e esbozado a grandes rasgos el panteón vudú y conociendo el lugar del culto y los servidores de los dioses, pasemos a estudiar las relaciones entre los loas y los hombres a través de sus múltiples formas. Quede claro que estas relaciones es- tán subordinadas a los poderes de los loas, a su personalidad, y a la mayor o menor capaci- dad de sacerdotes y adeptos de recibir e interpretar sus mensajes. Para comunicar con los hombres, los espíritus utilizan algunos medios principales: primeramente el encabal-
gamiento o posesión de un individuo por una
deidad; también la comunicación onírica con la que un dios se dirige individualmente a un hombre dormido; y por fin las apariciones
materiales de los loas. Pero antes de estudiar
estos diferentes tipos de contacto, estudiemos brevemente los caracteres antropomorfos de los loas.
Los loas se parecen a los hombres...
Lo primero que sorprende en el comporta- miento de los dioses vudús es su parecido con el de los hombres, su variedad, sus excesos... Encontramos deidades muy susceptibles por no decir irascibles: el menor fallo en las cere- monias habituales trae inevitablemente, como consecuencia, reacciones a veces extremas y desproporcionadas con respecto a la falta. Al contrario, algunos dioses son muy tolerantes, complacientes y hasta magnánimos. Otros no se alteran nunca, ni por los posibles errores de los hounsi, ni por las bromas que se les gasta. Algunos son francamente graciosos, de pala- bra ágil y expresiva, y a veces picante, que divierten a la «sociedad del houmfor»... Estos marcados caracteres dan a las ceremonias un tono muy peculiar, producido por una sabia mezcla de comedia y tragedia.
En sus relaciones con los hombres, los espíritus se ponen a veces muy exigentes. Más vale prometer a un loa algo que se pueda cumplir, pues el día menos pensado reclamará lo que se le debe; si no se le paga, que el imprudente se atenga a las consecuencias. Los castigos pueden tener gran variedad de for- mas y distinta intensidad, según el humor y temperamento del ofendido. Cierto es que la
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muerte es poco frecuente —y siempre a ma- nos de loas rojos o negros—, pero las enfer- medades, graves a menudo, lo son mucho más. En este caso, hay que darse prisa en satisfacer al dios, con la ayuda indispensable del houngan o la mambo.
La acción de los loas no tiene límites
La acción de los loas sobre los hombres no conoce límite alguno ni en el espacio ni en el tiempo. A propósito de esto, nuestro informa- dor nos contó la siguiente aventura sucedida a uno de sus amigos:
«Antes de irse de Haití hacia Europa, el señor X había 'olvidado' ofrecer un sacrificio ritual al loa protector de su familia, como dicta la tradición; pensaba que, lejos de su tierra natal, estaría protegido de la furia del espíritu por encontrarse fuera de su alcance. Sucedió que, tras aparecérsele varias veces para recordarle su deber, el espíritu cumplió sus amenazas. Primero, X empezó a adelgazar a ojos vistas: le resultaba insoportable cual- quier alimento. Los médicos consultados no entendían nada de este 'caso tan raro', como decían. X, que es hombre cabal, racionalista y poco dado a supersticiones, no relacionó, al
principio, sus desgracias y la cólera del loa. Pero más tarde, una carta de su familia le informó de que sus padres estaban enfermos y que se morían negándose a tomar alimento. ¡Y él que no se había atrevido a contarles nada para no 'preocuparles inútilmente'! Sin embargo, su situación empeoró bruscamente, hasta que tuvo que ser hospitalizado. Fue en ese momento cuando un amigo común •—-en aquel entonces sólo conocía a X de vista, de alguna fiesta haitiana-—• vino a contarme lo que sabía del caso. Tomé la iniciativa de escribir a su familia, pidiendo que se dirigie- ran de mi parte a cierto houngan. Cuando, días más tarde, tuve la certeza de que ese gran maestro se encargaba del asunto, decidí orga- nizar una ceremonia con el sacrificio de un pollo en el apartamento de 'mi protegido'. Desde el primer momento, éste fue montado violentamente por el airado loa, costándonos mucho evitar una tragedia. Por fin, el poseso nos contó las circunstancias tras las cuales el loa había decidido castigarle. Por supuesto, yo lo ignoraba todo de la vida privada de X. Su sorpresa fue enorme cuando, vuelto en sí, le conté los hechos narrados por el loa duran- te su 'crisis'. El espíritu fue satisfecho, y mi amigo y sus padres recuperaron las fuerzas y las ganas de vivir. Desde entonces, él, el
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científico incrédulo (ahora es ingeniero quími- co), no pierde ocasión de cumplir sus deberes para con los loas protectores.»
Esta edificante historia (que no es, ni mu- cho menos, la única) nos ha apartado un poco de lo que nos proponemos estudiar en este capítulo, es decir, las relaciones entre los loas y los hombres. Volvamos a ello.
La posesión es el modo más frecuente de comunicación entre los hombres y lo Invisib- le. ¿Qué es la posesión? ¿Una crisis de histeria, un juego teatral, reflejos de individuos condi- cionados por una educación apropiada? ¿O es algo distinto que algunos se niegan a aceptar? Cada tesis tiene sus fieles defensores y sus acérrimos detractores. Antes de exponer obje- tivamente cada tesis, veamos lo que entende- mos por «posesión».
Manifestación de la posesión
Incluso para un espectador neófito, es im- posible no reconocer desde el principio una crisis de posesión: tan específica es su expre- sión que no hay manera de equivocarse. Aun- que la crisis puede estallar en cualquier mo- mento, lo más frecuente es que llegue después
de los preliminares de la ceremonia: trazado de los vévés11, llamada a los loas, etc.
Mientras que los tambores y los cánticos atruenan y se esbozan movimientos de los bailes rituales, vemos a una o varias personas —hounsi o simples fieles— tener a la vez o unos tras otros los síntomas previos de la crisis: algunos se llevan la mano a la cabeza o al pecho. Se sienten invadidos por una intensa e irresistible sensación de cansancio muscular; les parece que una masa invisible, de varias toneladas de peso, aplasta sus cuerpos; tienen muchas dificultades para moverse, como si sus miembros no quisieran obedecer las órde- nes del cerebro. Pero, de pronto, sacuden sus miembros unas convulsiones febriles, que pro- vocan movimientos desordenados, involunta- rios y a menudo muy violentos; como movi- dos por un resorte, saltan hacia delante, des- pués se quedan inmóviles, con el cuerpo dese- quilibrado, titubeando; se incorporan in ex-
tremis, respirando con dificultad, ruidosa-
mente; por fin se caen al suelo y se mueven aún unos segundos más, o bien se quedan inmóviles, como paralizados. Lentamente, la respiración se normaliza. Tras la tempestad, viene una profunda calma. El poseso se levan-
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ta. Tiene en su brillante mirada una «expre- sión de exquisita serenidad», en palabras de nuestro informador. Su cuerpo ha perdido toda rigidez y ahora sus gestos son sorpren- dentemente ágiles (¡incluso si el poseso es un anciano habitualmente plagado de reumatis- mos!). En esta etapa de la crisis, el sujeto se transfigura: ya no es el mismo torpe ser hu- mano, sino un dios cuya eterna juventud y poderes sobrenaturales se comunican al
choual...
Por lo general, el período que precede al estado de éxtasis puro dura unos minutos. Pero no es raro que se condense en sólo unos segundos: tras algunas sacudidas, tropezones y movimientos desordenados, el sujeto entra en trance directamente.
Este esquema general varía mucho de un individuo a otro, de un «caballo» a otro, de un loa a otro. Es frecuente también que un mismo «caballo» sea montado sucesivamente por varios loas: causa admiración la extraor- dinaria variedad de comportamientos y tem- peramentos de los dioses, tan fielmente expre- sada por los posesos, que excluye cualquier posibilidad de simulación teatral.
El tiempo que dura la posesión es también muy variable; algunos trances son breves; otros duran varias horas.
¿Cómo explicar el fenómeno de la pose- sión? Existen varias tesis, como hemos dicho, por supuesto contradictorias. Vamos a verlas en detalle.
¿Es la posesión un fenómeno patológico?
Durante mucho tiempo, la opinión que prevalecía era la que impuso la Iglesia católi- ca: las crisis de posesión eran manifestaciones del Demonio, lo que confirmaba el carácter satánico del vudú.
A principios de siglo, probablemente bajo la influencia de psiquiatras y neurólogos fran- ceses, especialmente de Charcot y Janet, que, muy superficialmente, tenían por manifesta- ciones de histeria a todos los fenómenos anor- males y supranormales, la mayoría de los hombres de ciencia que. estudiaron el vudú no vieron en él sino una expresión particular del mismo desarreglo patológico. Esta postura está resumida en la definición que el doctor Dorsainvil formuló: «El vudú es una psico- neurosis religiosa, racial, caracterizada por un desdoblamiento del ego con alteraciones fun- cionales de la sensibilidad, de la motricidad y predominio de los fenómenos pitiáticos.»
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con fuerza por otros médicos, y sobre todo por Jean Price-Mars. Este reconoce que, du- rante su crisis de posesión, el «poseso» presen- ta un «cuadro clínico» extraordinariamente parecido al de un ataque de histeria. «Pero el
estado de posesión es distinto, se desarrolla en
el plano del misticismo. Si tiene la apariencia de un fenómeno neurológico como la convul- sión, a la vez presenta síndromes no explica- bles por la persuasión (es decir, la sugestión), como la anestesia sensitivo-sensorial que per- mite al paciente meter, sin pestañear, las ma- nos en calderos llenos de comida hirviendo, o masticar vidrio, trozos de botellas, con o sin heridas, lamer barras de acero al rojo vivo sin inmutarse, etc. Sin duda, se pueden encontrar histéricos y otros vesánicos autores de auto- mutilaciones, pero lo hacen involuntariamen- te, aturdidos o excitados, mientras que nues- tro 'feligrés' lo hace por su propia voluntad, o mejor dicho obedeciendo de todo corazón la voluntad del dios. En definitiva, en nuestra opinión, la crisis vudú es un estado místico caracterizado por el delirio de la posesión teomaniaca y el desdoblamiento de la perso- nalidad. Produce actos automáticos y altera- ciones de la cenestesia (o sensación de nuestra propia existencia).»
no, el doctor Louis Maximilien, achaca el fenómeno de la posesión a la educación y a la disciplina a la que son sometidos los niños haitianos y que provocan en ellos una acumu- lación cotidiana de reacciones y reflejos «sen- sitivo-motores que les hacen poseer una con- ciencia peculiar de su religión». En otras palabras, las crisis de posesión serían aconte- cimientos rigurosamente «culturales» en el sentido de que toda actividad socio-religiosa tiende a provocarlas según un proceso prees- tablecido.
Hay que decir que todas estas explicaciones pseudocientíficas no aguantarían un estudio un poco profundo. Por un lado, la misma noción de histeria ha evolucionado considera- blemente, hasta el punto de no presentar, en su nueva formulación teórica, ningún pareci- do decisivo con la posesión vudú. Por otro, como ha subrayado muy acertadamente A. Métraux, «el número de personas objeto de posesión es demasiado grande para que se les adjudique el título de histéricos, a menos que se- piense que la población entera de Haití sufre trastornos mentales».
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¿Es un juego teatral?
Tras haber rechazado los análisis de los psiquiatras, los etnólogos y antropólogos han construido teorías no menos discutibles, como vamos a ver. Estas teorías parten de un mate- rialismo a ultranza que subordina todas las actividades humanas, sobre todo mentales, a un manojo de preocupaciones de una depri- mente vulgaridad.
Entre todos los «especialistas», Métraux ha sido quien más lejos ha llevado la interpreta- ción teatral de la posesión:
«Toda posesión tiene un lado teatral. Este aspecto aparece ya en el afán por disfrazarse. Los cuartos del santuario hacen de bastidores donde los posesos encuentran los accesorios necesarios. A diferencia del histérico, que des- cubre sus angustias y deseos por medio de un síntoma —modo de expresión personal—, el poseso ritual se ajusta a la imagen clásica de un personaje mítico.
»Nunca se producen en el vudú diálogos parecidos a los de dos personalidades del satanismo. En los posesos la conciencia está totalmente anulada, al menos aparentemente, y el individuo obedece al loa perinde ac cada-
ver 18. Una vez que ha escogido el personaje
que le propone el folklore, o, para hablar en lenguaje vudú, una vez que el loa ha bajado a él, llamado o por propia iniciativa, el sujeto interpreta el papel con los saberes y recuerdos amontonados poco a poco al frecuentar las reuniones rituales. Son muy reducidas las po- sibilidades de fantasear que tiene el sujeto; se reducen a las relaciones con los demás. Puede, si quiere, ser benévolo o malévolo con al- guien; pero no puede cambiar los rasgos del carácter o la fisonomía del personaje divino que encarna.
»Estas similitudes entre posesión y teatro no deben hacer olvidar que, a los ojos del público (haitiano, por supuesto), ningún po- seso está actuando. No interpreta un persona- je, es ese personaje mientras dure el trance.» »¿Cómo no llamar teatro a las escenas que espontáneamente organizan los posesos cuan- do varias deidades se manifiestan simultánea- mente en varias personas? Estas improvisacio- nes, cuyo tono varía, son muy apreciadas por el auditorio, quien se echa a reír, interviene en el diálogo, y expresa ruidosamente su conten- to o descontento...»
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¿O son el resultado de una autosugestión?
Tras observar estas semejanzas, Métraux se pregunta si, en los trances, se trata de verda- deros desdoblamientos de personalidad (co- mo los que sufren algunos histéricos), o por el contrario si estamos ante «estados simulados que forman parte de un culto tradicional y que obedecen a imperativos rituales». El etnó- logo responde afirmativamente a la segunda hipótesis, apoyándose en un análisis de las «funciones» de la posesión en el sistema social y religioso haitiano.
«El trance —escribe— equivale a veces a un mecanismo de evasión ante el sufrimiento, o simplemente al cansancio (...). Las caracte- rísticas del loa que se traspasan al poseso pueden ser muy ventajosas para éste último (...). El trance procura a los que se refugian en él una manera de escapar a una situación desagradable (...). El individuo en trance no es de ningún modo responsable de sus actos ni palabras. Ha dejado de existir como perso- na. Un poseso puede, pues, impunemente, expresar unas ideas que, en estado normal, no diría en voz alta. Es un hecho fácil de obser- var que los posesos dicen o hacen cosas que no se explican sino por ocultos rencores. Su a veces chocante indiscreción emociona a los
asistentes, quienes manifiestan su desagrado y suplican al dios que se calle. La posesión juega aquí un papel análogo al de la borra-
chera en América, que a menudo sirve de excusa para una explosión de sinceridad. El estado de posesión da autoridad a los conse- jos que un sacerdote o cualquier otro quiera
dar a la asamblea (...). Finalmente, entre las funciones de la posesión, figura en buen lugar el placer que ofrece a gentes de vida miserab- le, quienes, gracias a este juego, pueden con- vertirse en el centro de la atención y desempe- ñar el papel de un ser sobrenatural temido y respetado. La parte de payasada y exhibicio- nismo que hay en este fenómeno es segura- mente muy grande, como se sabe que ocurre con los histéricos verdaderos.»
A este conjunto de funciones de la pose- sión, que bastan, a juicio de Métraux, para dar cuenta «científicamente» del fenómeno, el etnólogo añade un elemento de orden hipoté- tico: el ambiente hipnógeno de las ceremo- nias. Existe una relación entre el número de posesiones y ciertos ritmos del tambor: los músicos, forzando el ritmo, son capaces de provocar trances (...). Los houngan saben igualmente vencer la resistencia al dios de algunos individuos. Bailan delante de ellos sin dejar de mirarlos y haciendo gestos equivalen-
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tes a los pases de los hipnotizadores (...). El canto, o más a menudo el redoble del tambor, ejerce una innegable sugestión en algunos sujetos (...). La crisis preliminar tiene un po- der contagioso que actúa sobre los tempera- mentos nerviosos e inestables. Por ello la visión de una posesión desencadena por lo general otras, no sólo en los hounsi que están listos para ser 'montados' por los dioses, sino en los espectadores que son meros visitantes o curiosos. En los ambientes populares que practican el vudú, un ataque de nervios (¡sic!) no es nada vergonzoso ni preocupante (...). ¿Acaso la exaltación y el asombro que produ- ce esta agitación frenética (de la posesión) no crean un clima mental propicio para una cierta autogestión?»
En conclusión, Métraux afirma que «la posesión se explica por el clima intensamente religioso del ambiente vudú. La omnipresen- cia de los loas y sus encarnaciones son objeto de creencias tan profundas e indiscutibles que las posesiones son acogidas con menos emo- ción que la visita de un amigo». Por consi- guiente, habría que ver en el trance ritual vudú un acto teatral ejecutado bajo el efecto de la presión cultural, social y autosugestiva. Esta explicación sería aceptable si diera cuenta de todos los aspectos de la posesión.
AMAR HAMDANI
Pero no es éste el caso. En efecto, los fenóme- nos particularmente importantes y misterio- sos, indudablemente ligados al trance ritual, quedan omitidos: se trata de poderes excep- cionales de los que están dotados los posesos, como la posibilidad de coger con las manos objetos incandescentes sin sentir el menor dolor, o la fuerza extraordinaria, capaz de hacer levantar cargas de varias docenas e incluso centenas de kilos de peso a personas débiles normalmente... No es posible que un actor, por genial que sea, pueda realizar tales hazañas incluso en estado hipnótico o auto- hipnótico.
La posesión vista por los adeptos
Los adeptos del vudú, sea cual sea su edu- cación, tienen la misma opinión de la pose- sión, y dan. las mismas explicaciones. Para ellos la posesión no es otra cosa que la bajada o superposición de un loa a un individuo. Describen el proceso de la siguiente manera: para meterse en la cabeza de su «caballo»
(choüal; en criollo), el espíritu debe expulsar
al Giros Bon-Ange del individuo escogido; pero esta alma ofrece una resistencia más o menos fuerte a la invasión: se produce una
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lucha visible por las sacudidas, sobresaltos u otras manifestaciones que anuncian el princi- pio de una crisis. Conviene subrayar que esta lucha es realmente agotadora; por esta razón son iniciados los hounsi, quienes, al ser las monturas favoritas de los loas, sin este apren- dizaje o entrenamiento para disminuir o eli- minar la resistencia del Gros Bon-Ange, no