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CAPÍTULO II LAS CUESTIONES ACERCA DEL CONCEPTO DE LIBERTAD Y EL SUJETO

LA LIBERTAD Y LA SUBJETIVIDAD EN LA NOVELA HEREJES

3.1. Herejes y sujetos libres: entre la condición de la libertad y la tragedia

3.1.3. Libro de Judith

El último libro que hace parte de la novela Herejes es protagonizado por una joven cubana

que se desaparece un día sin decir nada a nadie, generando así zozobra en familiares y amigos. Este libro, de los tres, es quizás el más interesante ya que Padura lo sitúa temporal y espacialmente en la Cuba de hoy, teniendo como centro una generación de habaneros totalmente desencantada de su entorno, absolutamente descreída hacia quienes los lideran y cansados, en últimas, de la retórica revolucionaria que ha permanecido durante más de cincuenta años en la pequeña isla. Asimismo, en este último libro se muestra, tal como se narra en los otros dos, que la búsqueda por la libertad y la subjetividad están mediadas por la condición de imposibilidad, por la cuestión misma de la tragedia, elemento que marca el destino de los tres personajes principales del libro.

De igual forma, este libro resulta interesante ya que permite evidenciar el contraste y la diferencia que existe entre una generación y otra, haciendo una contraposición entre aquellos cubanos nacidos justamente después del triunfo de la Revolución (Mario Conde y todos aquellos que lo rodean) y los que han nacido mucho tiempo después del triunfo y, de este modo, se ve el desgaste de la misma, se ve de manera clara cómo y de qué forma existió y existe la concepción tanto de sociedad como de individuo dentro de Cuba, de qué forma las ansias por la libertad, por la liberación del cuerpo y la palabra la tienen con más fuerza la generación de cubanos nacidos en las últimas décadas. En este último libro se muestra, tal como se narra en los otros dos, que la búsqueda por la libertad y la subjetividad

están mediadas por la condición de imposibilidad, por la cuestión misma de la tragedia, elemento que marca el destino de los tres personajes principales del libro.

Por lo tanto, en este libro Mario Conde, el célebre teniente investigador habanero, tiene que enfrentarse a una investigación inesperada. Es ya un policía retirado, que comercia entre otras cosas con libros raros para sobrevivir en un país cada vez más agobiado. En el bajo mundo y en las superficies de la Revolución, cada quien encuentra cómo ganar dinero comerciando, intercambiando, haciendo fluir el comercio. Allí, una joven cubana se desaparece; la única pista que hay, que es lo que más fascinación y curiosidad le produce a Conde, es que esta hace parte de las denominadas tribus urbanas, exactamente hace parte del clan de los emos.

Esta condición de la joven cubana es lo que impulsa a Conde a investigar su caso. Quiere entender qué es y qué significa ser emo, qué es lo que piensan, qué es lo que sienten. Cuál es el porqué de la existencia de una generación cubana totalmente descreída, que construye toda una filosofía entorno a la desesperanza y a la desilusión, totalmente distinta a la suya, que busca la liberación, busca despojarse de las ataduras del pasado, piensa distinto con relación a su propio país, con relación a su propio cuerpo y mente. Conde, por medio de esta investigación sobre el paradero de Judy Torres, quiere comprender la noción de comunidad, de individuo, de sociedad que tienen los habaneros de hoy y que resulta tan distinta a la de su generación.

Por consiguiente, no se inmiscuye en el caso de la joven únicamente por su espíritu de policía y haciendo honor a su pasado; en realidad se introduce de lleno porque ve que existe otra ciudad dentro de la misma en la que él ha vivido, que existen y viven una serie de personajes diametralmente opuestos a los de su generación, que se reúnen y consolidan los lazos como tribu con otros fines muy distintos a los que tienen él y su séquito de amigos; que existe quizás un país, una isla subterránea compuesta por individuos con otras preocupaciones, con otros sueños, con otras realidades. Por lo tanto, como se irá dando cuenta Conde, no existen sueños y anhelos ni nada distinto a la frustración de vivir en el presente, solo la necesidad de vivir (o de sobrevivir), de explorar la realidad por medio de

las drogas que invaden día a día a La Habana. Asimismo, se da cuenta de que únicamente existe el deseo de libertad o quizás únicamente del libertinaje, sin más pretensión que no ser parte de un sistema que sienten estos jóvenes ya desgastado por los años, por la manipulación de la palabra, por el desgaste del mismo discurso que tanto prometió y no trajo sino miseria, privación y distanciamiento del mundo exterior.

Por lo tanto, el elemento central de este último libro está encaminado a visualizar dos realidades presentes en la isla: la de aquellos que han estado viviendo bajo el régimen y atendiendo de forma automática las vicisitudes de la vida, donde muchos necesitan vender hasta el alma para seguir con vida; y la de los otros cubanos, mucho más jóvenes, que encuentran una forma distinta para relacionarse y construir los lazos que los unen como comunidad a partir de las drogas, del maltrato al cuerpo, de formar una ideología en torno al escepticismo y la falta de esperanza. Sin embargo, este tercer libro muestra una cuestión muy interesante y tiene que ver con la forma, sea cual sea la generación de cubanos, como se relacionan los individuos en la isla, ya sea con su propia subjetividad (en la soledad) o con su comunidad (en el encuentro con otros) para enfrentar la realidad, hecho que se manifiesta en cuanto a que la subjetividad se justifica dentro de la colectividad. Más allá de un contraste de generaciones, existe es un encuentro de estas generaciones con relación a su conflicto con la libertad.

De acuerdo con lo anterior, Conde empieza a descubrir una nueva ciudad que nunca había logrado ver a pesar de llevar años investigando los casos más subterráneos de la isla: un mundo subterráneo lleno de drogas, corrupción política, prostitución, circulación de dinero inimaginable entre las altas esferas políticas, homosexuales, transexuales, y demás; pero también un mundo alterno que él mismo no conocía, y como se lo dirían al Conde, estaba

lleno de emos, frikis, rastas, rockeros, mikis, reparteros, gámers, punkies, skaters,

metaleros.. Tanto la generación del Conde como esta nueva generación que está descubriendo el teniente, construyen su subjetividad, su libertad mejor dicho, cuando tejen los lazos como comunidad: Conde se reúne con sus amigos en las noches para tomar ron y así olvidar la realidad, como esta generación de tribus urbanas que tejen sus lazos como

comunidad diseñando toda una filosofía con relación al cuerpo, con relación al suicidio, a la

búsqueda existencial de la subjetividad.

De esta manera se describe a Conde caminando por las calles de La Habana recién descubiertas por él:

Hastiados y alienados de una jerarquía opresiva, aburridos de todo, auto expulsados, obsesos anatómicos y musicales de apariencias asexuadas, cándidos, irritados, militantes tribales, anarquistas sin banderas, buscadores de su libertad. Más que por una calle de La Habana, Conde sintió que caminaba por Puerto Marte, por supuesto, sin Hilda. Pero aquello era La Habana: una ciudad que por fin se alejaba de su pasado, y, entre ruinas físicas y morales, prefiguraba un futuro imprevisible (354). Y por otro lado, el contraste se manifiesta de la siguiente manera:

cuando él mismo era adolescente, ciertos brujos con poder ilimitado habían salido a las calles a cazar a todo joven que exhibiera el pelo un poco más largo o unos pantalones más estrechos de lo que ellos, los brujos con poder que fungían como instrumentos del verdadero poder, consideraban admisible o estimaban apropiado para las cabelleras y extremidades de un joven inmerso en un proceso

revolucionario empeñado con esos y otros métodos en fabricar al Hombre Nuevo

(354).

Tal como se evidencia en las dos citas anteriores, se muestra entonces el contraste existente entre dos generaciones de cubanos que, sin embargo, tienen algo en común: la sensación de que el futuro de su nación es imprevisible. Ahora, lo que resulta contrastante para Conde es que estas tribus urbanas se presentan como la contraparte de ese mundo revolucionario en el cual él ha crecido y, de igual forma, Conde se siente un tanto identificado porque también él es un sujeto que en ese momento de su vida no cree en nadie más sino en sus amigos, en el ron, en la literatura y en el amor. Lo que tenga para ofrecer el mundo exterior ya son para el investigador modelos gastados, palabras sin encanto, discursos sin esperanzas. Es también para el Conde el encuentro con un mundo que construye su subjetividad a partir del encuentro con el otro, con el maltrato al cuerpo, con el uso de drogas, con el abuso del alcohol, con la manifestación del sexo.

Por lo tanto, la generación de Yadine, de otros jóvenes habaneros que luchan día a día en un medio que les coarta la posibilidad de ser libres, de pensar por sí mismos, de ser sujetos en el mundo, de desarrollarse de acuerdo con sus propios intereses, pasiones, anhelos, ilusiones y sueños. Son una generación producto de un cansancio acumulado, de un cansancio de promesas no cumplidas, de la no realización del sueño del Hombre nuevo, de la generación que sueña con un país nuevo, un poco más humano. Sin embargo, no se produce, el proyecto inacabado de una nación en constante construcción, donde los más poderosos imponen su criterio, su modelo a seguir, sus propias imposiciones, sus propias ideas de cómo es el deber ser de todos. De esta manera se manifiesta en el libro:

Como le había sugerido la filosofía elemental de Yadine, solo pretendían ser, estar y parecer. Los emos eran los nietos de un avasallante cansancio histórico y los hijos de dos décadas de pobreza repartida a conciencia, seres despojados de la posibilidad de creer, apenas empeñados en evadirse hacia un rincón que les pareciera lo más propio posible, tal vez hasta inaccesible para todos los que estaban fuera de aquel círculo mental y físico que, sin pensarlo más, el ex policía decidió quebrar (356) Por lo tanto, Judith y su generación, ante tanta frustración y fracaso, ante tanta impotencia, ante tanto encierro mental e ideológico, optan por construir un mundo aparte en el que, por lo menos, existan ciertos rasgos y aires para ser libres, para habitar el mundo de una forma distinta. Judith, como otros, construye su propio mundo, establece su libertad apartándose del mundo, es sujeto en tanto que no hace parte de los demás (aunque sí de su propia tribu de emos, en la que es el colectivo al que genuinamente pertenece pero también fragmenta, también quiere romper y no sujetarse, de esta manera, a nada ni a nadie) sino de su propio cuerpo, de su propia mente. Ella misma es su propio espacio, transgrede su cuerpo porque este le pertenece, transgrede su mente porque es la única forma de ser libre en medio de tanta corrupción, mentiras, falsas promesas, sueños que pierden con el tiempo su encanto y su efecto sobre los demás. Por consiguiente, los emos y otras tribus que descubre Conde, son una contraposición al pasado (el desarrollo mismo de la Revolución) y una forma de posicionarse en el presente, desde donde intentan construir una nueva subjetividad. Sin embargo, como se demuestra en este tercer libro de forma significativa, Judith termina

suicidándose como muestra de la imposibilidad también del presente al ser espacio que garantice el desarrollo de una nueva subjetividad. La muerte de Judith es el símbolo de la frustración; de la tragedia misma del ser humano en su búsqueda por abrir un nuevo espacio de libertad.

De esta manera Conde interpreta a Judith y a toda su generación:

Judy había creado su propio mundo y construido su casa en él. Pero ahora que tenía alguna idea de los extraños habitantes de aquel universo en donde se cruzaban tantas espadas afiladas como en un manga japonés, Mario Conde había adquirido la certeza de que la muchacha resultaba mucho más que una emo perdida, extraviada o escondida por voluntad propia: parecía ser una dramática advertencia de las ansias de cortar ataduras sufridas por los actores de los nuevos tiempos. Y una muerte autoinflingida tal vez se la había presentado como el camino más corto y expedito para aquella ansiada liberación del cuerpo y de la tristeza enfermiza que le provocaba lo que un emo había denominado el «medio ambiente» (375).

De acuerdo con lo anterior, el conflicto en Judith es con respecto a la relación de ella con su cuerpo, a la relación de ella entre la mortalidad y lo perecedero que es el cuerpo y lo que pueden infligir los pensamientos dentro del auto castigo corporal. Ella hace parte de una comunión (los demás emos) y, sin embargo, busca desesperadamente su propia libertad, su propia singularidad. Es libre al establecer un vínculo de hermandad con los otros, también es libre al auto flagelarse como condición para identificarse en comunidad como emo, también es libre al ser sujeto en tanto que se crea su propia figura, en tanto a que busca no ser igual a los demás, teniendo en cuenta que ella vive en un espacio donde durante más de 50 años lo que se ha buscado es igualar a todos en cuanto a sus condiciones sociales, políticas y económicas, pero también en alienarlos bajo el mismo espectro, imponerles la idea del Hombre nuevo, siendo esta una idea ya desgastada, poco creíble para las nuevas generaciones de cubanos cansados de tanto devenir histórico y discursivo, que no cambia, que permanece allí, intacto, sin ofrecer nuevas posibilidades y nuevas mentalidades.

De esta manera se caracteriza a Judy: “parecía haber elaborado toda una filosofía, capaz de incluir el crédito en la existencia de un alma inmortal pero, a la vez, en la libre voluntad del hombre para guiarla, y, más aún, en la necesidad de esa libertad como único modo para la realización del individuo, sin interferencias de castrantes poderes religiosos o mundanos, dueños de la fe y la moral establecidos” (385). En ese sentido, se retoma la idea del cuerpo como figura de la mortalidad del hombre en contraposición con la inmortalidad a la que puede llegar por medio de los pensamientos, por medio de la elaboración de una historia trágica de la vida, de una búsqueda trágica de la existencia, de la libertad, de ser individuo entre tanta masa homogénea, moldeada por otros por medio de imposiciones, por medio del desarrollo del miedo y de la sumisión de otros.

Solo que la Judy madura y la infantil pretendían la misma cosa, aunque desde perspectivas por supuesto diversas: no actuar como una persona común, ser todo lo libre que alguien de su edad puede ser, en especial en este país donde lo que no está prohibido no se puede hacer…., y estar dispuesta a luchar por esa libertad. A su manera. La madura luchaba con la mente, y tenía sus argumentos; la infantil, sobre un escenario, con un disfraz, yo diría que montando un personaje. Pero las dos buscaban lo mismo: un espacio de autenticidad, una forma de practicar libremente lo que ella deseaba practicar…. (399)

Como pasa con Daniel Kaminsky y Elias Ambrosius, Judith, la emo habanera, también es un personaje doblemente escindido, dividido en dos partes contrapuestas la una de la otra, ya que se aparta de la propuesta de la Revolución y al mismo tiempo de la comunidad emo. Por lo tanto, son habitantes de un mundo que día a día los golpea, los margina, los excluye, los divide, los aniquila, los destruye. Es un personaje escindido al ser temeroso frente a los dictámenes milenarios, frente a las tradiciones, frente a las instituciones y, al mismo tiempo, un personaje en constante búsqueda de su propia individualidad, de su propia subjetividad, del propio camino de la libertad.

En un pasaje del último libro, se describe lo que pensaba Judith acerca de la literatura, del mundo en el que habitaba, de su propio entorno. Este pasaje resulta capital para entender el rol que juega este personaje como hereje en la novela:

La literatura sirve para mostrarnos ideas y personajes como este: seguía preso con toda una ciudad, con todo un país, por cárcel….Solo el mar era puerta, y esa puerta estaba cerrada con enormes llaves de papel, que eran las peores. Asitíase en esta época a una multiplicación, a una universal proliferación de papeles, cubiertos de cuños, sellos, firmas y contrafirmas, cuyos nombres agotaban los sinónimos de permiso, salvoconducto, pasaporte y cuantos vocablos pudiesen significar una autorización para moverse de un país a otro, de una comarca a otra, a veces de una ciudad a otra. Los almojarifes, diezmeros, portazgueros, alcabaleros y aduaneros de otros tiempos quedaban apenas en pintoresco anuncio de la mesnada policial y política que ahora se aplicaba, en todas partes (unos por temor a la Revolución, otros por temor a la contrarrevolución), a coartar la libertad del hombre, en cuanto se refería a su primordial, fecunda, creadora posibilidad de moverse sobre la superficie del planeta que le hubiese tocado en suerte habitar…Se exasperaba, pataleaba de furor, al pensar que el ser humano, renegando de un nomadismo ancestral, tuviese que someter su soberana voluntad de traslado a un papel (401). En esta cita se puede ver reflejado el sentimiento que tienen los tres personajes de Padura, el sentimiento de ser individuos encerrados en una cárcel, una cárcel representada en el hogar, en la ciudad, en la nación, en el cuerpo. Una cárcel que contiene sus imposiciones, sus dictámenes de conducta, sus parámetros sobre lo que debe hacer y cómo se debe pensar. Personajes que se encuentran en una cárcel y, en últimas, la única posibilidad que se les otorga es huir, escapar del terror, escapar del miedo constante, huir frente a la desesperación de no lograr ser ese uno entre tantos, sino ser cualquiera dentro de la misma masa, dentro de la homogeneidad de la sociedad en la que les tocó vivir.

Para Judith, la cárcel es su cuerpo y su tiempo, por eso lo transgrede, por eso lo traspasa, por eso termina por optar por la muerte, ya que esta puede ser, en estos casos, el único refugio en donde ese cuerpo y esa mente pueden llegar a ser inmortales en contraposición al mundo terrenal donde su individualidad se ve menospreciada por poderes que muchas veces no se pueden controlar, no se pueden contra restar. De esta manera se lo hacen ver a Conde:

Chico, la cosa es que esos muchachos no creen en nada porque no encuentran en que creer. El cuento de trabajar por ese futuro mejor que nunca ha llegado, a ellos no les da ni frío ni calor, porque para ellos ya no es ni un cuento…., es mentira. Aquí los que no trabajan viven mejor que los que trabajan y estudian, los que se gradúan de la universidad después se las ven canutas para que los dejen salir del país si quisieran irse, los que se sacrificaron por años hoy se están muriendo de hambre con una jubilación que no les da ni para comprarse aguacates. Y entonces

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