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Lazzaro Spallanzan

In document taller de lectura y redacción 1-1 (página 189-191)

Leeuwenhoek ha muerto. ¡Qué dolor! ¡Es una pérdida irreparable! ¿Quién va a continuar ahora el estudio de los animales microscópicos? Tal era la pregunta que se hacían en Inglaterra los doc- tos miembros de la Real Sociedad, y en Francia, Réaumur y la brillante Academia Francesa. La

contestación no se hizo esperar, pues apenas, puede decirse, había cerrado los ojos el conserje de Delft, en 1723, logrando el eterno descanso que tan merecido se tenía, cuando, a mil quinientos kilómetros, en Scandiano, pueblo del norte de Italia, nacía en 1729 otro cazador de microbios. Es- te continuador de la obra de Leeuwenhoek era Lazzaro Spallanzani, un niño extraño que recita- ba versos al mismo tiempo que hacía tortas de barro; que olvidó esos pasatiempos para realizar experimentos crueles e infantiles con escarabajos, sabandijas, moscas y gusanos; y que en lugar de acosar a preguntas a sus padres, examinaba atentamente los seres vivos de la Naturaleza: les arrancaba patas y alas y trataba, después, de volverlas a colocar en su primitivo sitio. Quería sa- ber cómo funcionaban las cosas, sin que le importasen tanto los destinos ulteriores de los animales “operados”.

A semejanza de Leeuwenhoek, el joven italiano tuvo que sostener grandes luchas con su fami- lia para llegar a ser un cazador de microbios; su padre, que era abogado, puso todo su empeño en que Lazzaro se interesase por los autos de procesamientos, pero el jovenzuelo esquivaba esa ocupación y se dedicaba a lanzar piedras planas rasando la superficie del agua, preguntándose por qué se deslizaban en vez de hundirse. Obligado a estudiar tediosas lecciones por las noches, en cuanto su padre volvía la espalda se dedicaba a contemplar las estrellas, que esmaltaban el ne- gro y aterciopelado cielo italiano, para dar a la mañana siguiente explicaciones acerca de ellas a sus compañeros de juegos, quienes acabaron por llamarle “el Astrólogo”.

Los días de fiesta vagaba por los bosques cercanos a Scandiano y regresaba asombrado de las fuentes naturales burbujeantes que interrumpían sus paseos, haciéndole volver a su casa sumido en reflexiones. ¿Cuál era el origen de esas fuentes? Su familia y el cura del pueblo le habían dicho que esas fuentes habían brotado en tiempos muy remotos y que procedían de las lágrimas de hermosas y tristes doncellas perdidas en los bosques. Lazzaro, hijo obediente y a la vez cortés, no discutía con su padre ni con el cura, pero en su fuero interno quedaba poco satisfecho con esa explicación, prometiéndose averiguar, algún día, el verdadero origen y el porqué de aquellas fuentes.

El joven Spallanzani estaba tan decidido a arrancar sus secretos a la Naturaleza como lo estuvo Leeuwenhoek, si bien eligió un camino totalmente distinto para llegar a ser hombre de ciencia. “Mi padre insiste en que estudie leyes, ¿no es eso?”, reflexionó, e hizo como que le interesaban los documentos legales, pero en los momentos que tenía libres se dedicó a es- tudiar matemáticas, griego, francés y lógica, y durante las vacaciones observaba las fuentes y el deslizarse de las piedras sobre el agua.

A hurtadillas hizo una visita a Vallisnieri, el célebre hombre de ciencia, a quien dio cuen- ta de todos sus conocimientos.

—Pero, chico, si tú has nacido para ser un investigador científico —exclamó Vallisnieri— Estás perdiendo el tiempo, tienes que abandonar ese estudio.

—¡Ah, maestro! Pero es que mi padre se empeña.

Vallisnieri, indignado, fue a ver al padre de Spallanzani, reconviniéndole por hacer caso omiso del talento natural de Lazzaro y obligarle a estudiar Derecho.

—Su hijo —le dijo— será con el tiempo un investigador que honrará a Scandiano: se pa- rece a Galileo. A consecuencia de esto, el avispado Spallanzani fue enviado a la Universidad de Reggio para emprender la carrera de las ciencias.

En aquella época el ser hombre de ciencia era profesión mucho más respetable y segura que cuando Leeuwenhoek empezó a fabricar lentes: la Inquisición había comenzado a dulci- ficar sus procedimientos y prefería arrancar la lengua a los hombres del pueblo y quemar los cuerpos de herejes desconocidos que perseguir a los Servet y a los Galileo. El “Invisible co- llege” no tenía ya que reunirse en cuevas o lugares escondidos y las sociedades científicas obtenían en todas partes el apoyo generoso de los parlamentos y de los reyes: no sólo empe- zaba a ser tolerado el poner en duda las supersticiones, sino que entró en boga el hacerlo así. La emoción y la dignidad de profundizar en el estudio de la Naturaleza empezaron a abrir- se paso en los laboratorios retirados de los filósofos; Voltaire se refugió en la quietud de los campos para dominar los grandes descubrimientos de Newton y poderlos vulgarizar en su patria: la ciencia llegó a penetrar hasta en los brillantes salones, perversos e inmorales. Y grandes damas, como Madame de Pompadour, leían la prohibida Enciclopedia, tratando de comprender el arte y la ciencia de fabricar los afeites y las medias de seda.

Al mismo tiempo que este anhelo por saberlo todo, desde la mecánica de los astros hasta las piruetas de los animalillos, los contemporáneos de Spallanzani empezaron a demostrar un franco desprecio por la religión y sus dogmas, aun los más sagrados. Cien años antes, los hombres habían arriesgado la piel por reírse de los animales absurdos e imposibles que Aris- tóteles, con toda seriedad, hacía figurar en sus libros de biología: pero ahora cualquiera po- día burlarse públicamente ante la sola mención de su nombre y murmurar: “Como se trata de Aristóteles, pretenden que hay que darle crédito, aunque mienta”.

Paul de Kruif, Los cazadores de microbios, México, Época, 1983, pp. 33, 34 y 35

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