres morales. Siguiendo a Ruse, el altruismo podría haber sido en nosotros resultado de un control genético, como en las hormigas o las termitas. Pero esto hubiera significado una modificación considerable de nuestra capacidad craneal, y las ventajas para la supervivencia que ésta nos ha garantizado. De otra parte, si la moralidad hubiera sido una capacidad puramente racional, probablemente no hubiera tenido éxito como estrategia para la supervivencia y la reproducción. El cálculo racional, concienzudo y premeditado, con frecuencia no es de mucha ayuda en situaciones en las que hay que tomar decisiones rápidas de vida o muerte. Si en vez de alertar a mi familia y amigos de que hay un tigre en la aldea (un acto genuinamente altruista) y nos damos todos a la fuga, me abstraigo en el cálculo de las probabilidades de que en realidad sea un tigre y no una ilusión de mis sentidos, o quizá elucubro al respecto de si el tigre realmente está hambriento, o si quizá ha venido por otro motivo, es probable que el tigre me devore a mí y a todos los otros dados a la especulación filosófica antes de que nadie pueda hacer nada. De esta manera, la evolución ha creado una solución intermedia (―a quick, dirty solution‖, como son llamadas en biología), que es habernos dotado de un sentido moral que nos inclinará, deliberadamente o no, hacia las acciones altruistas. ¿Por qué hacia las acciones altruistas? Sencillamente porque nos va mejor como especie trabajando juntos que solos. Dan Dennett trae a colación la simpática cita de Benjamin Franklin para ilustrar este punto: ―Gentlemen, we must all hang together or assuredly we shall all hang separately.‖160

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109 Las hormigas y las termitas son amorales, a pesar de sus comportamientos claramente altruistas. ¿Por qué? Porque no poseen la flexibilidad conductual que caracteriza a los seres humanos (la conciencia). No realizan sus acciones conscientemente. Es más, no tienen capacidad para hacerlo; sus genes controlan su comportamiento de una manera inflexible, un comportamiento que responde únicamente al estímulo (químico, en el caso de ambos insectos). Se comportan como si fueran morales, pero sus acciones ya vienen programadas previamente. En el caso de los seres humanos, no obstante, la evolución se las arregló para crear una solución única: renunció a muchas respuestas condicionadas de manera fija para obtener los beneficios de respuestas más dinámicas, útiles y flexibles bajo la forma de una conciencia personal (sin querer entrar en controversias, bien podríamos afirmar aquí que éste es el nacimiento del ―Yo‖). En vez de respuestas preprogramadas, la evolución produjo en nosotros una especie de ―determinismo suave‖: la predisposición, la intuición y el sentido moral. En lugar de forzar respuestas comportamentales específicas, este determinismo suave nos inclina hacia ciertos comportamientos a través de disposiciones genéticas fuertes, pero no absolutas o inalterables, lo que podríamos caracterizar como un sentido moral innato. Este sentido moral crea una presión no sólo hacia ciertas acciones, sino que también coloca restricción ante otros de nuestros deseos e instintos. Esta propuesta de Ruse explora la existencia de un sentido moral auténtico, un sentido moral programado en nosotros por la evolución de manera estable, aunque no inexorable. Entonces, cuando los humanos nos topamos con el dilema de si cooperar o no cooperar, de si realizar acciones altruistas o no hacerlo, este sentido moral entra en juego (―the moral sense kicks in‖), iniciándose como un mecanismo automático; de manera similar pensaba Darwin cuando describía los instintos sociales. Así se expresa el mismo Ruse al respecto:

What I am suggesting is that we humans have built-in innately, or instinctively if you like, a capacity

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