ANDRÉS FELIPE SUÁREZ THOMAS
LA ÉTICA Y METAÉTICA DEL DARWINISMO
Pontificia Universidad Javeriana Facultad de Filosofía
2 ANDRÉS FELIPE SUÁREZ THOMAS
LA ÉTICA Y METAÉTICA DEL DARWINISMO
Trabajo de grado presentado por Andrés Felipe Suárez Thomas, bajo la dirección del profesor Roberto Palacio, como requisito parcial para optar al título de Licenciado en Filosofía.
Pontificia Universidad Javeriana
Facultad de Filosofía
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Índice
Agradecimientos, 12
Introducción, 13
I. Visión general del darwinismo, 18
1. La teoría de la evolución por selección natural, 18
La evolución: algunas ideas procedentes de la filosofía, 18
Darwin y la selección natural, 22
Lamarck y la herencia de caracteres, 24
Malthus y la lucha por la existencia, 26
¿Cómo opera la herencia de caracteres? 29
El ‗origen‘ de las especies, 32
2. La teoría de la evolución aplicada a la moralidad humana, 35
La moral vista desde la historia natural, 35
El origen del sentido moral, 38
La simpatía, 42
La paradoja del altruismo y la selección de grupo, 45
La lucha entre instintos y la conciencia, 50
El lenguaje, 54
Conclusión, 57
II. Implicaciones sociales del darwinismo, 59
1. Darwinismo social, 59
Darwin y el ‗darwinismo‘ social, 59
Herbert Spencer y el valor moral de la evolución, 66
‗Spencerianismo‘ social, 72
Huxley y la oposición a la naturaleza, 76
2. La falacia naturalista, 79
Dos falacias naturalistas, 79
Del ‗es‘ al ‗debe ser‘, 80
11
III. Metaética darwinista, 96 1. La propuesta metaética, 96
Tipos de teorías éticas, 96
Más sobre el problema de la justificación, 101
2. La metaética y el darwinismo, 103
Una revisión de la moralidad, 103
La justificación metaética de la moralidad, 114
En torno a la ley de Hume, 122
La libertad de elección, 126
Conclusión, 130
12
Agradecimientos
Agradezco a Roberto Palacio por su ayuda y orientación todos estos meses;
Al profesor Miguel Ángel Pérez, cuyos consejos fueron cruciales para mí en ciertas partes de esta tesis;
13
Introducción
100 años sin Darwin son más que suficiente.1
Hablar de una ética darwinista no es empresa fácil. En ninguna parte de la obra del eminente naturalista inglés Charles Darwin (1809 – 1882) encontramos expuesto ya un sistema ético, con normas, máximas, axiomas o parámetros bien definidos. Antes bien, sólo hallamos, en lo que concierne a este tema, algunas hipótesis y análisis respecto del origen de las facultades morales del hombre, basadas en el estudio comparado de las especies que el autor ha realizado. Aunque resulta inadecuado pedirle a Darwin que nos exponga un sistema ético a la tradicional usanza filosófica. Después de todo, el interés primario del naturalista inglés no fue nunca, cual filósofo o moralista, el de exponer una ética a partir de la cual las personas pudiesen orientar sus acciones, o hacer una detallada disertación sobre los conceptos de bien y mal. El interés de Darwin era, por el contrario, harto distinto: demostrar que todas las especies en el mundo natural se han originado a partir de un ancestro común, y que, a lo largo de muchas generaciones, éstas se han transmutado en otras especies distintas a través del proceso conocido como evolución por selección natural. La enorme diversidad de especies que vemos hoy en día en la naturaleza se debería a este proceso de evolución por selección natural, como queda demostrado en El origen de las especies (1859).
Así las cosas, no resulta poco razonable preguntarse cuál puede ser la relevancia filosófica, o moral, de las ideas, en principio biológicas, de Darwin. Aún más, si el mismo Darwin no tenía ningún interés estrictamente filosófico al publicar su obra, ¿por qué deben los filósofos estar atentos de ella? ¿Qué tiene el pensamiento de Darwin que resulta tan indispensable conocerlo, no sólo por biólogos, científicos o filósofos, sino por, prácticamente, todo aquel con un remoto interés por los problemas del hombre y su relación con el mundo natural? Como anota John Dewey al respecto, no podemos desconocer el darwinismo, puesto que éste ―introdujo un modo de pensar que, a la postre, estaba destinado a transformar la lógica del conocimiento y, con ello, la manera
1
14 de abordar la moral, la política y la religión.‖2 El pensamiento darwiniano representó una ruptura radical con la concepción reinante que se tenía sobre la naturaleza en todas las áreas del conocimiento: la idea de que ésta última, como tal, es un diseño absoluto, completo e inmutable, que opera deliberada e inteligentemente en vistas de un fin predeterminado. Nada hay innecesario en la naturaleza, y aquello que a primera vista parece no obedecer a ningún fin, ya ulteriormente lo hallará. Esta idea, claramente, conlleva otra, y es que, si la naturaleza opera ordenadamente en vistas de un fin, entonces alguien o algo tuvo que haberla organizado y dispuesto de esa manera. El conocimiento de la naturaleza desemboca, así, en el conocimiento de un Creador, de una inteligencia superior a la naturaleza que explique la fascinante complejidad y aparente infalibilidad de la misma. No es difícil colegir de este punto cómo ciencia y religión van entonces de la mano; lo que aquélla infiere, ya ésta lo ha aseverado.
Tal era la idea, heredera de Aristóteles, que guiaba todas las ciencias naturales en época de Darwin. No obstante, ya antes de las del buen naturalista inglés habían surgido ideas que disentían de esta concepción estática y finalista de la naturaleza. La astronomía, la geología, la física y la química habían venido todas añadiendo peso a la hipótesis de que la naturaleza es constantemente susceptible de padecer alteraciones sutiles y cambios graduales, y debido a éstos, no a un plan establecido y diseñado eones antes, es que se presenta hoy como la vemos. No fue, sin embargo, hasta la publicación de El origen de las especies, en 1859, que la idea de la naturaleza como algo cambiante y no sometido a ningún orden concreto fue discutida con toda seriedad dentro de los círculos académicos. Al oponerse a la visión finalista del mundo y la naturaleza, el darwinismo obligó a las ciencias, tanto naturales como humanas, a deshacerse de los elementos metafísicos o trascendentales en sus explicaciones; a pasar de las esencias absolutas y generales a las existencias contingentes y concretas. En últimas, a dejar de contemplar los ángeles, bajar la cabeza y observar, en su lugar, a los gusanos que se retuercen bajo nuestros pies. De nuevo, John Dewey se expresa de manera impecable a propósito de este punto:
El interés pasa de las esencias generales que se ocultan tras cada cambio particular a la cuestión de cómo esos cambios particulares favorecen o frustran propósitos concretos; de una inteligencia que conformó las cosas de una vez para siempre, a las inteligencias particulares que las cosas aún ahora están conformando; de la meta de un bien último, a los incrementos directos en justicia y felicidad
2Joh De e , La i flue ia del da i is o e la filosofía , e
15 que se podrían lograr con una administración inteligente de las condiciones existentes, y que la falta de cuidado o la estupidez presentes quizá destruyan o dejen escapar.3
¿En qué concierne todo esto a la ética? Como todas las demás disciplinas del conocimiento, ésta también recibió un gran vuelco por parte del darwinismo. Y es que, si la naturaleza no posee ninguna finalidad u objetivo inmanente, no puede hablarse por consiguiente de una ―justicia‖ o una ―ley‖ natural, mucho menos de algo así como un ―deber ser‖, precepto fundamental de toda ética. Los actos que podrían ser calificados como buenos o malos moralmente serían asunto único del hombre, sin ningún tipo de respaldo supranatural o justificación verdadera, y, por ello, las consecuencias e implicaciones de los mismos un problema que no puede ser resuelto con apelaciones a autoridades metafísicas o con explicaciones que trasciendan el mundo mismo en el que se cometen. Así pues, si las acciones no se pueden justificar en nombre de algún Bien o principio trascendente, el hombre se ve en la obligación de ofrecer una justificación distinta para sus actos. Además, el hombre ya no es una criatura privilegiada, sentado en la mano del Creador y con el derecho de gobernar sobre la naturaleza y todas las criaturas vivientes como le venga en gana; por el contrario, es tan sólo el resultado ciego de los procesos de la selección natural, uno más entre tantas especies, igual en su condición biológica a las criaturas más insignificantes de la naturaleza. Y si la ética no puede justificarse desde fines últimos, entonces conceptos como justicia, deber, bien, libertad o felicidad van ligados a la historia biológica de la especie humana, no pueden ser comprendidos sin ésta, y no existen más allá e independientemente del hombre mismo –cuales ideas platónicas–, como se creía. El darwinismo, así, no sólo pone en cuestión los principios fundamentales de toda ética, sino que, prácticamente, obliga a que se suministre una nueva definición de lo que se entiende por la misma (de la misma manera que obliga a que se dé una nueva definición del ser humano), al menos si aceptamos sus supuestos.
El inicio de este ingente proyecto lo podemos hallar ya en Darwin mismo. En su posterior obra, El origen del hombre (1871), encontramos propiamente las consideraciones del autor sobre el surgimiento de la moral como producto de la evolución de la especie humana. Darwin intentó demostrar que las capacidades morales del hombre podían haberse originado –esto es, evolucionado– debido al proceso de selección natural. No obstante, debemos nuevamente aclarar que esto es todo lo que
3
16 puede hallarse a propósito de este tema, consideraciones y especulaciones sobre el origen de la moralidad. No se encuentra en El origen del hombre la exposición del sistema ético darwinista ni nada parecido. Quizá sea por ello, porque el mismo Darwin nunca bosquejó una teoría moral per se, que no podamos, en consecuencia, hablar de una sola ética darwinista, sino que debamos apelar a las diferentes interpretaciones que se han hecho de las anotaciones del mismo Darwin concernientes al tema, así como a las nuevas teorías que han surgido de las mentes de otros autores insignes a partir de la teoría de la selección natural, y que han optado posteriormente por denominarlas como éticas darwinistas: éticas nacidas de la teoría de la evolución por selección natural, a la vez que cotejada dicha teoría con los hallazgos y descubrimientos científicos que vinieron después de las ideas del naturalista inglés, y que en gran parte han añadido nuevas perspectivas e inquietudes a este problema.
Si de algo no cabe duda es que, como hemos dicho anteriormente, las interpretaciones hechas a la teoría darwiniana son –se puede decir sin temor de caer en una hipérbole– innumerables. Naturalmente, como sucede con todo conocimiento que haya alcanzado gran reconocimiento, la fidelidad o calidad de las mismas en relación con el contenido original está siempre en cuestión. En efecto, el de Charles Darwin ha sido un tristemente célebre ejemplo de una obra que, gracias en parte a las numerosas malinterpretaciones que se le han hecho, ha afrontado censuras y vituperios, algunos de los cuales han persistido hasta nuestros días. Esto, sin embargo, no impide que tengamos por bien considerar las teorías darwinistas sociales más importantes –para bien o para mal–, como los aportes de Herbert Spencer, a fin de ofrecer un panorama completo de las teorías morales darwinistas y su desarrollo a través de la historia y, objeto de esta tesis, argumentar cuál podría ser la interpretación más adecuada de la ética a partir del darwinismo, y por qué nos parece esto así.
17 social: la creencia de que la selección natural opera en la sociedad humana igual a como en el mundo natural. Ésta es, de cara a las condiciones del mundo moderno, una posición a todas luces insostenible y que, analizada más cuidadosamente, no sólo comete la falacia naturalista, sino que además revela una alta incompatibilidad con la idea original de Darwin, como veremos.
18
I. Visión general del darwinismo
La teoría de la evolución por selección natural
El darwinismo no es sólo una ambiciosa teoría de la naturaleza orgánica; es, virtualmente, una filosofía de la vida en sí.4 La evolución: algunas ideas procedentes de la filosofía
La idea de la evolución o transmutación de las especies no es nueva en la historia de la humanidad. Numerosas son las alusiones a este tema por parte de los antiguos filósofos griegos. Empédocles (490 – 430 a.C.) creía que el mundo se compone de cuatro sustancias fundamentales: fuego, agua, aire y tierra. Bajo la influencia de dos principios, la enemistad y la amistad, se hallan en constante movimiento e interacción, y esta actividad da origen a todos los cuerpos, celestes y animales. Lo interesante de esta idea de Empédocles es que estos cuerpos no fueron originados completos; al principio se originaron partes aisladas de animales, que eventualmente se fueron uniendo entre sí. Dado que muchas de estas combinaciones eran monstruosas y no servían para dar vida (nada impedía que, por ejemplo, se mezclase una cabeza de toro con un cuerpo de hombre), perecían. Sólo aquellos que constituían una mezcla armoniosa se conservaban y podían reproducirse. Los ecos de la selección natural en esta bellísima y primigenia idea de Empédocles son innegables.
Otro pensador igualmente importante para esta visión del mundo es Anaximandro de
Mileto (610 – 546 a.C.). Respecto del origen de la vida animal y humana, el filósofo de Mileto había propuesto ya, 500 años antes de Cristo, algunas ideas que no resultan menos que asombrosas. Así, al descubrir restos fósiles de focas en la isla de Paros, concluyó que en alguna época ésos debieron haber sido suelos oceánicos, y que todos los animales terrestres habían tenido un origen similar en el mar. También, al observar a ciertas especies de peces que dan nacimiento a crías vivas (como los tiburones), llegó a la conclusión de que el hombre había descendido de una criatura similar. Anaximandro creía que los humanos pasaban esta transición en las bocas de las criaturas marinas para protegerse de la temperatura hasta el momento en que pudieran salir y perder sus escamas. Considerando la infancia extendida del ser humano, el antiguo filósofo
4
19 pensaba que hubiera sido imposible para los hombres sobrevivir en aquella época primitiva de la misma forma en que lo hacen ahora. Resulta sorprendente que, varios siglos después, Darwin habría de proponer la misma teoría de que el más remoto ancestro de los vertebrados, entre ellos el hombre, era una criatura acuática.5
Aristóteles (384 – 322 a.C.) también sostuvo muchas ideas interesantes respecto de los organismos naturales, aunque su pensamiento difiere de uno evolucionista en la medida en que el Estagirita confirió a la Naturaleza un marcado carácter teleológico. Aristóteles habla de una finalidad interna en todas las criaturas –la entelequia–, que es aquello que las lleva a desarrollarse.6 Por ejemplo, un árbol es la entelequia de una semilla; es la forma hacia la cual la semilla tiende sin influencias externas de otros agentes con el objetivo de realizar todas sus potencialidades. Al mismo tiempo, la entelequia es lo que impulsa a la semilla a crecer y convertirse en un árbol. Dicho de otra manera, el árbol es el fin en virtud del cual la semilla se desarrolla, el motivo que explica sus cambios físicos. Esta finalidad interna no es del todo inherente a los organismos, no obstante; hay una suerte de fuerza metafísica que es la que, a su vez, es la causa tras todos los movimientos (cambios) de los cuerpos en el universo. Hablamos aquí del célebre ―Motor inmóvil‖, la Razón última del universo, que origina movimiento sin ser él mismo movido, y que atrae a todos los organismos como ―el amado al amante‖. La conclusión no podía ser de otra manera. Sin esta idea de un Motor inmóvil, el inevitable círculo de causalidad y finalidad se extendería ad nauseam. Este es el quid, a la vez que el mayor dislate, de la teleología. Si todo en la naturaleza existe en la medida en que existe también su porqué, entonces tiene que haber un porqué de porqués, la causa que no sea ella misma producto de alguna otra causa. No es una exageración afirmar que toda la filosofía posterior se ha ocupado en bien defender, bien refutar esta cuestión, bajo diversos matices. 7
Podríamos continuar de esta manera, y seguir analizando la historia del pensamiento evolucionista desde los antiguos griegos en adelante y descubrir que muchísimos pensadores ilustres de toda índole y época habían ya anticipado buena parte de las ideas
5
Cf. Charles Darwin, El origen del hombre (Madrid: Biblioteca Edaf, 1989), traducción de Julián Aguirre, 158.
6
Cf. G.V. Platonov, Darwinismo y filosofía (Buenos Aires: Editorial Lautaro, 1981), 14. 7
20 de Darwin. En lo que respecta a la filosofía moderna a propósito de este punto, llama la atención el caso de David Hume (1711 -1776), filósofo cuyas ideas, en sus Diálogos sobre religión natural (1779), guardan cierta similitud con la teoría de la selección natural que, un siglo después, haría célebre el naturalista inglés. En la obra mencionada, considera el filósofo escocés si el ser humano es capaz de llegar a conocer a Dios. Para ello, inquiere varios argumentos respecto de la existencia de Dios, cada uno argüido por un personaje distinto. Demea representa el dogmatismo religioso, al sostener que el ser humano no puede acceder al conocimiento de Dios mediante la razón (argumento desde la fe). Philo, el escéptico, concede a Demea que Dios puede ser incomprensible racionalmente, pero ello no impide que pueda ser moralmente corrupto, y cognoscible por esta vía (argumento del mal). Cleantes aduce que se puede conocer a Dios por la evidencia que hallamos de Él en la naturaleza (argumento del diseño). Al respecto de este último argumento, Hume realiza una crítica devastadora. Cleantes arguye que vemos ciertos objetos como relojes y barcos que presentan cierto orden y que fueron construidos por un diseñador inteligente. Dado que vemos que el universo presenta también un tipo de orden, se puede asegurar en consecuencia que el universo ha sido construido con un diseño inteligente. Philo objeta ante este argumento, aduciendo que el argumento del diseño es sólo una analogía, lo que hace posible que sea adecuado para formular una hipótesis, pero no por ello es un criterio válido de verificación. Aún más, la analogía es débil, puesto que no aporta elementos contrastables entre el universo y un barco o reloj además del hecho de que ambos presentan cierto orden8. Del hecho de que un reloj haya sido creado por un relojero humano no se sigue que los animales y plantas hayan sido creados por un Creador divino omnipotente. El argumento es, pues, inválido, porque ambos fenómenos son disímiles. De la creación humana no se sigue la creación divina. Además, aún en caso de que sí existiera un Creador, la Creación no nos dice nada de Él, así como el reloj no nos dice nada del relojero.
Otros pasajes de los Diálogos guardan una similitud asombrosa con la teoría de Darwin. Consideremos, por ejemplo, el siguiente párrafo, que se acerca bastante a una trágica descripción de la lucha por la existencia:
A perpetual war is kindled amongst all living creatures. Necessities, hunger, want, stimulate the strong and courageous: Fear, anxiety, terror, agitate the weak and infirm. The first entrance into life gives anguish to the new-born infant and to its wretched parent: Weakness, impotence, distress, attend
each stage of that life: and it is at last finished in agony and horror (…) Observe too, says Philo, the
8
21 curious artifices of Nature, in order to embitter the life of every living being. The stronger prey upon the weaker, and keep them in perpetual terror and anxiety. The weaker too, in their turn, often prey upon the stronger, and vex and molest them without relaxation. Consider that innumerable race of insects, which either are bred on the body of each animal, or, flying about, infix their stings in him. These insects have others still less than themselves, which torment them. And thus on each hand, before and behind, above and below, every animal is surrounded with enemies, which incessantly seek his misery and destruction. 9
Algo más. Hume considera que, de haber algún orden en la naturaleza, éste puede ser atribuido a la naturaleza misma, y no a algo allende de ella. Esto es, la naturaleza guardaría en sí misma la fuente de sus cambios. Esto es lo que parece querer decir el filósofo escocés en el siguiente apartado, que podría ser fácilmente interpretado como una anticipación de la teoría de la selección natural:
Is there a system, an order, an economy of things, by which matter can preserve that perpetual agitation which seems essential to it, and yet maintain constancy in the forms which it produces? There certainly is such an economy; for this is actually the case with the present world. The continual motion of matter, therefore, in less than infinite transpositions, must produce this economy or order; and by its very nature, that order, when once established, supports itself, for many ages, if not to eternity. But wherever matter is so poised, arranged, and adjusted, as to continue in perpetual motion, and yet preserve constancy in the forms, its situation must, of necessity, have all the same appearance of art and contrivance which we observe at present. All the parts of each form must have a relation to each other, and to the whole; and the whole itself must have a relation to the other parts of the universe; to the element in which the form subsists; to the materials with which it repairs its waste and decay; and to every other form which is hostile or friendly. A defect in any of these particulars destroys the form; and the matter of which it is composed is again set loose, and is thrown into irregular motions and fermentations, till it unites itself to some other regular form.10
Este énfasis en la estabilidad de la naturaleza en sus infinitos cambios y en la preservación de todo aquello esencial a los organismos será, un siglo más adelante, una idea presente en la teoría de la selección natural, aunque no se puede saber con certeza hasta qué punto estuvo el naturalista inglés influenciado por el filósofo escocés a la hora de escribir El origen de las especies. Hume, por su parte, en lo concerniente a este brete concluye que lo más razonable es simplemente suspender el juicio, puesto que es incapaz de tomar en serio estos argumentos sobre la complejidad de la naturaleza, sin introducir la idea de un diseñador que así lo haya determinado a priori.
Lo que es claro, sin embargo, es que, como señala Daniel Dennett en su obra La peligrosa idea de Darwin:
Cute ideas about evolution had been floating around for millennia, but, like most philosophical ideas, although they did seem to offer a solution of sorts to the problem at hand, they didn‘t promise to go any farther, to open up new investigations or generate surprising predictions that could be tested, or explain any facts they weren‘t expressly designed to explain. The evolution revolution had to wait until Charles Darwin saw how to weave an evolutionary hypothesis into an explanatory fabric composed of literally thousands of hard-won and often surprising facts about nature. Darwin neither invented the wonderful idea out of whole cloth all by himself, nor understood it in its entirety
9
David Hume, Dialogues Concerning Natural Religion (Londres, Penguin Classics, 1990), 89. 10
22 even when he had formulated it. But he did such a monumental job of clarifying the idea, and tying it down so it would never again float away, that he deserves the credit if anyone does.11
Hechas estas aclaraciones preliminares, podemos ya entrar en materia y considerar las ideas del propio Darwin al respecto de la evolución.
Darwin y la selección natural
Darwin, en El origen de las especies, dice, en uno de los pasajes más célebres de esa obra:
Si durante el largo paso de las generaciones y bajo diferentes condiciones de vida, los seres orgánicos varían de alguna manera en las muchas partes de su constitución, y me parece que esto no puede ser discutido; si hay, debido a los altos índices de crecimiento geométrico de cada especie, en alguna edad, temporada o año, una severa lucha por la existencia, y esto ciertamente no puede ser discutido; entonces, considerando la infinita complejidad de las relaciones de todos los seres orgánicos entre sí y sus condiciones de existencia, que son causa de una infinita diversidad en estructura, constitución y hábitos, creo que sería un hecho muy extraordinario si ninguna variación hubiese ocurrido que resultase útil para el bienestar de cada organismo, de la misma manera que tantas variaciones han resultado útiles para el hombre. Pero si las variaciones benéficas para un organismo en efecto ocurren, entonces los individuos que las posean tendrán mejor oportunidad de preservarse en la lucha por la vida; y por el fuerte principio de la herencia tenderán a dejar descendencia con similares características. Este principio de preservación he llamado, brevemente, selección natural. 12
De acuerdo con lo anterior se colige lo siguiente: los individuos de cualquier especie tienden a presentar variaciones entre sí, a nivel fisiológico y anatómico, por más pequeñas o insignificantes que puedan parecer a primera vista. Estas variaciones, si son de alguna manera favorables para la conservación de su existencia, de cara a sus condiciones específicas de vida (no importa si constituyen una ventaja grande o pequeña, tan sólo que constituyan una), serán pasadas, por virtud de las leyes de la herencia, a las generaciones venideras. Entonces, los individuos que posean ciertas combinaciones de rasgos favorables tendrán más oportunidades de reproducirse y dejar su herencia que aquellos que posean otras combinaciones menos favorables. Acabamos de resumir aquí, brevemente, el quid de lo que se entiende por la teoría de la selección natural. Sin embargo, la teoría dista mucho de estar ya completa. Como señala Ryan Gregory:
Some components of the process, most notably the sources of variation and the mechanisms of
inheritance, were, due to the limited available information in Darwin‘s time, either vague or incorrect
in his original formulation. Since then, each of the core aspects of the mechanism has been elucidated and well documented, making the modern theoryof natural selection far more detailed and vigorously supported than when first proposed 150 years ago.13
11
Daniel Dennett, Dar in’s Dangerous Idea (New York, Penguin Books USA, 1995), 33.
12
Charles Darwin, El origen de las especies (Buenos Aires, Longseller, 2005), traducción de Carlos Mayer, 115-116.
13
23 Siguiendo el estudio original de Dennett, el análisis de Darwin en El origen de las especies puede ser dividido en dos ideas básicas: primero, que las especies descienden de un ancestro común (ésta sería propiamente la teoría de la evolución) y segundo, que este proceso puede ser explicado mediante el mecanismo de la selección natural.14 ―If Darwin hadn‘t had a vision of a mechanism, natural selection, by which this well-nigh-inconceivable historical transformation could have been accomplished, he would probably not have had the motivation to assemble all the circumstantial evidence that it had actually occurred.‖15 Este mecanismo de cambio evolutivo fue llamado por Darwin selección natural bajo la analogía de que la naturaleza estaba logrando lo mismo que los criadores humanos lograban al producir un nuevo tipo de caballo o perro al cruzar sistemáticamente aquellos animales de dichas especies que mostraban las características que los criadores hallaban más deseables, y buscaban por ello que apareciesen en la descendencia de los mismos. La naturaleza, empero, a pesar de operar selectivamente, no guarda este mismo propósito; de hecho, no posee ninguna finalidad intrínseca que podamos aprehender a la tradicional usanza filosófica. La inmensa diversidad de los organismos es el resultado, no de algún plan o diseño, sino de los accidentes naturales acaecidos a través de la historia de la tierra: los cambios climáticos, geológicos, las sequías o la escasez de recursos, el incremento de rivales o depredadores de alguna especie en particular que diezmasen su número, etc. Si aceptamos la selección natural, entonces debemos reconocer que el mundo se nos presenta de esta manera por virtud de este continuo proceso de selección, adaptación, extinción y especiación, y no porque es resultado de la Creación o cualquier otra fuerza sobrenatural. Como ya sospechaba Hume, la naturaleza misma es la responsable de sus propios cambios.
Darwin advirtió que los organismos tienden a dejar más descendencia de la que el entorno en el que se desarrollan puede sostener. Dicho de otra manera, el número de descendientes que dos organismos pueden generar tiende a ser mayor al número de recursos naturales disponibles para sustentarlos a todos a lo largo del tiempo. De aquí que Darwin hable de una competencia implacable entre los organismos por sobrevivir ante condiciones adversas, y de donde se deduzca que, a pesar del gran número de descendientes que los organismos puedan dejar, no todos lleguen a sobrevivir. La superpoblación, en el mundo natural, está siempre entrañada con una altísima
14
Cf. Daniel Dennett, Dar in’s Dangerous Idea, 39.
15
24 mortalidad, dado que, si la descendencia de una especie prosperara en su totalidad, y sucesivamente se reprodujera, pronto avasallaría cualquiera otra especie sobre la Tierra. Bien lo señala Gregory:
The enormity of this potential for exponential growth is difficult to fathom. For example, consider that beginning with a single Escherichia coli bacterium, and assuming that cell division occurs every 30 minutes, it would take less than a week for the descendants of this one cell to exceed the mass of the Earth. Of course, exponential population expansion is not limited to bacteria. As Nobel laureate
Jacques Monod once quipped, ―What is true for E. coli is also true for the elephant,‖ and indeed,
Darwin himself used elephants as an illustration of the principle of rapid population growth, calculating that the number of descendants of a single pair would swell to more than 19,000,000 in only 750 years. Keown cites the example of oysters, which may produce as many as 114,000,000 eggs in a single spawn. If all these eggs grew into oysters and produced this many eggs of their own that, in turn, survived to reproduce, then within five generations there would be more oysters than the number of electrons in the known universe.16
A la superpoblación se le suman otros dos hechos: la variabilidad y la herencia. Respecto de la primera, se hace notable al comparar la estructura y función corporal de varios organismos pertenecientes a una misma especie. Compárense dos o más miembros de una misma especie cualquiera en estado natural; las diferencias entre todos pronto serán evidentes. Puede tratarse de la tonalidad del pelaje, el número de dientes, la envergadura de las alas, la distancia que hay entre ambos ojos, la longitud de las patas; no hay dos individuos, dentro de una misma especie, que sean totalmente iguales. Por ejemplo, los tigres no presentan todos patrones idénticos en la distribución de sus rayas, o, viéndolo en un caso más próximo a nosotros, los hombres no poseen todos la misma estatura, o el mismo color de piel. No es poco razonable, pues, pensar que esta variabilidad pueda extenderse a características que resulten condicionantes para la supervivencia, como la capacidad para ver bien de lejos (que ayudaría a detectar a los predadores más fácilmente), una mayor tolerancia ante alguna enfermedad o infección, o un pelaje de alguna tonalidad que ayude más al camuflaje. Estas características que componen la variabilidad entre individuos están a su vez determinadas por la transmisión genética, es decir, se adquieren por herencia (aunque, en tiempos de Darwin, no se entendía todavía muy bien cómo operaba esta adquisición y, de hecho, Darwin mismo nunca explicó cómo se originaban las variaciones entre cada individuo).
Lamarck y la herencia de caracteres
Esta idea de la trasmisión de caracteres favorables de una generación a otra ya había sido desarrollada por el naturalista francés Jean Baptiste Lamarck (1744 – 1829), con su formulación conocida como herencia de caracteres adquiridos. De acuerdo con esta teoría, los organismos cambiarían paulatinamente para adaptarse al entorno donde se
16
25 encontrasen, y estos caracteres adquiridos en vida se heredarían a la próxima generación. Estos caracteres se forman en respuesta a las necesidades y condiciones particulares de cada organismo. Con el tiempo, estas modificaciones anatómicas se pasarían a la siguiente generación.17
Al igual que Darwin, Lamarck estaba convencido de que todos los organismos presentes en la naturaleza, entre ellos el hombre, se habían originado a partir de un organismo común. La vida se había generado en una forma sencilla, y luego se había ido complejizando, como una escala evolutiva, motivada por ―una fuerza que tiende incesantemente a complicar la organización.‖18 La variabilidad de formas dentro de las especies sería el resultado de la adaptación de las mismas a las condiciones específicas en las que vivieran. En otras palabras, el medio ambiente influiría en los organismos de manera directa, a través de las diversas necesidades que les plantease y los hábitos que éstos en respuesta desarrollaran para adaptarse. Estas variaciones adquiridas a través del hábito, el uso o desuso de órganos y la necesidad serían transmitidas a las generaciones siguientes, y, al acumularse gradualmente, conducirían a la formación sucesiva de nuevas especies biológicas. Quizá el ejemplo más famoso de esta teoría sea el del cuello de la jirafa. Lamarck explicaba la longitud de dicha parte de este animal dado el continuo esfuerzo de la especie –que originalmente era más pequeña, de cuello y patas cortas – para ramonear las copas de árboles más y más altos. Dicho esfuerzo para sobrevivir conllevó el desarrollo de un cuello, y patas, cada vez más largos que se adaptaran al medio ambiente, adaptación que a su vez se fue heredando a las generaciones venideras. Así, en el lamarckismo, un organismo percibe la necesidad ambiental y responde de la manera ―correcta‖ al desarrollar algún método de adaptación que luego pasará a su descendencia. Tal explicación teleológica no tenía lugar para Darwin. El lamarckismo confería cierta noción de finalidad y dirección a la naturaleza, un objetivo específico por virtud del cual las especies se configuran y adaptan. Pero esto es irreconciliable con la selección natural, que es un proceso accidental, a partir del cual la adaptación surge en razón de las variaciones arbitrarias de un individuo respecto de otro que favorezcan su éxito reproductivo sobre el de la competencia. En otras palabras, en la selección natural el esfuerzo adaptativo de una criatura no sería lo que determina su proceso evolutivo.
17
Cf. Jean Baptiste Lamarck, Filosofía zoológica (Barcelona, Editorial Alta Fulla - Mundo científico, 1986), 175.
18
26 Lamarck sostenía que la evolución de las especies se debía a dos causas: primero, que en todos los organismos existe un impulso interno que los lleva instintivamente hacia su perfeccionamiento (una afirmación que, por demás, está empapada de teleología), y segundo, la capacidad de los organismos para reaccionar al entorno y adaptarse a las necesidades de su situación presente. Lamarck consideraba, de esta manera, el ambiente, el entorno físico, como la fuerza en juego principal para la evolución, a diferencia de Darwin, para quien el entorno es un factor que influiría en qué variaciones individuales podrían primar sobre otras en términos de ser ventajosas para la supervivencia, pero no es el único determinante para que se dé evolución. Esto resulta de esta manera dado que, aun en caso de que algunas variaciones fuesen ventajosas, tal hecho sería completamente accidental, por cuanto las mismas variaciones que podrían resultar favorables dadas ciertas condiciones de vida, podrían igualmente ser inútiles bajo otras (esta hipótesis es una de las que sostiene Darwin para explicar la diversidad de la especiación). Si por alguna catástrofe climática los mamíferos lanudos se encontrasen de repente en un ambiente desértico, entonces la variación que otrora les fue ventajosa pasaría a ser perjudicial. Lamarck creía que ante cualquier circunstancia los organismos tenían la capacidad inherente de adaptarse a la situación; Darwin creía que el entorno, así como podía favorecer ciertos rasgos, podía igualmente ser responsable de la extinción de una especie, al no poder ésta adaptarse a las particularidades de su situación. Gould resume esta divergencia entre ambos naturalistas de la siguiente manera:
El darwinismo es un proceso de dos pasos, en el que hay dos fuerzas que son las responsables de la
variación y de su dirección. (…) La variación se produce sin una orientación preferente hacia
direcciones adaptativas. Si disminuyen las temperaturas y una capa de piel más espesa pudiera colaborar a la supervivencia, la variación genética en beneficio de una mayor cantidad de pelo no empieza a surgir cada vez con mayor frecuencia. La selección, el segundo paso, opera sobre la variación no orientada y transforma la población confiriendo un mayor éxito reproductivo a las
variantes ventajosas. (…) El lamarckismo es, esencialmente, una teoría de la variación dirigida: Si las pieles espesas son mejores, se desarrollan y se transmite ese potencial a la descendencia. Así pues, la variación es directamente dirigida hacia la adaptación, y no es necesaria ninguna segunda fuerza, como la selección natural.19
Malthus y la lucha por la existencia
Teniendo en cuenta los tres factores que hemos mencionado –población, variabilidad, herencia–, es que Darwin hablará consecuentemente de una lucha por la existencia entre las especies. Sentado que nacen más sujetos de los que pueden
19
27 sobrevivir, tiene que declararse una lucha por los recursos disponibles, una competencia constante en busca de espacio y alimento. Esta lucha es directa, como la que se da entre miembros de una misma especie (en la medida en que padecen las mismas necesidades y requieren de los mismos recursos para su sustento) o indirecta, como la de los animales y vegetales para sobrevivir ante condiciones de falta de agua, bajas temperaturas u otras condiciones desfavorables del medio ambiente.
El término ―lucha por la existencia‖ ya había sido acuñado por el reverendo Thomas Malthus (1766 – 1834). Aplicado en principio a la población humana, en el Ensayo sobre el principio de población (1798), Malthus anota que en el mundo natural las plantas y los animales tienden a dejar más descendencia de la que puede sobrevivir. El ser humano también, de serle posible, puede llegar a producir un exceso de población. Dado que la población humana crece en progresión geométrica (es decir, la progresión aumenta multiplicándose por dos: 1, 2, 4, 8, 16, 32, etc.), mientras que los recursos alimenticios crecen sólo en progresión aritmética (la progresión aumenta con la adición de dos: 1, 3, 5, 7, 9, 11, etc.), la diferencia entre ambos ritmos de crecimiento es tan grande que se hace necesario imponer ciertos límites sobre el control de los recursos y los medios de subsistencia. La conclusión de Malthus fue que, a medida que la población más creciera, las inevitables limitaciones de recursos alimentarios darían paso a implicaciones sociales, esto es, las poblaciones se verían forzadas a competir entre ellas por el mayor número de recursos. Esta competencia fue la que definió el autor bajo términos de una ―lucha por la existencia‖, y el desenlace que de esta lucha surge es que gran parte de la humanidad estaría siempre condenada a la miseria, y sólo los más aptos tendrían acceso a los recursos para subsistir, a menos que el número de familias y sus métodos de reproducción fuesen estrictamente regulados, de modo que la población humana nunca aumentase en exceso.20
Darwin tomó esta idea de Malthus y la desplazó al mundo natural, a la vez que aplicó sobre ella la selección natural: las características favorables de algunos individuos, para un tiempo y un lugar determinados, son las que hacen que algunos sobrevivan exitosamente en la lucha por la existencia, además de favorecerles para dejar descendencia.
20
Cf. Thomas R. Malthus, An Essay on the Principle of Population
28 ¿Por qué no vemos, siguiendo el ejemplo de Gregory anteriormente citado, un número alarmante de E.coli o de ostras repartido por todo el mundo? En teoría, todas las especies pueden sin ningún obstáculo caer en una ―superfecundidad‖ (es más, se ven compelidas a ello) y, en consecuencia, expandir su número notablemente, empero, en la práctica vemos que esto no resulta de este modo. La razón para ello es simple, y es que no toda la descendencia que es producida llegará a sobrevivir y dejar de paso la suya propia. El número de las poblaciones, notó Darwin, tiende a conservarse estable a largo plazo gracias a este balance de la supervivencia. Algunos organismos sucumben ante enfermedades o infecciones, otros son devorados por los predadores o asesinados por rivales. La lucha por la existencia, entonces, es la resulta de esta discrepancia masiva entre el número de descendencia producida y el número que alcanza a sobrevivir de la misma, que, como vemos, tiende a ser mínimo. ―Nacen más individuos de los que pueden sobrevivir. Cualquier alteración de este balance determina cuál individuo muere y cuál vive –qué especie incrementará en número y qué otra se reducirá, o se extinguirá finalmente.‖21
El término de lucha por la existencia no sólo se aplica a la posibilidad de sobrevivir sin más, sino también a la oportunidad de dejar descendencia, el éxito reproductivo. Puesto que, como hemos visto, el factor de la superpoblación, junto con las condiciones de vida, hace imposible que todos los miembros de una especie se desarrollen, siempre habrá forzosamente una lucha entre las especies por la supervivencia y la reproducción, y el éxito en ambas se deberá en gran parte a las variaciones individuales. Alguna variabilidad que ayude a conseguir pareja, a luchar por el territorio, a obtener alimento con más eficacia, todas favorecerán las probabilidades de supervivencia, y con éstas también las de dejar descendencia. Veamos el ejemplo que Darwin utiliza para ilustrar este punto: si correr velozmente incrementa las posibilidades reproductivas de un lobo, y si la descendencia de dicho lobo es similar a éste en lo que se refiere a correr velozmente, entonces la proporción de lobos veloces tenderá a ser mayor en la generaciones futuras que hayan descendido de este primer lobo veloz (asumiendo que este primer lobo haya tenido mayor éxito reproductivo que el resto). Este proceso puede repetirse generación tras generación, haciendo que los lobos sean cada vez más veloces.22 Otro ejemplo sería el de la polilla del abedul, Biston betularia, nativa del
21
Cf. Darwin, El origen de las especies, 110.
22
29 Reino Unido. Originalmente, las polillas presentaban dos coloraciones, blancas o negras. Durante la revolución industrial, empero, un gran número de los abedules sobre los cuales los insectos se posaban fueron ennegrecidos por el hollín de las fábricas circundantes, lo que concedió una ventaja imprevista a las polillas negras frente a los predadores. Con el paso de algunas generaciones, las polillas negras habían tenido mayor éxito reproductivo y dejado más descendencia que sus compañeras blancas, de manera que casi todas las polillas eran ahora negras.
¿Cómo opera la herencia de caracteres?
Los ejemplos anteriores ilustran respecto de cómo ciertos caracteres favorables para la supervivencia tienden a heredarse, por lo que el organismo que los posea contribuirá con más descendencia que el competidor menos favorecido, y las crías serán a su vez portadoras de las características que determinaron el éxito de sus padres. Darwin era plenamente consciente de esto, que las variabilidades ventajosas tienden a heredarse directamente de padre a hijo, y que, dentro de una misma especie, los hijos son más similares a sus padres que al resto de los miembros. No obstante, en su tiempo, el naturalista inglés era incapaz de explicar por qué existía la variación o cómo ciertas características específicas eran pasadas de padre a hijo, por lo que su explicación de los mecanismos de herencia es nebulosa (Lamarck se deshace de este aprieto simplemente afirmando que las características que se adquieren por herencia son producto de la adaptación directa al entorno). Esta laguna, infortunadamente, resulta crucial a la hora de comprender con exactitud la teoría de la selección natural. Resulta por demás curioso, de otra parte, que ni Darwin ni sus contemporáneos hayan podido tropezar con una explicación satisfactoria para esta interrogante. A este respecto comenta Dennett:
In all his brilliant musings, Darwin never hit upon the central concept, without which the theory of evolution is hopeless: the concept of a gene. Darwin had no proper unit of heredity, and so his account of the process of natural selection was plagued with entirely reasonable doubts about whether it would work. Darwin supposed that offspring would always exhibit a sort of blend or average of their parents‘ features. Wouldn‘t such ―blending inheritance‖ always simply average out all differences, turning everything into uniform gray? How could diversity survive such relentless averaging? Darwin recognized the seriousness of this challenge, and neither he nor his many ardent supporters succeeded in responding with a description of a convincing and well-documented mechanism of heredity that could combine traits of parents while maintaining an underlying and unchanged identity.23
Hoy por hoy, los principios de la trasmisión genética no nos son más un misterio. Después de las leyes de Mendel, y los descubrimientos de Watson y Crick, la teoría de Darwin ha sido confirmada con una fuerza que ni el mismo naturalista podría haber
23
31 favorably selected is better adapted than its unfavored alternatives. This is the reliable outcome of such selection, the prevalence of well-adapted genes.‖24 De esta manera, debemos aclarar que el proceso de selección natural no es al azar; lo que es al azar es el mecanismo de mutación genética que le subyace. Si bien la aparición primera de variaciones ventajosas es azarosa, su aparición sucesiva en organismos posteriores lo es menos, si han resultado favorables para la supervivencia y reproducción de los organismos que las posean; esto es la selección natural. Dicho de otra manera, la selección natural no genera las variaciones favorables, pero sí las preserva; a esto se referiría la ―prevalencia de genes bien adaptados.‖
Este proceso de la selección natural es entendido por Dennett como un constante proceso biológico de prueba y error.25 Un organismo se genera, por recombinación y mutación arbitraria de genes, y es ―puesto a prueba‖ en un entorno específico. Algunos de estos organismos tenderán a reproducirse más efectivamente que otros, por virtud de algún carácter individual ventajoso; otros simplemente no se reproducen y mueren. Los caracteres favorables en lo sucesivo son retenidos por las generaciones subsiguientes, a la vez que, si las condiciones de vida son fluctuantes, la ―búsqueda‖ por caracteres cada vez más adecuados sigue. Las ventajas ya presentes en una especie no se pierden; se reparten y actúan a la vez como fundamento de otras ventajas sucesivas. Este proceso algorítmico de prueba y error, la selección natural, puede, visto a la luz de múltiples generaciones, explicar mecanismos complejísimos como el ojo. La química básica que fabrica una célula fotosensible es compartida en el reino animal (y es que todos vivimos bajo el mismo sol), y la selección natural se ha detenido en ella una y otra vez. Se han descubierto especies extintas que se han correspondido con cada etapa evolutivo del ojo; así, la visión ha sido un proceso acumulativo, y cada etapa ha sido más útil que la anterior. No ha sido un solo salto calculado hacia la perfección –lo que Dennett llama skyhooks–, sino un proceso lento y gradual de variación acumulada tras otra –los cranes–, en el que las más útiles se han venido preservando. Con este ejemplo en mente, no sorprende que la selección natural, un proceso que permite comprender, prácticamente, todos los fenómenos de la naturaleza (entre ellos la moralidad humana, como veremos más adelante) sin recurrir a la noción de propósito o causas finales, fuese llamada por Dennett la ―peligrosa idea de Darwin.‖
24Geo ge C. Willia s,
Excerpts from Adaptatio a d Natu al “ele tio , e Conceptual Issues in Evolutionary Biology, ed. Elliott Sober (London, Brandon Books, 2006), 44.
25
32
El ‘origen’ de las especies
Este proceso, como lo entiende Dennett, sin embargo, conlleva otra pregunta: ¿Cómo, en efecto, se originan nuevas especies? Se ha dicho que, irónicamente, a pesar de que la obra se titula El origen de las especies, Darwin nunca explicó directamente cómo se daba este origen, o cuál era la especie primera de la que todas las demás descendían. Como señala el mismo Dennett, Darwin partió del hecho de que en la naturaleza ya había especies definidas con diversísimas variaciones entre sí para explicar la selección natural, sin apelar directamente a la primera especie o al origen mismo de la vida.26 Aún así, era claro para el naturalista inglés que el proceso de variación individual explicado por la selección natural no explicaba todavía el proceso de especiación, y por ello consideró también procesos alternativos del mismo, que a continuación veremos someramente para finalizar esta primera parte del capítulo.
Una posibilidad de especiación que consideró Darwin fue la de la separación geográfica. Cuando, por ejemplo, parte de una población queda aislada del resto (por una cadena montañosa, un río, un brazo del mar, una migración, etc.), y, si la barrera se mantiene durante un tiempo considerable, ambas poblaciones cambiarán lo suficiente como para ser incapaces de cruzarse. Dado que las condiciones de vida de ambos grupos cambian, las variaciones que una vez los hacían parte de una misma especie irán a su vez cambiando inevitablemente. Esto suele tomarse como una condición satisfactoria para que dos grupos de criaturas similares sean clasificados como especies separadas. Una población parental pequeña que queda aislada, sobretodo, puede ser capaz de una adaptación rápida, dado que las mutaciones, que podrían contribuir a la supervivencia, pueden manifestarse y propagarse más rápidamente en un grupo consistente de pocos individuos antes que en una población numerosa (en donde los rasgos nuevos podrían ―diluirse‖ genéticamente, por la densidad de la población), si es que los individuos no poseen ya una variación ventajosa para el nuevo ambiente que podrían heredar más rápidamente. Esta posibilidad de la separación geográfica, sin embargo, no es la única posible, ni es siempre aplicable (nada impide que, en vez de alterar sus variaciones, la población separada simplemente se extinga).
Otra posibilidad más reciente es que las subpoblaciones que no estén separadas físicamente puedan todavía distanciarse biológicamente por virtud de su estructura genética. Como hemos dicho anteriormente, los cambios genéticos crean ligeras
26
33 diferencias en el comportamiento –como los hábitos alimenticios o las preferencias a la hora de aparearse– que pueden aumentar progresivamente y que, con el tiempo, conducen a formas de vida distintas sin que exista una separación física. A lo largo de sucesivas generaciones, por virtud de estas variaciones genéticas acumulativas, los miembros de las subespecies se convertirán en criaturas separadas que están relacionadas, que tienen un ancestro común, pero que ya no pueden cruzarse entre sí. Por ejemplo, una mutación genética que retrasara el comienzo de la floración de una planta haría que ésta quedara aislada en términos reproductivos del resto. En ciertos insectos, una alteración del gen de una feromona de atracción podría suponer la pérdida de interés por parte del sexo opuesto, y el insecto quedaría aislado de sus compañeros en términos reproductivos.27 Claro está, dicho aislamiento sería sólo el comienzo de un hipotético proceso de especiación; tanto la flor como el insecto necesitarían de otras criaturas con mutaciones compatibles para reproducirse. Aún así, en principio diferencias genéticas simples podrían producir mutación genética acumulativa que conduciría a nueva especiación.
Naturalmente, la teoría de la variación genética escapaba a Darwin. Sin embargo, el hecho de que hay especiación es innegable. Siguiendo a Dennett:
But the fact of speciation itself is incontestable, as Darwin showed, building an irresistible case out of literally hundreds of carefully studied and closely argued instances. That is how species originate: by
―descent with modification‖ from earlier species—not by Special Creation. So in another sense Darwin undeniably did explain the origin of species. Whatever the mechanisms are that operate, they manifestly begin with the emergence of variety within a species, and end, after modifications have accumulated, with the birth of a new, descendant species. What start as ―well-marked varieties‖ turn gradually into ―the doubtful category of subspecies; but we have only to suppose the steps in the process of modification to be more numerous or greater in amount, to convert these... forms into well-defined species‖ (Origin, p. 120).28
Hemos, hasta aquí, explicado la teoría de la evolución por selección natural. Ciertamente, la teoría no es absoluta, y Darwin mismo nunca la completó satisfactoriamente. No han sido tampoco extraños los embates y críticas que ha tenido que soportar. Así:
The objections to Darwin‘s explanation were both scientific and philosophical. From the beginning, Darwin‘s theory of natural selection had lacked one major and necessary element: a source of the small variations in organisms of the same species upon which natural selection worked. The theory also suffered in the eyes of many scientists from a philosophical deficiency, as historian of science Peter Bowler has demonstrated. Darwin‘s whole theory of evolution was materialistic; it excluded any moral or religious force in accounting for the evolution of human beings. For people used to thinking of human beings as architects of their own lives under the guidance of a Supreme Being, the philosophical implications of Darwinism were difficult to assimilate when they were not downright
27
Cf. Brian Leith, El legado de Darwin, 64. 28
34 repugnant. The underlying philosophy of Darwinism had no place for a divine order or purpose in the universe or for man‘s agency or will.29
Respecto a la primera objeción, no creo que sea, hoy por hoy, aplicable con la misma validez. Durante el paso de estos dos siglos, la ciencia ha arribado a conclusiones que han venido dando certeza y autoridad a la teoría darwinista de manera contundente. Como mencionamos anteriormente, la genética, en especial, ha confirmado las ideas de Darwin respecto de las variaciones individuales, que pueden ser comparadas y comprobadas a nivel genético en distintos individuos de especies separadas por varias generaciones. Me parece indudable que con cada nuevo avance de esta ciencia, así como con cada nuevo registro fósil y cada nuevo vínculo entre una especie actual y una extinta que se descubre, más pruebas se añaden a la teoría de la selección natural que la hacen más sólida y consistente. Puede que, en efecto, nunca deje de ser una teoría, pero en ese caso seguirá siendo una inmensamente persuasiva, ante la cual cualquier otra consideración de la naturaleza parece insuficiente o simplemente ridícula. La segunda objeción, sobre las implicaciones filosóficas y morales del darwinismo, es más sensible y requiere de mayor cuidado. Y a ella nos dedicaremos a continuación.
En El origen de las especies, Darwin no aborda directamente temas concernientes a la moral humana, y escasamente hace alusión al hombre. En efecto, lo único que menciona el naturalista inglés a este respecto se encuentra casi al final de la obra, donde aparece la críptica referencia de que ―mucha luz se arrojará sobre el origen del hombre y su historia.‖30 De cierta manera, sin explicar antes minuciosamente la teoría de la selección natural aplicada en el mundo animal, Darwin no podía dar el paso a considerar al ser humano y sus facultades desde un punto de vista evolucionista. De este tema se ocuparía detalladamente el naturalista en El origen del hombre (1871), publicado doce años después del Origen de las especies. En la segunda parte de este primer capítulo nos ocuparemos, a la vez, de las observaciones de Darwin en torno a este tema; de la pregunta sobre cómo la selección natural ha configurado las habilidades intelectuales y morales del hombre y si, en consecuencia, puede afirmarse que algunas de las más nobles y complejas facultades del ser humano han sido tan sólo el resultado gradual de su evolución biológica y no hallan su origen en fuerzas ajenas a la naturaleza, como la
29
Carl N. Degler, In Search of Human Nature (New York, Oxford University Press, 1991), 23. 30
35 filosofía, al igual que otras disciplinas del pensamiento, han sostenido de ordinario a lo largo de la historia.
2. La teoría de la evolución aplicada a la moralidad humana
Aristóteles creía que por naturaleza el hombre era una criatura moral; Darwin lo demostró.31 La moral vista desde la historia natural
Cabe preguntarse sobre este tema, en primer momento, qué motivó a Darwin a que lo abordara. Recordemos, por cierto, que Darwin no desconocía las opiniones de algunos célebres filósofos sobre la moral. En efecto, así se expresa el naturalista al iniciar, en El Origen del hombre, el capítulo cuarto, dedicado al origen del sentido moral:
El sentido moral, como dice Mackintosh, ‗tiene verdadera supremacía sobre todo otro principio de las
acciones humanas‘, y se resume en la breve pero imperiosa palabra deber, cuyo sentido es tan elevado. Es el más noble atributo del hombre; el que le impulsa, sin vacilaciones de ningún género, a poner en riesgo su vida por la de sus semejantes, o le mueve, tras madura deliberación, a sacrificarla en aras de una gran causa, guiado por la sola impulsión del sentimiento profundo del derecho o del
deber. Kant exclama: ‗¡Deber! Maravilloso pensamiento, que no obras por insinuación, por lisonja ni
por ninguna suerte de amenaza, mas tan sólo manifestándote al alma en su desnuda austeridad, imponiendo el respeto, cuando no siempre la obediencia; ante tu vista enmudecen los apetitos todos, por tenaces que sean; en secreto, dime: ¿dónde, dónde tienes tu origen?‘32
Con esto en mente, la respuesta del naturalista ante la pregunta de por qué entrar en este tema es muy interesante: ―Muchos son los autores de gran mérito que han tratado esta cuestión, y si ahora la abordo es porque no me es posible pasarla por alto, y porque, además, antes de ahora nadie lo ha hecho desde el punto de vista exclusivo de la historia natural.‖33 El proyecto es, sin duda, ambicioso. ¿Qué significa abordar la moral desde el punto de vista exclusivo de la historia natural? Como aclara Tim Lewens, esta empresa puede ser comprendida de dos maneras: primero, como la explicación de nuestra conducta moral a partir de la consideración de ciertos procesos evolutivos, por ejemplo, la tendencia, favorecida por la selección natural, a cuidar más de nuestros parientes cercanos que de extraños. Esta explicación sería puramente descriptiva, ya que sólo ilustraría al respecto de cómo hemos llegado a poseer estas características y cómo han favorecido la supervivencia, en vez de entrar a discutir si son buenas o malas moralmente y por qué lo son, independientemente de su utilidad para la supervivencia de nuestra especie. El ejemplo que provee a continuación Lewens esclarece muy bien esta diferencia: supongamos que se confirmase científicamente que los machos
31
Degler, In Search of Human Nature, 10.La traducción es mía.
32
Darwin, El origen del hombre, 101.
36 humanos tienen una prevalencia, favorecida por la selección natural, a violar a las hembras que no pertenezcan a su misma familia, como ocurre de ordinario entre los chimpancés y gorilas hoy en día.34 Desde el punto de vista de la selección natural, entonces, la violación sería justificable, dado que en cierto estadio de la humanidad pudo haber tenido un valor para la supervivencia, pues podría haber aumentado las posibilidades de dejar descendencia. Pero, ¿sería esto justificación moral suficiente para condonar la violación en nuestra sociedad moderna? Ejemplos de este tipo nos enseñan muy bien cuán cerca estamos siempre de caer en la falacia naturalista cuando abordamos un tema de esta índole.
La segunda opción es mucho más compleja, e implica la consideración de la ética darwinista a partir de dos áreas más especializadas de la ética: la ética normativa y la metaética.35 La ética normativa podría entenderse como la ética en su sentido ‗tradicional‘. Es el estudio de lo que se debe hacer y lo que no, lo que está bien y lo que está mal. Esta ética es prescriptiva y universal; una regla moral va más allá de la opinión personal, la costumbre o la tradición, y no es susceptible de interpretación o discusión. Es el ―deber‖ (must/müssen) por encima del ―debería/conviene‖ (should/sollen). La ética normativa establece, mediante normas, máximas, decretos, leyes, etc., qué tipo de acciones son las que se deben seguir para cualquier tipo de situación en todos los casos, independientemente de las circunstancias particulares en que se hayan podido dar los mismos, o de los intereses personales de los agentes relacionados con ellos. Esta ética normativa tiene quizá su máxima representación en la filosofía de Immanuel Kant (1724 – 1804), a quien Darwin había leído. Como sabemos, la filosofía moral de Kant tiene su cenit en el llamado ―imperativo categórico‖. El imperativo categórico denota un requerimiento moral absoluto e incondicional, fundamentado en el sentido del deber existente en todo ser racional, y que establece su autoridad en toda posible circunstancia, siendo igualmente fin y justificación de toda acción.
Otra manera en que puede entenderse la ética normativa es desde el utilitarismo. Esta filosofía sostiene que el fundamento rigente en toda ética es el principio de la mayor felicidad, es decir, que nuestras acciones deben estar orientadas a maximizar toda felicidad y reducir toda infelicidad posible. Así, las acciones serán buenas o malas en la medida en que contribuyan o menoscaben la felicidad del mayor número de personas.
34
Cf. Tim Lewens, Darwin, 161.
35
37 Qué se entiende bajo ‗felicidad‘ aquí es otro tema, aunque por ahora no puedo profundizar en él. A esta filosofía es la que se acerca un poco el pensamiento de Darwin mismo, aunque no son idénticos (lo que generalmente se piensa), como veremos más adelante.
En lo que concierne a la metaética, ésta vendría a ser la que se ocupa de las preguntas sobre el discurso ético. Así como la ética normativa establece qué es una acción moral, la metaética sería la encargada de averiguar por qué dicha acción es verdaderamente moral. Según Richard Garner y Bernard Rosen,36 tres preguntas básicas son las que enmarcan el estudio de la metaética: 1) ¿Cuál es el significado de los términos morales? 2) ¿Cuál es la naturaleza de los juicios morales? 3) ¿Cómo pueden ser los juicios morales justificados o defendidos? Éstas y otro tipo de preguntas son las que son consideradas por la metaética. En el último capítulo de esta tesis veremos con más detalle en qué consiste este estudio de la metaética y cómo puede vincularse con el darwinismo.
Volviendo a la ética darwinista, ésta puede ser abordada desde estas otras dos teorías éticas que he resumido. Abordar la ética darwinista desde la ética normativa implicaría algunos problemas de cuidado, ya que algunas de las conclusiones a las que se podría llegar corren el riesgo de desembocar desastrosamente en la falacia naturalista. Como señala Lewens:
Evolutionary normative ethics faces an uphill struggle, because it needs to find some way of linking claims about how traits have promoted reproductive success to claims about what is good and bad. This will be a tricky job, for we would certainly be foolish to link the two domains by claiming that whatever tendencies and convictions natural selection promotes are ipso facto good.37
La metaética darwinista, por el contrario, propone que comprendiendo la teoría de la evolución humana se podría ofrecer un ‗insight’ más acertado sobre la naturaleza de las afirmaciones éticas y su significado, así como comprender por qué, evolutivamente hablando, se han favorecido ciertas de nuestras acciones, en relación con otras, como ‗éticas‘, ‗buenas‘, ‗justas‘, etc. En otras palabras, el darwinismo, como teoría científica, puede ofrecer a la metaética un método alternativo de comprender la naturaleza de los juicios éticos humanos, un método basado, principalmente, en las circunstancias biológicas presentes a lo largo de la evolución de la especie Homo sapiens:
36 Cf.
Richard Garner y Bernard Rosen, Moral Philosophy: A Systematic Introduction to Normative Ethics and Meta-ethics (New York: Macmillan, 1967), 215.
37