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Psicología de las masas
Año 10 Número 12
Edición CPN
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Armado y corrección: CPN
Propietario Editorial CPN Centro Psicoanalítico del Norte Alvarez Thomas 684. CP: 1427. Ciudad de Buenos Aires
República Argentina
E-mail: [email protected] ISSN 1515-338X
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Comité de Redacción Dirección: Jaime Yospe
Lidia Alazraqui Nélida Halfon Elsa Labos Guillermo Izaguirre Roberto Pinciroli Año 10 Número 12 Diciembre de 2009
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Índice
El poder del escíbalo. Jaime Yospe. 7
¿Psicología de las masas?
Tiempos y efectos de la colectivización. Nélida Halfon. 17
Notas sobre masa y creencia. Roberto Pinciroli. 33
Acerca de la regulación del goce en lo social. Elsa Labos. 53
Crímenes contra la humanidad
¿Es posible una contribución penal eficaz a la prevención de los
crímenes contra la humanidad? E. Raúl Zaffaroni. 79
¿Qué es una masa?
La masa, una erótica de lo social
(Conjunción del objeto a con el Ideal del yo). Jaime Yospe. 113
Si la psicología es de las masas
el psicoanálisis es social. Guillermo Izaguirre. 131
Modernidad y masificación. Lidia Alazraqui. 147
Glossarium
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Biblioteca
Presentación y comentario. Roberto Pinciroli. 173
La palabra. André Martinet. 175
Comentarios de textos
A propósito de Escrituras del síntoma en Jacques Lacan
Introducción a la teoría del comentario. Jaime Yospe. 195
Genocidio, monoteísmo y escritura. Ensayos psicoanalíticos.
de Jaime Yospe. Guillermo Izaguirre. 209
Volver a los textos de Freud
de Ilse Gubrich-Simitis. Alejandro Maritano. 213
Nuestro lado oscuro – Una historia de los perversos
de Élisabeth Roudinesco. Laura Sujoluzky. 217
El matadero
de Esteban Echeverría. Ignacio Izaguirre. 223
El poder del escíbalo
Jaime Yospe
Hemos emplazado en este número el tema ―Psicología de las masas‖, cuyo abordaje psicoanalítico no excluye la incidencia de lo político, de lo social, de lo jurídico, de lo religioso y aún de lo popular tal como se despliega en los distintos textos que conforman esta entrega. El psicoanálisis, la psicología, la sociología, la teoría del derecho, la teoría política, la estadística social, el periodismo, la comunicación, cada cual a su manera, intentan captar algo de este fenómeno y articu-larlo en su teoría. El supuesto saber de cada una de las disciplinas antedichas no alcanza para abordar el fenómeno en su conjunto. El trasfondo de la cuestión, en la sociedad moderna, deberá ser abor-dado fundamentalmente a través del estudio de las técnicas de mani-pulación de los sujetos y de los pueblos para la conformación de ma-sas.La percepción, los pensamientos y las actitudes en general constituyen el objeto donde la ciencia y la manipulación mediática implantan sus textos para modelar, inscribir y regular el saber popular. La gran tecni-ficación que ha adquirido esta mecánica, lo masivo y lo ineludible de la misma, han devenido en lo que podría designarse como ―ciencia de la creación de opinión pública‖
Al respecto dice Noam Chomsky: ―la primera operación moderna de propaganda llevada a cabo por un gobierno ocurrió bajo el mandato de Woodrow Wilson… que había decidido que el país tomaría parte en la Primera Guerra Mundial. Había que inducir en la sociedad la idea de la obligación de participar en la guerra. Y se creó una comisión de propaganda gubernamental… que, en seis meses, logró convertir una población pacífica en otra histérica y belicista que quería ir a la guerra y destruir todo lo que oliera a alemán, despedazar a todos los alema-nes, y salvar así al mundo. Se alcanzó un éxito extraordinario que conduciría a otro mayor todavía: precisamente en aquella época y después de la guerra se utilizaron las mismas técnicas para avivar lo que se conocía como Miedo rojo. Ello permitió la destrucción de sin-dicatos y la eliminación de problemas tan peligrosos como la libertad de prensa o de pensamiento político. El poder financiero y empresarial y los medios de comunicación fomentaron y prestaron un gran apoyo a esta operación, de la que, a su vez, obtuvieron todo tipo de prove-chos… Entre los que participaron activa y entusiastamente en la gue-rra de Wilson estaban los intelectuales progresistas… Éstos se mos-traban muy orgullosos, como se deduce al leer sus escritos de la épo-ca, por haber demostrado que lo que ellos llamaban los miembros más
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inteligentes de la comunidad, es decir, ellos mismos, eran capaces de convencer a una población reticente de que había que ir a una guerra mediante el sistema de aterrorizarla y suscitar en ella un fanatismo patriotero. Los medios utilizados fueron muy amplios. Por ejemplo, se fabricaron montones de atrocidades supuestamente cometidas por los alemanes, en las que se incluían niños belgas con los miembros arran-cados y todo tipo de cosas horribles que todavía se pueden leer en los libros de historia, buena parte de lo cual fue inventado por el Ministe-rio británico de propaganda, cuyo auténtico propósito en aquel mo-mento -tal como queda reflejado en sus deliberaciones secretas- era el de dirigir el pensamiento de la mayor parte del mundo. Pero la cues-tión clave era la de controlar el pensamiento de los miembros más inteligentes de la sociedad americana, quienes, a su vez, diseminarían la propaganda que estaba siendo elaborada y llevarían al pacífico país a la histeria propia de los tiempos de guerra. Y funcionó muy bien, al tiempo que nos enseñaba algo importante: cuando la propaganda que dimana del Estado recibe el apoyo de las clases de un nivel cultural elevado y no se permite ninguna desviación en su contenido, el efecto puede ser enorme. Fue una lección para Hitler y muchos otros, y cuya influencia ha llegado a nuestros días‖.
Había que ―fabricar consenso‖ para producir masa mediante técnicas que hicieran aceptar algo inicialmente no deseado.
Continúa Chomsky: ―Lippmann (periodista, importante analista políti-co de aquellos tiempos) respaldó todo esto políti-con una teoría bastante elaborada sobre la democracia progresiva, según la cual en una demo-cracia con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de ciuda-danos. En primer lugar, los ciudadanos que asumen algún papel activo en cuestiones generales relativas al gobierno y la administración. Es la clase especializada, formada por personas que analizan, toman deci-siones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y políticos, y que constituyen, asi-mismo, un porcentaje pequeño de la población total. Por supuesto, todo aquel que ponga en circulación las ideas citadas es parte de este grupo selecto, en el cual se habla primordialmente acerca de qué hacer con aquellos otros, quienes, fuera del grupo pequeño y siendo la ma-yoría de la población, constituyen lo que Lippmann llamaba el rebaño desconcertado: hemos de protegernos de este rebaño desconcertado cuando brama y pisotea. Son espectadores en vez de miembros parti-cipantes de forma activa […] de vez en cuando gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de la clase
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especializada… se les permite decir… queremos que tú seas nuestro líder…‖
Edward Bernays (sobrino de Sigmund Freud) fue el inventor y gestor de las relaciones públicas. Entendió perfectamente las técnicas de manipulación de las masas. Trabajó para grandes corporaciones y para varios presidentes de los Estados Unidos, entre ellos para Woodrow Wilson en la manipulación del público para propiciar su intervención en la Primera Guerra Mundial.
Otros clientes importantes en sus emprendimientos de relaciones públicas (término que acuñó en reemplazo de propaganda) fueron los presidentes Coolidge, Hoover y Eisenhower, así como personajes de la vida pública como Rockefeller, Henry Ford, Edison, Caruso, Nijin-ky, etcétera. Se negó a trabajar para Franco, Hitler o Somoza.
Bernays fue considerado por la revista norteamericana LIFE como una de las cien personalidades más influyentes del siglo, junto a Martin Luther King, Robert Oppenheimer y Albert Einstein. Fue uno de los principales arquitectos de las técnicas modernas de persuación… Su convencimiento nacía de la creencia en que más que vender productos o bienes debía generarse una idea política de persuación desde la pro-pia opinión pública.
Fue el primero en utilizar la teoría de Freud para la manipulación de masas. Enseñó a las corporaciones americanas como se podría hacer para que la gente quisiera cosas que no necesitaba conectando los productos de producción masiva con sus deseos inconscientes. Fue el primer fabricante de objetos de deseo, de sostenes fantasmáticos. A partir de allí emerge una nueva política de control de las masas. La propuesta era: satisfaciendo sus deseos se las torna felices y dóciles. Con él comienza la era del consumismo que llegaría a dominar el mundo moderno.
Por aquel entonces, las ideas de Freud eran suficientemente rechaza-das por la sociedad vienesa. Viena era el centro del poder. Los descu-brimientos freudianos amedrentaban a la aristocracia. Analizar los deseos inconscientes era un ataque al control absoluto de la población. Se temía que el imperio se hiciera añicos al descubrir las subjetivida-des, es decir que en cada sujeto hubiese tendencias peligrosas agresi-vas y sexuales. Dicho de otra manera: el inconsciente era lo peligroso para el imperio.
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El descubrimiento freudiano que resultaba tan desajustado por el ries-go de perder el control sobre el pueblo fue justamente, a la inversa, utilizado por Bernays para construir un ―rebaño desconcertado‖. La propaganda había hecho de Wilson un libertador del pueblo. Su ingreso fue triunfal en París. Un hombre que creaba un mundo nuevo para gente libre, un héroe de masas. Bernays se interrogó: si se podía utilizar la propaganda en tiempos de guerra también se la podría utili-zar en tiempos de paz para manejar multitudes. Consta en sus escritos que se sintió fascinado con los textos de su tío que revelaban cómo las fuerzas internas dominan a las masas y encontró en ello la manera de manipular las mentes, según dice su propia hija. Decía que hay mucho más que lo que se ve a la hora de tomar decisiones, tanto para los in-dividuos como para los grupos. No es la información la que maneja a las masas sino que éstas son conducidas por emociones irracionales. Esto lo colocó en una posición distinta a la de los políticos o empresa-rios de la época que creían que con la información era posible dirigir a las masas. Sus experimentos comenzaron con las clases populares, convenciendo a las mujeres sobre los beneficios del fumar, ofrecién-doles a través del cigarrillo un símbolo fálico de poder masculino y sexual, lo que implicaba la posibilidad de disputarle el poder al hom-bre. Tal experimento lo designó ―antorchas de libertad‖, el lema de la libertad que todos deberían apoyar. ¿Cuál es el símbolo de América? La Estatua de la Libertad con la antorcha en la mano. Se juntaba me-moria, emoción y pulsión en una frase racional. Significaba que un objeto irrelevante podría convertirse en un símbolo poderoso. Se deja-ba de vender un producto a través del intelecto: ―No necesitas un au-tomóvil sino que te vas a sentir mejor con él‖. Se originó la idea de que no se estaba comprando algo sino enganchándose emocionalmen-te a ello. Se transformó la manera en que los americanos pensarían los productos. Los banqueros de Lehman Brothers anunciaban que había que elevar a América de la necesidad al deseo. ―Hay que entrenar a la gente a desear cosas nuevas incluso antes de que las viejas se estrope-en‖ Los deseos deberían superar a las necesidades y con ello se crearía una nueva mentalidad americana. Ésta fue la teoría que Bernays llevó a la práctica, con la que creó un nuevo sistema de consumición masi-va.
En el año 1927, los periódicos publicaban: ―Nuestra democracia ha sufrido un cambio y se llama consumismo. ―El principal deber de un americano no es ser ciudadano sino consumir‖ Así se creó el boom de la bolsa. Bernays obtuvo de Freud, su tío, el contrato para publicar por
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primera vez su obra en Estados Unidos. Fue el agente de Freud. Lo creó, lo hizo aceptable y luego rentable sin evitar que, al igual que en Europa, se temiera que la emergencia de lo inconsciente pudiera des-truir gobiernos como había ocurrido, suponían, en Rusia. Se hacía necesario repensar la democracia al descubrir que la toma de decisio-nes no era solo racional. Era imperioso que la elite se ocupara del rebaño despistado, expresión de aquello que se mueve por debajo de la civilización. Bernays sostenía que el único control consistía en poder estimular el deseo mediante la creación de productos con los que se gobernarían sus instintos al ligarlos a ellos. A esto lo llamó ―ingeniería del consentimiento‖: ―apelando a los deseos e inquietudes se podrá pulsar lo más profundo de la gente y llevarlos hacia donde uno quiera‖ Uno de sus clientes, el presidente Hoover, pregonaba ―Tenéis el deber de crear el deseo y transformar a la gente en máquinas de felicidad en constante movimiento, máquinas claves para el progreso económico.‖ A partir de los años veinte emergió lo que Bernays consideraba el motor de la docilidad humana: la satisfacción del yo, que hacía que funcionara la economía y la felicidad.
El efecto del crack de los años treinta fue el hundimiento del mercado. La catástrofe de Wall Street repercutió en Europa. Hitler afirmaba por entonces que hasta que no hubiera un solo partido no habría Alemania. Los nazis estaban convencidos de que la democracia era peligrosa porque liberaba el egoísmo humano y se tornaba incontrolable. ―Los partidos democráticos habían prometido un cielo en la tierra: seis mi-llones de desempleados era la resultante de esa promesa.‖ En marzo de 1933 los nazis ganaron las elecciones e iniciaron el proceso de una sociedad controlada. Se nacionalizaron las empresas, el plan de pro-ducción pasó a ser estatal porque el mercado libre era inestable y hab-ía producido el crack en USA. El tiempo de ocio del obrero fue plani-ficado por el Estado. Se creó una organización llamada ―la fuerza a través de la felicidad‖, su eslogan era ―servicio, no egoísmo‖.
Fue la alternativa a la democracia a través de la cual se controlarían los deseos y los sentimientos de la masa. El jefe de este proyecto era Josef Goebels, ministro de propaganda. ―Puede ser una buena idea sostener el poder mediante las pistolas, pero es mejor si ganamos el corazón de la nación y tener su afecto‖. (Los discursos de Perón no distan mucho de estos pronunciamientos). Sostenía que las grandes manifestaciones unificaban pensamientos y deseos. Uno de sus inspi-radores, según consta, fue Bernays. La dogmática nazi consistía en la
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entrega de la agresión al líder para liberarse de ella y así constituirse en masa. Ahí se jugaba el amor en tanto que el odio era delegado a fuerzas externas.
Según relata la hija de Bernays, su padre manipuló a la gente con el eslogan de que capitalismo y democracia viven uno del otro, sólo el consumismo salvaría al hombre al sostener el libre mercado y por lo tanto el capitalismo. La clave del control de la masa en una democra-cia era tratar a la gente no como ciudadanos sino como consumidores pasivos. La gente no manda, no participa en la toma de decisiones y la democracia se establece en cuanto la ciudadanía activa se torna con-sumidor pasivo gobernado por pulsiones y deseos inconscientes. Es de considerar que la ciencia y la técnica con sus producciones fue-ron dirigidas hacia la obturación y cercado del sujeto, limitando su movilidad. Desde esta perspectiva se podría leer el término lacaniano de ―psicosis social‖ debido a que el consumidor pasivo abandona el lazo social, el discurso, desubjetivándose para abalanzarse, mediado por los espejos de felicidad, sobre el cúmulo de sobras y basura que caracterizan a la producción en la modernidad. Como aquellas tiendas extendidas hoy en occidente donde se venden objetos que no sirven para nada (no hace mucho eran conocidos como negocios que vendían ―todo por dos pesos‖) producidos por mano de obra esclava en el su-deste asiático. China, Taiwán y Corea se han constituído en las bocas de expendio de los escíbalos más apetecibles de occidente.
De esta manera, los sujetos, a través del consumo, se atomizan y auto-segregan. El sujeto se torna espectador pasivo, se masifica en soledad. La masa moderna no es necesariamente aquella cuyo teatro de opera-ciones es la calle o la plaza. No es mayormente la que hace huelgas o piquetes. Ya no sobresalen el ejército y la iglesia como prototipos de la masa artificial. Actualmente, el dominio de voluntades acaece más sobriamente.
El sujeto es ―telemasificado‖ o ―facebookeado‖ con un costo empresa-rial mucho menor y con un efecto más profundo y eficaz, dado que para ello se le facilita la exclusión del movimiento que otrora consti- tuía el elemento imprescindile para que los sujetos se fundieran entre sí: era en cuerpo presente.
El sujeto ante el televisor da por sentado que lo expuesto es todo lo que existe afuera. Nunca estará en condiciones de averiguar si real-mente está loco o simplereal-mente se da todo por bueno.
El rebaño desconcertado es un problema. Hay que evitar que brame y pisotee. Será cuestión de que se les saque del sopor y se les convoque
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a corear eslóganes sin sentido dictados por los medios. Hay que hacer que conserven un miedo permanente, (el amarillismo televisivo y de los periódicos) porque, a menos que estén debidamente atemorizados por todos los posibles males que pueden destruirlos, desde dentro o desde fuera, podrían empezar a pensar por sí mismos. Masificado en soledad, el sujeto no encuentra la manera de vincularse con otros, de constituir lazos sociales para compartir algún parecer que le pueda transmitir la ayuda necesaria para articularlo. De este modo, acaba permaneciendo al margen, sin prestar atención a lo que ocurre. Acaso llegue a sentirse una rareza en un mar de normalidad.
Falsificando la historia, la imagen oficial será una e inequívoca; si tiene el control de los medios de comunicación, del sistema educativo y de la intelectualidad, podrá producir el efecto político deseado. El cuadro del mundo que se presenta al sujeto tendrá a la verdad ente-rrada bajo montañas de mentiras.
En los estados totalitarios todo se hace por la fuerza. En las sociedades occidentales esos logros son conseguidos sin violar la libertad.
Dice Chomsky que en los años treinta Hitler difundió entre los alema-nes el miedo a los judíos y a los gitanos: había que machacarles como forma de autodefensa. Pero nosotros también tenemos nuestros méto-dos. A lo largo de la última década, cada año o a lo sumo cada dos, se fabrica algún monstruo de primera línea del que hay que defenderse. Antes los que estaban más a mano eran los rusos, de modo que había que estar siempre a punto de protegerse de ellos. Pero, por desgracia, han perdido atractivo como enemigo, y cada vez resulta más difícil utilizarlos como tal, de modo que hay que hacer que aparezcan otros de nueva estampa: los terroristas internacionales, los narcotraficantes, los locos caudillos árabes... Los dueños del terror los han ―producido‖ uno tras otro, aterrorizando a la población, de forma que ha acabado muerta de miedo y apoyando cualquier iniciativa del poder.
En una sociedad de totalitarismo autoimpuesto, el rebaño desconcer-tado se encuentra marginado, dirigido, amedrendesconcer-tado, sometido a la repetición de eslóganes e imbuido de un temor reverencial hacia el líder que le salva de la destrucción, sea éste un sujeto o una idea En las masas modernas totalitarias regidas por el ideal, los sujetos conceden el vacío para el goce del amo, Otro social que se alimenta y sostiene en el sacrificio masoquista del sujeto que, feminizado, aspira a develar el misterio del sexo y de la muerte, enigma que lo ha hecho
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vivir y del cual querrá desembarazarse para acceder a la eternidad aún a costa de la vida.
Estados Unidos, la nación que dio carta de ciudadanía al consumismo, cuenta con que, en la actualidad, el 5% de la población está presa, un 10% son desheredados, el 40% no vota... Cincuenta millones de ciu-dadanos carecen de obra social o de servicio de salud, pero van a de-fender la democracia en Afghanistán, Irak, etcétera
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Tiempos y efectos de la colectivización
Nélida Halfon
El síntoma, formación del inconsciente, es deudor de la represión, por ende de la prohibición, por ende de la ley, es decir que lo social está en el corazón mismo de su constitución. Con el término ―social‖ me refiero al establecimiento del lazo, del discurso, de los encuentros, es decir a los modos de relación posibles con los otros miembros de la comunidad humana.Nadie que se haya aproximado de algún modo al psicoanálisis dudaría de que el síntoma conlleve una forma de práctica sexual, práctica que goza a través de una satisfacción pulsional sustitutiva que se desplaza de múltiples maneras para enmascararse y así conseguir ser admitida socialmente. Como señala el dicho, ―lo que no entra por la puerta lo hace por la ventana‖. El síntoma introduce por la ventana lo que la censura no deja pasar legítimamente. Es decir que no hay manera de prescindir de él de un modo que sea absoluto. El encuentro con lo sexual no es ajeno a lo social, aun cuando se trate de su realización por medio de una fantasía de índole onanista.
Quien no haya ingresado en algún grupo, por mínimo que sea, comen-zando por el núcleo familiar, no cuenta con los medios como para establecer diferencias entre lo propio y lo ajeno, elemento sustancial para poder relacionarse con los otros.
Apelo a esta intersección entre el síntoma y lo social o colectivo para introducir el tema que quiero plantear, y así poder contemplar en par-ticular dos momentos de corte en el desarrollo que permiten que se produzca un salto cualitativo en el modo en que el sujeto se posiciona en cuanto a su relación con estas instancias.
Lo que me interesa destacar –en realidad es el eje de este trabajo– es cuán necesario se torna el pasaje por lo colectivo para poder diferen-ciarse de él, para poder sustraerse como ―uno‖.
Los cortes que más y mejor muestran este movimiento son el viraje yoico de lo especular a lo social en el primer cotejo imaginario y la toma de posición sexuada luego de la pubertad.
Menciono dos cortes que en realidad son tres y que se corresponden respectivamente con el pasaje por el estadio del espejo, el trabajo so-bre la castración en el complejo de Edipo y la adscripción a alguna posición sexuada con la concreción del acto que la involucra, luego de la pubertad.
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El estadio del espejo transcurre en un tiempo inaugural que requiere de la oferta de un alojamiento simbólico que haga posible su operato-ria, en tanto que la elección que está en juego en la juventud repite el pasaje por la castración tramitada en el complejo de Edipo, y vuelve a situar el síntoma que a su alrededor se forjó. Éste es otro orden para ubicar las operaciones antedichas y señalar el efecto de la repetición actuante.
Paso a considerar el primero y el tercero de estos ordenadores, que aparecen más directamente vinculados con el tema, dando por descon-tada la importancia nodal del tiempo del Edipo.
El llamado estadio del espejo, primer trabajo psíquico ubicado por Lacan entre los 6 y los 18 meses de vida del infans, es ―formador de la función del je‖, tal como consta en el título del escrito en que nos lo presenta.1 Este yo-je es el que permite la presentación del sujeto en el acto de hablar.2 No funciona solo. Sus pares gramaticales iniciales son el tú y el él. Su par del estadio del espejo es el yo-moi, que tiene a su cargo el cotejo de la imagen, con la subsiguiente formación de la uni-dad corporal, lo que posibilitará ―el viraje del yo especular al yo so-cial‖.3
Este momento acontece muy tempranamente, es inicial en varios sen-tidos. Hay una primera asunción de la imagen gracias a una matriz simbólica localizable en el Otro como lugar necesario para la opera-ción que posibilita la identificaopera-ción especular que en ese tiempo se produce, así como la relación con el lenguaje que lo convertirá en parlêtre, es decir hablante.
El reconocimiento por parte del niño de su imagen en el espejo se ve acompañado por diversas manifestaciones lúdicas y gestos de júbilo, que expresan lo que suscita su naciente relación con el medio ambien-te, con su cuerpo, con las personas y los objetos que lo rodean. Para Lacan, este hecho revela un dinamismo libidinal presente ya en el
1
Lacan, Jacques, ―El estadio del espejo como formador de la función del yo tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica‖, 1949 (1936), en Lectura
estructuralis-ta de Freud. México,Siglo veintiuno, 1971, pp. 11/18. 2
En francés existen dos términos para referirse al yo, distinción que el castellano no posee. Son, el je que localiza el pronombre personal en primera persona del singular, elemento esencial para la posibilidad de hablar, y el moi, que nos remite al campo de la relación narcisista: yo / otro.
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infans y una estructura ontológica del mundo humano que se rige des-de el inicio por el conocimiento paranoico.
El pasaje por este estadio puede ser considerado como el de una iden-tificación porque implica la plena asunción de la imagen que en ese tiempo se produce, y también manifiesta la matriz simbólica que sos-tendrá las identificaciones secundarias. Lo escribe así: ―… matriz simbólica en la que el yo formal (je) se precipita en una forma pri-mordial, antes de objetivarse en la dialéctica de la identificación con el otro y antes de que el lenguaje le restituya en lo universal su función de sujeto.‖ Pero también destaca la importancia del hecho de que esta identificación de la imagen ―sitúa la instancia del yo sustantivo (moi), aun desde antes de su determinación social, en una línea de ficción, irreductible para siempre por el individuo solo…‖4
En esta cita queda clara la distinción entre los dos planos del yo: je y moi. Por un lado, la entrada en el lenguaje sitúa su condición de sujeto en tanto tal; pero además, la identificación especular precisa que dicha condición de existencia es ―como objeto‖, de entrada y ―entre otros‖, de un modo inexorable.
Esta irreductibilidad marcará la característica de la relación entre el individuo y su realidad. Algún cotejo será necesario. Esta discordancia primordial queda vinculada con la prematuración del nacimiento en el hombre. La Gestalt inicial asienta su convivencia con la fragmenta-ción corporal que le sirve de cotejo; la prematurafragmenta-ción provee el rasgo de desamparo y la fragmentación, el de la fragilidad constitutiva de la unificación yoica.
La dialéctica temporal cobra especial valor en este planteo. ―Este de-sarrollo es vivido como una dialéctica temporal que proyecta decisi-vamente en historia la formación del individuo: el estadio del espejo es un drama cuyo empuje interno se precipita de la insuficiencia a la anticipación…‖5
Entre unidad y fragmentación, entre insuficiencia y anticipación, se alojan cuerpos fragmentados, despedazados, o bien sueños, síntomas esquizoides o histéricos, y también allí hallan su lugar las fortificacio-nes obsesivas.
Revisemos el viraje del yo especular al yo social. El movimiento se dirige, desde el intento de capturar a ése que está en la imagen (―ése soy yo‖) con todos sus objetos (―a los que quiero hacer míos‖), a la
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Ibíd., p. 12. 5 Ibíd., p. 15.
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articulación con ese otro que ―provee conocimiento‖ y puede ser in-cluido como un término más en el discurso: ―yo, tú, él, etc.‖ Este aplastamiento primero acontece en relación con la imagen de un ―yo– otro‖ en un estado de máxima tensión, aunque luego aparece la posibi-lidad de aceptar la fórmula separadora, ―yo y otro‖. Este ―y‖ no es exhaustivamente inclusivo, tiene en su núcleo esa barra separadora inicial, ―–‖, pero sí incluye una afirmación en cuanto a que ese lugar ya ha sido habilitado.
La culminación del estadio deja como producto la ―identificación con la imago del semejante y el drama de los celos primordiales, […] dialéctica que desde entonces liga al yo formal con situaciones so-cialmente elaboradas.‖6
Es con el cuerpo, es con el otro, es con el lenguaje, es con lo social, es con todo lo que en este tiempo se inaugura, que se puede pensar el lugar de alojamiento para lo sintomático.
Este momento inicial de constitución de lo imaginario sobre la base conjunta de real y simbólico (R, S, I) inicia un cotejo entre el sujeto y el otro que continuará de diversos modos a lo largo de la vida de cada cual. Hay momentos en que esta tensión entre alienación y separación se presenta con mayor nitidez, y otros en que sobresalen instancias de corte y de emergencia del deseo en el sujeto. En el empalme de ambas situaciones podremos ubicar la configuración pospuberal.
La salida de la pubertad puede ser tratada por medio de la secuencia temporal que Lacan despliega en el escrito titulado ―El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma.‖7
A partir de este escrito puede realizarse una lectura de la lógica operante en el pasaje por el segundo despertar sexual.
Una aclaración respecto a un término del título del escrito. Se trata del sofisma. El término sofisma8 no indica que estemos ante la presencia de una argumentación verdadera, sino sólo de una argumentación. No se trata de poner a prueba los valores en cuanto a su carácter verdade-ro o falso, sino más bien de conjeturar una respuesta del orden de lo aparente, ya sea que esté en juego la imagen o lo esté el discurso. La
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Ibíd., p. 16. 7
Lacan, Jacques, ―El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma‖, 1945 (1936), en Lectura estructuralista de Freud. México, Siglo veintiuno, 1971, pp. 21/36.
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Ferrater Mora, José, ―Sofisma‖, en Diccionario de Filosofía. Madrid, Alianza, 2ª edición, 1980, t. 4.
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respuesta surge de un recorrido que implica como método la deduc-ción y como fin alguna conclusión que provenga de ese trayecto. Para el ejemplo que da Lacan, se sabe de entrada que la consigna dada a los jugadores está falseada, con lo cual de ningún modo es la verdad ni lo que se espera ni lo que está en juego. Lo que importa es el recorrido y la conclusión a la que éste permite arribar.
La búsqueda de cada uno de los tres jugadores se encauza hacia una afirmación de la propia identidad, surgida del cotejo con los otros dos.9 Cualquier elemento puede servir a los fines de la distinción, la cuestión es que haya alguno, al menos uno, un rasgo podríamos decir, que avale la diferencia y posibilite alguna conclusión.
Este modo de diferenciarse, de tenor exclusivamente lógico en el texto que nos ocupa, sin embargo puede incrustarse en el narcisismo y hacer que la diferencia emergente sea leída como segregación. De tal modo, la diferencia de carácter significante se trocaría en una diferencia que hace signo, es decir que adquiriría el valor de alguna cualidad condu-cente a la adjudicación de identidad. Esa metamorfosis es usada ideo-lógica y políticamente, tal que blancos versus negros, arios versus. judíos, europeos versus indígenas, etcétera, cuando lo que es una dife-rencia de identidad se transforma en una toma de poder por vías diver-sas: castigo, humillación o aprovechamiento.
Volvamos al texto. En ese trayecto lógico, se propone la prevalencia de la estructura temporal por sobre la espacial. Dicha estructura está presentada en tres tiempos separados entre sí por dos escansiones sus-pensivas, por las que cada sujeto manifiesta haber arribado a una con-clusión. Cada suspensión anuncia un corte que promueve una posibili-dad gracias a la cual los tiempos se entraman. Lacan destaca el tenor significante de este avance en cuanto a la identificación buscada.10 Estos tres tiempos son considerados como momentos de evidencia, con valores lógicos diferentes. En ellos también se manifiesta una progresión hacia la respuesta que cada sujeto encuentra respecto de la situación que la requiere.
Nuevamente nos hallamos ante una anticipación. Si el estadio del es-pejo partía de la insuficiencia anticipando una unidad yoica, en este otro caso lo que se anticipa es una certidumbre. ¿En qué consiste di-cha certidumbre? En que, siguiendo el ejemplo que Lacan utiliza para
9
Sugiero ver todo el desarrollo en el texto de referencia. 10
Lacan, Jacques, ―El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma‖, op. cit., pp. 26/7.
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desarrollar esta idea, cada sujeto participante de ese juego debe deter-minar su propia ―cualidad‖, siendo en este caso cuál es el color del redondel que lleva a sus espaldas, cuestión que no es menor pues en ello se juega su libertad, pero para llegar a una conclusión le resulta indispensable considerar el color de los otros jugadores que comparten la situación. O sea que debe encontrar la diferencia partiendo de algún rasgo en común.
Los tiempos obedecen a distintas marcas de identificación. Los tres momentos de la evidencia son:
- El instante de la mirada. Momento de exclusión lógica, precipitación de una imagen que, al quedar fija, apresura una conclusión: ―se sabe que…‖ Esto puede evocar lo que produce el encuentro con la diferen-cia sexual anatómica en la infandiferen-cia.
- El tiempo para comprender. Los sujetos aparecen indefinidos salvo por su reciprocidad. El reconocimiento aparece a través del otro en cuanto tal. Requiere el uso del recurso lógico para poder ordenar los valores en juego.
- El momento para concluir. Es el aserto sobre uno mismo, momento de la emisión del juicio. El je se aísla y adelanta su certidumbre. La-can lo vincula con su nacimiento psicológico, y esto lo deja relaciona-do con el estadio del espejo.
Estos tres tiempos están sujetos a un movimiento tal que habilita la reanudación de cada uno de ellos. No son estáticos. Tienen una diná-mica similar a la del movimiento de apertura y cierre del inconsciente. Estos tiempos ejemplifican, a mi entender, lo que ocurre en la entrada al pleno ejercicio sexual, cuando los cotejos, las certidumbres, las coagulaciones en la imagen son algunas de las variantes que aparecen en esta renovación del modo de relación con el otro y con los otros en su conjunto.
Pensamos a la adolescencia como el tiempo lógico en que se produce la inscripción psíquica de las marcas dejadas por la eclosión de la pubertad; es decir, como la primera repetición en acto (sexual) de la dialéctica edípica.11 Por esa circunstancia, sólo podemos concebir la decisión sexual yendo de la mano de una presentación que no puede ser sino sintomática.
Lo sintomático se presenta en cada joven y también en sus padres. De ambas partes debe haber admisión de la separación en curso. En los
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padres se juega la marca de la repetición de lo acaecido en las genera-ciones precedentes como construcción de la historia familiar. Su orientación ¿propicia la separación o promueve el movimiento contra-rio, por excesiva complacencia, desaprobación o rechazo ante la emergente sexualidad del hijo? Del lado del hijo se pone a prueba la posibilidad de apropiación, cuidado y responsabilidad por su deseo sexual.
La operación de separación puede ser localizada en las transformacio-nes que se producen en la subjetividad a partir del recorrido por las coordenadas témporo-espaciales de las tres instancias de la evidencia lógica: el instante de la mirada, el tiempo para comprender y el mo-mento de concluir.
El instante de la mirada corresponde al primer momento de la eviden-cia, puntual, fugaz, instantáneo, coagulado pero evanescente, donde aparecen el cuerpo propio y el otro, otro cuerpo, otro sexo, siendo el propio también un nuevo cuerpo en principio ajeno que despierta mi-radas y palabras novedosas respecto a la posibilidad de acercamiento, de concreción del acto sexual y del cotejo con el deseo del Otro, en toda su amplitud y en un nuevo registro. Se instalan múltiples reaccio-nes ante esta nueva evidencia: avances, enojos, temores, vergüenza, dietas, vestiduras, consejos, provocaciones, prohibiciones, y todo aquello que pueda reducir esta novedad en sus consecuencias.
El tiempo para comprender sucede al anterior y además le otorga sig-nificación, es decir que aparecen los modos de inscripción de ese nue-vo cuerpo, su aceptación o rechazo, para el sexo, para la maternidad, para la paternidad. Es el momento de colectivización, de la masifica-ción, de la envoltura tranquilizadora de los grupos de pares en los que toda diferencia puede ser soslayada a partir de la reciprocidad de sus relaciones. El grupo de la infancia se vuelve a actualizar, lo social invita a una nueva ronda. La identidad adquiere su garantía en esa reciprocidad. Sin embargo, es éste el momento propicio para que, descontándose del conjunto, aparezca la singular ubicación respecto del deseo, lo que a través de sus manifestaciones se presenta como uno de los modos en que comienza a enunciarse la diferencia.
El momento de concluir sobre lo anterior, sobre la comprensión que recaló en la mirada, implica alguna certeza que irrumpe en la indeter-minación anterior. Se produce la recuperación de la subjetividad que arrastra consigo la decantación de la posición sexuada, de su singular
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inserción en el campo social, nombres varios para decir acerca del desasimiento parental.
Son tres tiempos que van rotando y se suceden una y otra vez, cobran-do significación uno a partir del otro, determináncobran-dose y siencobran-do deter-minados, el uno por el otro, vez a vez, bajo el modo de la repetición y el efecto de la represión.
Lo que parece insoslayable es que sólo se puede arribar a la singulari-dad luego de estar inmerso en el campo de lo colectivo: llámese len-guaje, familia, pares, o de cualquier modo que se quiera nombrar lo que reúne a lo humano en sus características comunes, esto es, en su invento de vivir en sociedad.
Una distinción como la acá efectuada sólo está al servicio de poder aproximarnos a estos diversos momentos con los que nos encontramos para extraer de ellos sus rasgos más notables.
Para concluir con esta perspectiva, podemos incluir que, así como el síntoma revela la relación de tensión del deseo y/o la sumisión al Su-peryó y al Ideal del yo, así también el pasaje ineludible por el cotejo con el semejante, con el cuerpo o con el grupo de pares que pueden funcionar al servicio del Yo ideal, introduce una colectivización nece-saria que pone en funcionamiento en el sujeto lo que Lacan llama en estos dos escritos que examinamos sucintamente, el pasaje del yo es-pecular al yo social, o bien el nacimiento psicológico del je. Es decir, la relación del sujeto con su mundo.
Las tres operaciones mencionadas: estadio del espejo, complejo de Edipo y post-puberal declaración de sexo, muestran el modo en que en cada una de ellas trabaja el par alienación–separación.
La alienación en el par significante (yo-otro, tener-ser el falo o mascu-lino-femenino), propicia un pasaje necesario para acceder a una sepa-ración por la vía de la identificación.
La separación requiere la alienación como condición; en un sumergir-se en el lenguaje, en las condiciones de la cultura en que sumergir-se está invo-lucrado, en la colectivización que provee los elementos para la poste-rior diferenciación entre el sujeto y el colectivo.
No quiero dejar de mencionar cómo influyen estos tiempos y sus es-cansiones en las situaciones de los análisis y qué interesante puede ser pensar desde esta perspectiva el desarrollo de algunas situaciones transferenciales y destinos de una cura, sobre todo cuando intervienen allí elementos extra-analíticos, tales como intereses grupales o de
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ticas institucionales. Es posible que eso ocurra y en tal caso se produ-ce un viraje que implica una inversión de posiciones, del discurso psicoanalítico al discurso del amo, pudiendo perderse de este modo la singularidad del destino de cada análisis y quedar sometido a un efec-to de masa poco propicio para la producción inconsciente.
Sabemos también que, estructuralmente, la tensión entre individuo y sociedad, cultura, grupo o como se lo llame, es algo no pasible de ser erradicado.
Llamémoslo malestar, llamémoslo represión.
La represión es un nombre que puede servir para designar lo que, ope-rando sobre la hendidura del sujeto, hace repicar en la relación con los otros esa intersección vacía (intervalo del significante, lugar del a) en la que el sujeto está preso.
Un caso de extrema tensión entre el individuo y la masa
―No, yo no podría odiar. Pienso solamente: pobre humanidad. E incluso: prefiero mil veces estar entre los perseguidos que entre los perseguidores. Pero a pesar de todo no puedo condenar a nadie, pues siempre me planteo la pregunta: ¿cómo me habría
com-portado yo en el lugar de los otros? No lo sé. Uno no puede saberlo nunca.‖ Ruth A. Hay momentos muy particulares en los que alguien puede quedar apartado de una masa, por voluntad propia o ajena, sea para coman-darla, sea por cuestionarla, sea por excluirse o por ser excluido. Desde los próceres hasta los locos o los criminales, son múltiples los modos en los que puede presentarse dicho apartamiento.
También puede ocurrir el formar parte de una masa que queda enfren-tada a otra: dos masas y una confrontación en la que son pocas las particularidades personales que tienen ocasión de manifestarse. Planteé en el inicio que al parlêtre le hace falta el colectivo para que la alienación en ese ―Otro‖ le permita ir extrayendo los trazos signifi-cantes en los que asentará su identificación y posterior separación como uno entre otros.
Hay asimismo situaciones extremas en las que el individuo es conside-rado únicamente como parte de una masa, de un modo compulsivo tal que apunta a la pérdida total de su condición singular. Puede quedar identificado sólo por un número, que ocupará el lugar de sus datos de filiación. Así ocurre con los soldados, así también con los delincuentes
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en prisión y con los individuos encerrados en los campos de concen-tración.
Esta suplantación identitaria se hace patente en las guerras de cual-quier signo, en que dos fuerzas numéricas se enfrentan hasta ―matar o morir‖. ¿Qué relación se puede establecer allí entre individuo y masa? Repito lo que mencioné al inicio de este texto: la importancia del pa-saje por lo colectivo para poder diferenciarse de él, para poder sustra-erse como ―uno‖.
Paso a ilustrar, a través de un testimonio, una estrategia particularmen-te inparticularmen-teresanparticularmen-te respecto de cómo transitar esa extrema particularmen-tensión entre ―el todo‖ y ―el uno‖.
En su artículo La gestión de lo indecible,12 Michael Pollak relata una serie de entrevistas que realiza en el marco de una investigación sobre la supervivencia de mujeres en el campo de Auschwitz-Birkenau. Bucea en los recuerdos, busca en la memoria. La particularidad que destaca en el caso al que voy a referirme es hasta qué punto puede presuponerse una asimilación entre silencio y olvido, cómo el segundo puede ser deducido como consecuencia del primero, y cómo el silen-cio no es índice de falta de memoria.
Quiero presentar acá algunos aspectos de esas entrevistas y de esa historia, para lo cual seguiré de cerca el texto de este autor, aun a ries-go de mezclar los discursos.
El ascenso del nazismo en Berlín mostró cómo se fue aproximando, a la idea de defensa del grupo, la de colaboración o compromiso con el poder, a raíz de un intento de negociar un mejor trato para los judíos berlineses. Al hacer frente a este recuerdo, la entrevistada se impone un silencio como modo de evitar el insulto a las víctimas. El silencio que pesa sobre las historias individuales de dicha época se torna más inextricable en el caso de las víctimas que de los victimarios.
La entrevistada se llama Ruth A. La primera reunión con Ruth se rea-liza en noviembre de 1983, con el fin de conocerse con el entrevista-dor, y la secuencia completa dura unas cuantas semanas. Luego de ese primer encuentro, Ruth retrocede; teme reabrir heridas que se creían superadas, 40 años después de producidas. Sólo es convencida de continuar cuando se entera de que hay otras personas que se han
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Pollak, Michael, La gestion de l’indicible, en Actes de la Recherche en Sciences
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prometido a dar su testimonio para esta investigación, en su misma ciudad. Aparece un segundo escollo ante el comentario de una amiga suya de que esto podría destruir su vida privada, además del riesgo de manipulación de datos y de enriquecimiento a costa del sufrimiento ajeno. Luego de relativizar este temor, el trabajo comienza.
El proyecto intentaba captar la complejidad de los factores que permi-tieron la supervivencia y posteriormente la readaptación al entorno social al regreso de los campos. La investigación proponía partir de experiencias muy singulares como paso previo a cualquier posible interpretación de carácter general.
Una dificultad consistía en que Ruth se había amparado durante esos años en la seguridad de ser comprendida sin tener que hablar de ello. Desde un punto de vista sociológico, una biografía está al servicio de esbozar las constantes que definen a un grupo determinado. Lo que une a los sobrevivientes de un campo de concentración es la experien-cia de una persecución extrema en un período de su vida (que en este caso atañe a la comunidad alemana y, más específicamente berlinesa), de lo que resulta la necesidad de una cohesión grupal.
Pollak considera que estos obstáculos iniciales posibilitan la inscrip-ción de ―toda historia y toda memoria individuales en una historia y una memoria colectivas‖.
Ruth nace en 1904 en el seno de una familia judía pequeñoburguesa y asimilada. Habiendo recibido una educación liberal y sin formación política o religiosa, permanece ignorante de toda discriminación y se siente muy compenetrada con Alemania.
Casi jugando, se casa. Pocos años después, el amor la conduce a Karl A., médico, su pareja de ahí en adelante. Por su intermedio, conoce a la alta burguesía berlinesa y su impronta cultural se eleva. Estando ambos casados en el momento de conocerse, ella se divorcia pero no permite que él lo haga, para ahorrarle el dolor de separarse de sus hijos. Ella es bastante más joven que él, no tiene hijos y planea estu-diar medicina.
En 1933, la toma del poder por los nazis acaba con ese mundo. Co-mienza la discriminación. Al comienzo, no se la toma en serio. No conoce a ningún nazi, sus amigos son demócratas.
En 1935, la legislación de Nuremberg anuncia el comienzo de una seria preocupación. A Karl se le retira el derecho al título de Doctor. Se extiende la propaganda antisemita, hay persecución escondida
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que aún no aparece la idea de exterminio. Ciega y sorda a esas mani-festaciones, no piensa en abandonar Alemania.
En 1936 presenta el formulario para ingresar a la Universidad, con la información solicitada: judía. Le reenvían el formulario tachado, sin aclaración alguna.
El año 1938 marca el punto del no-retorno. Aumenta la pérdida de derechos civiles así como la dificultad para emigrar. La noche de los cristales rotos trae aparejados nuevos castigos. En este momento, el relato de Ruth adquiere otra densidad.
En 1939, Israel y Sara serán, de ahí en más, los nombres que deberán usar obligatoriamente hombres y mujeres judíos. Nombres supuestos, sólo la homonimia los aproxima al nombre, pues son nombres que no nombran, sólo designan una condición: la de ser judíos. El 19 de sep-tiembre de 1941 se impone la obligación de pegar la estrella de David sobre la ropa y de usarla bien a la vista. Nombre y estrella, doble mar-ca que involucra al cuerpo y al nombre propio.
A la parálisis práctica que por esa época inmoviliza a Karl y su fami-lia, Ruth le opone su fuerza para encarar las situaciones. Debido a su educación liberal, tiende a encarar las cuestiones de la vida ―de indivi-duo a indiviindivi-duo‖, haciendo abstracción de las pertenencias grupales. Desenraizada de este modo, pronto contempla la idea de la emigra-ción. La posición de Karl es exactamente la opuesta: según él, existe una asimilación lograda colectivamente y sostiene la convicción de vivir en una comunidad ―modelo‖ de la historia moderna alemana y judía.
En ese momento, en Ruth aparece lo que podríamos denominar una intuición muy profunda acerca de cómo encarar la nueva situación. Comprende que ―sobre todo hacía falta no obedecer‖, es decir no res-ponder con una premura casi automática a las órdenes de los nuevos amos pues con esa premura la pérdida estaba garantizada; relata varias situaciones que abonan la lucidez de su razonamiento.
Karl hace naufragar los planes de emigración pues su fe en el estado de derecho imperante en Alemania es inquebrantable.
La emigración se torna difícil; nadie quiere recibir judíos. Luego llega el desamparo absoluto. Ruth y Karl se casan y van a vivir a un depar-tamento ―judío‖.
Inexorablemente, las relaciones sociales entre ―judíos‖ y ―arios‖ se dislocan. La segregación racial con la ―disimilación‖ del grupo judío se realiza plenamente al sopesar los riesgos que implica mantener los
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contactos, hasta un punto tal que a veces se torna imposible establecer el origen de determinadas rupturas.
Los padres de Ruth se mudan a Berlín. Su hermano había emigrado a Suecia y había tenido dos hijos. Cuando el padre fallece, el hermano intenta sacar a la madre de Alemania pero en Suecia no aceptan reci-birla. Finalmente, luego de enfermar de polio él acaba suicidándose. Se crea a nivel nacional la ―Reichsvereinigung der Juden in Deutsch-land‖13 que reagrupa obligatoriamente a todos los de ―raza judía‖ según los criterios de las leyes de Nuremberg de 1935, lo cual dejaba a las comunidades judías cada vez más bajo las órdenes de la Gestapo. Tal vez paradójicamente, esto incentiva el movimiento cultural comu-nitario.
Entre 1939 y 1942 Ruth trabaja para la administración social de la comunidad, distribuyendo vestimenta y otros objetos, sin conocer el alcance de determinadas tareas, algunas de ellas vinculadas con la preparación de los convoyes que parten hacia el este. Con la tarea que realizaban, de carácter supuestamente social, creían poder negociar su suerte y salvar las tradiciones y la continuidad de la comunidad. En 1940 se producen las primeras deportaciones hacia el este. En octubre de 1941 sale el primer tren desde Berlín.
Los trenes iban hacia dos destinos: unos hacia Theresienstadt, con dignatarios y ancianos, y otros hacia el este.
En 1941 se amplían los rumores sobre exterminación.
Karl es ubicado en Siemens con status de trabajador indispensable a la guerra, un semi-intocable.
En octubre de 1942 la comunidad judía debe proponer una lista de mil personas para un convoy. Como argucia, deciden poner en la lista a los cónyuges de los trabajadores protegidos, con la idea de que eso los mantendría a resguardo. Así es como Ruth pasa a formar parte de esa lista. Pero aún no ha llegado el momento del viaje.
El padre de Ruth fallece. Años después, creyendo ser la única sobre-viviente de aquella época, se pregunta: ―¿Por qué vives tú aún?‖, pre-gunta íntima que la atormenta.
En 1943 deportan a su madre. Ruth y Karl son arrestados y deporta-dos. ―Debíamos ir a Theresienstadt pero necesitaban médicos y nos cambiaron de convoy. Como contrapartida me dieron también el bra-zalete de médica. Así pudimos permanecer juntos.‖ Al llegar a
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Auschwitz, Karl y otros son enviados directamente a la muerte, su-bidos a un camión con la insignia de la Cruz Roja. Ruth recurre a una huída interior, a un rechazo a comprender, como reacción a su ingreso a Auschwitz, luego de la despedida de su marido.
Dice: ―Y desde la llegada, se oía, de modo reiterado: ¡Ves esa nube, son tus padres que arden!‖
―Ya no sabíamos lo que iba a suceder, todo era como un espectáculo de horror, incomprensible. Y yo me refugié bajo una campana de vi-drio, podía ver todo, oír todo alrededor de mí, pero no comprendía nada. Y no quería ciertamente comprender. Era probablemente una suerte de ‗auto-protección‘, me rehusaba a comprender, debo repetir-lo, estaba sentada bajo esta campana de vidrio, durante largo tiempo, mucho tiempo, porque el espíritu humano no puede medir la amplitud de una cosa semejante.‖
Durante el periodo de cuarentena, los piojos la llevan al tifus y éste, casi a la muerte.
Su estado de semi-conciencia dura aproximadamente 6 meses; la des-pierta del letargo el asistir a las ―selecciones‖ para la cámara de gas determinadas por el juego del azar, lo que la deja a merced del miedo. Luego, el azoro y la deducción: Auschwitz se trata de una fábrica que mata a la gente luego de haber explotado su fuerza de trabajo y utilizar partes de esos cuerpos. ―Estaba en una fábrica cuya única función era el asesinato‖. Luego de esta revelación se dedica a determinar qué hacer y qué no hacer para llegar al día siguiente; así, día por día, día tras día. Comprender el orden jerárquico, conocer las reglas, saber…, también saber de los suyos: todos han pasado por el gas. Y así, todo se va orientando en función de su voluntad de sobrevivir.
Ruth encuentra ocasión de mejorar su situación a causa de una epide-mia de tifus que alcanza a las filas de los SS. Su brazalete médico y la líder de su bloque logran su transferencia al servicio hospitalario. Su aproximación a ese grupo privilegiado de deportados le permite reen-contrar a Erika, médica de Praga con la que había trabado amistad durante una cuarentena. Se convierte en su ayudante. El mejoramiento de las condiciones de vida permite no sólo una recomposición física sino también en las relaciones personales. En Erika encontró su ―per-sonaje de referencia‖, alguien en quien confiar y además, el contacto cotidiano con un grupo de médicos-amigos que podían ―poner entre paréntesis la realidad del campo‖.
En el momento de comentar un encuentro que tuvo con Mengele, o la observación de conductas diferentes de los SS según estuvieran solos
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o fueran observados, Ruth reflexiona lo siguiente: ―En una relación de individuo a individuo, casi nadie escapa a sus sentimientos humanos. Es en grupo, al identificarse a creencias o a organizaciones, y cuando uno se siente observado, que uno quiere estar a la altura de su papel y llega a hacer todo lo que se le dice que haga.‖
Las judías alemanas representaban la mayor paradoja habida en el campo. Ocupaban el mejor lugar por ser alemanas, y el peor por ser judías. ¿Cómo compaginar esto? Eran el blanco del resto de la pobla-ción. Lo mejor y lo peor, reunidos. Ella se pregunta ―¿Cómo com-prender que eso haya podido ocurrir en el ‗País de los poetas y los pensadores‘, en esta Alemania altamente cultivada y admirable?‖ Na-die podía comprender eso.
Hacia el fin de la guerra, la descomposición de las fuerzas también llega al campo.
Un muro separa a los que han conocido el infierno de los campos de aquellos que quieren informarse. Pensaba Ruth: ―Sufro mucho y no sé si tendré la fuerza de reprimir todo esto.‖ Pensaba la represión como un acto; de allí al voto de silencio con que comienza esta serie de en-cuentros no hay más que un paso.
Erika se suicida en Israel. Una vez más y a pesar de la depresión Ruth elige por la vida y vuelve a escoger Berlín.
En 1949 se produce la creación de las dos Repúblicas con la consi-guiente ―reconciliación interior‖ y recomposición de leyes.
La falta de lazos sociales alimenta en Ruth la pervivencia de la repre-sión, o sea del silencio. La recuperación de su vida personal y profe-sional se mantiene en los términos anteriores: de individuo a indivi-duo. Dice: ―Lamentablemente me equivoqué cuando pensé que había ordenado todo eso en el rinconcito de mi cerebro, y que todo ese pasa-do estaba bien enterrapasa-do. Y luego, desde que nos encontramos me pasa-doy cuenta de que no olvidé nada y que todo está presente como en el momento en que lo he vivido.‖
Michael Pollak elabora: ―Un pasado que permanece mudo puede ser menos el producto del olvido que de una gestión de la memoria según las posibilidades de comunicación en tal o cual momento de la vida.‖
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Palabras finales
Dice Ruth. ―Lo crea Ud. o no, yo amo a Alemania y los alemanes‖ ―No me juzgue mal por eso‖. ―Después de la guerra, las opiniones estaban muy divididas…‖
Ruth no puede reconocerse por entero ni en el adjetivo ―alemán‖ ni en aquel otro que la transformó en víctima: ―judía‖. Ruth permanece dividida.
Siendo mal vista por continuar viviendo en Alemania, define qué es para ella ―patria‖. ―Mi patria, es mi lengua, la poesía que amo enor-memente, y la gente, los amigos, los alemanes que amo, pero no Ale-mania en tanto tal, tomada en su conjunto.‖
Núcleo duro, hilo conductor, leitmotiv, reconstrucción posterior de la identidad. El silencio sobre sí –diferente del olvido– puede ser una condición necesaria para mantener una comunicación con el entorno. Las razones de ese silencio atraviesan las entrevistas con Ruth, al mo-do de un hilo conductor, dice Pollak. Eso se sostiene en una reflexión sobre la utilidad de hablar y trasmitir su historia.
Ruth permanece representada por esos dos significantes ―alemana– judía‖ que, al tiempo que la incluyen–excluyen, la desdoblan como manifestación de una tensión fundamental irreductible. O también, podríamos decir, la constituyen como un nuevo sujeto, un sujeto que no existía antes de su experiencia alemana, pero en su condición de judía.
Notas sobre masa y creencia
Roberto Pinciroli
Se puede decir que hasta en lo más recóndito del mundoe incluso en lugares en que se lucha
con-tra ella, la religión en nuescon-tra época, goza de un respeto universal.
Jacques Lacan
El ateísmo es la enfermedad de la creencia en Dios, creencia en que Dios no interviene en el mundo. Dios interviene todo el tiempo,
por ejemplo bajo la forma de una mujer. Jacques Lacan
¡Sí, sí! Pero que haya tres platos o doce, un
zapato o tres pares, en tiempo tarda siempre lo mismo. Apenas un minuto y vuelve. El trapo de los platos no se usó, la pomada está intacta. Pero todo está limpio, todo brilla… Esa historia de los platos de oro, ¿la aclaraste?
Y sus manos, nunca están sucias…
Jean Giraudoux
Pueden surgir de la creencia fundamental ideas momentáneamente accesorias, pero llevan siempre el sello de la creencia de la que proceden.
Gustave Le Bon
Gustave Le Bon nombró Psychologie des foules su libro de 18951. Freud tomó ese titulo para su texto de 1921 Massenpsychologie und Ich-Analyse. Ese sintagma resulta de la operación que hace Freud al agregarle análisis del yo, de lo cual resulta la unión de dos frases por la conjunción copulativa ―y‖; por lo cual, implícitamente enuncia que las dos frases que lo constituyen se encuentran conectadas de modo tal que no podría haber una sin la otra. Deberemos procurar encontrar en el texto las razones de esa solidaridad.
Freud se refiere a la obra de Le Bon no solo citando extensos pasajes y haciendo numerosas remisiones a ella, sino vertebrando su texto como respuestas a las preguntas que le suscita.
A la operación freudiana sobre el título del texto de Le Bon, Lacan hace otra sobre el título del texto de Freud, al que cita como Análisis del yo y psicología de las masas2, invirtiendo el orden de las frases.
1 Le Bon, Gustave, Psicología de las multitudes, Buenos Aires, Albatros, 1945. 2
Lacan, Jacques, ―Situación del psicoanálisis en 1956‖ en Escritos II, México, Siglo veintiuno, 1975, p.198. ―Situation de la Psychanalyse en 1956‖, en Ecrits, Paris, Seuil, 1966, p. 474.
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También critica el apoyo que Freud toma en Le Bon, diciendo que la ligazón hecha del yo a la psicología de las masas concierne en todo caso a la organización que Freud proyectó para confiarle la custodia de un núcleo de verdad en su doctrina.
Freud comparte con Le Bon el postulado de que existe la muchedumbre como una organización con características propias, como ser la altera-ción de las capacidades y limitaciones intelectuales de sus integrantes, cuya conducta se encuentra notablemente modificada por esa pertenen-cia. Para Le Bon la posibilidad de un lazo entre los miembros de una masa aparece a partir de la constitución de un inconsciente común a los integrantes de un pueblo, una comarca, una comunidad, etcétera -de un conjunto, diríamos- cuyas experiencias compartidas como comunidad histórica, por su decantación, forman un sustrato que es inconsciente, al que llama raza o alma y que homologa entre sí a quienes integran esa comunidad en su conjunto. De esto deduce una ley psicológica de la unidad mental de las muchedumbres, que hace que cualesquiera sean las condiciones sociales y/o intelectuales de los individuos que la com-ponen, una masa ―posee una clase de alma colectiva que les hace pensar sentir y obrar de una manera completamente diferente de aquella como pensaría, sentiría u obraría cada uno de ellos aisladamente‖3
. Por lo cual, si bien su inconsciente4 solo tiene con el inconsciente freudiano una relación de homonimia, el uso de esa noción le otorga para Freud la importancia de su consideración. A partir de Lacan, cuando podemos leer el alma como una de las ocurrencias del objeto a, se ve que Le Bon, aunque intuitivamente, no estaba totalmente descaminado. Lacan habla de las masas nazis reunidas alrededor del bigote de Hitler, Le Bon
3
Le Bon, Gustave, op. cit. p. 33. 4
―Nuestros mismos actos concientes derivan de un substractum, encierran innumera-bles residuos de antepasados que constituyen el alma de la raza. Tras de las causas confesadas de nuestros actos hay, sin duda causas secretas no confesadas por nosotros y aun hay muchas de esas causas secretas ignoradas por nosotros mismos. La mayor parte de nuestras acciones más frecuentes no son sino el efecto de móviles ocultos que esca-pan a la propia observación. Estos elementos inconscientes que forman el alma de una raza, son principalmente el lazo de semejanza de todos sus individuos; y por el contra-rio, aquellos elementos concientes, frutos de la educación, pero sobre todo de una herencia excepcional, son principalmente los que los hacen diferir. Los hombres más semejantes por su inteligencia, tienen instintos, pasiones, sentimientos parecidos. En todo lo que es materia de sentimiento: religión, política, moral, afectos, antipatías, etc. los hombres más eminentes no pasan sino muy raramente el nivel de los individuos más comunes‖. Le Bon, Gustave, op. cit., pp. 34/35.
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de las muchedumbres romanas aplastadas ante la seducción que les produce el penacho de un Cesar5.
Freud se pregunta por qué las muchedumbres se mantienen unidas, y se responde que a eso contribuye no poco la presencia de un líder y la presencia entre los participantes de ligazones libidinosas desviadas de sus metas originarias. Explica por la identificación el vínculo entre los integrantes de la masa y de cada uno de ellos con el líder. Acerca de esto dice que ―Una masa primaria de esta índole [una masa que tiene conductor] es una multitud de individuos que han puesto un objeto, uno y el mismo, en el lugar de su ideal del yo, a consecuencia de lo cual se han identificado entre sí en su yo‖6.
Sin embargo esa formulación presenta un problema. Porque si la base de la operación descripta como ―[…] han puesto un objeto, uno y el mismo, en el lugar de su ideal del yo […]‖ es la identificación, cabe preguntarse: ¿cómo es que ein Einziger Zug, un rasgo unario, funda-mento de esa identificación, es el objeto que modifica al Ideal del yo? El texto de Freud implica entonces la necesidad lógica de un pasaje, de una operación que lleve del rasgo al objeto. El texto está acompañado por un diagrama en el cual se señala una relación entre el líder como objeto exterior y el yo y el Ideal del yo de los integrantes de la masa.
Si se correlaciona este esquema con el esquema de la carta 52, puede suponerse que el objeto exterior coincide con el estrato P de las
5
―El héroe amado por las multitudes será siempre de la estructura de un César. Su penacho les seduce; su autoridad les impone; su sable les da miedo.‖ Le Bon, Gustave,
op. cit., p.61. 6
Freud, Sigmund, ―Psicología de las masas y análisis del yo‖ en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1979, T.XVIII, pp. 109/110.