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Capítulo 4. La gubernamentalidad de los niños

4.5 Las evaluaciones

Hasta aquí nos hemos orientado a presentar algunas de las prácticas más comunes que utilizan los funcionarios y profesionales de la institución pública (y

en menor medida de la institución privada) para normalizar a los menores bajo su resguardo. Sin embargo, como consideramos que un análisis de esta naturaleza no puede completarse sin dar cuenta –así sea de forma mínima-, de cómo definen el éxito de esta normalización estos mismos actores, en esta última parte del capítulo nos concentraremos en analizar este aspecto.

Para empezar habría que mencionar que bajo la idea de transparencia del sujeto (Vencesloa, 2009), los funcionarios y profesionales de la institución pública interpretan el “correcto” comportamiento de los niños como una manifestación del éxito de sus prácticas de normalización. Y esto porque para ellos, la apariencia social pasa a constituirse en el estatuto ontológico de los sujetos y, por tanto, en el indicativo natural de su normalización.

“El hecho que no digan palabras obscenas y sepan comportarse frente a la gente, es un indicativo claro de la transformación de estos niños pues, cuando llegaron, hacían todo lo contrario. Se comportaban como salvajes, decían mentiras, groserías. Ahora eso no ocurre, ahora saben comportarse y manejarse frente a las personas” (Funcionario, Nota de campo, Mayo de 2010).

Cuestión que se enmarca en lo que hemos denominado como neo-higienismo, en donde la apariencia social se impone como prueba fehaciente del desarrollo de los menores, pues la apariencia en sí misma implica civilización (Núñez, 1990). Y, que sin embargo, también nos remite a lo que Berndfeld llamó pedagogía cuartelaría, en alusión a las lógicas que miden sus logros educativos, en donde se confunden los efectos pedagógicos con los comportamientos propios del sometimiento (Vencesloa, 2009).

En esta misma lógica, estos funcionarios y profesionales también toman las expresiones de “felicidad” de los niños, como una manifestación clara de la conformidad que estos sienten a la manera en como los atienden y a las prácticas de normalización que manejan con ellos, pues, a decir de una de las pedagogas, si no ocurriera ello éstos seguramente lo manifestarían.

“A: ¿cómo se dan cuenta que estos niños están conformes [con la forma] como se les atiende?

F: Pues en su rostro, en su sonrisa. Si ellos sonríen es porque están bien, porque se sienten queridos, atendidos. En cambio, si ellos no se les atendiera bien, claramente lo demostraría en su rostro de enojo y rechazo” (Pedagoga, Nota de campo, Julio 2010).

Lo cual, como veremos en el siguiente capítulo, no es del todo cierto, pues varios de estos menores utilizan precisamente estas expresiones para resistirse, de una manera silenciosa, ante la forma en que los atienden.

Finalmente, como la mirada de los funcionarios y profesionales también está atravesada por ciertas representaciones simbólicas, es común que éstos interpreten la integración de algunos menores a nuevas familias bajo la forma de adopción, como una manifestación más del éxito de sus prácticas de normalización, pese a la frecuencia mínima con que ocurre, puesto que para ellos: la integración de un menor significa la culminación de un trabajo constante de formación, así como el cumplimiento de uno de los objetivos de la institución.

Para concluir, habría que agregar solamente que, en el caso de la institución privada, la conclusión de ciertas carreras técnicas por parte de algunos menores albergados es interpretado como una prueba clara del éxito de su modelo; ya que bajo su mirada objetivadora y productivista, éstas representan su integración al mercado de trabajo y su productividad.

4.6 A modo de cierre

En este capítulo hemos tratado de mencionar y analizar algunas de las prácticas o tecnologías de gobierno más comunes, que utilizan los profesionales y funcionarios de la institución pública para “formar” y “controlar” a

los menores albergados. Así, hemos ido de las más sutiles (como aquellas relacionadas con los hábitos personales y sociales) a las más evidentes (como el rumor de su traslado a otras instituciones). Lo cual da cuenta de una imbricación de distintas racionalidades políticas así como de tecnologías de gobierno, que de alguna manera indica este tránsito inacabado de una lógica disciplinaria a una lógica de control (Deleuze, s.f.), aunque con una carga evidente hacia esta última.

En este sentido, si hay algunas conclusiones que podemos extraer de este capítulo, estas son las siguientes. En primer lugar, que la lógica y la práctica neo-higienista de trabajar el cuerpo desde los aspectos nimios o ínfimos, como una manera de transformar a los sujetos, es aplicada en esta institución con estos menores bajo su estatuto especial de incivilizados. Lo que implica un trabajo de control desde cero, como diría Deleuze, para afinar sus comportamientos.

En segundo lugar, que esta lógica apunta más a los menores y a las jovencitas que a los jóvenes, en tanto que para los profesionales la re-educación de éstos últimos no parece tener mucho sentido. De allí que incluso con éstos no incentiven muchas acciones. Y, finalmente, que esta apuesta por la separación de la institución si no se transforman los menores después de un tiempo específico, muestra todavía la permanencia de la lógica tutelar de último momento. Donde el control pasa a tomar un carácter de disciplina y de arrebato, secuestrando a los menores peligrosos y no sólo riesgosos.

Para cerrar este capítulo, solamente quisiéramos agregar que pese a esta imbricación de tecnologías generalmente sutiles, los actores también presentan una imbricación de resistencias, que demuestran sus potencialidades.