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operativa Relación entre las técnicas y tecnologías aplicadas al campo económico y la teoría de la utilidad

1. El origen no tecnológico de la función de utilidad.

Una vez hemos explicado cómo surgen, desde las coordenadas en que nosotros nos movemos, las disciplinas científicas a partir de tecnologías, estudiando de manera particular el surgimiento de la Economía Política como disciplina del conocimiento a partir de técnicas y tecnologías determinadas {Capítulo I, 1.}, y una vez que hemos analizado la aplicación de las técnicas y tecnologías de la investigación operativa al campo de la Economía Política desde el surgimiento mismo de estas tecnologías {Capítulo II, 3.}, tenemos que estudiar las relaciones entre las técnicas y tecnologías previamente analizadas y las teorías del valor más importantes que la teoría económica ha elaborado: la teoría del valor-trabajo y la teoría de la utilidad marginal. Empezaremos por esta última para dar mayor coherencia a nuestra exposición, no sin antes advertir que la explicación de ambas teorías ha de llevarnos finalmente a una comparativa entre la representación (idio)gráfica de las curvas de demanda y oferta que se derivan de ambas teorías del valor, y la relación que estas representaciones tienen con los antedichos fundamentos tecnológicos de la moderna teoría económica {Capítulo V}.

De la teoría de la utilidad marginal derivaría la función de utilidad, la cual, según la economía neoclásica (la dominante en lo que a la elaboración de la teoría económica se refiere, aunque no es la única en defender esto, pues otras escuelas no consideradas neoclásicas como la Escuela Austriaca también lo defienden), es necesaria para hallar la curva de demanda, lo que equivale a decir que la utilidad conduce a la ley de la demanda y, por ello, determina los precios comerciales. Este capítulo tratará de mostrar si, desde las bases que hemos asentado en los dos capítulos precedentes, es realmente así.

La función de utilidad, explicada de manera sencilla, es una función real que trata de medir la “utilidad” o “satisfacción” que el consumidor de un bien obtiene al adquirir ese bien. Para calcularla se parte de la modelización matemática de la conducta de un consumidor llamado “racional” (o “perfectamente racional”) mediante las llamadas funciones de utilidad convexa, dando lugar a la llamada curva de demanda decreciente. Es decir, la curva de demanda existirá, partiendo de la función de utilidad, cuando esta exista para un consumidor racional, dándose unos supuestos matemáticos previos.

La explicación de la función de utilidad tiene su origen en la teoría de la utilidad marginal, pero no en ningún fundamento histórico técnico ni tecnológico. Sin embargo, su desarrollo ha permitido la construcción de complejos modelos matemáticos en teoría económica y economía

aplicada que tienen una vigencia y una pujanza teórica incuestionables, permitiendo aplicaciones prácticas en la economía real que no pueden negarse, pero que, sin embargo, tienen un fundamento aparente más psicológico y psicologista que técnico-tecnológico, aunque no solo psicológico y psicologista, como veremos. ¿Cómo influye esto a nivel del funcionamiento de la Razón económica, y cómo influye, a su vez, en la cientificidad de las teorías del valor?

a) Optimalidad paretiana y programación.

Sin embargo, existen teorías económicas como la eficiencia u optimalidad paretiana que, a día de hoy, tiene aplicaciones en Ingeniería1 relacionadas con la investigación operativa, la toma de decisiones, los análisis coste-beneficio y, de manera particular, con la programación multiobjetivo. La aplicación múltiple de la optimalidad paretiana en el campo de la investigación operativa, teniendo en cuenta que se trata de una teoría relacionada con la de la utilidad marginal, y por tanto también con la función de utilidad, nos permite entrar de lleno ya en el estudio de las relaciones entre las ideas de utilidad y satisfacción con la tecnología aplicada al campo económico y, lo que es más importante, estudiar la racionalidad de dicha relación.

Vilfredo Pareto, ingeniero en sus inicios, elaboró sus más importantes teorías económicas y sociológicas (la misma optimalidad, la distribución paretiana, en buena medida la llamada “economía del bienestar” etc.), muy influido por Walras (Schumpeter, [1954] 2012: 941), hasta que desechó la teoría del valor de éste y elaboró su idea propia acerca de la misma influido por Fisher y Edgeworth (Íbid.: 941). La teoría de Pareto de la optimalidad o eficiencia es incluida por los neoclásicos en la llamada economía “normativa”. Estos la conciben como una teoría no

neutral en sentido valorativo, construida sobre proposiciones estrictamente positivas alejadas de

todo juicio subjetivo (Guerrero, 2008: 61), valoraciones ya presentes en los economistas neoclásicos anglosajones del siglo XIX como Marshall o Jevons (impulsores del cambio de nombre de la disciplina de Economía Política a, simplemente, Económicas).

El óptimo de Pareto podría definirse de la siguiente manera: dada una asignación inicial de bienes entre un conjunto de sujetos, el óptimo se dará cuando un cambio hacia una nueva asignación que mejore la situación de uno de los sujetos no empeore la situación del resto de esos sujetos del conjunto2. El óptimo paretiano (o de Edgeworth-Pareto), fue llamado por el italiano “máximo de ofelimidad”3. Ya él utilizó la palabra “óptimo”, pero en el sentido de eficiencia, ya que una asignación de recursos óptimo-paretiana será buena, a su juicio, de manera limitada, pues

1 Además de otras disciplinas como la Sociología, por ejemplo. También se aplica a la teoría de juegos, la cual, como dijimos en el

capítulo anterior, también se aplica en la investigación operativa.

2 “Los recursos se asignan eficientemente (en el sentido de Pareto) cuando no es posible mejorar el bienestar de ninguna persona sin

empeorar el de ninguna otra" (Fischer, Dombusch & Schmalansee, 1989: 222).

3

“Comenzaremos por definir un término del que conviene servirse para evitar dilatarse. Diremos que los miembros de una colectividad disfrutan del máximo de ofelimidad en una determinada posición cuando es imposible encontrar un medio de alejarse muy poco de esta posición, de modo que la ofelimidad de la que disfruta cada uno de los individuos de esta colectividad aumenta o disminuye. Es decir, que cualquier pequeño desplazamiento desde esta posición tiene necesariamente por efecto aumentar la ofelimidad de la que gozan algunos individuos y disminuir la que disfrutan otros: es agradable para unos y desagradable para los otros [...]” (Pareto, [1906] 1991, 354). La expresión “óptimo de Pareto” no aparece por primera vez hasta Little (1957).

no todos los sujetos pueden “mejorar”. Incluso la mejora podría resultar a su juicio no óptima. Con el tiempo la expresión óptimo-paretiana, o pareto-óptima, fue sustituyéndose por pareto-

eficiente.

El óptimo de Pareto es una teoría esencial para entender la moderna economía del bienestar. Una de las razones fundamentales de ello es el entronque directo que la optimalidad paretiana tiene con la construcción teórico-idiográfica de Walras acerca de la superioridad de la “economía de mercado capitalista”. Para Walras, al igual que para Pareto:

La producción en un mercado regido por la libre competencia es una operación mediante la cual los servicios pueden combinarse y convertirse en productos de tal naturaleza y en las cantidades necesarias para proporcionar la mayor satisfacción posible de las necesidades, dentro de los límites de la doble condición de que tanto para cada servicio como para cada producto solo hay un precio en el mercado, aquel para el cual la oferta y la demanda son iguales, y de que el precio de venta de los productos sea igual al coste unitario de los servicios empleados en su producción (Walras, [1874] 1952: 100).

Pareto dice lo mismo con otras palabras:

La libre competencia determina los coeficientes de producción de forma que se asegura el máximo de ofelimidad (Pareto, [1906] 1991: 355).

El óptimo paretiano, a nuestro juicio, no serviría para analizar la inmensa mayoría de las situaciones posibles en el campo económico real, en las que unos sujetos ganan y otros pierden. Por ello, no deja de ser un supuesto matemático-idiográfico manejable a nivel lógico, pero que no permite el estudio de casi el 100% de los casos reales del campo económico.

El óptimo paretiano aplicado a la investigación operativa se resume en que, si como hemos dicho, el óptimo se da al llegar a situaciones en que no es posible beneficiar a más módulos del campo económico (o a uno solo) en una determinada situación o actividad sin perjudicar al resto, a nivel de aplicaciones técnicas significará que las sucesivas mejoras en el desarrollo de un proyecto llevarán a una mejor asignación en la que ninguna mejora paretiana sea ya posible. El óptimo paretiano se basa claramente en criterios utilitaristas subjetivistas, es decir: si algo produce o genera provecho, bienestar o satisfacción, sin perjudicar a terceros, ello provocará un proceso natural de optimización hasta llegar a un punto óptimo. La relación del óptimo paretiano con la teoría de la utilidad marginal es clara4, pero también con la teoría de la mano invisible de Adam Smith (Guerrero, 2008: 64-72). Si la oferta de cada sector se adapta a la llamada demanda

4 Adelantamos aquí una idea que, hoy día, es poco tratada entre los economistas, los politólogos o los filósofos interesados en la

Economía Política en general, y en las teorías del valor en particular: la defensa o el tomar partido por la teoría de la utilidad marginal o por la teoría del valor-trabajo no conlleva una toma de partido por un sistema económico capitalista o socialista, sean estos cuales sean. Un defensor de la teoría utilitarista del valor puede ser partidario de una economía socialista, mientras que un partidario de la teoría del valor-trabajo puede ser partidario de una economía de mercado pletórico capitalista. Como ahora estamos hablando de Pareto y sus óptimos, baste de momento, para no desarrollar este asunto ahora, que este economista italiano aseguraba que “[…] la economía pura no nos ofrece un criterio verdaderamente decisivo para elegir entre una organización de la sociedad basada en la propiedad privada y una organización socialista. No se puede resolver este problema sin tener en cuenta otras características de los fenómenos” (Pareto, [1906] 1991: 364). Incluso la optimalidad paretiana podría alcanzarse en sistemas económicos socialistas, si un Estado que sigue este tipo de economías las lleva a su equilibrio con mayor solidez que sistemas económicos basados en la propiedad privada de tipo capitalista.

“efectiva”, o “demanda realmente existente”, de un bien determinado, algo que pasa tanto si la demanda aumenta como si disminuye, las ecuaciones de equilibrio general tanto de Pareto como de Walras serían la matematización compleja de la mano invisible smithiana. La relación que pueda existir entre la demanda “efectiva” o de mercado y la optimalidad paretiana podría ser otra si la demanda óptima de mercancías se diese en un sistema económico socialista específico.

Otra de las claves es que las conclusiones paretianas, enmarcadas en la tradición neoclásica de la Economía Política, son resultado de análisis propios del llamado individualismo metodológico. La eficiencia paretiana, a pesar de Pareto y debido a sus seguidores, niega que pueda definirse un óptimo social que no descarte que cualquier sujeto pierda lo más mínimo respecto a una posición anterior, descartando la posibilidad de que un solo sujeto se vea perjudicado.

En los entornos de optimización con objetivos múltiples, por ejemplo, el óptimo de Pareto se podría definir de la siguiente manera: si tenemos un problema P de programación multiobjetivo, una solución S1 será pareto-óptima cuando no exista otra solución S2 que permita una mejora en un

objetivo sin empeorar en otro. Pero si la consecución de objetivos en proyectos siguiendo una programación multiobjetivo (y de cualquier otra clase) depende realmente más del cumplimiento de etapas en el proyecto y de una correcta operacionalidad en las acciones teniendo en cuenta recursos constantes y variables, ¿qué sentido real tiene la optimalidad basada en criterios utilitaristas y subjetivistas en el desarrollo y aplicación de complejas tecnologías de gestión y planificación de proyectos?

El criterio paretiano formulado según los neoclásicos es un conjunto de afirmaciones meramente formales que pueden darse en cualquier sistema de distribución, que además no aclara acerca de los efectos que un cambio en las relaciones de distribución ejerce sobre el bienestar. Algunos autores, como Mátyás (1985) crítican el óptimo paretiano por falta de contenido empírico, prefiriendo las comparaciones entre grupos o clases sociales a las comparaciones entre sujetos (individuos) propias del óptimo de Pareto y del individualismo metodológico. De hecho, los criterios de eficiencia y optimalidad han evolucionado mucho con el tiempo. En la economía del bienestar de Alfred Marshall o de Pigou la comparación se realizaba entre ricos y pobres, teniendo como base las nociones cardinalistas de Jeremías Bentham. En base a esto, estos autores defendían un mayor igualitarismo, pues la utilidad marginal de una moneda en curso gastada por un sujeto pobre sería, al parecer, mayor que la gastada por un sujeto rico. Esto muestra la poca solidez de las teorías que asocian la utilidad marginal con la defensa de sistemas económicos capitalistas. Aunque no solo ocurre con estos autores como veremos más adelante.

Resulta problemático a nuestro juicio, desde las coordenadas en que se mueve nuestra investigación, y por muchas aplicaciones que ello tenga en ingeniería o en economía aplicada (en investigación operativa, campo donde los otros dos convergen), tener como fundamento del desarrollo de estas tecnologías a las comparaciones interpersonales de utilidad, como también ocurre en la optimalidad paretiana en el consumo. Y lo decimos porque estas comparaciones

interpersonales de utilidad no son necesarias para llegar a resultados óptimos en la consecución de proyectos productivos, distributivos o de consumo (así como tampoco en proyectos de asignación o en gestión de inventarios) implementados mediante tecnologías de investigación operativa. La eficiencia paretiana, relacionada con la tradición walrasiana que en buena medida sigue, no es que ya desborde las categorías económicas, sino que tiene claros componentes extraeconómicos. En ella se mezclan, como ocurre en otras teorías invasivas por parte de la Economía Política como el

homo oeconomicus (y decimos invasivas porque invaden a otras disciplinas del conocimiento

tratando de explicar el Mundo simplemente desde coordenadas económicas –economicismo-, y siempre de las mismas corrientes teóricas), ideas de la Psicología con la Antropología, e incluso con la Filosofía, particularmente con la ética y la moral, y también con la Política. ¿Es por tanto la optimalidad paretiana un concepto económico puro? Si acciones o cosas fuera del campo económico se consideran desde ese campo, teniendo como marco teórico la eficiencia paretiana, walrasiana, etc., acciones malas en sentido ético o moral se verán simplemente como puros bienes económicos. Walras lo deja muy claro:

Necesario, útil, agradable y superfluo significa, para nosotros, tan solo más o menos útil. No constituye aquí ninguna ventaja tener en cuenta la moralidad o inmoralidad del deseo al que responde la cosa útil, y que es capaz de satisfacer. El que una sustancia sea buscada por un médico para curar una enfermedad, o por un asesino para envenenar a su familia es un problema muy importante desde otros puntos de vista, pero del todo indiferente desde el nuestro. La sustancia es útil, para nosotros, en ambos casos, e incluso puede serlo más en el segundo que en el primero (Walras, [1874] 1952: 155).

Ciertamente, la producción de bienes económicos, o la consecución de los proyectos industriales, productivos, distributivos, etc., a nivel puramente tecnológico-económico, no puede, en teoría, entrar en disquisiciones éticas o morales, independientemente de los fines y medios en que estén envueltos, y de los planes y programas en que se enmarquen sus desarrollos, sobre todo a nivel de Política Económica. Pero ni siquiera tras aclarar esto importa la eficiencia de la construcción de bienes, proyectos económicos, como también son una bomba atómica o los misiles de largo alcance, en sentido de utilidad subjetiva, pues los valores de uso de los bienes, incluidos los proyectos productivos a gran escala, son objetivos, históricos, temporales y concretos {Capítulo IV, 1. a)}. Y pueden satisfacer tanto como perjudicar, pero no es la Economía Política, ni la Política Económica -repetimos, en teoría- las disciplinas en las que ha de dirimirse si la construcción de una bomba atómica permite una eficiencia tal que su producción beneficie a un sujeto sin perjudicar al resto. Pues la Economía Política, ni a nivel micro ni a nivel macro, tiene que ver con la satisfacción de necesidades, y menos aún con la optimalidad derivada de esa plena, y falsa, satisfacción {Capítulo V, 1. b)} {Capítulo VII, 2.}. El óptimo paretiano se alcanzaría, según esto, tanto en la producción como en el consumo, y tanto si la producción es de un reactor nuclear como si es de bombas de racimo, en tanto ambos productos funcionen de la manera más eficiente posible. Pongamos el caso de las drogas duras, de las armas o de películas de pornografía infantil o snuff movies, también mercancías producidas distribuidas y consumidas

en las sociedades de mercado pletórico capitalista. Si hubiese un cambio en la demanda “relativa” de todos estos bienes, el sistema económico en que se produjesen estos cambios en la demanda llegaría a una situación en que la oferta de mercenarios de guerra, de traficantes, de asesinos a sueldo o sicarios, de pedófilos o de sádicos degenerados seguiría fiel al movimiento de la demanda de dichos "bienes", tras el ajuste instantáneo que, en mayor o menor grado, teóricamente cabría esperar. Sin embargo, y a pesar de Walras o de Pareto, el peso relativo en el producto nacional bruto (PNB) y en el producto interior bruto (PIB) de dichas mercancías socialmente “nocivas” es relevante analíticamente a la hora de juzgar los resultados económicos de toda sociedad política desarrollada o en desarrollo.

En todo caso, la racionalidad del óptimo paretiano residiría en considerar que las condiciones de optimalidad serían requerimientos técnicos simples sin implicaciones éticas, morales o ideológicas, pudiendo ser aplicables a sistemas capitalistas, socialistas, mixtos, etc. Y de ahí su éxito adaptativo. La racionalidad, por tanto, sería técnica y tecnológica. La irracionalidad sería nematológica, pues el óptimo paretiano no es ajeno a los juicios de valor propios de las teorías margiutilitaristas del valor que toman al “individuo” como unidad de análisis, a la utilidad marginal como fundamento último de la eficiencia y a la tecnología desde la que se llega a la optimalidad como un simple medio de satisfacción de necesidades individuales, las cuales, al llegar a ese óptimo, quedarían todas satisfechas. Así, el óptimo de Pareto estaría muy relacionado también con la idea de competencia perfecta.

Pero sobre todo tiene que ver con la llamada, como dijimos más arriba, economía del

bienestar, y sus implicaciones político-económicas. El desarrollo de la investigación operativa

estará también relacionado con la economía del bienestar, pues en ella también se trata de decidir qué forma de estructura organizativa es mejor que otra, teniendo como fundamento económico la más óptima asignación de bienes, capitales, recursos, etc5. Pero si una función de bienestar social permite escoger entre situaciones en las que unos individuos “mejoran” y otros “empeoran”, entonces en esta misma apreciación encontramos un juicio extraeconómico, más propio de la ética y de la moral que de la Economía Política (y más particularmente de las franjas del campo