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CAPÍTULO II LAS CUESTIONES ACERCA DEL CONCEPTO DE LIBERTAD Y EL SUJETO

LA LIBERTAD Y LA SUBJETIVIDAD EN LA NOVELA HEREJES

3.1. Herejes y sujetos libres: entre la condición de la libertad y la tragedia

3.1.1. Libro de Daniel

Haciendo una analogía con la Biblia, Padura nos presenta, como mencioné anteriormente, una estructura narrativa similar a la que tiene el libro sagrado. Daniel, en este primer libro, es un pequeño judío que espera, junto a su tío, el arribo de sus padres al puerto de La Habana, ya que vienen en el barco St. Louis procedente de Europa y con un permiso

especial del régimen nazi para evitar ser prisioneros durante la II Guerra Mundial5. Sin

embargo, sus padres y su hermana Judith no logran desembarcar porque son engañados por guardias de migración que les prometen el permiso para entrar a La Habana a cambio de un cuadro de Rembrandt que perteneció a su familia durante siglos, y quedan atrapados en el barco teniendo que volver a Europa y enfrentar el delirio nazi.

      

5 La historia del Saint Louis la toma Padura de un suceso real: este barco salió de Europa con cientos de 

judíos con rumbo a América, esperando que algún país los recibiera  y así evitar regresar al viejo mundo y  ser exterminados, debido a que ya se sentía, en el año de 1939, la amenaza del régimen nazi y de la II Guerra  Mundial. Este barco se dirigió a varios puertos donde fue rechazado por las distintas autoridades portuarias.  Finalmente, terminó regresando a Europa y muchas de estas familias fueron víctimas de las diversas 

Por consiguiente, en este primer libro Padura nos presenta la historia de la familia Kaminsky desde dos planos temporales: el primero de estos se ubica durante las primeras décadas del Siglo XX (década del 40 y 50), en las que Europa se encuentra sumida en el caos de la guerra y en el continente americano muchas familias judías intentan desarrollar y tener una nueva vida. En este plano están Daniel y su tío como principales personajes de la trama narrativa, tratando de reconstruir su vida, encontrar una nueva identidad y de esta manera un sentido a su propia existencia; el segundo plano está ubicado durante el siglo XXI, en donde se narra la historia de la búsqueda que emprende uno de los Kaminsky (exactamente Elías, el hijo de Daniel) por encontrar la verdad acerca del paradero del cuadro que tuvo la familia en sus manos, no para subastarlo o venderlo, sino para dar una respuesta a la tragedia que, debido a dicho cuadro, destruyó la vida de sus abuelos, de su padre y de su tío.

Daniel Kaminsky se queda solo junto a su tío en La Habana, una ciudad que lo acogió y en la que, sin embargo, no se sintió del todo parte durante los primeros años. En La Habana Daniel tuvo que reconfigurar su vida por medio de una adaptación al nuevo ambiente que, posteriormente, lo llevará a decidir acerca de su condición como individuo, es decir de su condición de judío. De igual forma, para adaptarse a su nuevo ambiente, debió establecer una nueva relación con respecto a sus propias creencias, como también con su colectividad, incluyéndose entonces en el espacio de los otros, en el espacio de La Habana. Esto significa para Daniel una nueva condición humana. Así lo describe el narrador:

“Varios años le tomaría a Daniel Kaminsky llegar a aclimatarse a los ruidos exultantes de una ciudad que se levantaba sobre la más desembozada algarabía. Muy pronto había descubierto que allí todo se trataba y se resolvía a gritos, todo rechinaba por el óxido y la humedad, los autos avanzaban entre explosiones y ronquidos de motores o largos bramidos de claxon, los perros ladraban con o sin motivo y los gallos cantaban incluso a medianoche, mientras cada vendedor se anunciaba con un pito, una campana, una trompeta, un silbido, una matraca, un carmillo, una copla bien timbrada o un simple alarido.” (Padura, Herejes 17)

Para Daniel, aquel pequeño judío nacido en la lejana Cracovia, desde que vio partir a sus padres sin poder hacer lo más mínimo por salvarlos, el peligro y el miedo serán una constante. A partir de ahí, este personaje siente la necesidad de habitar un lugar seguro para pensar libremente y sin embargo, esto no significa para él encontrar un espacio real de libertad ya que dejar de ser judío no le garantizaba ser libre, sino solo una forma de luchar contra sus fantasmas, contra el conformismo en el que tanto su familia como los otros tripulantes del barco asumieron su destino.

De acuerdo con lo anterior, de esta manera el narrador nos cuenta acerca del despojo que vive Daniel durante sus primeros años:

Por pura intuición de desarraigado perseguía aquel territorio magenta y frío del pasado como una tabla capaz de salvarlo del naufragio en que se había convertido su vida, pero cuando sus recuerdos, vividos o imaginados, tocaban la tierra firme de la realidad, de inmediato reaccionaba y trataba de escapar de ella, pues en la silenciosa y oscura Cracovia de su infancia un vocerío excesivo solo podía significar dos cosas: o era día de mercado callejero o se cernía algún peligro. Y en los últimos años de su estancia polaca, el peligro llegó a ser más frecuente que las vendutas. Y el miedo, una compañía constante” (Padura, 17).

Por lo tanto, el punto central para entrar a analizar el rol de Daniel consiste en entender el proceso de construcción de una identidad y el rol que juega dicha identidad en su subjetividad y en su relación con los demás. Este proceso de construcción se da a partir de un sincretismo cultural que adopta Daniel para que de esta forma él pueda borrar los rasgos de su pasado, aquellos que le impiden despojarse del miedo constante que siente debido a su condición como judío. De esta forma, Daniel se adapta a su nuevo ambiente como un escudo frente al miedo que siente, siendo su propio miedo las cadenas que le impiden ser sujeto. Sin embargo, la novela va más allá de simplemente situar a un personaje dentro de

un contexto determinado ya que, precisamente, lo que se hace en Herejes es cuestionar las

identidades existentes que llevan al encasillamiento, ya que Daniel a final de cuentas, nunca se sentirá libre siendo judío o siendo habanero.

Es por esto que podemos decir que Daniel Kaminisky, a lo largo del libro, vive un proceso sincrético en el que, en apariencia, se despoja de su condición de judío y opta por ser habanero para vivir una nueva vida. Ese proceso de despojo y desarraigo frente al judaísmo no va a ser del todo resuelto, ni mucho menos va a ser un proceso fácil de lidiar para él. Por el contrario, sus fantasmas, y sobre todo su tío, le recordarán siempre de dónde viene, qué tipo de creencias tiene, el significado de su sangre, el significado del legado de la familia Kamnisky. Por lo tanto, el acto de despojo en Daniel constituye una reafirmación de su subjetividad como también forma parte de una reconciliación con los otros, proceso que se da, como hemos visto, en su decisión de ser habanero, de ser cubano. De esta manera, se puede decir que su principal conflicto radica con el remordimiento que le produce ser judío, ya que considera que toda su legión hace parte de un destino trágico y, precisamente, a ese destino al que ni su familia ni los tripulantes del barco decidieron confrontar. Es también su conflicto interior la relación que tiene él con Dios y los designios que en apariencia Él dicta para que los creyentes adopten ciertos parámetros de conducta. En ese sentido, su lucha será con su destino, contra su pasado, contra la resignación por la que muchas veces optan los judíos como una forma de encontrar la salvación. De esta manera lo manifiesta el narrador: “Daniel, cada vez en mejores condiciones de analizar y entender cuanto sucedía y lo que había sido y podría ser su vida, se volvía más escéptico, descreído, irreverente, rebelde ante un presunto plan divino tan rebosante de crueldad. Y a la vez, se hacía más cubano y menos judío” (66).

De igual forma, la manifestación de búsqueda por hallar un nuevo espacio por parte de Daniel se da por medio del rompimiento que realiza con su espacio privado (desligarse de su religión, de su pasado) y al mismo tiempo, de hacer una comunión con el espacio público; ser libre, hasta cierto punto, es ser parte de todos, afirmar su subjetividad como habanero es al mismo tiempo compartir la jerga, adoptar un lenguaje, seguir ciertas posturas y costumbres. En ese sentido, como lo manifesté anteriormente, es también ser

partícipe del espacio común al cual intenta pertenecer,6 donde Daniel

      

6 Vale la pena aclarar que en este primer libro, como lo he manifestado, el tema de la libertad resulta un 

aprendió a hablar habanero (le decía «negue» a los amigos, «guaguas» a los autobuses, «jama» a la comida y «singar» al acto sexual), a escupir por ángulo de la boca, a bailar danzón y luego mambo y chachachá, a soltarles piropos a las muchachas y, como una liberación disfrutada con profundidad y alevosía, a comer chicharrones de cerdo, pan con fritas y cuanta cosa calmara el hambre, sin mirar si era kosher o trefa, solo que fuese sabroso, abundante y barato (67).

El proceso de transformación del personaje para adquirir una condición determinada y de esa manera vivir libre con respecto a su destino, lo hace, al mismo tiempo, un personaje escindido, hereje, ya que es parte de dos mitades, un niño judío-cubano que nunca termina por desligarse y, de esta manera “vivía sin pensar en rezos, prohibiciones, ordenanzas milenarias, pero sobre todo sin sentir el miedo pernicioso que había aprendido de sus padres”; y, por otro lado, “estaba la zozobra por la guerra y la ansiedad por saber algo de sus padres y su hermana, transcurría en una mentira que lo hacía sentir como si se asfixiara” (68). Esta condición de ser un individuo escindido y llevado por las circunstancias, por las necesidades y por las condiciones a las cuales se debe enfrentar, hacen que su sentimiento de libertad radique, sobre todo, en la necesidad de apartar todos los designios que dicta su cultura y religión judía. Por consiguiente, tal como se demuestra en las dos citas anteriores, su pasado lo asfixia constantemente, pensar en qué sería de él junto con su familia lo lleva, finalmente, a pensar que su búsqueda por ser libre, por aculturarse, es un camino imposible debido a la zozobra, a la angustia, al temor constante. La idea de dualidad y rompimiento de los espacios tanto privados como públicos en los que se ve inmerso el judío Daniel es el rasgo distintivo de su libertad. Como se vio, Isaiah Berlin hablaba de la existencia de esos dos espacios y la importancia que han tenido en ciertas épocas de la historia humana: para los antiguos la libertad era la participación del hombre en su espacio debido a su capacidad como animal político y, por otro lado, para los modernos tiene que ver con la figura del individuo y, por ende, el espacio privado es el lugar que tiene el hombre para desarrollar su vida y ser libre. Por consiguiente, lo         libertad que tanto anhela. Es por esto que en Daniel el proceso, a final de cuentas, resulta del todo trágico, 

interesante de un personaje como Daniel es, precisamente, la conciliación que se da entre estos dos espacios, pues él es libre en la medida en que se vuelve hereje, es decir, en la medida en que cuestiona su espacio personal, sus creencias, su vida familiar, los manifiestos milenarios y, al mismo tiempo, es libre como individuo que se involucra en el espacio de todos, donde se enamora de una cubana, callejea por los rincones de La Habana, juega a la pelota y es fanático acérrimo de esta. Con respecto a esto, es importante hacer mención de lo que Balibar denominaba la agencia humana, que Daniel contiene en cuanto a que esta agencia le permite, momentáneamente, ser libre por sí mismo al optar por despojarse de su condición de judío. Sin embargo, resalta también Balibar, que dicha libertad no es alcanzada plenamente sin el contacto o la comunión con los otros. En ese sentido, radica la tragedia de Daniel.

Por lo tanto, se reafirma el ser sujeto y la subjetividad, hecho que buscan los personajes de este primer libro, pero a partir de ser parte de los otros, a partir de ser ciudadano, de entrar en comunión, por la propia agencia y por la capacidad de insertarse como ciudadano dentro de una comunidad determinada. La libertad es, de este modo, una forma de comunión, de participación, de despojar los miedos y la sumisión dentro de un espacio en el que los demás reconocen su propia condición, acogen a los personajes dentro de una Cuba multicultural que acepta, desde un plano político y social a los demás, para así construir una nación determinada. Es, como lo dice Balibar, un “pensarse a sí mismos como sujetos libres y así identificar libertad y subjetividad, porque abolieron de una manera irreversible sino irresistible el principio de su propia sujeción, su estar sujetados o ser sujetos, en el proceso

de conquistar su ciudadanía política”7 (Párr. 29).

Así se manifiesta el sentimiento de Daniel:       

7 

En el caso de Daniel, conquistar su ciudadanía política, cultural y religiosa es finalmente el mecanismo por  el cual él logra, hasta cierto punto, desligarse de su condición como judío (su conflicto finalmente no es con  la religión, sino con la historia de su pueblo) para entrar en comunión con otros y consigo mismo, para que,  de esta manera, romper las cadenas de su pasado, romper las cadenas con respecto a la condición histórica  de los judíos como seres marginados. Por lo tanto, insertarse en ese espacio común es finalmente la forma  de no ser marginado, de aceptar de manera distinta su destino y así construir un nuevo sentido de 

comunidad.  Sin embargo, insisto, no es un proceso del todo “lineal”, ya que sí bien Daniel es aceptado por  los otros, su relación con lo judío nunca termina por desligarse. Por lo tanto, siempre será un marginado, un  individuo que no logra el proceso de transformación total hacia su propia subjetividad, hacia la 

El espíritu de gueto había calado en sus almas por siglos de experiencia y se empeñaba en perseguirlos incluso en la libertad. Para Daniel resultaba un absurdo la sostenida intención de vivir y progresar en cercanía endogámica, con negocios entre judíos (aunque siempre diferenciado a sefardíes de asquenazíes, a ricos de pobres), algo que su espíritu liberal y abierto rechazaba, a pesar de saber que su actitud era considerada integracionista por los rabinos y por cualquier creyente en el destino trascendental escogido por el plan divino como misión de los hijos de Israel (72). Para Daniel romper con lo histórico en tanto espacio privado como también espacio común, implica un acto de libertad ya que él hace un constante cuestionamiento de las leyes ancestrales que han regido su vida. Por consiguiente, ser un hereje dentro y fuera de su tribu, de su religión y de la historia de los judíos, le permitió romper con las condiciones culturales de las que siempre ha sido víctima su pueblo, le permitió asumir ese condicionamiento histórico de manera distinta al permitirse vivir de otra manera dentro de un espacio común, desarrollando una comunión con individuos de otro colectivo. Y este colectivo, finalmente, es el refugio para contrarrestar el miedo constante, el colectivo es el miedo para luchar contra el pasado, contra la soledad, contra los ecos de la muerte, contra los fantasmas de sus padres y de su pueblo.

Dejar de ser judío significa no ser condescendiente con ningún dictamen histórico, significa no ser sumiso e inseguro, significa despojarse del miedo de vivir como judío. El dilema lo presenta Daniel en una emotiva carta que le envía a su hijo Elías muchos años después de sus vivencias habaneras donde le dice que

no había podido dejar de pensar en la certeza de cómo, en toda la historia judía, el punto más lamentable, con el cual jamás podría ponerse de acuerdo, estaba relacionado con los que él consideraba un profundo sentido de la obediencia, que muchas veces había derivado en la aceptación de la sumisión como estrategia de supervivencia. Hablaba, por supuesto, de su siempre polémica relación con el Dios de Abraham, pero, sobre todo, de aquellos episodios ocurridos durante el Holocausto, en los que tantos judíos asumieron como inapelable su suerte por considerarla una maldición divina o una decisión celestial (79).

De igual forma, manifiesta en su carta: “el modo en que la esperanza de sobrevivir contribuía con la sumisión. La combinación de los poderes totalitarios de un Dios y de un Estado habían aplastado la voluntad de miles de personas, potenciado su sumisión y apagado, incluso, el ansia de libertad, que era, para él, la condición esencial del ser humano” (79). Como también Daniel decía que

tantísimos de esos hombres y mujeres sumisos llegaron a considerar la muerte casi como una alegría, en comparación con la vida de dolor y miedo que vivían. Si te colocas en este plano, tal vez puedes ver las actitudes de muchos de ellos desde otra

perspectiva. Incluso, me cago en Dios, incluso puedes justificar la sumisión, y yo me

niego a justificarla…¿O es mentira lo que nos repetían en las clases del Centro Israelita, lo que proclamaban los rabinos, los sionistas, los independentistas cuando nos decían que los judíos de hoy éramos descendientes de Josué el Conquistador y sus indomables campesinos hebreos, del rey David, general victorioso, de los aguerridos príncipes asmoneos…?¿Cómo fue posible que al final nos dominara la sumisión? (79).

En este primer libro se puede ver el carácter hereje de Daniel y también el que tiene su tío Joseph, el gran Pepe Cartera, como lo denominaron en La Habana. Al igual que Daniel, el tío vive un proceso de transformación en lo que he denominado como personajes escindidos, que rompen con su propio espacio (con su pasado) y conviven con los otros de manera distinta para de cierta forma ejercer su propia libertad. Esto es porque la libertad es la forma que se adopta para ser un hereje en el mundo, de romper los propios paradigmas y establecer la propia subjetividad. La libertad es dejar de vivir con miedo y en la sumisión que producen los designios de la religión. El tío Cartera lo manifiesta, después de aceptar el ateísmo de su sobrino de esta manera: “Ya no soy el mismo polaco asustadizo y fanático que llegó hace más de veinte años. Aquí he vivido sin miedo al próximo pogromo, lo cual ya es bastante, y a nadie le ha importado mucho en qué idioma hago mis rezos. Por mucho que hayas oído, tú no puedes tener idea de lo que eso significa, porque no lo has vivido…Querer ser invisible, como llegó a pensar tu padre…»” (87). De igual forma, el entendimiento del otro también hace libre tanto al tío Joseph como a Daniel, quien le dice:

“No serás el primer judío que renuncie a su fe…hijo mío, haz lo que tienes que hacer y no

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