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Lidia Alazraqui Se impone entonces el pensamiento que, a todo precio,

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habría que acabar este mundo, pero lo imposible está ahí, lo inacabado; todo lo real se rompe, está hendido, la ilusión de un río inmóvil se disipa y, una vez

fluyente el agua dormida, oigo el ruido de la catarata próxima.

Georges Bataille

¿Cómo había llegado a querer él la interrupción del discurso? Y no la pausa legítima, la que permite la alternancia de las conversaciones, la pausa benévola, inteligente, o también la hermosa espera por la cual dos interlocutores, de una orilla a otra, miden su derecho a comunicar. No, eso no, y tampoco el silencio austero, el habla tácita de las cosas visibles, la contención de las invisibles. Lo que él había querido era muy distinto, una interrupción fría, la ruptura del círculo. Y de repente eso había ocurrido: dejando el corazón de latir, deteniéndose la eterna pulsión hablante.

Maurice Blanchot

La preocupación por el encuentro y desencuentro entre lo masificado y lo individual ha sido una constante en el pensamiento de variadas clases de disciplinas, entre ellas el derecho, la sociología, la filosofía, las reli- giones, el psicoanálisis, las diferentes tendencias en torno a la educa- ción y la pedagogía. También ha despertado la atención de movimien- tos sindicales y políticos, en relación al papel del estado, la seguridad y la libertad, los gobiernos en relación a los gobernados, en tanto que las diferentes ideologías subyacentes en los cuerpos sociales1 intentan dar cuenta de estas cuestiones.

En nuestro siglo XX se han proyectado en avalancha textos donde cir- culan interpretaciones, información verdadera o falsa, dado lo tenden- cioso siempre presente, versiones y opiniones para esclarecer lo que desde siglos atrás ha despertado el interés de muchos.

Lo colectivo ¿puede incluir al individuo? Y la masa, ¿es toda aglome- ración de personas que se encuentran compartiendo un objetivo común, tiene que ver con el número, es una multitud sinónimo de masa, es un líder quien la define?

Freud nos compromete en la situación de tener que encarar estos fenó- menos, cuando afirma que ―los fenómenos de dependencia de la masa, del objeto puesto en el lugar del ideal, forman parte de la constitución normal de la sociedad humana‖.

Expresa la idea de que el líder de la horda deja de existir como tal, permanece en ausencia simbolizado en la cohesión fraterna, la respon-

1 Freud, Sigmund, ―Psicología de las masas y análisis del yo‖, en Obras Completas, T. XVIII, Buenos Aires, Amorrortu, 2001.

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sabilidad colectiva y la añoranza del padre. Un líder se convierte así en una abstracción en cada uno de los sujetos, que necesitan para su per- manencia la colectivización de esta simbolización. La aparición de un líder con poder para dirigir una masa se hará posible por esta anteriori- dad que se ha subjetivado.

―Surgió una tendencia a resucitar el antiguo ideal del padre, elevando a la categoría de dioses, hombres que se habían revelado superiores‖.2

Siguiendo a Robertson Smith, dice que sólo el grupo puede matar en sacrificio al animal doméstico, siendo esto prohibido al individuo aisla- do, poniendo ya en juego lo que desarrollará más tarde en ―Psicología de las masas…‖ ―Sabemos que la absorción del tótem santifica a los miembros de la tribu y refuerza la identidad de cada uno de ellos con los demás y de todos con el tótem mismo‖.3

Reúne en este texto religión, moral y sociedad. Esta última queda fun- dada en la responsabilidad colectiva del crimen, la religión contará para su expansión con la culpabilidad derivada del crimen, la moral, en el mismo sentido, trabajará con la expiación y sobre las nuevas necesi- dades que van surgiendo en la sociedad.

Nos toca el trabajo de pensar acerca de esta masificación que Freud adjudica a la constitución normal de las sociedades humanas. En la historia reciente, hemos podido identificar fácilmente líderes de masas que cumplían su cometido de forma inequívoca, hasta el punto de haberse conseguido desviar una interrogación acerca de la función que han tenido estas masas y de su responsabilidad en los movimientos que han suscitado, ya que ésta le ha sido atribuida al líder de manera unila- teral. Con lo cual es posible mantener dos efectos en actividad: por un lado, continúa la entronización del líder, a veces post-mortem, loco, iluminado y/ o perverso, es el elemento sin el cual la historia sería dife- rente; pero más importante aún, dificulta el cuestionamiento del formi- dable peso de las masas que han producido y mantenido al conductor. Entre las diferentes tentativas que Freud plantea en su trabajo, dice de la necesidad de establecer la distinción entre masas con conductor o sin él, y si éste puede ser ―sustituido por una idea, algo abstracto, respecto de lo cual las masas religiosas, con su jefatura invisible, constituirían la

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Freud, Sigmund, ―Totem y tabú‖ en Obras Completas, vol. II Madrid, Biblioteca Nueva, 1948.

3 Ibid.

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transición; si ese sustituto podría ser proporcionado por una tendencia compartida, un deseo del que una multitud pudiera participar‖.4

Anticipa también que otros lazos podrían reemplazar al religioso como medio de unión entre miembros de una masa, nombra los derivados de distintas concepciones científicas que tendrían el mismo poder.

Es difícil identificar, salvo de manera parcial y contingente, lo que pre- side una reorganización de la vida social bajo modalidades de comuni- cación masiva. Los medios a través de los cuales circulan, periódicos, difusión radial y televisiva, internet, transmiten los hechos ocurridos, anticipan lo que está por venir, predicciones, opiniones e interpretacio- nes se superponen para dar cuenta y ordenar las vidas cotidianas. Sin embargo, advertimos que estos medios tienen como referencia el dis- curso científico, emanado de saberes que se sostienen en enunciados irrefutables, huérfanos de sujeto que los enuncie aunque aparezcan aquí y allí nombres propios para avalarlos.

El paradigma puede constituirlo la medicina a través de instituciones que tienen a su cargo el estudio, la programación y la ejecución de pla- nes que regulan la salud comunitaria. La exhortación de la OMS en 1978, ―salud para todos‖, hace de la actividad médica una prestación de servicios para consumidores, sin que se note, ni se haga notar, que im- plica una delegación de la salud, por lo tanto de la vida de cada uno, en quienes arbitran las leyes que la presidirán; el ―para todos‖, un llamado a la igualdad en los beneficios, deja velada la sustitución del cada uno por el todo. El aumento incesante de la complejidad tecnológica, la intrusión del poder político y económico para normativizar se revela en las campañas de prevención, cada vez más invasoras, en el intento de medicalizar todos los aspectos de la vida, aun los que no revistan en la esfera de la patología. El derecho a la salud parece así responder a una demanda social de bienestar generalizado, constituyendo una promesa que excede el campo de la salud y la enfermedad. Quizá más que exce- derlo, va construyendo una red donde se mezclan ausencia de enferme- dad con salud, el malestar producido por la cultura con el desasimiento de cualquier posición subjetiva, la indiscriminación entre la vida de los sujetos y las condiciones económicas y sociales.

De esta red hay antecedentes ilustres: en 1942, una publicación del Instituto Alemán de Paris, llamada Estado y salud, recoge intervencio- nes de prestigiosos especialistas alemanes en salud y eugenesia. ―Nos

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estamos aproximando a una síntesis lógica de la biología y la economía. La política tendrá que estar en condiciones de realizar de manera cada vez más precisa esta síntesis, que hoy apenas está en los inicios, pero que permite ya reconocer, como un hecho ineluctable, la interdepen- dencia de estas dos fuerzas (…) Si el economista y el comerciante son responsables de la economía de los valores materiales, el médico es responsable de la economía y de los valores humanos (…) Es indispen- sable que el médico colabore en una economía humana racionalizada, que ve en el nivel de la salud del pueblo la condición del rendimiento económico (…) Las oscilaciones de la sustancia biológica y las del balance material son, en general, paralelas‖. 5

Retomando la posibilidad planteada por Freud, de masas sin conductor identificable, podemos mencionar el accionar de los medios que sirven para comunicar, cuyo objetivo incluye el de facilitar también el de co- municarse (redes de internet). Estos producen una ilusión suficiente de paridad y entendimiento, a través de polémicas ―bipolares‖, así como una ilusión de independencia y autonomía, pues no hay amo a la vista. El lugar del conductor es ocupado por una ideología de consenso sin complejidad, unida a la realidad.

Kertész define la moral colectiva como ―ese consenso específicamente húngaro que se desarrolló aquí bajo el signo de la supervivencia y que se basaba fundamentalmente en la ‗aceptación de la realidad‘, por así decirlo‖. 6

No obstante, no parece una tarea de fácil ejecución, y suenan alarmas al compás de los avances del progreso, sobre todo basado en tecnologías que amplían paulatinamente el campo del conocimiento, orientado por el discurso emanado de la ciencia que encuentra cada vez menos obstá- culos para borrar la brecha que separa las impotencias contingentes de lo imposible.

En este sentido, Lacan traza un mapa donde considera el problema de las relaciones en el sujeto de la palabra y el lenguaje, planteando tres paradojas: en la locura, en las neurosis a través del síntoma, la inhibi- ción y la angustia -campo psicoanalítico- y en la enajenación del sujeto de la civilización científica.

5 Vershuer, O., État et Santé, Cahiers de l‘Institut allemand. Paris, 1942. Citado por Agamben, Giorgio en Homo Sacer, El Poder soberano y la nuda vida. España, Pre- Textos, 1998.

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―La tercera paradoja de la relación del lenguaje con la palabra es la del sujeto que pierde su sentido en las objetivaciones del discurso. Por me- tafísica que parezca su definición, no podemos desconocer su presencia en el primer plano de nuestra experiencia. Pues es ésta la enajenación más profunda del sujeto de la civilización científica y es ella la que encontramos en primer lugar cuando el sujeto empieza a hablarnos de él: por eso, para resolverla enteramente, el análisis debería ser llevado hasta el término de la sabiduría (…) Pero una salida se ofrece al sujeto para la resolución de este callejón sin salida donde delira su discurso. La comunicación puede establecerse para él válidamente en la obra común de la ciencia y en los empleos que ella gobierna en la civiliza- ción universal; esta comunicación será efectiva en el interior de la enorme objetivación constituida por esa ciencia, y le permitirá olvidar su subjetividad. Colaborará eficazmente en la obra común en su traba- jo cotidiano y llenará sus ocios con todos los atractivos de una cultura profusa que, desde la novela policial hasta las memorias históricas, desde las conferencias educativas hasta la ortopedia de las relaciones de grupo, le dará ocasión de olvidar su existencia y su muerte, al mismo tiempo que de desconocer en una falsa comunicación el sentido particu- lar de su vida […] No quiere decirse sin embargo que nuestra cultura se desarrolle entre tinieblas exteriores a la subjetividad creadora. Ésta, por el contrario, no ha cesado de militar en ella para renovar el poder nun- ca agostado de los símbolos en el intercambio humano que los saca a luz. Señalar el pequeño número de sujetos que soportan esta creación sería ceder a una perspectiva romántica confrontando lo que no tiene equivalente. El hecho es que esta subjetividad, en cualquier dominio donde aparezca, matemática, política, religiosa, incluso publicitaria, sigue animando en su conjunto el movimiento humano‖. 7

Michel Foucault establece y retoma algunos conceptos con los cuales es posible abordar el problema de la masificación en épocas actuales y del pasado próximo. Aunque él parte de un pasaje del siglo XVII al XVIII, lo constata hasta nuestros días.

―Si se puede denominar ‗biohistoria‘ a las presiones mediante las cua- les los movimientos de la vida y los procesos de la historia se interfie- ren mutuamente, habría que hablar de ‗biopolítica‘ para designar lo que hace entrar a la vida y sus mecanismos en el dominio de los cálculos

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Lacan, Jacques, ―Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis‖ en

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explícitos y convierte al poder-saber en un agente de transformación de la vida humana; esto no significa que la vida haya sido exhaustivamente integrada a técnicas que la dominen o administren: escapa de ellas sin cesar […] Pero lo que se podría llamar ‗umbral de modernidad biológi- ca‘ de una sociedad se sitúa en el momento en que la especie entra co- mo apuesta del juego en sus propias estrategias políticas. Durante mile- nios el hombre siguió siendo lo que era para Aristóteles: un animal viviente y además capaz de una existencia política; el hombre moderno es un animal en cuya política está puesta en entredicho su vida de ser viviente. El poder que se manifestaba en el poder de dar muerte (poder soberano) se desplaza hacia un poder dedicado a cuidar la vida, en el sentido de que esta vida se ha investido como un bien social que habrá que administrar y regular‖.8

Así como Kertész al definir la moral colectiva habla de consenso, se nos plantea la pregunta de cómo puede ocurrir este consenso, al menos con respecto a la aquiescencia con que el medio social recibe las pro- puestas (pues nadie está obligado) emanadas de los poderes institucio- nales, pero también provenientes del ámbito privado. Esta aceptación del criterio de que la nuda vida, la vida biológica, expresada en salud, alargamiento de la vida, modalidades del goce sexual, crianza de los hijos, legalidad de las alianzas, etc., forma y debe formar parte del esta- tuto político de los sujetos; quizá deberíamos decir mejor, va constitu- yendo su único estatuto político.

Si la aceptación de tales propuestas no puede justificarse por una fuerza de ley, lo que reflejan es esa retirada del sujeto ―por la enorme objeti- vación constituida por esa ciencia que le permitirá olvidar su subjetivi- dad‖.

La diferencia a abordar: ―la vida de ser viviente‖ que según Freud y Lacan incluye la vida de otros, a partir del lenguaje donde el sujeto se inscribe y hace que su palabra sea requerida para dar cuenta de un mo- do u otro de su existencia, para protagonizar su singularidad en el lazo social que se establece entre él y los otros; y esa vida tomada en la red de la masificación ineludible cuando es tratada como un cuerpo múlti- ple, unificado por pertenecer a la misma especie biológica. Esto requie- re estudios globalizados, proyección en el tiempo para anticipar efectos, de ahí el poderoso recurso a la estadística y todos los medios necesarios para la regulación y la homeostasis para todos. También se hace nece-

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Foucault, Michel, ―La voluntad de saber‖ en Historia de la sexualidad 1, Buenos Aires, Siglo veintiuno, 2003.

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sario, discurso científico mediante, una convocatoria alrededor de los beneficios, nutrida por una carrera hacia el saber, pues la promesa de bienestar está unida a la de un saber creciente acerca de la normalidad o anormalidad de conductas en lo físico y en lo psíquico, a través de cla- sificaciones y jerarquizaciones. La medicina juega aquí un papel prin- cipal, no sólo por su adscripción en el registro del saber científico sino porque desde siempre es contemplada como la disciplina que logra un saber y un saber hacer con el cuerpo. Sin embargo, tomado este meca- nismo como uno más de los utilizados socialmente para regular y pro- cesar el goce, notamos que, tratándose de un goce desconocido implan- tado en la estructura, posiblemente, además de fracasar en la regulación buscada, podemos esperar que dé paso libre a otros goces, desconoci- dos aunque legitimados por formar parte del esfuerzo por el bienestar social. Las acciones médicas para invadir todo el campo de la vida de los sujetos, y también la muerte, son bastante esclarecedoras.

El psicoanálisis no es el primero en tomar en cuenta el goce, pero sí el que le da un lugar en la estructura; no supone un conocimiento del goce sino la posibilidad de precisar su función en el psiquismo y en sus efec- tos más allá de un sujeto singular.

Lacan precisa el punto de pérdida de goce como el único por donde hay algún acceso a él. Esto ligado a la articulación de los significantes en la medida en que ubica el goce en la entrada en juego del significante, pues introduce una distancia entre goce y cuerpo.9

Consideramos esta distancia como el campo propio que el psicoanálisis formaliza, donde el principio del placer participa en su condición de regulador del psiquismo. A partir del significante, el acceso al goce se singulariza en un discurso que puede hacer lazo social. El principio del placer, principio de homeostasis que limita el goce pues responde a un movimiento del organismo de protección de los sistemas vitales para resguardar el mantenimiento de una tensión en equilibrio, muestra en su esfuerzo por la regulación que claramente puede ser desbordado por las fuerzas que controla.

Los poderes sociales que se dirigen a un ―para todos‖ y cuyo punto de partida es, necesariamente, un saber ya establecido, no pueden por su misma estructura hacer un llamado al discurso singular ni a ninguna subjetividad.

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Lacan, Jacques, ―L‘Envers de la psychanalyse‖ en Le Séminaire, livre XVII. Paris, du Seuil, 1991.

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La respuesta que podrán suscitar contará entonces con una tendencia a jerarquizar el principio del placer, haciendo de esta homeostasis el ins- trumento por excelencia de la vida segura, si hay consenso en los suje- tos sensibles a esta demanda de homogeneización de los criterios para encarar lo que surge permanentemente como conflictos, malestares, desequilibrios en la vida comunitaria que tiene efectos sobre las vidas singulares. El difundido estado de bienestar viene a rodear ampliamen- te, como consecución en unos casos y en otros como anhelo, este priori- tario y casi no discutido objetivo, aunque sí suelen ser objeto de debate los medios para cumplirlo.

En el comienzo de su trabajo sobre pulsión de muerte, dice Freud: ―En la teoría psicoanalítica adoptamos sin reservas el supuesto de que el decurso de los procesos anímicos es regulado automáticamente por el principio del placer‖. En el transcurso del mismo trabajo: ―Y puesto que hemos discernido como la tendencia dominante de la vida anímica y quizá de la vida nerviosa en general, la de rebajar, mantener constan- te, suprimir la tensión interna de estímulo (el principio de Nirvana, según la terminología de Bárbara Low), de lo cual es expresión el prin-

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