3. PLAN PARA LA RECUPERACIÓN DE LEYENDAS, PERSONAJES HISTÓRICOS Y
3.7 Levantamiento de Información de Profesiones Tradicionales
Sofía Luzuriaga Jaramillo
Las lavanderas en la concepción higienista
143
Art. 1º Las lavanderías se dividen en públicas y privadas.
Art. 2º Son lavanderías públicas las establecidas por los Municipios y las que, perteneciendo a personas o instituciones particulares, se hayan instalado con permiso de la Sanidad para alquilar los lavaderos a personas que ejercen el oficio de lavanderas.
Los ríos, riachuelos o vertientes, en las secciones permitidas por la autoridad sanitaria, se consideran también como lavanderías públicas.
Art. 3º Son lavanderías privadas las que, con permiso de la Sanidad, se establecieren en las casas particulares para el solo servicio de los dueños o habitantes de la casa.
Art. 4º Para establecer una lavandería pública, que no sea municipal o una lavandería privada, se requiere obtener permiso de la Oficina de Sanidad.
Art. 5º El permiso para instalar una lavandería pública o privada se otorgará previa inspección sanitaria, en que se constatará:
a) Que el local sea suficientemente amplio, sano y pavimentado de piedra o cemento;
b) Que disponga de lavaderos de piedra o cemento, a una altura adecuada para que el lavado se haga de pie;
c) Que tenga agua de una corriente limpia o de una tubería de agua potable; y d) Que disponga de desagües en forma higiénica.
Art. 6º Cuando una lavandería haya sido aprobada dentro de los planos de un edificio, no se requerirá nueva autorización de la Sanidad para ponerla en servicio.
Art. 7º La Comisaría de Sanidad llevará un libro en que conste la ubicación de todas las lavanderías de Quito, el nombre del dueño y la fecha del permiso otorgado.
144
Art. 8º Toda mujer que ejerza el oficio de lavandera deberá matricularse en la Comisaría de Santidad, presentado el certificado de salud conferido por el Médico Municipal respectivo. Art. 9º Se prohíbe a toda persona, tenga o no el oficio de lavandera, lavar en sitios no aprobados por la Sanidad. En el río Machángara, es permitido lavar en la sección comprendida desde el molino ‘El Progreso’ hacia el occidente.
Art. 10º Toda contravención al presente Reglamento será penada de conformidad con el Código de Policía Sanitaria.
El director General de Sanidad (f.) P. A. Suárez. El Secretario de la Dirección General de Sanidad (f.) F. de P. Soria. Ministerio de Previsión Social y Sanidad._ Quito, a 22 de Julio de 1927._Aprobado por Acuerdo Nº 214 de esta fecha. El Ministro (f.) P. P. Egüez Baquerizo. El Subsecretario (f.) L. Valverde R.” Banco Central del Ecuador (Quito), Fondo Larrea, Dirección General de Sanidad y de la Zona Central, 1927.
Este reglamento traduce décadas de pensar a la ciudad de Quito como un proyecto de ‘urbanidad moderna’. Dentro del manejo de las caballerizas, los camales, las quebradas, las costumbres de los habitantes, entre otros, la actividad de las lavanderas fue una de las preocupaciones del Concejo en cuanto a un plan higienista de largo alcance. Pablo Arturo Suárez es, ni más ni menos, unos de los firmantes del documento; es decir, podemos aseverar que para 1925 la acción municipal sobre los ‘posibles focos de infección’ estaba programada sin tregua.
145
Sin embargo, no todos plegaban al esquema con el mismo entusiasmo. Una voz que habla desde el presente, ve en el andar municipal una suerte de rompimiento con la dinámica que las lavanderas imprimían en la ciudad:
Una vez hecho el ato de sus ropas sucias, partía a su sitio escogido de agua limpia, o a su ‘pogyo’, o manantial de aguas claras, en donde, entre canciones y charlas con las compañeras de trabajo, gastaba mañanas y manos de luz a luz. Esto hasta que los municipios construyeron las lavanderías públicas, con sus metates”. Samaniego Salazar, Filiteo “Mulata lavandera”, Ecuador Pintoresco, en la colección Historia del Arte.
Pero pese a la epifanía urbana que las lavanderas hayan podido crear en el Quito del siglo XX o en el XIX, lo cierto también es que “con incuria, verdaderamente española, el uso del agua no está sujeto a ninguna regulación policial. Las acequias, como se llaman los rápidos canales que serpentean en medio de las calles, se obstruyen por las inmundicias; las lavanderas lavan allí, donde quieren, la ropa. Esta observación de viajero será más tarde argumento para el accionar municipal:
“[…] veamos cuáles son las condiciones de aseo en esta capital. Difícil será encontrar una ciudad que para el aseo presente más ventajas, que la nuestra, y á pesar de esto, su limpieza no es de las más esmeradas. […]
No hace mucho tiempo en que el Machángara daba bastante agua de manera que existían varios lugares, donde no sólo nadaban muchachos, sino aun animales de grande talla, como
146
caballos […]”.Biblioteca Aurelio Espinosa Pólit, Anales de la Universidad de Quito, Serie II, nº 12, Quito, diciembre 30 de 1888, p. 689-691. Las fuentes de este repositorio corresponden a las etapas de investigación histórica del Museo del Agua del 2004 y del 2005, por lo que la ubicación de algunas de ellas ha sido realizada por Martha Flores.
En efecto, si las lavanderas ejercían su oficio en acequias centrales (donde las bolsiconas practicaban su limpieza, las bolsiconas no se limitan a lavarse en las acequias los pies, sino que escogen las calles más frecuentadas, a fin de merecer el reproche que hacen a las serranas en general las mujeres de Guayaquil [en nota de pie: “Se refiere a la costumbre de satisfacer menudas necesidades corporales en plena calle”, en Alexandre Holinski, en El Ecuador visto por los extranjeros), y en fuentes de agua en las que el lavado de ropa se mezclaba con bañistas y caballos, el Concejo tenía suficiente sustento para urgir a la elaboración de reglamentos normativos y a sus traducciones prácticas. Así, toda una labor de construcción de lavanderías comienza a partir de 1925 en la ciudad de Quito.
Algunos lugares públicos del lavado de ropa.
Pese a la normativa municipal, no debemos pensar que hubo una erradicación de las costumbres de un día para el otro o de una década para la otra. De hecho, el ‘se acata pero no se cumple’ también funciona en el caso de las lavanderas. Así, los lugares tradicionales de lavado coexistieron con los ‘modernos metates’ ofrecidos por el Concejo de Quito.
147
Los lugares de menta:
“Fragante a la hierba buena que crece al lado del agua, se viene la lavandera con su ropita lavada”, Samaniego Salazar, Filiteo “Mulata lavandera”, Ecuador Pintoresco, en la colección Historia del Arte. Seguramente del Machángara, que alrededor de 1930
“[…] fue un río relativamente limpio porque quedaba un poco lejano, en cierto sentido, de la parte habitada de la ciudad. Comenzaba a ensuciarse ya cuando recibía los desagües de las quebradas ya alcantarilladas. Pero en la parte digamos sur de Quito, todo lo que es ahora de la Villaflora para el sur que no había población, La Magdalena tenía 500 personas […] esos eran lugares muy lindos... Piense usted que Jorge Carrera Andrade, nuestro gran poeta que hemos celebrado el centenario de su nacimiento, nacido en 1903, hacia 1923 escribió un poema que se llama El río de mi ciudad, y comienza diciendo ‘Machángara de menta, eres mi río’, porque había pues plantitas de menta y todo lo demás […]. Entonces llevaban, iban, y lavaban pues ahí en el río Machángara, en esa parte. Esa población que tenía 30.000 habitantes, y que contaminaban el río a partir de qué les diré yo, de la parte de la Marín para abajito, hacia el norte... se han convertido en dos millones de habitantes, y la alcantarilla de la ciudad pues ya comienza desde 40 kilómetros hacia el sur, entonces ahora el Machángara es ahora un río absolutamente contaminado. Si usted pasa el puente del Machángara cuando se va a Tumbaco o a Cumbayá, huele”. Entrevista realizada por Martha Flores y Sofía Luzuriaga al doctor Jorge Salvador Lara realizada, Cronista de la Ciudad de Quito y Director del Archivo Municipal de Quito. Quito, 28 de abril de 2004.
148
Junto con el crecimiento de la ciudad y las necesidades del manejo de los detritos, cambian los lugares y cambian los personajes que ahí se encuentran. Si existían lavanderas en el Machángara es porque era río y no desagüe. Por lo tanto, al estudiar las transformaciones de un lugar en el tiempo podemos seguir los trazos de los personajes, que no solamente se adaptan a la norma institucional, sino que tácticamente ‘juegan’ con la dinámica que esta impone, o que a veces –por la capacidad de agencia de los habitantes- sólo propone.
Empero, los paisajes, sin sus habitantes, no disponen de estas tácticas para resistir o adaptarse a las acciones institucionales. Efectivamente, las quebradas fueron paulatinamente convirtiéndose en basurales, y luego rellenadas. Pero antes de que el relleno fuera sistemático y total, el lavado de ropa se efectuaba en las diferentes quebradas (y sus ramificaciones) del espacio quiteño:
- En primer lugar, la de Ullaguangahuayco o Quebrada del Gallinazo, posteriormente (1650) bautizada por Agustín de Ugarte y Sarvia como Nueva Jersusalén, y también conocida como Capilla del Robo.
- En segundo lugar la de “Pilishuayco o quebrada de los Piojos, posteriormente designada de Sanguña, la Alcantarilla o El Tejar, que nacida así mismo de las faldas del Pichincha, rompía la meseta para unirse a la anterior desembocando sus aguas en el río Machángara..”
- Y finalmente la quebrada de Huanancauri “por nacer en este cerro también llamado Carmenga, bautizado por los españoles como San Juan Evangelista. Descendía por la actual calle Manabí introduciéndose en parte en el monasterio del Carmen bajo para seguir las antiguas Carnicerías, hoy Plaza del Teatro Sucre, pasando por debajo de su platea, y
149
encaminarse a la Plazuela Marín, sitio donde tomó el nombre de la quebrada de las Ternerías y luego juntarse con la quebrada de Pilishuayco en su viaje al río Machángara”. Remitirse a Ricardo Descalzi, Historia Colonial de la Plaza Mayor, Historias de la Real Audiencia de Quito.
Con el paso del tiempo, la designación de los lugares cambia; entonces, algunas lavanderas efectuaron el lavado de ropa en Ullaguangahuayco, mientras que tres generaciones más tarde, el lavado se hizo en la quebrada de Jerusalén, que sin saberlo era la misma de la Capilla del Robo.
Los lugares de lavado desde 1925
“El pueblo de Quito cuenta desde hoy con una nueva instalación de baños y lavanderías, gracias al decidido interés de la Ilustre Municipalidad que de un tiempo a esta parte se viene preocupando por dotar a los habitantes de la Capital de la República de los indispensables servicios higiénicos, a fin de fomentar hábitos de aseo en la gran masa del pueblo, que si bien se preocupa de su personal limpieza, no ha tenido antes facilidades para cumplir ampliamente sus deseos”. El Comercio, 1926
Este es el párrafo que abre el anuncio de la compra del antiguo balneario de Los Milagros por parte de la Municipalidad para la construcción de baños y lavanderías. Líneas similares se habrán redactado para los artículos de periódico y discursos de apertura de los siguientes
150
servicios higiénicos municipales gratuitos, en funcionamiento o construcción para el año de 1926:
- El Sena: lavanderías, en construcción.
- Carrera Ambato (entre Venezuela y García Moreno): baños tibios para niños, lavandería, excusados.
- Quinta Yavirac: lavanderías, duchas de baño de natación, excusados. - Los Milagros: baños, lavanderías.
- Carrera Bolívar (San Roque): duchas, excusados, lavanderías (en construcción).
¿Para quiénes lavaban?
Al señalar para quiénes lavaban las lavanderas podremos ir puntualizando algunos elementos que caracterizan a este actor social. En primer lugar, nos centraremos en el espacio privado.
Las lavanderas son parte de la servidumbre en el siglo XIX. De hecho, en Quito “toda familia respetable debe tener cuatro o cinco criados, pero en las en las grandes familias se suele emplear de diez a doce. […]; a los criados de este país se les asignan labores muy específicas. Cada uno tiene su oficio y no hará nada para lo que no haya sido contratado.[…]. Los ecuatorianos acostumbrados a llevar una vida barata, pagan a sus sirvientes muy poco”. Y uno de los sirvientes mal remunerados eran, justamente, las lavanderas, que además de indispensables, “lava[n] sólo para un número limitado de personas. Si hay dos o tres personas en una familia, será necesario contratar dos o más lavanderas”. Hassaurek, p 157.
151
Al ser parte de la urbe y de la servidumbre eran blanco doble de las preocupaciones higienistas de la época, y no sólo en el espacio quiteño, sino que era una tendencia trans- continental.
Estas líneas apuntalan a qué estrato social pertenecían: el oficio era ejercido por personas de estrato bajo. Para anotar más elementos que nos dejen configurar al actor social, nos moveremos movernos hacia el espacio de las órdenes religiosas. Por ejemplo, si estudiamos las memorias de gastos de viaje de Lima a Quito de una religiosa del Carmen Alto en el siglo XVII, veremos que entre los gastos se repite el de “lavar ropa y jabón”, que este egreso es de 65 pesos con 11 reales de un total de 945 pesos, pero que el mayor desembolso (63 pesos con 5 reales) es para 15 arrobas de jabón. Documento transcrito por Adriana Pacheco Bustillos, Historia del Convento del Carmen Alto, Quito, Agencia de Cooperación Española / Abya- Yala, 2000, p. 48-49. Por lo tanto, inferimos que el pago por el oficio era bajo (4 reales por ocasión). Nos restaría responder si la religiosa tenía entre su comitiva de viaje a una persona designada para el lavado de ropa, o si contrataba a alguien dependiendo del lugar de parada.
Sin alejarnos demasiado de la institución religiosa, el Hospital de la Santa Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo tenía entre el personal de servicio del hospital, agrupados dentro de la categoría de sirvientes a los enfermeros, boticario, cocineros, lavanderos, sacristán y hortelano, todos indígenas. Recibían su salario en dinero, y en víveres preferentemente maíz, mote y vísceras de los animales despostados en la casa. Tenían la opción de percibir su salario por adelantado lo que cubriría en circunstancias especiales como por ejemplo casamientos o fallecimientos. Para finales del siglo XVII, en esta institución, las labores de
152
lavado de ropa eran desempeñadas por indígenas hombres y mujeres los ‘lavanderos’ y ‘lavanderas’, remunerados también 0como los enfermeros por el hospital cada tercio, en dinero y en especies, preferentemente maíz y vísceras de carneros. La documentación correspondiente al siglo XVII, no habla de la existencia de un espacio dentro del hospital destinado a lavandería, sin embargo, no podemos perder de pista que el hospital contaba con agua propia para su servicio, por lo tanto el lavado de ropa bien pudo efectuarse dentro de la casa o bien los lavanderos pudieron llevarla a otra fuente de la ciudad para entregarla limpia y seca. A ellos se les entregaba, por cuenta de la institución jabón y cabuya para esos menesteres. En algunos registros se omiten las anotaciones de los nombres manteniendo solamente el oficio.
Tomando a esta descripción como entrada de análisis, anotaremos algunos puntos que no sabemos en qué medida se pueden generalizar. Los iremos relacionando con información pertinente:
- La composición étnica era indígena. Sin embargo, para el período de administración betlemita del hospital (1706-1830), se introducen esclavos para las labores de servicio, entre ellos el lavado de ropa. De hecho, su presencia se constata hasta 1804. En 1793, un negro viejo, otro mozo llamado José, y un mulato de nombre Juan, que había sido comprado para la época figuran en la lista de sirvientes, José seguía en el hospital en 1804. Por otra parte, Joaquín Pinto, en el siglo XIX, representa a una lavandera mulata, por lo que podríamos colegir por las transformaciones sociales de mediana y larga duración, no podemos hablar de la actividad en términos restrictivos de etnia ejecutante, sino de estrato social, que como
153
habíamos anotado era bajo o medio bajo. Y aún es así en la actualidad y lo era también era alrededor de 1930, cuando la “gente del pueblo que se ganaban así la vida, unas doñitas iban de casa en casa, decían: ‘ropa sucia’, entonces la patrona contaba: ‘a ver cinco camisetas, cuatro calzoncillos, dos camisas...’. Entrevista al Cronista de la Ciudad de Quito y Director del Archivo Municipal de Quito Doctor Jorge Salvador Lara, 2004
- La remuneración no era necesariamente monetaria.
- Si la institución no poseía lavandería propia los encargados–como las lavanderas de las casas privadas- debían trasladarse a las fuentes de agua que atravesaban Quito.
- Los materiales de lavado comprendían cabuya (suponemos para el refriegue) y jabón. Volveremos sobre este punto más tarde cuando hablemos de las técnicas y materiales de trabajo.
- Por los períodos de contratación las lavanderas y lavanderos eran personas que se vinculaban a ciertos establecimientos creando lazos clientelares de interacción social.
- Lavanderas y lavanderos: a finales del siglo XVII, el oficio no era exclusivamente para las mujeres. No podríamos afirmar con certeza desde cuándo se vuelve mayoritariamente labor femenina, pero a finales del siglo XVIII (1797) entre las profesiones, oficios y ocupaciones, se registran como lavanderos a Manuel, Manuela, Antonia, Manuela, Antonio cuyos apellidos no figuran y dos personas más que no se registró ni nombre ni apellido sino solamente su ocupación”. Los vacíos de información (falta de apellidos y nombres) y la repetición de los nombres propios, nos hacen dudar en cuanto al número de lavanderos; no obstante, se observa la participación de los dos sexos. Para finales del siglo XX sólo
154
podemos anotar que 1 de 4 mujeres trabaja en el sector de servicios (hoteleros, domésticos, lavanderías y peluquerías).
El oficio de lavandero/a
Para ejercer el oficio, lo básico es agua y jabón. Según esta afirmación, se podría decir que la “lavandera es la mejor amiga del agua y de las orillas de los ríos y de lagos. Tiende la ropa en su piedra de lavar, utilizando como jabón a veces la hierba mosquera y la hoja de cabuya blanca, y la golpea y bate para despercudirla, labor que conlleva tiempo, paciencia y reumatismo”.
3.7.2 El Tejar La Artesanía
Entre los diferentes tipos de artesanía que encontramos en el Tejar están: las velas, miniaturas, cerrajería, sistemas de archivos y encuadernación, tallado en madera, cerámica (jarrones, jarrones romanos), arreglos florales, confección de ropa, bordados y pintura en tela.
Los Tejareros
El nombre de El Tejar se debe a que en este lugar se instaló los primeros hornos para elaborar tejas y ladrillos. Actualmente los hornos ya no existen, sin embargo las personas que se dedicaban a esta actividad, aún lo hacen, no en el sector, pero aún conservan muchos de ellos el mismo proceso.
155
En las tejeras tradicionales, el trabajo era manual y artesano y se efectuaba casi en su totalidad al aire libre, estableciéndose con frecuencia en los contratos como fecha tope para la entrega de las tejas y ladrillos pactados.
3.7.3 San Diego Artistas
Fernando Fegan
En la calle Rafael Barahona, que hasta la década de los 40 se llamó 10 de agosto, y la Pérez Quiñonez –antes Antonio Ante- en la actual Escuela González Suárez vivió la familia Fegan. Fernando Fegan muy conocido por su simpatía. Su padre tenía una barba larga y ojos celestes, lo que le hizo ganarse el sobrenombre de “Corazón de Jesús”. Allí vivió Fernando dedicado a la bohemia y el teatro antes de trabajar en el teatro mexicano, país en el que fue enterrado. Antes de su muerte, la Academia de Artes de México le entregó el “Ariel de plata” como mejor actor secundario de habla Hispana del cine