Las opiniones sobre las patentes universitarias reflejan las existentes sobre las implicaciones de la creciente interacción universidad-empresa. Por lo tanto, dos preguntas principales dominan el discurso normativo. En primer lugar, considerando las patentes universitarias como un indicador de resultados de la investigación académica, si el énfasis por patentar tiene alguna consecuencia sobre la calidad de dicha investigación y sus resultados. En segundo lugar, considerando las patentes universitarias como un indicador de
recursos de la interacción universidad-empresa, si aquel mismo énfasis fomenta de hecho la interacción con la empresa.
Las patentes universitarias como indicador de resultados: ¿provienen de la ciencia menos útil?
Con respecto la cuestión de si la generación de patentes universitarias afecta al tipo de investigación académica, por ejemplo, una serie de entrevistas con profesores universitarios condujeron a Etzkowitz afirmar que las patentes universitarias son un resultado natural puesto que la “investigación de los científicos emprendedores está habitualmente en las fronteras de la ciencia y conduce al avance teórico y metodológico, así como a la invención de artilugios”. En el mismo sentido, para Etzkowitz y Leydesdorff, la aceptación de dualismos tales como patentes o publicaciones y metas de investigación básica o aplicada son expresiones obsoletas y superficiales de una teoría del conocimiento basada en una dicotomía subyacente que sitúa el avance científico, es decir, el desarrollo de la teoría, como algo opuesto al avance tecnológico (ETZKOWITZ et al., 2000).
En un número al parecer creciente de disciplinas científicas, este dualismo ya no es una imagen válida de lo que sucede.
Una perspectiva menos optimista es sostenida por otros autores. Sin llegar a introducir una metodología analítica, Pavitt hace notar que las patentes universitarias representan una proporción muy pequeña del total de patentes (entre el 3 y el 5%, según países), mucho menor que la correspondiente a su contribución al gasto de I+D total (del 17% en la OCDE). Asimismo, se vale de una revisión de encuestas a empresarios en las que éstos valoran más la contribución indirecta de las universidades a la tecnología empresarial que su contribución directa, como productoras de tecnología, para afirmar que las patentes universitarias ofrecen una visión muy restringida de la utilidad de la investigación académica. Así, concluye que no representan una aportación económica significativa y que apenas están siendo rentables para las propias universidades (PAVIT, 1998). Asimismo, incide en que proceden de un tipo de investigación aplicada cuya contribución a la innovación no genera efectos desbordamiento de tanto alcance como otras actividades académicas, como la investigación fundamental, y además desvía recursos que podrían ir destinados a éstas.
Con respecto a efectos sobre los resultados de la investigación universitaria, Henderson y otros, se plantean que la medida en que el crecimiento de las patentes universitarias se puede interpretar como un aumento de la contribución de las universidades al desarrollo de tecnologías comerciales depende del grado en que sea representativo de invenciones más útiles comercialmente y no de invenciones marginales. Para estudiarlo, escogen cuatro series temporales de EE.UU.: todas las patentes universitarias, una muestra aleatoria de un 1% del total de patentes, todas las patentes que citan la primera serie y todas las patentes que citan la segunda. Proponen dos medidas basadas en las citas de patentes (HENDERSON et al., 1998), una de importancia y otra de generalidad:
La primera identidad expresa la importancia de una patente como la suma de las citas recibidas en el año actual más la sumatoria de las citas de “segunda generación” en años posteriores, aplicando un factor de descuento arbitrario. La segunda identidad asume que las patentes procedentes de la investigación básica serán citadas en un espectro más amplio de clases tecnológicas. Así, k es el índice de dichas clases y Ni el número de clases a las que pertenecen las patentes citantes. Como 0 ≤ generalidad ≤ 1, a mayores valores de la medida, menor concentración y más generalidad de la patente.
Se demuestra que, en promedio, las patentes universitarias son más importantes y más generales que la patente típica, pero que esa diferencia ha disminuido con el tiempo, de tal modo que a finales de la década de 1980 la diferencia deja de ser significativa. Se sugiere que el aumento observado refleja un incremento en la “propensión a patentar” y posiblemente un incremento asociado de la tasa de transferencia de conocimientos al sector privado, más que un aumento en la producción de invenciones “importantes”.
Se podría proponer dos explicaciones:
- La proporción creciente de patentes universitarias provenientes de instituciones pequeñas, que siempre han producido patentes menos citadas.
- Una caída general de la calidad media que incluye incluso a las mejores instituciones: los datos muestran que las patentes “ganadoras” crecieron más que el total hasta los 80 y desde 1981 no crecieron; y que las patentes “perdedoras” apenas crecieron hasta los 80 pero desde 1981 crecen vertiginosamente, de modo que en 1987 casi la mitad de las patentes universitarias no reciben citas.
Los autores concluyen que los cambios legislativos y el incremento de la financiación empresarial producen incentivos en dos direcciones: por un lado, orientar la investigación hacia la obtención de invenciones comercialmente importantes; por otro, patentar y licenciar toda invención. El segundo objetivo se ha conseguido: el número de patentes ha aumentado, algunas de ellas se licencian y generan beneficios para la universidad, las empresas y la sociedad. Pero el primer objetivo, no: las patentes universitarias obtienen pocas citas, por lo que o las universidades no orientaron la investigación hacia áreas de invenciones comerciales o lo hicieron sin éxito. No está claro que conseguirlo fuera socialmente deseable. Los beneficios económicos de la investigación universitaria proceden de invenciones en el sector privado derivadas de la base científica y tecnológica desarrollada por la investigación universitaria.
La comercialización de las invenciones es sólo un producto secundario de la investigación académica. La política de ciencia y tecnología puede intentar que esas invenciones que no aparecen sean transferidas al sector
privado, pero no pueden esperar incrementar la tasa de generación de invenciones comerciales.
Mowery y Ziedonis utilizan la misma muestra de los anteriores autores y atribuyen la caída de importancia de las patentes universitarias a las universidades que comenzaron a patentar después del estímulo legal que supuso el Acta Bayh-Dole (MOWERY, 2002). Es decir, aquéllas activas en actividades de patentes antes del Acta continuaron patentando invenciones tan importantes como antes, mientras que las nuevas universidades partícipes hicieron que cayera su importancia en conjunto.
Las patentes universitarias como indicador de recursos: ¿estimulan efectivamente la interacción universidad-empresa?
Sobre esta pregunta, hay dos dimensiones que permiten considerar las patentes universitarias como un recurso para la obtención de resultados concretos: contratos de licencias y contratos de I+D, ambos empleados como medidas de interacción universidad-empresa.
La primera conexión, la existente entre las patentes universitarias y los contratos para su licencia a la empresa, se ha estudiado extensamente. La justificación tradicional para las patentes universitarias es que ofrecen protección a las empresas y visibilidad a las universidades, y esta fue la lógica subyacente bajo la aprobación del Acta Bayh-Dole en EE.UU. (NELSON et al., 2001). Schmiemann y Durvy, miembros de la Unidad de Política de Innovación de la Dirección General de Empresa, ilustran la posición de la Comisión Europea: para ellos, los esfuerzos de las universidades de EE.UU. hacia la comercialización, con el mantenimiento de una cartera de patentes como punto de referencia, han estimulado la transferencia de tecnología y el desarrollo económico, así que es un modelo a seguir para superar el desfase de productividad con EE.UU. Por lo tanto, la misión de la Comisión Europea debe ser hacer cumplir los derechos de patentes y otros mecanismos de protección de la propiedad industrial en las universidades, y conceder un período de gracia para publicar antes de patentar.
Desde un punto de vista apreciativo, Etzkowitz y Leydesdorff, ante aquellos autores que argumentan que los mecanismos académicos de transferencia de tecnología pueden crear costes de transacción innecesarios al encapsular en patentes conocimiento que de otra manera podría fluir libremente a la empresa, se preguntan si “sería el conocimiento transferido eficientemente a la empresa sin la serie de mecanismos para identificar y realzar la aplicabilidad de los resultados de la investigación” (ETZKOWTIZ, 2001).
Para Meyer-Krahmer y Schmoch, “una patente sólo tiene sentido en una institución científica si ésta está interesada en la explotación comercial de un nuevo descubrimiento y se pretende conseguir o existe ya una colaboración con un socio empresarial. Una proporción grande de patentes por parte de las instituciones científicas se puede considerar un buen indicador de una relación estrecha entre laboratorios científicos y empresariales en un campo tecnológico concreto” (MEYER-KRAHMER et al., 1998). Consecuentemente, estos autores utilizan el número de solicitudes de patentes universitarias para identificar qué disciplinas científicas interactúan más con la empresa.
Wallmark recuerda que las patentes también se consideran como un mérito en el currículum de los investigadores y las considera valiosas, dado que su licencia ayuda a la creación del empleo, especialmente entre los titulados si son explotadas por las empresas derivadas de las universidades. Una metodología para calcular el valor de las patentes universitarias según las ventas de la empresa que las explota y realiza una estimación del valor económico de las 400 patentes de la Universidad Tecnológica de Chalmers, en Suecia, de las que cerca del 50% se han usado para comenzar empresas spin-off. El empleo en ellas ha crecido de forma constante a 70 trabajadores por año, lo que se corresponde con un crecimiento de las ventas de unos 35 millones de coronas suecas, por lo que a cada patente se le puede atribuir un valor igual a unos 4 millones de coronas suecas, a los que hay que sumarles el valor de las subcontrataciones. Para el autor, esto justificaría el apoyo de las universidades a las patentes y de los gobiernos a la investigación. Del otro 50% de patentes, que son vendidas o licenciadas a empresas existentes, el valor es difícil de calcular (WALLMARK, 1998).
En cambio, en su estudio sobre el caso inglés, Rappert y otros, demuestran que los vínculos formales resultan afectados por la formalización de la interacción mediante las patentes y otras formas de protección de la propiedad industrial, porque las empresas advierten que los universitarios sobrestiman su propiedad industrial y que los acuerdos contractuales en esa materia pueden ser muy difíciles. La cuestión de fondo es que pocas empresas consideran la protección intelectual esencial, ni siquiera las de sectores de tecnología alta: ni ofrece una protección efectiva contra las infracciones ni asegura los derechos de licencia. Sí se considera importante una serie de funciones secundarias de la propiedad industrial, como señalizar ámbitos de actuación a otras empresas y proporcionar un instrumento (menor) de negociación con las empresas grandes (RAPPERT, 1999).
Para las empresas derivadas de las universidades estas funciones secundarias ganan importancia porque les dan cierta credibilidad que contrapesa su origen no comercial y delimitan qué posee la empresa y qué la universidad. En todo caso se considera una mejor fuente de protección el control de los empleados mediante prácticas restrictivas y cláusulas de confidencialidad.
Los motivos de las empresas para relacionarse con las universidades, los canales elegidos y la poca importancia prestada a la protección intelectual, llevan a Rappert a recordar el papel de la confianza en la interacción universidad-empresa. El uso de contratos no implica necesariamente una forma inferior de confianza en comparación con relaciones más abiertas, ya que las dos pueden coexistir. Los contratos formalizados pueden ser una señal de una relación anterior basada en la confianza. La confianza que se construye actúa como una manera informal de protección intelectual. Esto es especialmente relevante dada la importancia del saber hacer y del conocimiento tácito para las empresas. La publicidad de la ciencia depende de lo que se pueda extender por una red más que de quién la posea. La difusión del conocimiento no depende sólo del tamaño de la red sino de las características de la misma, como las relaciones de confianza que existan. Dada la importancia de formas de conocimiento codificadas y tácitas, la confianza es un elemento clave para asegurar el intercambio de conocimiento esencial mediante los vínculos. Según Rappert, dos de las lógicas de las universidades emprendedoras (ser relevante
comercialmente y proteger la propiedad industrial propia) no casan fácilmente entre sí y pueden crear dificultades para construir relaciones informales basadas en la confianza entre universidades y empresas. Por lo tanto las patentes pueden incluso causar tensiones, aliviadas solamente si aquéllas son explotadas por empresas derivadas de las universidades, que tienden a guardar vínculos más estrechos con la universidad.
Mowery y otros investigadores se muestran escépticos respecto al papel del marco legislativo para fomentarlas, así como de la escasa base teórica para sustentar que puedan facilitar la interacción universidad-empresa. A través del estudio de datos estadísticos de tres universidades estadounidenses punteras sugieren que el auge de las patentes experimentado a partir de la década de 1980 representó una aceleración de una tendencia anterior y no se puede achacar al Acta Bayh-Dole. Durante la década de 1970 ya hubo crecimiento de las patentes, dominado por el de las patentes biomédicas y explicado en parte por la aparición de universidades que antes no patentaban. Al mismo tiempo las universidades estadounidenses aumentaron sus esfuerzos para licenciar y comercializar sus invenciones en los 70: creció el número de oficinas de transferencia de tecnología y el número de empleados en actividades de transferencia de tecnología (MOWERY et al., 2001).
Por otro lado, para Mowery, no está claro que una mejor consecución de los objetivos del Acta Bayh-Dole hubiera sido socialmente deseable. No parece que la explosión de patentes y licencias haya desplazado la investigación universitaria hacia cuestiones más aplicadas y menos básicas, sino que, simplemente, se ha explotado áreas ricas en resultados con posibilidades comerciales. Sin embargo, mucho de lo que las universidades anteriormente habrían hecho de dominio público ahora es patentado y sujeto a procesos administrativos que podrían restringir su difusión, aumentando su coste de uso. En las tres universidades estudiadas, las “herramientas” de investigación biotecnológica han sido licenciadas rápidamente y los costes de transacción aparentan ser bajos. Pero esto no quiere decir que se estimule la transferencia tecnológica. Por el contrario, se minusvalora la efectividad de la publicación y de otros canales más abiertos de diseminación de la información, reconocidos por los empresarios como más útiles. Por otra parte, patentar mucho e imponer términos restrictivos para licenciar puede dañar la transferencia de tecnología, así como un excesivo énfasis en patentar y licenciar puede interferir otros canales a través de los que las invenciones universitarias alcanzan una aplicación comercial.
Basándose en el mismo análisis, Nelson añade que la visibilidad que proporcionan las patentes no es suficiente para atraer a las empresas sin esfuerzos adicionales por parte de las oficinas de transferencia de tecnología (NELSON et al., 2001). Por otro lado, Mowery y Sampat encuentran en el caso histórico de la desmantelada Research Corporation estadounidense, que estaba a cargo de la licencia de patentes universitarias, un buen ejemplo de cómo esta actividad está destinada a fracasar, si se lleva a cabo solamente con el objeto de obtener beneficios monetarios (MOWERY et al., 2001). Mowery y Ziedonis, especifican que el declive de las patentes importantes encontrado por Henderson, se puede atribuir a las universidades que comenzaron a patentar después del estímulo legal que supuso el Acta Bayh-Dole. Finalmente, Mowery y Sampat desaconsejan tomarla como modelo a imitar en otros países de la OCDE, a pesar de que atisban indicios de que ya se ha adoptado o está en