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La reacción romántica al racionalismo ilustrado

1.1. El olvido del ser en el olvido de la tradición

1.1.6. La reacción romántica al racionalismo ilustrado

En su momento el romanticismo intentó dar respuesta a las pretensiones del racionalismo cientificista de ocultamiento y desconocimiento de la razón y olvido de la ontología de la tradición. Poniendo su mayor esfuerzo en el resurgir del instinto y la emoción, en su sed por lo infinito, el romanticismo hace una valoración diferente de la naturaleza no mecanicista, sino fundada en elementos claves distintos al

41 racionalismo lógico-objetivista ilustrado. Para el romanticismo la vida, el ser, no se reducen exclusivamente a lo objetivable como lo pretenden las ciencias naturales. La naturaleza a partir del romanticismo se presenta afín al organismo humano, como interacción e intercambio de fuerzas que permiten la vida misma. Hölderlin contado entre los románticos, por ejemplo, no separa en su poesía, lo que la racionalidad cientificista sí hizo, dirá en sus versos: “ser uno con el Todo, éste es el vivir de los dioses; esto es el cielo para los hombres”.45

El arte al igual que la poesía romántica, ocupa la suprema expresión de lo verdadero y absoluto para el romanticismo. La conjugación amalgamada entre naturaleza y arte romántico, intenta reconstruir lo que la racionalidad objetiva había fragmentado de la tradición. Tanto la poesía como el arte se presentan, entonces, como la cura sanadora de la herida producida por el intelecto racionalizante moderno. Si la razón ilustrada a través de su lenguaje matemático, lógico-objetivista se había convertido en el instrumento universal, que desde la ciencia funcionaliza la vida y la producción material, cuyo resultado para los hombres se sustrae a todo cálculo46, los románticos elevarán el arte y la poesía a sabiduría trascendental, tal como lo presenta Schelling, quien pone su acento adaptado sobre la polaridad de fuerzas –filosofía de la naturaleza y filosofía del espíritu– descrita por Fichte.

La recuperación de la tradición que pretende el romanticismo se enmarca, de esta manera, en una nueva relación del hombre con lo infinito, como el momento más elevado del Espíritu, perspectiva ésta que se puede caracterizar claramente como una visión idealizada de la tradición y consecuencialmente del sentimiento por la nación, por la historia, la raza, la cultura, la religión. Los poetas, pensadores y artistas románticos se caracterizan por enfrentar la fuerza de disolución dominadora de la ilustración.

45 Hölderlin, poesía completa, el Hiperión o el Eremita. 46 Horkheimer y Adorno, Dialéctica de la Ilustración, 83.

42 Dos visiones en contraposición se fortalecerán a partir de esta revaloración romántica de la tradición. Por una parte encontramos el convencimiento de los ilustrados y modernos de que los hombres habían tenido siempre que elegir entre sumisión a la naturaleza y la sumisión de ésta a sí mismo, pero con la expansión de la economía mercantil burguesa, el oscuro horizonte del mito es iluminado por el sol de la razón calculadora. Por otra parte, y muy distantes de esta razón iluminadora y dominadora, los románticos se proponen la recuperación del pasado vivido, que yace olvidado en cuanto tradición, y la recuperación de la naturaleza a través del arte, de la novela, de la historia de épocas anteriores. El romanticismo entiende, entonces, que en el arte, la poesía, la novela, en cuanto representación de la vida pasada, es clave interpretativa de un ser ya interpretado.

Como lo muestra la novela romántica de Novalis, Schlegel y otros tantos por ejemplo, el florecer romántico intenta recomponer lo que queda de una Europa creyente que naufraga en medio de reformulaciones y reformas de la tradición. La lucha del romanticismo contra lo que denominaron intelectualismo ilustrado se hace al recordar la explicación del sentido de la muerte, el auxilio en el dolor y la angustia, que albergaba en sí la tradición religiosa de la edad media.

La poesía de Hölderlin, también recoge las fracciones restantes de la antigua tradición griega, en la que la naturaleza conserva su carácter divino y sentido de totalidad. Como se puede observar en el himno a la naturaleza con el que Hölderlin termina el Hiperión o el eremita en Grecia, expresa el profundo sentido del naturalismo romántico, como un mundo no reducible a objetos y entes aislados:

¡Vosotras, fuentes de la tierra! ¡Vosotras, flores! ¡Vosotros, bosques, vosotras águilas! ¡Y tú hermana luz! ¡Cómo es de antiguo y nuevo nuestro amor! Somos libres y nos angustia asemejarnos externamente. ¿Cómo no habría que cambiar los modos de vivir? Todos nosotros amamos al éter y nos parecemos íntimamente, en lo más profundo de nuestro ser.

43 Sin embargo y a pesar de estos esfuerzos del romanticismo por no abandonar la tradición en manos de la ilustración y en el inevitable proceso de ascenso de la modernización47, de dar el paso de la ilustración a la modernidad, una segunda ilustración, esta vez moderna, irrumpe en la historia declarando como tribunal absoluto a la razón. Su quehacer desencantador y desmitificador del mundo ha iniciado como “nova aetas”48, es decir, inicio de una época venidera, tendida siempre hacía el futuro, abierta a lo nuevo. Hegel la caracteriza como tiempo nuevo de nacimiento y de tránsito a un nuevo período, tiempo novísimo49, de revolución, progreso, emancipación, desarrollo, de actualidad y rompimiento con el pasado, en el que yacen abandonadas las formas tradicionales de organización y ordenamiento de la sociedad. La respuesta romántica, de esta manera, soslaya las pretensiones matematizantes, lógico-objetivistas de una racionalidad positiva, esboza, a la vez, un nuevo sendero de recuperación de los discursos fragmentados por los iniciales procesos de ilustración.