du solo medía el grado marginal de utilidad, pues estimaba que su compatriota confundía la utilidad final con el grado final de utilidad, De Marchi y Blaug consideran que la utilidad
1. La teoría del valor-trabajo: breve historia.
Primero, y como en el capítulo anterior con la TUM, haremos un breve repaso histórico a la TVT, a sus primeras expresiones y su evolución posterior. Dividiremos la exposición, debido a su importancia esencial en esta cuestión, en un antes y después de la versión que de la TVT elaboró Carlos Marx, por lo que nuestra exposición en este punto se dividirá en algunos de los más destacados desarrollos de la TVT antes de Marx, en Marx y después de Marx.
a) La teoría del valor-trabajo antes de Marx, en los clásicos y hasta Ricardo.
Para algunos, como Schumpeter ([1954] 2012: 96-102), la TVT, como teoría filosófica, tiene sus lejanos orígenes en los filósofos griegos, particularmente en la “teoría del justo precio” de Aristóteles, que posteriormente seguirían los escolásticos medievales. En el libro V de la Ética a
Nicómaco ([siglo IV a.C.] 2004), Aristóteles analiza ciertamente la satisfacción de las necesidades
humanas a partir de los objetos producidos en la economía doméstica, pero Aristóteles buscaba comparar los bienes producidos por un agricultor o un zapatero en tanto productos del trabajo humano, con lo cual su teoría del justo precio tenía que ver con la idea de que los precios de los productos se basaban en el coste del trabajo. Siempre Aristóteles relacionó la idea de los precios justos con su idea de virtud, alcanzable mediante el hábito, asimilando la virtud con el Bien como fin de la acción moral del hombre. Para Aristóteles, cuya influencia en El Capital de Marx es enorme, la necesidad de los hombres por tener cosas que otros producen sería el lazo que une a toda la sociedad. El dinero sería el intermediario y medida del valor de esas cosas que las gentes
necesitarían, necesidades que para Aristóteles son objetivas, pues son semejantes en muchos casos entre diversos sujetos 1. El valor de uso en Marx sigue esta misma idea aristotélica, pues los justos precios o valores aristotélicos eran objetivos en tanto no podían ser alterados por la acción de ningún sujeto “externo” a la producción de esos mismos valores. Los valores justos, de uso, eran además valores sociales, en tanto eran estimados por la comunidad, como resultado supraindividual de acciones de una masa razonable de sujetos (Schumpeter, [1954] 2012: 98)2. En la otra obra en que Aristóteles trata estas cuestiones, Política ([siglo IV a.C.] 1509: 48-57) en el Libro Primero, Capítulos III -De la adquisición de los bienes- y el Libro IV -Consideración
práctica sobre la adquisición de bienes-, el filósofo griego entiende que todo bien, toda
propiedad, tendría un valor de uso (el valor especial a la cosa) y un valor de cambio (que permite verificar, gracias al dinero, un intercambio comercial) (Íbid.: 54-57)3.
Las ideas de valor económico aristotélicas, incluida la del justo precio, pasan a la escolástica medieval y moderna de la Iglesia Católica Apostólica y Romana. Para los escolásticos era esencial seguir cualquier tipo de tradición doctrinal con que estuviesen de acuerdo (también en desacuerdo, para refutarla, de ahí el método escolástico de análisis), por coherencia doctrinal. Apelaban a la autoridad, fuese de Santo Tomás de Aquino o de Aristóteles pues valoraban más la opinión común que la individual, en tanto que enmarcada en una tradición doctrinal determinada (Schumpeter, [1954] 2012: 115, nota 4). Aún así, el mismo Santo Tomás (según Schumpeter) aseguraba que todo argumento de autoridad, también en economía, era “sumamente débil”. No obstante, y siguiendo a Aristóteles, la escolástica trató los temas, de los que luego se ocuparía la Economía Política, en el campo filosófico de la ética, de la moral, de la teología sobrenatural (sacra doctrina, de inspiración tanto humana como divina) para, a partir del siglo XVI, formar parte de la jurisprudencia escolástica. Y esta línea teórica doctrinal fue posible, aunque no solo por ello, gracias a la resurrección del aristotelismo en el siglo XIII medieval, mediando el siglo XII anterior y la labor de comentadores como Averroes, Avicena o Maimónides, si bien revisados críticamente desde la teología católica y la filosofía escolástica del dominico Santo Tomás y otros, lo cual ha ayudado a la interpretación aristotélica que actualmente tenemos de la obra del filósofo heleno. La evolución de las sociedades políticas de los estertores de la Edad Media (siglos XIV-
1 Como el propio Aristóteles dice: “Es preciso que el arquitecto reciba del zapatero un número dado de zapatos por el precio de la casa, o tantos zapatos por el precio de los alimentos. Sin esta condición, no habría cambio ni asociación posible; ni esta ni aquel podrían tener lugar, si no se llegase a fijar entre las cosas una especie de igualdad. Es preciso, repito, encontrar una medida única que pueda aplicarse a todo sin excepción. La necesidad que tenemos los unos de los otros es en realidad el lazo común de la sociedad. Si los hombres no tuviesen necesidades, o si no tuviesen necesidades semejantes, no habría cambio entre ellos, o por lo menos, el cambio no sería el mismo. Pero efecto de una convención completamente voluntaria, la moneda se ha hecho en cierta manera el instrumento y el signo de esta necesidad” ([siglo IV a.C.] 2004, Libro Quinto, Capítulo V).
2 En esta misma página y la siguiente de Historia del análisis económico, Schumpeter niega que Aristóteles tenga ningún tipo de concepción objetivista acerca del valor de los objetos económicos, entendiendo el austríaco-estadounidense que Aristóteles, al hablar de “valor objetivo de la mercancía”, se refiere a la igualdad de intercambio o venta de bienes, estableciéndose entonces la relación entre el justo precio aristotélico y el valor “natural” de las cosas. Desbordan nuestra investigación estas consideraciones, si bien ofreceremos nuestro parecer en el transcurso de los siguientes capítulos en torno a la cuestión del valor objetivo de los bienes económicos.
3 También, entre otras cosas, adelanta la idea de “relaciones de producción” que luego autores como Marx o Rubin desarrollarían (como veremos más adelante): “[...] el agenciar dinero no es el objeto del valor, que sólo debe darnos una varonil seguridad; tampoco es el objeto del arte militar ni de la medicina, que deben darnos, aquél la victoria, ésta la salud; y sin embargo, todas estas profesiones se ven convertidas en un negocio de dinero, como si fuera éste su fin propio, y como si todo debiese tender a él".
XV) y los comienzos de la Edad Moderna hasta el siglo XVII, con el nacimiento del mercado mundial gracias al Descubrimiento de América en 1492, más la reforma luterana en el norte de Europa y la circunvalación del globo terrestre por Elcano y Magallanes entre 1519 y 1522, influyeron notoriamente, junto con el nacimiento de nuevas técnicas y tecnologías de producción, distribución, intercambio, cambio y consumo de mercancías, en la adaptación de la ontología escolástica acerca del Mundo terrenal hacia el avance y desarrollo, como apuntamos en el Capítulo II {Capítulo II, 1.} {Capítulo II, 2.}, de las primeras escuelas económicas (la inversión teológica que tratamos en el Capítulo I {Capítulo I, 1. c)}). Tanto los arbitristas españoles como los mercantilistas británicos hasta Adam Smith, recibieron la herencia teórica que por vía escolástica se había desarrollado acerca de los valores económicos desde Aristóteles.
Se suele discutir acerca de la influencia escolástica en las diversas escuelas económicas contemporáneas. Muchos estudiosos de la Economía Política han señalado la conexión entre la TUM y la escolástica española (particularmente la Escuela de Salamanca) y cómo ello conecta la economía clásica y la neoclásica con la escolástica, así como con otras escuelas como la Escuela Austriaca (Rothbard, 1999: 129-166). Desborda nuestro ámbito de investigación el estudiar profusamente estas cuestiones. No obstante, miembros destacados de la escolástica española como Luis de Molina, en su obra La teoría del justo precio ([1597] 1981), y siguiendo la tradición que mencionamos aristotélica-escolástica, sitúan a la Escuela de Salamanca, por ejemplo, en la idea del intercambio simple que luego fue propia de la economía clásica y de Marx. Para Molina y los escolásticos españoles contemporáneos a él, el justo precio de una cosa será el equivalente a otra cosa que se quiera adquirir. Lo justo sería lo equivalente. El justo precio sería el intercambio simple de mercancías sin la ganancia de los intercambios habituales en el mercado. También la utilidad de las cosas fabricadas para Luis de Molina sigue la línea aristotélica del valor de uso social y comunitario. El valor de uso social, en la teoría del justo precio aristotélico-escolástica, no buscaría el beneficio ni el interés, sino el bien social comunitario (Íbid.: 25)4. Adam Smith y los economistas clásicos decimonónicos toman enteramente esta línea teórica sobre el valor de uso. Citaremos extensamente al propio Molina, sobre cómo entiende él la compra-venta de bienes en un triple sentido:
Supuesto lo anterior, se han venido distinguiendo tres clases de compra-venta, y lo mismo puede decirse del intercambio en sentido amplio. Existe la compra-venta por la que una persona
4 “Todo cuanto acabo de exponer sobre la utilidad como fuente del valor económico es de sobra conocido y no necesito insistir en ello. Lo que no se conoce y, sin embargo, es igualmente importante para comprender el pensamiento económico de Molina en lo referente al justo precio es el análisis que, a propósito del contrato de compra venta, realiza de la transacción económica, que constituye el substrato y contenido material de ese contrato. Los pocos autores que se han ocupado de la teoría molinista del justo precio suelen saltar, una vez mencionada la utilidad como fuente del valor económico, a la estimación común del justo precio, identificando esa estimación común con la estimación del libre mercado. Razonando así pasan por alto todo cuanto Molina expone a propósito de la compra-venta y la circulación de mercancías que en la compra-venta se realiza. Aplicar con ello un esquema de razonamiento inspirado en la mentalidad económica liberal puede resultar un obstáculo para explicitar y comprender cuánto en la circulación de mercancías se encierra. No se puede saltar con la facilidad que estos autores saltan de la estimación común al libre mercado; es, necesario, antes de dar ese salto identificador de ambos conceptos, analizar el contenido que en ellos se encierra y comprobar si los contenidos permiten o no la identificación. Una identificación de conceptos sin identificación de contenidos difícilmente podría admitirse.” (Molina, [1597] 1981: 25, del prólogo de Francisco Camacho a la misma obra).
compra aquellas cosas que le son necesarias para su propio sustento y el de su familia, y por la que vende aquellas cosas que le sobran. Esta clase de compra-venta es prácticamente natural y, en sí misma, buena y lícita, como afirma Santo Tomás y enseñan comúnmente los doctores siguiendo a Aristóteles en el lib. 1 de los Políticos. Ciertamente, pues esta clase de compra-venta no se ordena al lucro, sino al conveniente sustento de la familia, y su práctica corresponde a los administradores (o ecónomos) y los políticos, no a los negociantes en el sentido estricto. Otra compra-venta es aquella por la que se compra algo con el fin de transformarlo mediante el trabajo y venderlo después más caro. Esta compra-venta, como afirma Crisóstomo, no constituye un mero negocio, ya que el bien que así se compra se mejora con el trabajo y la propia habilidad, por lo que puede incluirse en la venta de objetos artesanales, que, como los mismos artesanos saben, se distingue de la mencionada en primer lugar, aunque, según parece, Santo Tomás la incluyera en ese primer género de venta. Pertenece a esta clase de compra-venta no sólo la compra de lana para fabricar paños y venderlos, o la compra de hierro para forjar espadas y venderlas, sino también la compra de caballos y aves para venderlas una vez domados y domesticadas. Finalmente, otra clase de compra-venta es aquella por la que se compra algo para venderlo más caro sin haberlo modificado con el trabajo, y ésta es la que propiamente se conoce como "negocio" y de la que se duda si es o no lícita, pues parece que Crisóstomo la condena en el c. ejiciens citado (Íbid.: 128, disputa 39, n. 2)5.
Por una parte, las ideas de Molina entroncan con las de Santo Tomás de Aquino, y por otras con las de Carlos Marx. Con el gran filósofo escolástico en tanto que, como Molina, y siguiendo a Aristóteles, la moneda es la institución que media no ya solo para el intercambio de bienes, sino también para la medición del valor tanto social (de uso comunitario) de los bienes como su valor relativo al precio. Santo Tomás, en la Suma Teológica (1265-1274: II-IIae, Secunda Secundae, q. 77), afirma que el valor de los bienes destinados al consumo humano se mediría por su precio justo asignado a ellas, medido gracias a la moneda, y que si el precio excediera el valor del bien o el bien excediera en valor al precio, desaparecería la igualdad de justicia (Íbid.: II-IIae, Secunda
Secundae, q. 77)6. Santo Tomás, por tanto, y todos los escolásticos con él, siguiendo a Aristóteles (y contrariamente, como vimos antes, a Schumpeter), reconocen la existencia de un valor objetivo en las cosas destinadas al consumo de la comunidad. Santo Tomás, como Aristóteles o Marx, no condenan el comercio en sí. Santo Tomás ve positivo el comercio cuando la ganancia se destina al sustento de la familia, para beneficencia o para la sociedad política en su conjunto (el interés público), “para que no falten a la vida de la patria las cosas necesarias, pues entonces no busca el lucro como un fin, sino remuneración de su trabajo” (Íbid.: II-II, C. 77, a. 4.), condenando el lucro cuando “alguien vende más caro un objeto que no ha sido modificado; pues si lo vendiere a mayor precio después de haberlo mejorado, parece que recibe el precio de su trabajo, a pesar de que puede proponerse lícitamente el lucro mismo, no como fin último, sino en orden a otro fin
5 Continúa el traductor y prologuista del libro de Molina, Francisco Camacho: “En las tres formas de practicar la compra-venta, cuya licitud moral admite Molina, existe un elemento común que justifica esa licitud: en todas ellas se busca satisfacer una necesidad, es decir, se busca un valor de uso. En el primer caso, el valor de uso se evidencia en la finalidad de la compra-venta: satisfacer una necesidad de consumo. En el segundo, la finalidad productiva sería inconcebible separada de la utilidad del bien que se transforma intrínsecamente; la utilidad del paño y la espada justifican y motivan la compra y transformacíón de la lana y el hierro. En el mismo sentido se explica la compra-venta en la que se verifica una "transformación extrínseca"; el servicio que con ella se presta a la comunidad constituye suficiente título legitimador. Así, pues, el negocio de la compra-venta se considera moralmente lícito por Luis de Molina cuando no se activa por razón exclusiva del lucro sino para satisfacer una necesidad, sea ésta de consumo directo o indirecto (producción). Nos bailamos, por tanto, ante una visión económica de la compra-venta, no ante una visión crematística” (Íbid.: 41). 6 Santo Tomás de Aquino: “[...] el valor de las cosas que están destinadas al uso del hombre se mide por el precio a ellas asignado, para lo cual se ha inventado la moneda [...]. Por consiguiente, si el precio excede al valor de la cosa, o, por lo contrario, la cosa excede en valor al precio, desaparecerá la igualdad de justicia. Por tanto, vender una cosa más cara o comprarla más barata de lo que realmente vale es en sí injusto e ilícito”.
necesario u honesto, como antes se ha dicho”. Las ideas de Santo Tomás y Molina influirían también a las de Marx, ejemplificado así por el traductor de La teoría del justo precio, Francisco Camacho:
Supongamos ahora que esta visión de la compraventa se compara con la propia del capitalismo naciente en el siglo XVI, cuando, según K. Marx, comenzó "la biografía moderna del capital... con el comercio y el mercado mundiales". A la forma directa de la circulación de mercancías se contrapone la circulación del capital (D-M-D'). En palabras del mismo Marx, "el ciclo M-D-M' arranca del polo de una mercancía y se cierra con el polo de otra mercancía. Su fin último es, por tanto, el consumo, la satisfacción de necesidades o, dicho en otros términos, el valor de uso. Por el contrario, el ciclo D-M-D' arranca del polo del dinero para retornar por último al mismo polo. Su motivo propulsor y su facilidad determinante es, por tanto, el propio valor de cambio". La circulación de mercancías, en su forma directa, pertenece a la economía; la circulación del capital, a la crematística. Por eso no puede extrañarnos que K. Marx recuerde y cite la distinción aristotélica como ilustración y confirmación de su pensamiento al señalar que "la circulación simple de mercancías -el proceso de vender para comprar- sirve de medio para la consecución de un fin último situado fuera de la circulación: la asimilación de valores de uso, la satisfacción de necesidades. En cambio, la circulación del dinero como capital lleva en sí mismo su fin, pues la valorización del valor sólo se da dentro de este proceso constantemente renovado. El movimiento del capital es, por tanto, incesante” (Molina, [1597] 1981: 42)7.
Ya en la Edad Moderna, con el nacimiento de la disciplina económica, y siguiendo esta tradición ontológica aristotélico-escolástica de descripción de la realidad técnico-económica, los primeros economistas recogen esta idea del valor y la desarrollan en el marco de nuevas relaciones institucionales en un campo económico en formación dentro del marco del desarrollo del comercio global a gran escala. Un ejemplo a tener en cuenta es el economista británico Sir William Petty (1682). Es en el periodo de la manufactura {Capítulo II, 2. a)} cuando la Economía Política empieza a conformarse como disciplina, y es el creciente carácter capitalista de las técnicas manufactureras el que hace ver más claramente a Petty que el valor de uso de las mercancías es objetivo y comprehensible por los que operan con estas mismas mercancías, y que su valor de cambio está determinado por el tiempo que se tarda en producir dichas mercancías. La teoría del justo precio aristotélico-escolástica tiene su plasmación técnica en los primeros análisis económico-políticos de Petty y sus contemporáneos, en tanto se estima que el valor-trabajo regularía el precio comercial al alza o a la baja en un tipo de economía mercantil simple, produciéndose un equilibrio entre cantidades iguales de trabajo. Podría representarse gráficamente este esquema del valor como sigue (siendo VT el valor-trabajo y PC el precio comercial):
[FIGURA 4.1. Esquema del valor simple, sin precio de producción. Elaboración propia.]
Tras Petty, la idea de que la determinación de los precios comerciales se realizaba por la interacción entre demanda y oferta se matiza cada vez más. Antes de los economistas clásicos,
como hemos visto, la idea de demanda estaba totalmente relacionada con el valor de uso social comunitario según la línea que estamos explicando en este capítulo, sin entrar en el psicologismo- subjetivismo tradicionalmente atribuido a la TUM (Guerrero, 2008: 115-116). A finales del siglo XVIII, la Economía Política alcanza una normatividad cada vez mayor, ayudada con la