en las sociedades llamadas primitivas
16. La lingüística estructural
Resulta difícil, por supuesto, tener ya, en este momento, una visión clara y definitiva del lugar exacto que ocupa actualmente el lenguaje dentro del conjunto de los dominios en que se ha convertido en objeto de estudio o modelo de investigación. Efectivamente, si la lingüística no para de proponer unos acercamientos siempre nuevos al sistema del lenguaje, ya no es la única en hacerlo. La filosofía, el psicoanálisis, la teoría literaria, la sociología, el estudio de las diferentes artes, así como la literatura y las artes mismas, exploran, cada cual a su manera, las leyes del lenguaje y aquella exploración se agrega a las descripciones propiamente lingüísticas para constituir un inmenso espectro que revela tanto las concepciones modernas como el mecanismo de los diversos discursos que proponen tales concepciones.
Frente a esta complejidad, la cual no estamos en condiciones ni de apreciar al no haber suficiente distanciamiento en la actualidad, ni de estudiar en el presente libro cuya limitación nos obliga a no abordarla, la ciencia propiamente lingüística obedece a ciertos principios constantes que la diferencian de la época «histórica» anterior, y ello aunque tome muy diversos aspectos.
del sistema de la lengua a través de la o las lenguas nacionales concretas en las que se manifiesta dicho sistema, tratando de hallar entonces los elementos y los principios generales que se podrían llamar los
universales lingüísticos. La lengua ya no aparece como una evolución, un árbol genealógico, una historia, sino en tanto que estructura, con leyes y reglas de funcionamiento que hay que describir. La separación lengua-habla, paradigma-sintagma, sincronía-diacronía (véase la primera parte) marca, a tal efecto, aquella orientación de la lingüística hacia la lengua, el paradigma y la sincronía más que hacia el habla, el sintagma y la diacronía.
Ello no quiere decir que el estudio estructural no pueda tener una luz histórica y mostrar, por ejemplo, las diferencias históricas de las estructuras de una misma lengua, o de dos lenguas distintas.
Pero aquí estamos ante una historia muy diferente, una historia ya no lineal y evolutiva que intentaba explicar el cambio progresivo de una estructura por otra a partir de las leyes de la evolución, sino de un
análisis de los bloques, de las estructuras de significación, cuyas diferencias tipológicas presentan un escalonamiento, un hojaldrado, una historia monumental; o bien del análisis de las mutaciones internas de una estructura que se transforma (tal como la ve la gramática generativa) sin buscar un origen o seguir una evolución). «No es tanto la consideración histórica lo que se condena como una manera de “atomizar” la lengua y de mecanizar la historia. El tiempo no es el factor de la evolución, es tan sólo el marco. La razón del cambio que afecta tal o cual elemento de la lengua está, por un lado, en la naturaleza de los elementos que la componen en un momento dado, por otro, en las relaciones de estructura entre dichos elementos», escribe Benveniste («Tendances recentes de la linguistique Générale».
Journal de psyschologie nórmale et pathologique, 1954). Al volver a poner la historia en su debido sitio, la lógica hace lo mismo: las categorías lógicas, extraídas de una sola lengua a espaldas del lingüista, ya no son omnivalentes; en cierto “sentido, cada lengua tiene su lógica: «Se discierne que las categorías mentales y las “leyes del pensamiento” no hacen, en gran medida, sino reflejar la organización y la distribución de las categorías lingüísticas». Incluso podríamos decir que, si el estudio de la lengua en tanto que estructura o transformación responde a las tendencias de las ciencias actuales (física o biología) que examinan la estructura interna de la materia que descomponen en sus constituyentes (cf. las teorías nucleares o biónicas), ciertamente es también la disciplina mejor situada para trasladar este estado de la
ciencia en la ideología, contribuyendo de este modo a una reevaluación del concepto de historia. En efecto, al apoyarse sobre los datos científicos (incluidos los de la lingüística), la representación moderna de la historia ya no es lineal como la del siglo XIX. Sin caer en
el exceso de algunas filosofías idealistas que conducen a un anhistorismo total, la teoría materialista concibe los sistemas (económicos o simbólicos) en mutación constante y nos enseña, guiada por la lingüística, a analizar las leyes y las transformaciones inherentes a cada sistema.
Pero si una transformación semejante al concepto de historia se desprende de la corriente estructuralista, no podemos decir por ello que se practique siempre conscientemente en los estudios contemporáneos. Por el contrario, el pensamiento estructuralista tiene tendencia a huir de la historia y a tomar el estudio del lenguaje como una cuartada para dicha huida. Cierto es que el estudio del lenguaje de las sociedades primitivas (prehistóricas, tales como las tribus de América del Norte) se presta probablemente a una huida de esta índole.
De todos modos, al abandonar los presupuestos históricos y psicológicos de las épocas anteriores, y al centrarse en un objeto que quiere describir de manera exacta y precisa, la lingüística encuentra un ejemplo de rigor en las ciencias matemáticas de las que adopta los modelos y los conceptos. Durante un momento, se creyó que este rigor matemático era el rigor absoluto, sin pensar que el modelo matemático (como cualquier modelo formalista, además), una vez aplicado a un objeto significante, requiere una justificación y no se puede aplicar sino en función de dicha justificación implícita que le ha dado el investigador. La ideología de la que se quería escapar se vuelve a encontrar, en latencia, en la raíz semántica del modelo aplicado a la descripción del lenguaje.
Así, el estudio del lenguaje, al distanciarse del empirismo, debería permitir que la ciencia comprenda que sus «descubrimientos» dependen del sistema conceptual aplicado al objeto del estudio e incluso que en aquel se encuentran más o menos dadas de ante mano. Dicho de otro modo, la lingüística considera que sus descubrimientos de las propiedades lingüísticas dependen del modelo utilizado en la descripción, incluso de la teoría a la que pertenece ese modelo.
De ahí se sigue un considerable interés hacia la innovación de las teorías y de los modelos, más que una investigación continuada,
permitida por el empleo de un único modelo. La lingüística describe menos el lenguaje para construir más su propio lenguaje. Este giro, que parece paradójico, tiene una consecuencia doble. Por un lado, la investigación teórica no implica de ninguna forma que el lenguaje siga siendo desconocido, oculto debajo de una masa de modelos, siempre nuevos, del funcionamiento lingüístico. Pero, por otro lado, el mismo proceso del conocimiento en tanto que proceso de construcción de un modelo, sobredeterminado por un imperativo teórico, incluso ideológico, llama más la atención del discurso científico. Es decir, que la ciencia del lenguaje no está orientada únicamente hacia su objeto, la lengua, sino hacia su propio discurso, hacia sus propios fundamentos. Todo discurso sobre el lenguaje se ve obligado entonces a pensar su objeto, su lenguaje, a partir del modelo que ha elegido, o sea, a partir de sus propias matrices. Sin llegar a ,un relativismo y a un agnosticismo que negarían la objetividad de cualquier conocimiento, un procedimiento semejante obliga a la lingüística (y toda ciencia que siga su camino) a interrogarse acerca de sus propios fundamentos, a convertirse en ciencia de su procedimiento, siendo a un tiempo ciencia de un objeto.
Hemos de observar que la perspectiva analítica abierta de este modo implícito a la ciencia lingüística y a la epistemología moderna está lejos de ser admitida y practicada conscientemente en los trabajos estructuralistas. Por el contrario, la mayoría de las investigaciones lingüísticas no cuestionan de ninguna manera los procedimientos, los presupuestos y los modelos que utilizan, y si se están volviendo cada vez más formales y formalizadas, parecen creer que esas fórmulas son unos hechos neutrales y no unas construcciones lógicas aplicadas, por una razón semántica cuyos fundamentos ideológicos han de ser cuestionados, a un objeto irreductible, el lenguaje.
En tercer lugar, al estudiar el lenguaje en tanto que sistema de
signos, la lingüística forja unos medios conceptuales para el estudio de
todo sistema de significación en cuanto que «lenguaje». Por ejemplo, los distintos tipos de relaciones sociales investidas por el lenguaje, la cultura, los códigos y las normas de conducta en sociedad, las religiones, las artes, etcétera, pueden ser estudiadas como unos sistemas de signos, con unas estructuras particulares, o como otros tantos tipos de lenguajes. La lingüística entra a formar parte de la
semiótica, ciencia general de los sistemas significantes que ha posibilitado, al pensar el lenguaje como primer sistema de signos.
estudio del lenguaje rebasa de sobra los límites de la sola lingüística y su análisis se emprende con unos inesperados rodeos, o, por lo menos, radicalmente nuevos.
Por tanto, ciertas teorías filosóficas, que postulan que el mundo existe únicamente para el pensamiento en cuanto que está ordenado a través del lenguaje, estudian las categorías filosóficas como unas categorías lingüísticas o lógicas: el lenguaje se convierte en el molde de toda construcción filosófica.
El psicoanálisis encuentra en el lenguaje los objetos reales de su indagación: a tal efecto, analiza las estructuras llamadas psíquicas en las estructuras lingüísticas y en la relación del sujeto con su discurso.
Finalmente, la literatura y el arte que se elaboran dentro de este clima de análisis minucioso de su propia materia, la lengua y los sistemas de significación en general, prefieren, en lo que se suele llamar la «vanguardia», interesarse por las leyes en base a las cuales se construyen las ficciones en vez de construirlas. La literatura se hace auto-análisis, búsqueda implícita de las reglas del lenguaje literario, mientras que el arte moderno pulveriza la opacidad descriptiva de la pintura antigua y expone sus componentes y sus leyes. Aquí, el lenguaje ya no es objeto de estudio sino praxis y conocimiento, o praxis analítica, elemento y trabajo en los que, y mediante los cuales el sujeto conoce y organiza lo real.
En primer lugar, vamos a seguir los principales momentos de las visiones del lenguaje, tal y como las elabora la lingüística moderna, antes de abordar la expansión del análisis del lenguaje fuera del campo estrictamente lingüístico.