Los sesgos implícitos emergen de caracterís- ticas normales y humanas del conocimiento humano; tales, nuestra tendencia a dividir en categorías, a formar claques y a absorber men- sajes e indicios sociales. Para comprender el entorno agrupamos los objetos y establecemos relaciones entre objetos y acciones o adjetivos, Las personas advierten automáticamente que los coches corren, las galletas son dulces y los mosquitos pican. Sin esas deducciones, sería mucho más difícil actuar en nuestro entorno y sobrevivir en él.
A menudo, esas asociaciones se realizan al margen de nuestra percepción consciente. Para poder medirlas, los psicólogos utilizan pruebas indirectas que no dependen de la capacidad o el deseo de las personas de reflexionar sobre sus sentimientos y pensamientos. Se conjugan varios métodos para valorar la velocidad a la que la gente asocia palabras o imágenes que representan a grupos sociales, como jóvenes y ancianos, mujeres y hombres, negros y blancos, gordos y delgados, conservadores y progresis- tas, etc., con palabras positivas o negativas o con rasgos estereotípicos particulares.
Debido a que los conceptos estrechamen- te asociados se encuentran vinculados en la mente de una persona, se reacciona con mayor celeridad ante dos conceptos relacio- nados, como “martillo y clavos”, que ante otro par sin relación alguna, como “martillo y bala de algodón”. El tiempo de respuesta de una persona, por lo tanto, puede revelar asociaciones ocultas, como “negro y peli- groso” o “mujer y frágil”, que constituyen el fundamento de los prejuicios implícitos. Una pregunta habitual entre personas legas es la de si podemos librarnos de las asociaciones implícitas, recuerda Brian A. Nosek, de la Uni- versidad de Virginia. Responde que eso no es posible ni deseable. Si nos librásemos de esas
RESUMEN
Estereotipos
subliminales
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Todos nosotros tenemos clichés inconscientes relativos a grupos sociales: blan- cos y negros, hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, homosexuales y heterosexuales o gordos y delgados.2
Dichos sesgos im- plícitos son mucho más frecuentes que los prejuicios más ex- plícitos o manifiestos que asociamos, por ejemplo, con el Ku Klux Klan o con los nazis.3
Algunos escenariossociales pueden ac- tivar automáticamente actitudes y estereotipos implícitos, que, enton- ces, pueden afectar a nuestras percepciones, juicios y comportamien- to, incluyendo la elec- ción de con quién en- tablar amistad, a quién contratar y, en el caso de los médicos, qué tra- tamiento prescribir.
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La investigaciónreciente sugiere que podemos moldear nuestras creencias y actitudes implícitas o, al menos, limitar sus efectos sobre nuestro comportamiento.
asociaciones, perderíamos una herramienta muy útil, que necesitamos para nuestra vida cotidiana.
El problema surge cuando formamos asocia- ciones que contradicen nuestras intenciones, creencias y valores. A menudo se asocia de manera inconsciente “mujer” con “débil”, “ára- be” con “terrorista” o “negro” con “criminal”, aunque esos estereotipos contradicen valores como la justicia y la igualdad, importantes para la mayoría.
El propio interés refuerza los sesgos implíci- tos. Para potenciar nuestra situación, estamos predispuestos a atribuir características supe- riores a los grupos a los que pertenecemos, es decir, nuestros “grupos de integración”, y a exagerar las diferencias entre nuestro propio grupo y los extraños.
Incluso nuestras percepciones visuales bá- sicas están sesgadas en lo referente a los gru- pos de integración. Se ha comprobado que las personas recuerdan más fácilmente los rostros de su propia raza que los de otras razas. En los últimos años, se ha comenzado a buscar la base neurológica de este fenómeno, conocido como la memorización preferencial de rostros de la propia raza.
En un estudio del año 2001, el grupo lide- rado por Alexandra J. Golby, profesora hoy en la facultad de medicina de Harvard, aplicó la técnica de resonancia magnética funcional para observar la actividad cerebral de los vo- luntarios mientras miraban una serie de ca- ras de raza negra o blanca. Los investigadores encontraron que los individuos mostraban mayor actividad en un área cerebral que se utiliza para el reconocimiento facial, el área fusiforme facial, cuando miraban rostros de su propio grupo racial que cuando veían ros- tros de una raza diferente. Cuanto más fuerte
era la memorización preferencial de rostros de la propia raza, mayor era esta diferencia cerebral.
La identificación con un grupo se produce con una velocidad sorprendente. En un estudio del año 2002, Anthony G. Greenwald, de la Uni- versidad de Washington, y sus colegas pidie- ron a 156 personas que leyesen los nombres de cuatro miembros de dos equipos hipotéticos, el morado y el dorado, y después empleasen 45 segundos en memorizar los nombres de los jugadores en cuestión.
Posteriormente, los participantes llevaban a cabo dos tareas, en las que ordenaban rápi- damente los nombres de los miembros de los equipos. En una tarea, agrupaban a los miem- bros de un equipo bajo el concepto de “ganar” y a los del otro equipo bajo “perder” y, en la otra tarea, vinculaban a cada equipo con “yo” o con “otro”.
Se observó que, con los 45 segundos que cada persona había pasado pensando en un equi po ficticio, tendían a identificarse con ese equi - po (vinculándolo con el concepto “yo”) y consi- derando implícitamente a sus miembros como “ganadores”).
Algunos sesgos implícitos parecen tener sus raíces en las emociones intensas. En un estudio del año 2004, Wil A. Cunningham, de la Universidad estatal de Ohio, y sus colegas midieron la actividad cerebral de personas de raza blanca mientras miraban una serie de rostros negros y blancos. El equipo encontró que, en comparación con los rostros de raza blanca, los rostros negros, que se mostraban durante sólo 30 milisegundos (de manera que los participantes ni siquiera se daban cuenta), desencadenaban mayor actividad en la amígda- la, una zona del cerebro asociada a la vigilancia y, algunas veces, al miedo. El efecto era más
1. OBSERVAR FUGAZMENTE
UN ROSTRO DE RAZA NEGRA puede desencadenar mayor actividad en el centro de vi- gilancia del cerebro, la amíg- dala (región rodeada por un
círculo, arriba). Una exposición
ligeramente más larga a dicho rostro parece activar áreas frontales del cerebro (abajo), que podrían ser la base de la voluntad de sobreponerse a los sesgos.
En un estudio,
los niños
pequeños
tendían a
considerar que
los rostros
enfadados y
racialmente
ambiguos
eran negros
y no blancos,
mientras que
no sucedía lo
mismo en el
caso de caras
felices.
FUENTE:“SEPARABLE NEURAL COMPONENTS IN THE PROCESSING
OF BLACK AND WHITE F
ACES”, POR W
. A. CUNNINGHAM ET AL.,
EN
PSYCHOLOGICAL SCIENCE
pronunciado entre personas que mostraban fuertes sesgos raciales implícitos.
En el mismo ensayo se evidenció que, cuan- do los rostros se mostraban durante medio segundo (un tiempo suficiente para que los participantes los procesaran conscientemen- te), las caras de raza negra provocaban mayor actividad en las zonas prefrontales del cere- bro asociadas con la detección de conflictos internos y el control de las respuestas. Lo que podría interpretarse como que esas personas intentaban conscientemente suprimir sus aso- ciaciones implícitas.
¿Por qué son las caras de raza negra las que provocan una reacción de vigilancia? Jennifer A. Richeson, de la Universidad del Noroes- te, aventura que los estereotipos culturales nortea mericanos que vinculan a los jóvenes de raza negra con el crimen, la violencia y el peligro son tan intensos, que el cerebro po- dría prestar una atención especial a los negros como categoría, igual que sucede con animales amenazantes como las serpientes.
En un reciente estudio, Richeson y sus co- legas encontraron que la atención visual de los estudiantes universitarios de raza blanca era atraída más rápidamente por fotografías de hombres negros que por fotografías de hombres blancos, a pesar de que las imágenes parpadeaban con tal celeridad, que los parti- cipantes no eran conscientes de las mismas. Un incremento de la vigilancia que no apare- cía cuando los hombres de las fotografías no estaban mirando a la cámara (el desvío de la mirada, una señal de sumisión en los seres humanos y en otros animales, extingue las percepciones explícitas de amenaza).
Sea cual sea el fundamento neuronal de los sesgos implícitos, los factores culturales —chis- tes racistas, frases vejatorias y burlas— suelen reforzar los prejuicios. Las sutiles señales so- cioculturales pueden tener un poder particu- larmente insidioso.
En un estudio reciente, el equipo dirigido por Luigi Castelli, de la Universidad de Padua, examinó el comportamiento y las actitudes raciales en 72 familias italianas de raza blanca. Según observaron, las preferencias raciales de los niños no se veían afectadas por las actitudes explícitas de sus padres en ese ámbito (quizá porque esas actitudes se acallaban). En cambio, los niños cuyas madres presentaban actitudes
implícitas más negativas hacia los negros so-
lían elegir a un compañero de juegos blanco, con preferencia a otro negro y asignaban más
rasgos negativos a un niño negro ficticio que a uno blanco. Los niños cuyas madres pre- sentaban un menor sesgo racial implícito en una prueba de sesgos implícitos tenían menos probabilidad de evidenciar semejantes prefe- rencias raciales.
Muchas de nuestras asociaciones implícitas con respecto a grupos sociales se establecen antes de que tengamos la edad suficiente para someterlas a una crítica racional. Mahzarin R. Banaji, de la Universidad de Harvard, y Yarrow Dunham, de la Universidad de California en Merced, descubrieron que los niños tendían a considerar que los rostros enfadados y racial- mente ambiguos eran negros y no blancos, mientras que no sucedía lo mismo en el caso de caras felices. En 2006, Andrew S. Baron, y Banaji mostraron que los sesgos raciales im- plícitos surgían con fuerza a la edad de seis años, para establecerse. Se trata, pues, de filtros a través de los cuales la gente mira el mundo presente desde una edad muy temprana.