• No se han encontrado resultados

LIBRO SEXTO DE LA SEGUNDA PARTE DE LA DIANA DE JORGE DE MONTEMAYOR

aliendo toda aquella compañía (excepto Felicia y Parisiles con algunas ninfas, que en el templo orando se havían quedado) una serena mañana, entrado el día buen pedaço, el tiempo se les rebolvía de tal modo con truenos y relámpagos, que con temor assí de los rayos como del agua que parescía amenazarles, se ivan ya recogiendo, cuando oyeron a un pastor que de lexos cantando para ellos juzgaron acercarse, el cual oído dixeron: “A aquel en poco cuidado le pone la aspereza del tiempo”.

Todos fueron de parescer de aguardarle. El pastor no tardando mucho de descubrirse del bosque, por do venía, y viendo tanta gente, admirado dexó el canto, pero más lo fueron ellos, cuando se les juntó, mirando su hábito, porque venía vestido de piel de hiena, ceñido con un gran manojo de una hierva semejante en las hojas a la vid blanca que por los árboles cual culebra sube. En la cabeça traía una corona de laurel y, en la mano, por cayado un gran ramo de higuera.

Todo esto d´ellos notado, dixeron: “Dinos, zagal, ¿es tu común traje esse?”. “No, señores- respondió él- mas antes mi condición es traer éste u otro, según qu´el tiempo me avisa, proveyéndome siempre a las injurias que d´él me podrían suceder, y assí me arreo al presente de lo que véis, por no ser tocado del furioso rayo contra el cual la virtud de cada una d´estas cosas admirables resiste, y otras muchas, que no tan a la mano me vinieron”. “Mucho holgamos de saberlo,- dixeron ellos- mas porque el rigor d´este día nos aconseja que nos pongamos debaxo de cubierta, haznos plazer de venirte con nosotros aquí, al templo de la diosa Diana”. “Las buenas nuevas d´essa casa y vuestra noble compañía me llevaran allá, aunque en tal tiempo, por consejo de un experto pastor, no es muy seguro hallarse en los altos edificios”. “¿Por qué?”, dixo don Felis. “Dezía- dixo el pastor- que como el rayo no viene derecho sino a manera de giro, encuentra con lo más alto, y por esto por la mayor parte da en lugares altos, como en torres y castillos. Y más porque a quien está en el campo, si no es que en su propia persona toque, no le puede hazer mal. Empero, al que en casas principalmente altas está, sin que el rayo le dé, puede ser muerto o herido de las piedras, maderos o otra cosa que del mesmo edificio con que se cubre haya derribado, y aun con el humo del fuego que en la madera se enciende, podrá ser ahogado, como de lo uno y de lo otro por experiencia muchas vezes se ha visto. Mas porque vuestra buena voluntad me conbida a

hazer lo que me demandáis, iré, puesto que en voluntad tenía de ponerme a dormir en hallando un lugar a mi intención conveniente, porque me dizen que perdona el rayo a los que duermen”.

“Para muchos días te guardas- dixo Selvagia- pues con tantas defensas te amparas”. “D´esso puedes ser cierta- respondió el pastor- que no hay en el mundo a quien tanto la vida y bien desee como a mí”. “Assí me paresce- dixo Selvagia- y deve de causarlo que no tiene amores”. “Y aún esso es- dixo el pastor- lo que mi cantar dezía”. “¿Pues qué- preguntó Selvagia- y tiéneslos?”. “Sí- respondió él- y con la mayor bien aventurança que jamás havéis oído”. “No solo oído- dixo Selvagia- mas visto, y aun delante de ti están”. “Yo digo esto”, dixo él. “E yo estotro”, respondió Selvagia. “Déxaos desas razones- dixo don Felis- y vámonos a casa. Tú, pastor, de camino, por hazernos plazer, nos di si eres enamorado”. “Sí que lo soy”, respondió él. “Estos amores- dixo don Felis- deven de ser tuyos”. “Míos,- respondió él- pues, son, que no ajenos”. “No digo- dixo don Felis- sino que deven de ser de ti propio”. “No tengo tantas partes- dixo el pastor- para estarlo de mí, pero con todo no creo que hay quien tanto me quiera como yo mesmo. Mas esto dexado, yo amo, cuanto es possible, a una hermossísima pastora”. “No es muy perfecto tu amor- dixo don Felis- pues dizes que no hay quien tanto quieras como a ti”. “¿Pues esto lo impide- preguntó el pastor- para ser perfecto?”. Don Felis dixo: “¿Pues no?”. “D´essa manera- dixo el pastor- yo entiendo que ninguno hay que en esse grado ame”. “Cree, pues, lo contrario- dixo don Felis- que vees aquí a algunos que muy alegremente pondrían su cabeça por quien aman”. “Fácil es- dixo el pastor- dexirlo”. “Y más- repondió don Felis- hazerlo”. “Yo te prometo, señor,- dixo el pastor- que si la muerte llamasse a tus puertas y quedásse a tu elección irte con ella o embiar a tu querida, que se viesse lo que digo”. “Más lo que afirmo”, dixo don Felis. El pastor respondió: “Por dificultoso lo tengo”.

Con estas preguntas y respuestas llegaron al templo donde reposaron y comieron, siendo bien hospedado aquel nuevo pastor de la sabia Felicia, porque sabía ella ser digno d´ello. Puesto fin a la larga comida, todos le rogaron cantasse lo que cantando venía cuando lo dexó por su vista. Él dixo que le plazía y que se holgava de que le quissiesen prestar oídos, no por su boz, pues d´ello era indigna, mas por la materia de cualquier bien merescedora. Empero, que le acompañasse algún instrumento porque su canto tomasse algún lustre. Entonces Dorida, por mandado de Felicia, tomó una harpa, y templada a lo alto de la boz que llevar quería, d´esta manera començó, estando todos atentos:

Hazed eterna, amantes, a mi memoria, por el más de vosotros venturoso; solemnizad a bozes la victoria

que de vosotros tengo en ser dichoso.

Perpetuad con loores esta gloria, 5 que alcanço con el triunfo generoso

de ser el más felice qu´ha nascido entre aquellos que sirven a Cupido.

¿Qué amador hast´agora s´havrá hallado,

por más desfavorescido que se viesse, 10 qué d´algún sinsabor no haya gustado

y algún dolor pequeño no sintiesse? ¿O quién hasta este punto me havrá dado, por más seguro y cierto que estuviesse

de su dama y él firmamente amasse, 15 que un tantico de celos no provasse?

Entre todos, yo solo soy essento de pena, de fatiga y de çoçobra, a manos llenas gozo de contento

que, si dezirlo puedo, el bien me sobra. 20 Estoy bien descuidado qu´el tormento

de celos fabrifique en mí su obra. A cosa que me dé dolor o pena l´aldaba tengo echada firme y buena.

Romper no se podrá esta cerradura, 25 si muerte no assestass´en mí su flecha,

y aun si amor permanec´en sepultura no podrá de la muerte esser deshecha. Mirad, ¿cómo es possible no ser dura,

pues a mi voluntad ha sido hecha? 30 Y porque no digáis que son blasones,