Hemos visto la política de los «campos», variante Lambert-Favre, con respecto a las colonias y semicolonias del imperialismo. Pero ¿qué pasa con respecto a los países imperialistas? ¿Qué pasa concretamente con respecto a Francia? ¿No podrá aplicarse esa política allí?
La respuesta de la OCI y de Lambert es un rotundo sí, también en Francia se aplica la teoría y la política de los «campos». Ya hemos visto que el Proyecto de informe político sostiene la necesidad de estar «en el campo de Mitterrand en sus acciones de resistencia a la burguesía».
Por su parte, Francois Forgue en su respuesta a Capa, afi rma:
«La ‹crítica› al frentepopulismo [se refi ere al gobierno de Mitterrand] no es un fi n en si mismo sino solamente un medio para que la clase obrera se movilice contra la burguesía» (Correspondencia Internacional Nro. 13, octubre 1981).
Es decir, se trata de movilizar a las masas solamente contra la burguesía, no contra el gobierno (como si éste no fuera justamente el estado mayor de la burguesía y la contrarrevolución); se llama a un gobierno de colaboración de clase, imperialista hasta la médula como el de Mitterrand, a gobernar contra la burguesía; no se denuncia a este gobierno, sino que se critican fraternalmente sus errores.
El argumento sobre fi nes y medios que emplea Forgue es demasiado viejo como para impactar a nadie. Y lo usa mal, además.
Cada fi n requiere un medio, o medios, adecuado (s). Los medios son las herramientas que emplea el partido para alcanzar sus fi nes. Cualquier obrero sabe que, para sacar un tornillo, se debe utilizar la herramienta adecuada: un destornillador. Es necesaria la crítica sistemática al gobierno burgués de turno, el planteo incansable de que los obreros deben echar al gobierno burgués y tomar ellos el poder, como único medio, como única herramienta para derrotar a la burguesía y sacar ese tornillo social que nos destruye y aplasta a todos.
Forgue nos dice que el medio que utilizamos para cumplir una tarea es una cuestión secundaria. Nosotros decimos que existe una profunda unidad entre medios y fi nes; que afi rmar que «lo principal son lo fi nes» es
tan falso como «lo principal son los medios».
Como ejemplo de su orientación, Forgue dice: «El gobierno frentepopulista ‹respeta› a la burocracia del Estado; nosotros la atacamos».
Un marxista diría: «El gobierno frentepopulista respeta a la burocracia del Estado; nosotros atacamos a esa burocracia y denunciamos al gobierno por respetaría.»
2. El otro integrante del «campo progresivo»
Debemos señalar que en nuestra enumeración de los integrantes del «campo progresivo» que encabeza Mitterrand, se nos quedó uno en el tintero, y no muy honorable por cierto. Se trata de Pablo, el gran teórico de la concepción de los campos, quien llevó al trotskismo a cometer la gran traición de su historia en Bolivia.
En el primer número de su periódico, llamado Pour Lautogestion, Pablo publica un editorial referido a su política para el gobierno de Mitterrand, donde dice: «apoyaremos todas las medidas que tome, que satisfagan las reivindicaciones de los trabajadores y el movimiento de emancipación general del capitalismo y la burocracia a nivel internacional».
Evidentemente, Pablo ve mayores virtudes en el gobierno de Mitterrand que las que ve Lambert, ya que la acción «progresiva» de dicho gobierno se extiende al plano internacional. Pero en esencia Pablo y Lambert dicen lo mismo.
Pablo: este gobierno toma medidas que satisfacen las reivindicaciones de los trabajadores.
Lambert: Este gobierno realiza acciones contra la burguesía y por eso estamos en su campo, apoyando sus «pasos progresivos».
Diferencias terminológicas aparte, la coincidencia es total. Tanto Lambert como Pablo están en el «campo» político de Mitterrand y apoyan sus medidas. Si es correcto el antiguo dicho, «dime con quién andas y te diré quién eres», los camaradas de la OCI deben refl exionar. Después de décadas de feroz combate contra el stalinismo y contra Pablo, su agente en nuestras fi las, ahora se encuentran en el mismo «campo» con ambos.
3. Impulsar al gobierno burgués hacia posiciones
anticapitalistas
En un documento escrito por Stéphane Just y aprobado por el Buró Político da la OCI como «preparatorio para el XXVI Congreso de la OCI(u)» (y que por lo tanto tiene la misma importancia que el Proyecto de informe político), se dice con una claridad y franqueza dignas de mejor causa: «Estamos dispuestos a apoyar toda resistencia del gobierno a la presión
y sabotaje de los capitalistas, todo acto que cuestione a la V República y sus instituciones (el estado RDR-UDF), a las reformas reaccionarios de la V República que satisfaga las reivindicaciones de las masas, que atente contra los capitalistas. Sin ilusiones, y sin sembrar ilusiones, tratamos de que el gobierno Mitterrand-Mauroy avance lo más posible por esta vía [de satisfacer las reivindicaciones de las masas y atentar contra los capitalistas]» (La Lettre d›I.O. No 11, p. 4).
Esto completa la afi rmación del Proyecto de informe político, de que la OCI está «en el campo de Miterrand en sus acciones de resistencia a la burguesía». Aquí se está diciendo que el gobierno efectivamente va a resistir la «presión y el sabotaje de los capitalistas» y «cuestionar la V República», no para reemplazarla con algún otro régimen burgués sino para «satisfacer las reivindicaciones de las masas» y «atentar contra los capitalistas». Es decir, que el gobierno frentepopulista, contrarrevolucionario, burgués, imperialista de Mitterrand-Mauroy puede orientarse en un sentido anticapitalista. La tarea de la OCI es impulsarlo para que «avance lo más posible por esta vía». Si se crítica al gobierno (cosa que la OCI hace a veces y en tono por demás fraternal, como dirigiéndose a un camarada «descarriado», es siempre con el mismo fi n: «Nuestra crítica al gobierno Mitterrand-Mauroy es siempre abordada desde el punto de vista del combate contra la burguesía y el capital» (op. cit., p.4).
Si esto fuera realmente así, si desde el punto de vista del marxismo un putrefacto gobierno burgués, contrarrevolucionario e imperialista pudiera ser orientado contra la burguesía, entonces el stalinismo tendría razón. Existirían gobiernos populares, no clasistas, que podrían gobernar contra una u otra clase de acuerdo a la presión que se ejerciera sobre los mismos. Al adoptar la teoría de los campos, la OCI(u) ha abandonado el método marxista, que defi ne a los gobiernos por su carácter de clase. Frente a estas afi rmaciones de Just, y otras similares, se derrumban las mil y un declaraciones rituales del Proyecto de informe político, de que el gobierno Mitterrand es «burgués» y «no es nuestro gobierno».
Un camarada joven podría preguntarse: ¿acaso el trotskismo no exige que se adopte una política de presionar a los partidos obreros para que rompan con la burguesía, tomen en sus manos el poder y apliquen un programa revolucionario, de reivindicaciones transicionales?
Efectivamente, respondemos nosotros; y agregamos que ese análisis y táctica del trotskismo confi rman el método y la política clasistas del marxismo.
Desde el punto de vista de su carácter de clase, existe un abismo entre los partidos obreros, aunque traidores, y los gobiernos burgueses del tipo que sean. Un partido obrero traidor sigue siendo obrero y, por lo tanto, un fenómeno altamente contradictorio dentro de nuestra clase. En determinadas ocasiones, bajo la presión de las masas, su dirección
proburguesa puede verse obligada a avanzar más allá de lo que desearía en el camino de ruptura con la burguesía; los trotskistas debemos tener una política para impulsar ese proceso. Pero los momentos en que aplicamos esta política son excepcionales, y los momentos en que este proceso ocurre en la realidad son ultraexcepcionales.
Además, esta política se aplica en relación a partidos obreros, jamás en relación a gobiernos burgueses, sobre todo cuando incluyen a partidos burgueses, ni siquiera obrero-burgueses.
Por razones de clase, un partido trotskista no puede jamás aplicar la política de la OCI(u), de llamar al gobierno burgués de Mitterrand a avanzar en la vía de la ruptura con la burguesía. Esta política es absolutamente irreal (y por lo tanto reaccionaria), tan irreal como pedirle a Reagan que avance lo más posible por la vía de dejar de ser imperialista. O bien es una política factible, y en ese caso el stalinismo tiene razón: existen gobiernos que no son burgueses ni proletarios, y bajo esos gobiernos hay que abandonar la lucha de clases porque la presión ejercida sobre ellos puede orientarlos en un sentido antiburgués.
Volviendo a Stéphane Just, sabemos que él jamás entendió nada del marxismo, pero debemos reconocerle el mérito de la claridad. Creemos que Lambert, siendo tan revisionista como Just o quizás más, jamás hubiera dicho que el eje de nuestra política es impulsar a un gobierno burgués, imperialista, que incluye a ministros gaullistas y radicales, hacia la ruptura con la b. Y, para colmo, «sin ilusiones y sin sembrar ilusiones». Daría lo mismo decir que el eje de nuestra política para la Iglesia católica es: «Sin ilusiones y sin sembrar ilusiones tratamos de que el papa Juan Pablo II avance lo más posible por la vía de hacer cantar La Internacional en la misa».