Desde los mitos hasta las especulaciones filosóficas más elaboradas, se está planteando continuamente el problema de los inicios del lenguaje —su aparición, sus primeros balbuceos. Aunque la lingüística como ciencia se niegue a admitirlo y menos aún a considerarlo (la Sociedad Lingüística de París ha declarado este problema sin ningún interés), la cuestión existe y su permanencia es un síntoma ideológico constante.
Las creencias y las religiones atribuyen su origen a una fuerza divina, a los animales y a unos seres fantásticos que el hombre habría imitado.
También se ha querido encontrar la lengua original, la que habrían hablado los primeros hombres, y de la que procederían las demás lenguas. Así Heródoto (II, 2) recoge la experiencia de Psamético, rey de Egipto, que habría criado a dos hijos, desde su nacimiento, sin ningún contacto con alguna lengua; la primera palabra de los niños fue βεχος («pan» en frigio, lo cual indujo al rey a concluir que el frigio era más antiguo que el egipcio).
También se ha querido acceder al «origen» del lenguaje observando el aprendizaje de la praxis lingüística por los sordos y los ciegos. Se han hecho otras observaciones en este sentido sobre el aprendizaje de la lengua por los niños. Se ha intentado descubrir las leyes primordiales de la lengua observando los hábitos locutorios de las personas bilingües y políglotas, a partir de la hipótesis según la cual el poliglotismo es un momento histórico anterior al monoglotismo (es decir, a la unificación de un idioma por una comunidad dada). Por
muy —o muy poco— interesante que puedan ser todos estos datos, tan sólo recogen el procedimiento mediante el cual una lengua ya
constituida es aprendida por unos sujetos en una sociedad determinada, y pueden informarnos acerca de las particularidades psicosociológicas de los sujetos que hablan o aprenden una determinada lengua. Pero no pueden aportar ninguna explicación acerca del proceso histórico de formación del lenguaje, y menos aún acerca de su «origen».
Cuando los investigadores modernos se enfrentan a la «prehistoria» del lenguaje, lo hacen considerando sobre todo las etapas más antiguas que se conozcan: bien recogidas en documentos, bien reconstruidas en estudios comparados, y que pueden permitir, de este modo, unas hipótesis sobre estadios anteriores de los que no tenemos testimonio alguno. Entre los datos básicos para una reconstrucción del pasado lingüístico, se estudia esencialmente el desciframiento de los jeroglíficos egipcios, de las inscripciones cuneiformes, de los epígrafes de los pueblos de Asia Menor o de los etruscos, las runas germánicas, los monumentos ogámicos, etcétera. A partir de estos testimonios escritos se pueden hacer deducciones acerca de la vida no sólo lingüística, sino también social de las diversas poblaciones. Por su parte, la lingüística comparada puede deducir, siguiendo la vida de las palabras en las diferentes lenguas —su migración y su transformación — algunas leyes lingüísticas que nos permitan reconstruir el pasado lejano del lenguaje. Junto a estas investigaciones se hallan igualmente los descubrimientos procedentes del desciframiento del material arqueológico: los epígrafes, los nombres de los dioses, de los lugares, de las personas, etc., cuya constancia y duración en la historia constituye un indicio seguro que autoriza el acceso al pasado lejano de la lengua.
Se han propuesto varias teorías-hipótesis para explicar el «origen» y la prehistoria del lenguaje: hipótesis cuya audacia se encuentra rápidamente desmentida y destruida por unas proposiciones que se inspiran de otros principios ideológicos. Así, el soviético N. Marr formuló una teoría estaddial del lenguaje, dividiendo las lenguas en cuatro tipos, correspondientes a las etapas de la sociedad:
1) El chino y algunas lenguas africanas; 2) el fino-húngaro y el turco- mongol; 3) el jafético y hamítico que caracterizan el feudalismo; 4) las lenguas indo-europeas y semíticas que caracterizan las sociedad capitalista. Una lengua universal debería representar la sociedad comunista. Esta teoría recibió vivas críticas de Stalin quien afirmó que la lengua no es una superestructura y que, por consiguiente, no sigue
fielmente las transformaciones históricas de las estructuras sociales. G. Révész propuso en Origine et Préhistoire du langage (1946) una teoría de la prehistoria lingüística en seis estadios, trazando el trayecto que va desde la comunicación animal hasta el lenguaje humano altamente desarrollado. Según el autor, en el estadio prehistórico e histórico, se observa una reducción del lenguaje a los modos
imperativo, indicativo e interrogativo así como una disminución de la importancia de los gestos. Por lo que se refiere al sistema de comunicación del hombre primitivo, las deixis15, los gritos y los gestos
ocupan un lugar fundamental; este lenguaje se limita, siempre según Révész, al imperativo, al vocativo y al locativo.
Una vez abandonada la ambición de construir semejantes teorías generales, para las cuales no se puede proporcionar ninguna prueba científica, la lingüística se limita actualmente, como lo advierte A. Tovar, a «establecer un estadio arcaico de las lenguas que poseen las mismas características». W. Schmidt efectuó este trabajo en lo que se refiere a la fonética. Por su parte, Van Ginneken propuso un tipo de lengua que él considera como primitivo y tan viejo como la escritura. Dicha «lengua» es un sistema de consonantes laterales o «clics» (sonidos conseguidos mediante los movimientos laterales de la lengua), con ausencia de las vocales. Van Ginneken vuelve a encontrar el ejemplo de este sistema fonético en la lengua caucásica y entre los Hotentotes.
Con la decisiva ayuda de los arqueólogos y de los paleontólogos, la lingüística trata de establecer, si no cómo apareció el lenguaje, al menos desde cuándo habla el hombre. Las hipótesis son indecisas. Para Boklen, el lenguaje aparece en el período musteriense. Leroi- Gourhan comparte la misma opinión: considerando que el símbolo gráfico es el verdadero salto exclusivamente humano y que, por consiguiente, hay lenguaje humano desde el momento en que hay símbolo gráfico, afirma: «Podemos decir que sí, en la técnica y el lenguaje de la totalidad de los antropienses, la motricidad condiciona la expresión, en el lenguaje figurado de los antropienses más recientes, la reflexión determina el grafismo. Las huellas más antiguas remontan al final del musteriense y se vuelven abundantes hacia 35000 antes de
15 Deixis: Término que designa todas las palabras que sitúan e indican el acto de
enunciación y que son inteligibles sólo en función de aquél (aquí, ahora, hoy. etc.). Juega, por tanto, un papel importante en la teoría saussureana del discurso y corresponde a la
nuestra era, durante el período de Chatelperron. Aparecen al mismo tiempo que los colorantes (ocre y manganeso) y que los objetos ornamentales».
¿Es posible considerar que el lenguaje haya sufrido un tiempo de desarrollo, de progresión lenta y laboriosa durante la cual se ha ido convirtiendo en el sistema complejo de significación y de comunicación que es hoy y que la historia, por muy lejos que remonte en el pasado, atestigua? ¿O bien admitiremos, junto a Sapir, que desde el «principio» el lenguaje es «formalmente complejo» y que, desde el momento en que hay hombre hay lenguaje en cuanto que sistema cargado de todas las funciones que tiene hoy? En la segunda hipótesis, no habría «prehistoria» del lenguaje, sino lenguaje sencillamente, con unas diferencias, sin duda, del modo de organización del sistema (diferencias fonéticas, morfológicas, sintácticas, etc.), que dan lugar a diferentes lenguas.
La hipótesis de la súbita aparición del lenguaje, la defiende Claude Lévi-Strauss en la actualidad. Considera toda cultura como «un conjunto de sistemas simbólicos en cuya primera fila se sitúan el lenguaje, las reglas matrimoniales, las relaciones económicas, el arte, la ciencia, la religión». Renunciando a buscar una teoría sociológica para explicar el simbolismo, Lévi-Strauss, por el contrario, busca el origen simbólico de la sociedad. Pues el amplio conjunto de sistemas de significación que es lo social funciona —de la misma forma que el ejercicio de la lengua— de manera inconsciente. Se basa —igual que la lengua— sobre el intercambio (la comunicación). De este paralelismo se podría decir que los fenómenos sociales son asimilables (desde tal punto de vista) al lenguaje y que, a partir del funcionamiento lingüístico, podemos acceder a las leyes del sistema social. No obstante, escribe Lévi-Strauss, «cualesquiera que hayan sido el momento y las circunstancias de su aparición en la escala de la vida animal, el lenguaje sólo pudo nacer de repente. No es posible que las cosas se pusieran, de modo progresivo, a significar. Tras una transformación cuyo estudio no es de la competencia de las ciencias sociales, sino de la biología y de la fisiología, se efectuó un paso, el de un estadio en que nada tenía sentido a otro estadio en que cualquier cosa lo poseía». Sin embargo, Lévi-Strauss distingue claramente esa brusca aparición de la significación de la lenta toma de conciencia de que «eso significa». «Se debe a que las dos categorías del significante y del significado se han constituido simultánea y solidariamente, como dos bloques complementarios; pero también a que el conocimiento, es
decir, el proceso inteligible que permite identificar, los unos con relación a los otros, algunos aspectos del significante y algunos del significado..., no se puso en marcha de manera muy lenta. El universo significó mucho antes de que se empezara a saber lo que significaba.»
En una visión semejante, eliminando el problema de una prehistoria del lenguaje mediante la pregunta de la estructura específica del sistema lingüístico y de cada sistema significante, ha sido posible proponer una teoría de la relatividad lingüística. Estriba en la hipótesis según la cual cada lengua, al poseer una organización particular y diferente de las demás, significa lo real de manera diferente; habría, pues, tantos tipos de organizaciones significantes del universo como hay tipos de estructuras lingüísticas. Esta idea, que data de Wilhelm von Humboldt y que fue retomada por Leo Weisgerber, ha sido reinventada por Sapir y desarrollada sobre todo por Benjamín Lee Whorf, principalmente en sus estudios sobre la lengua de los indios hopis que él oponía a la «lengua europea media normal». Así, pues, la lengua hopi posee nueve voces verbales, nueve aspectos, etc., que son para Whorf tantas maneras de significar e indican las maneras particulares, propias de los hopis, de pensar el espacio y el tiempo. Tal teoría olvida que, en otras lenguas, se pueden obtener las mismas «particularidades» a partir de unos medios lingüísticos distintos (se puede indicar o sustituir una «voz» por un adverbio, una preposición, etc.); y que, por otra parte, el conjunto de los sistemas significantes en una sociedad es una estructura compleja y complementaria en la que al habla, categorizado por una teoría determinada, le falta mucho para agotar la diversidad de las praxis significantes. Esto no quiere decir que la ciencia no pueda encontrar en el sistema de la lengua las «especificidades» que está descubriendo actualmente en los sistemas significantes extra-lingüísticos; sólo quiere decir que sería demasiado atrevido deducir las características «mentales» de una sociedad a partir de las consideraciones, histórica e ideológicamente limitadas, que se pueden hacer acerca de su lengua. Considerando con prudencia la teoría de la relatividad lingüística, la antropología y la lingüística estudian las lenguas y las teorías lingüísticas en las sociedades llamadas primitivas, no para alcanzar, de este modo, el punto «inicial» del lenguaje sino para constituir un amplio espectro de los distintos modos de representaciones que han acompañado la praxis lingüística.