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3. FACTORES INDIVIDUALES Y SINIESTRALIDAD LABORAL

3.4. Factores psicosociales

3.4.2. Las demandas de la tarea

Las demandas de la tarea hacen referencia al conjunto de exigencias físicas y/o mentales a las que el trabajador se ve sometido a lo largo de su jornada laboral. Tanto las exigencias físicas (carga física de trabajo) como las exigencias mentales (carga mental de trabajo) están relacionadas directamente con las capacidades del trabajador (Borg, 1978). Por ello, los efectos de las demandas de la tarea pueden presentar variaciones en relación a las diferentes capacidades de cada persona. Un desajuste entre las demandas de la tarea y las capacidades de la persona que la desarrolla supone una fuente de generación de estrés y conlleva la aparición de lesiones, de patologías o de comportamientos inseguros que pueden derivar en un accidente laboral (Vignoli, Guglielmi, Bonfiglioli, & Violante, 2015). Habitualmente se establecen relaciones directas entre las demandas de trabajo y las patologías de origen psicológico como el burnout y el absentismo laboral asociado al estrés, a la depresión o a los episodios de ansiedad (Nahrgang et al., 2011).

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La carga mental experimentada viene derivada de la relación entre las exigencias mentales de la tarea y las capacidades del trabajador que la desempeña. Mulder (1986) define la carga mental en función del número de etapas de un proceso o en función del número de procesos requeridos para realizar correctamente una tarea y, más particularmente, en función del tiempo necesario para que el sujeto elabore, en su memoria, las respuestas a una información recibida (Welford, 1978). Los desajustes entre el tiempo disponible y la elaboración de las respuestas se traducen en deterioros de la salud de los trabajadores. La carga mental presenta una influencia relevante en el accidente de trabajo. Niveles excesivos de carga mental provocan la tendencia del trabajador al error, a la aparición de fallos cognitivos y al aumento de la siniestralidad laboral (Elfering, Grebner, & Haller, 2012). Cuando se supera la capacidad del trabajador para interpretar y responder a las señales del puesto de trabajo, las probabilidades de cometer errores aumentan de forma exponencial (Mitropoulos & Memarian, 2013). La pérdida de información por sobrecarga supone la emisión de respuestas incorrectas. Las características de la formación e información de los trabajadores presentan una importancia vital en la siniestralidad laboral. Su influencia es elevada en las demandas de la tarea, a mayor conocimiento mayor capacidad para emitir respuestas correctas en menor plazo de tiempo, por lo tanto, mayor tasa de acierto y de disponibilidad de recursos. La variedad de las tareas y su contenido también determinan la demanda. Las tareas variadas y con contenidos de calidad provocan mayores niveles de resistencia a la fatiga, aumentan la capacidad de concentración del trabajador y disminuyen los niveles de siniestralidad (Beckers et al., 2004). En relación a las demandas mentales existen procesos de adaptación. Los trabajadores sometidos a demandas mentales elevadas mejoran sus procesos cognitivos, por lo tanto, el entrenamiento puede provocar una disminución de los niveles de riesgo asociados a la demanda de la tarea (Then et al., 2014). La claridad en la información, su variedad, el tiempo disponible para la emisión de respuestas y la adecuación a las capacidades del trabajador permiten la reducción de la siniestralidad laboral asociada a la carga mental en el puesto de trabajo.

Además de la carga mental, la carga de trabajo incluye la carga física. La carga física de trabajo puede suponer un sobresfuerzo para el trabajador si no se ajusta a sus capacidades físicas y a su nivel de entrenamiento. La inactividad física es uno de los factores influyentes en la acumulación de cansancio y la tendencia a cometer errores. A mayor nivel de inactividad, mayor tendencia a la aparición de errores (Taylor & Dorn,

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2006). En este sentido entran en consideración factores como el sexo, la edad del trabajador y el estado de forma física. Las mujeres son más propensas a la aparición del cansancio que los hombres (Åkerstedt, Fredlund, Gillberg, & Jansson, 2002) especialmente en los desórdenes del sueño, que están asociados a fenómenos como la doble presencia y la mayor asunción de responsabilidades en el hogar por parte del sexo femenino.

La edad es otro factor a considerar. El paso de los años disminuye la capacidad física de los trabajadores, reduciendo su resistencia a la carga física y acelerando la aparición del cansancio. En el plano físico se considera óptimo el rango de edad de 20-40 años, disminuyendo la capacidad una vez superada dicha horquilla (Balderrama, Flores, & Maldonado, 2015). En relación a la capacidad física, un entrenamiento adecuado potenciará las condiciones del trabajador permitiéndole afrontar mayores niveles de carga física y mostrando mayor resistencia a la aparición del cansancio (Miettinen & Louhevaara, 1994). Todos estos factores aparecen de forma combinada, no como sucesos estancos, en consecuencia, los perfiles que determinan menor resistencia física son multifactoriales. Desajustes entre las capacidades físicas y las demandas de la tarea aumentan las probabilidades de aparición de lesiones musculoesqueléticas, principalmente en zonas como la espalda y las extremidades (superiores e inferiores), patologías ampliamente extendidas en sectores eminentemente físicos como la construcción (Nurminen, 1997). En este caso sería razonable pensar en la actividad de servicios a edificios y actividades de jardinería como una actividad con desgaste físico elevado, por tratarse de tareas con poca mecanización y caracterizada por el esfuerzo manual de los trabajadores (fregado, mopeado, siega, desbroce, carga y descarga de residuos, etc.). Las características de la actividad provocan una tasa de siniestralidad asociada a las lesiones musculoesqueléticas más elevada que otras actividades encuadradas en sectores como la construcción o la industria en los que las lesiones de origen traumático cobran mayores niveles de protagonismo.

Tanto la carga física como la carga mental pueden actuar sinérgicamente. No son factores que deban ser considerados de forma aislada, puesto que su interacción puede provocar modificaciones en el estado de salud y capacidad de respuesta de los trabajadores (Qu, 2013). Se han detectado influencias directas entre elevados niveles de carga mental y física y la presencia de lesiones en el sistema musculo-esquelético

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(Roman-Liu, 2013). Los efectos de la carga física continuada sobre los trabajadores derivan en lesiones musculo-esqueléticas (Westgaard, 1999).

Otro factor a considerar es la experiencia en el entorno laboral y en la profesión, entendida como la acumulación de conocimientos en torno a la tarea a desarrollar. La experiencia permite la disminución de errores y consecuentemente la reducción de la siniestralidad laboral (Gyekye & Salminen, 2010). La inexperiencia y el desconocimiento de la tarea están asociados a mayores niveles de riesgo en el puesto de trabajo (Larsson, 1988). Tanto la formación e información (Stuart, 2014) como el entrenamiento en el desarrollo adecuado de la tarea (Collins, Wolf, Bell, & Evanoff, 2004) permiten al trabajador conocer las técnicas adecuadas para efectuar el trabajo y evitar los errores que aumentan los índices de siniestralidad laboral. Boada-Grau et al (2013) interrelacionan factores relativos al cumplimiento de las medidas preventivas, con escalas psicológicas, prevalencia del burnout y estado de salud del trabajador. En este sentido, la formación e información que recibe el trabajador influyen en la aparición de patologías psico- fisiológicas. Una formación apropiada reducirá los índices de siniestralidad laboral y las patologías derivadas del trabajo. Las tareas laborales deben ser desarrolladas de forma adecuada, incluyendo en esta definición el seguimiento de las medidas de seguridad establecidas.

Las pausas de trabajo permiten la recuperación física y mental del trabajador. Una correcta implementación de pausas permite el descanso (físico y mental) del trabajador y disminuye la probabilidad de la aparición de errores. Especialmente cuando las pausas son activas y presentan la capacidad de revertir la sobrecarga acumulada por el trabajador. Una pausa activa (Gallis, 2013) es una actividad física realizada en un breve espacio de tiempo de la jornada laboral, orientada a que las personas recuperen energías para un desempeño eficiente en el trabajo. Son desarrolladas a través de ejercicios que compensen los esfuerzos derivados de la tarea, revirtiendo de esta manera la fatiga muscular y el cansancio generados por el trabajo. No se trata exclusivamente de descansos o tiempos de reposo, sino de actividades, incluso con exigencia física o mental, destinadas a mejorar la circulación en zonas privadas de la misma durante el trabajo y a la activación de los grupos musculares no empleados en el ámbito laboral. Una adecuada implementación de pausas activas puede provocar una reducción de lesiones como las sobrecargas musculares en cuello y hombros (Sundelin & Hagberg, 1989). Realizar unos minutos de

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carrera continua (carga física dinámica) puede ser una pausa activa apropiada para un trabajador usuario de pantallas de visualización de datos, tarea con elevada carga estática.

Por otro lado, existe una relación directa entre el tiempo de sueño de un trabajador y su tendencia al accidente laboral (Lusa, Häkkänen, Luukkonen, & Viikari-Juntura, 2002). Un sueño reparador de al menos 8 horas disminuye la probabilidad de sufrir accidentes laborales. La organización de los horarios de trabajo permite la conciliación de la vida familiar y profesional, aumentando las posibilidades de que un trabajador realice un descanso realmente reparador. En consecuencia, el establecimiento de pausas durante la actividad laboral permite la recuperación del trabajador y disminuye la fatiga, reduciendo significativamente la siniestralidad laboral (Tucker, 2003). El tipo de tarea y su variabilidad también influye en la demanda El cambio de tarea supone la activación de grupos musculares diferentes, de la misma forma se exigen recursos mentales de otro tipo, lo cual provoca una distribución de las cargas físicas y mentales evitando sobrecargas en zonas o recursos determinados.

En resumen, la adaptación de las demandas de la tarea a las capacidades de los trabajadores minimizará los niveles de siniestralidad laboral. La implementación de pausas y descansos disminuye las exigencias de la tarea; mientras que herramientas como la formación e información permiten aumentar las capacidades de los trabajadores. Del correcto ajuste entre las demandas laborales y las capacidades de los trabajadores dependerá, en gran medida, la reducción de la siniestralidad laboral. A mayor ajuste menor siniestralidad. La inclusión de elementos reparadores como las pausas activas durante la jornada laboral y la adecuación de los horarios de trabajo evitarán la acumulación de cansancio (físico y mental), permitiendo una recuperación efectiva y una reducción de los niveles de riesgo sobre los trabajadores. Las rutinas diarias de los trabajadores son otro elemento a considerar; la práctica de deporte, la alimentación saludable y los hábitos de sueño son elementos que a través de campañas de promoción de la salud pueden ser modificados para garantizar un estado óptimo de la salud del trabajador. Se percibe de nuevo la necesidad de disponer de herramientas que permitan conocer las capacidades del trabajador (individuales y variables en el tiempo) para afrontar las tareas designadas. Capacidades que no permanecen inmóviles en el tiempo, sino que pueden ser entrenadas (mejoradas) o verse afectadas por elementos externos.

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Ello implica que los seguimientos deban ser realizados de forma periódica para lograr una adaptación entre recursos y demandas, duradera a lo largo del tiempo.

3.4.3. El tiempo de trabajo (duración de la jornada, nocturnidad y