115
La servidumbre
En un ensayo del siglo XVI3, el jurista francés Étienne de La Boétie (1530–1563) se pregunta: ―Si un tirano es un solo hombre y sus súbdi- tos son muchos, ¿por qué consienten ellos su propia esclavitud?‖ ¿Por qué los individuos consienten a gusto su propia esclavitud? Para Étien- ne de la Boétie, la obediencia colectiva de la sociedad se origina en un ―vicio monstruoso que ni siquiera merece el título de cobardía, que no encuentra un nombre lo bastante vil, que la naturaleza niega haber hecho y la lengua se niega a nombrar‖.
La Boétie denominó a este vicio monstruoso la ―servidumbre volunta- ria‖. Sostenía que la tiranía es derrotada de manera automática cuando los individuos se rehusan a consentir su propia esclavitud destruyendo el poder del tirano a través de la resistencia no-violenta. De esa forma, el pueblo mataba no a un hombre sino a la propia tiranía. La libertad requería solamente que un número suficiente de individuos le retirasen su consentimiento y cooperación.
―El que de ese modo gobierna tiránicamente posee solamente dos ojos, solamente dos manos, solamente un cuerpo ..., en verdad no posee nada más que el poder que la gente le confiere para destruirlos. ¿Dónde ha adquirido él ojos suficientes como para espiar, si la gente no se los hubiese provisto? ¿Cómo puede tener él tantos brazos con los cuales golpear, si no los toma prestados de la misma gente? Los pies que piso- tean las ciudades, ¿de dónde los obtiene si no son los de la gente?‖
Señala Boétie que ―bajo el tirano las gentes se hacen cobardes y afemi- nadas‖4, vale decir que, para el autor, la gente ante el tirano se torna servil al ultraje y la punición.
La felicidad
En el prólogo a la novela de Pauline Réage, bajo el título ―La felicidad en la esclavitud. Una revuelta en Barbados‖(La bonheur dans l'escla- vage) dice Paulhan5:
33 Boétie, Étienne de la, Discurso de la servidumbre voluntaria, Madrid, Trotta, 2008, p. 28.
4
Ibid., p. 43. 5
Jean Paulhan fue un destacado ensayista francés, director durante unos años de la
Psicoanalítica
116
―Una singular revuelta ensangrentó, en el curso del año de 1838, la pacífica isla de Barbados. Unos doscientos negros, hombres y mujeres que recientemente habían sido manumitidos por las Ordenanzas de marzo, fueron a pedir una mañana a su antiguo amo, un tal Glenelg, que volviera a tomarlos como esclavos. Se dio lectura al pliego de reclama- ciones, redactado por un pastor anabaptista que llevaban con ellos. Pero Glenelg, bien por timidez, por escrúpulo o, simplemente, por temor a la ley, no se dejó convencer. En vista de lo cual, fue en un principio sua- vemente zarandeado y después asesinado con toda su familia por los negros, quienes aquella misma noche volvieron a sus chozas, dedicán- dose a sus charlas, sus trabajos y sus ritos habituales. El caso pudo ta- parse rápidamente gracias a los desvelos del gobernador Mac Gregor y la liberación siguió su curso. El pliego de reclamaciones no pudo ser hallado.
A veces, pienso en el pliego aquel. Probablemente, junto a reclamacio- nes justas, relativas a la organización de los talleres, a la sustitución del látigo por la celda y a la prohibición de ponerse enfermos que se hacía a los ‗aprendices‘ -así se llamaba a los nuevos trabajadores libres-, debía de contener, por lo menos, el esbozo de una apología de la esclavitud. Por ejemplo, la observación de que las únicas libertades a las que so- mos sensibles son aquellas que someten a otros a una servidumbre equivalente. No existe un hombre que se alegre de respirar libremente. Pero, por ejemplo, si yo consigo poder tocar el banjo hasta las dos de la madrugada, mi vecino pierde la libertad de no oírme tocar el banjo has- ta las dos de la madrugada. Si yo consigo vivir sin trabajar, otro tendrá que trabajar por dos. Y ya se sabe que, en el mundo, una pasión incon- dicional por la libertad, pronto acarrea forzosamente conflictos y gue- rras no menos incondicionales. Añádase a ello que, debido a los efectos de la dialéctica, el esclavo está destinado a convertirse en amo a su vez, sería un error querer precipitar las leyes de la Naturaleza. Añádase,
―la resistencia literaria‖ entre 1940-1944. Prologó la novela de Pauline Réage, Histoire
d'O (1954), debido, sobre todo, a que en aquella época su autora era su amante.
La novela, con una segunda parte titulada ―Retorno a Roissy‖, describe el total someti- miento, voluntario, de una joven, por amor a un noble, a todos los deseos de los diver- sos personajes que acuden a una especie de prostíbulo de lujo, situado en una lujosa vivienda llamada Roissy.
La idea principal que Paulhan destaca de la novela consiste en exponer todo lo que una persona puede hacer por amor y compara este caso con una revuelta de esclavos que sucedió en 1838 en Barbados.
La masa, una erótica de lo social
(Conjunción del objeto a con el Ideal del yo)
117
también, que no deja de tener su grandeza y su alegría eso de abando- narse a la voluntad ajena (como hacen los enamorados y los místicos) y verse, ¡al fin!, libre de placeres, intereses y complejos personales. En suma, que hoy aquel pliego sería considerado más peligroso que hace ciento veinte años.‖
Se asiste de esta manera a una erótica de sumisión, masoquista, pasiva ante la autoridad donde el amor se torna en condición de goce. A la par, el poder desde su falicismo, ejerce el dominio de la masa. De esta ma- nera, la combinatoria erótica y el placer sexual que conlleva -en el decir de Leo Bersani en El recto es una tumba- será generador de política. El gusto en el dominio y el placer en el sometimiento en la esfera de la política serán una puesta en escena de lo sexual, del par erógeno opre- sor/oprimido, v. g. el fantasma ―Pegan a un niño.‖ De esto se podría deducir que, del cambio de las representaciones eróticas devendrían cambios en las formas políticas.
Masa y política
En el Libro de los pasajes, Benjamin transcribe como concibe, repre- senta y figura Proust a la multitud: ―Todos aquellos que caminaban a lo largo del dique tambaleándose tan fuerte como si se tratara de la cober- tura de un barco (pues no sabían levantar una pierna sin mover al mis- mo tiempo el brazo, girar los ojos, enderezar sus espaldas, compensar con un movimiento equilibrado de un lado el movimiento que acababan de hacer con el lado opuesto, y congestionar la cara), y que, aparentan- do no ver para hacer creer que no estaban preocupados por los demás, pero mirando a hurtadillas para no arriesgarse a chocar con ellos, con las personas que caminaban al lado o que venían en sentido inverso, se tropezaban en cambio con ellos, se pegaban a ellos, porque ellos habían sido por su parte recíprocamente objeto de la misma atención secreta, oculta bajo el mismo desdén aparente; y es que el amor -por consi- guiente, el miedo- de la muchedumbre es uno de los móviles más pode- rosos en todos los hombres, sea porque pretendan agradar a los demás, sea para mostrarles que los desprecian.‖6
Proust se refiere a la masa como si se tratara de autómatas, sujetos pe- gados que han aprendido a moverse como un solo cuerpo con el poten-
6
Proust, Marcel, A la sombra de las muchachas en flor, Madrid, Alianza, 2002 p. 447 en Walter Benjamin, El Libro de los pasajes, Frankfurt, Akal, 2005, p.456-457.
Psicoanalítica
118
cial que eso supone. La masa como cuerpo articulado, funcionando como un solo individuo, la masa convertida en un potente Yo. Su móvil: el amor. Proust habla de la masa y del amor. Emparentado con ello dice Pierre Legendre:
―Se trata de observar como se propaga la sumisión, transformada en deseo de sumisión, cuando la gran obra del poder consiste en hacerse amar.‖7
En Hamlet, el padre y la ley, Enrique Koziki extrae algunos párrafos de diversos discursos pronunciados por el general Perón en el curso de sus mandatos:8
―Hemos cumplido hechos, ahora queremos preparar almas‖(04/05/46). ―Adoctrinar no presupone solamente enseñar sino también inculcar. Vale decir, no es sólo ilustrar conocimiento, es también modelar el alma‖ (24/04/53).
―Yo no quiero mandar sobre los hombres sino sobre sus corazones‖ (17/10/46).
―[…] nos habíamos propuesto como el primer objetivo a alcanzar, la captación y el dominio de la masa popular, y ello fue obtenido‖ (13/11/47).
―Manejar hombres y conducir hombres es manejar y conducir volunta- des y para eso deben comprender…que lo primero que hay que ganarse es el corazón y la voluntad del hombre‖ (26/11/49).
―El Justicialismo necesita apóstoles y para ser apóstol hay que estar dispuesto a ser héroe, y solamente los fanáticos de amor por una causa son capaces de morir por un ideal‖ (17/10/50).
Vale decir que, según muestran las referencias anteriores, el amor oficia de eje que gobierna y comanda performativamente:
―[…] solamente los fanáticos de amor por una causa son capaces de morir por un ideal‖, ―[…] la gran obra del poder consiste en hacerse amar‖ a la manera, con el talante, del significante amo (S1) que desde el
lugar del agente se orienta en dirección al otro que ama y anhela ser amado. Se trata, al decir de Freud, de la escencia del alma de la masa. Dice Freud: ―[…] la masa se mantiene cohesionada en virtud de algún poder. ¿Y a qué poder podría adscribirse ese logro más que al Eros, que lo cohesiona todo en el mundo? […] si el individuo resigna su peculia- ridad en la masa y se deja sugerir por los otros […] lo hace porque sien- te la necesidad de estar de acuerdo con ellos […] quizás, entonces, ‗por
7
Legendre, Pierre, El amor del censor, Barcelona, Anagrama, 1979, p. 5. 8
La masa, una erótica de lo social
(Conjunción del objeto a con el Ideal del yo)
119
amor de ellos‘[…] si en la masa aparecen restricciones del amor propio narcisista que no tienen efecto fuera de ella, he ahí un indicio conclu- yente de que la esencia de la formación de masa consiste en ligazones libidinosas recíprocas de nuevo tipo entre sus miembros […] nos en- contramos con pulsiones de amor que, sin actuar por eso de manera menos enérgica, están desviadas de sus metas originarias […] Una ma- sa primaria de esta índole es una multitud de individuos que han puesto un objeto, uno y el mismo, en el lugar de su ideal del yo, a consecuen- cia de lo cual se han identificado entre sí en su yo […] Rivales al co- mienzo, han podido identificarse entre sí por su parejo amor hacia el mismo objeto [...] El sentimiento social descansa, pues, en el cambio de un sentimiento primero hostil en una ligazón de cuño positivo, de la índole de una identificación […] dicho cambio parece consumarse bajo el influjo de una ligazón tierna común con una persona situada fuera de la masa […] Su premisa era que todos fueran amados de igual modo por uno, el conductor […] la exigencia de igualdad de la masa sólo vale para los individuos que la forman, no para el conductor. Todos los indi- viduos deben ser iguales entre sí, pero todos quieren ser gobernados por uno. Muchos iguales, que pueden identificarse entre sí, y un único su- perior a todos ellos […]‖
La masa, a través del amor en el lugar del significante amo, se instituye como don de orden y pacificación, como procesador de goce a pesar de lo cual, no consiente más que en un equilibrio inestable dada la báscula entre el Ideal del yo (S1) y el superyó. El amor desde el Ideal del yo no
soporta ligar más que un quantum de goce, el resto retorna incansable- mente por las vías que pueden hacer de la masa, una formación tanática condicionada por el superyó.
¿Por qué adscribe un sujeto a la masa? Por amor, por desamparo, para reencontrarse narcisísticamente, especularmente a través del otro, para que algo o alguien pueda dar consistencia al ser, para que haga más soportable el goce de la vida. En pocas palabras, el sujeto se engarza a la masa por amor a quien le supone saber tramitar el goce, aquel que posee las respuestas adecuadas ―para todo‖ desgarro de la vida.
De manera tal que, el acercamiento a la masa ya es una confesión de la falta merced a la cual se despliega amor. Si amar es, como dice Lacan, dar lo que no se tiene, amar es reconocer la falta y entregarla al otro. Hay una cierta modalidad del obsesivo que recuerda al líder de masa. El obsesivo en su individualidad atesora posesiones y obla bienes, proyec- tos, ideas con los que construye una imagen fálica de sí, imagen ofreci-
Psicoanalítica
120
da al amor del otro, a la falta del otro. Una cita de Lacan9 habla por sí misma:
―[…] lo que ocurre con la posición del obsesivo (es que) si el amor cobra para él […] formas de lazo exaltado es porque lo que el obsesivo entiende que uno ama es una cierta imagen de él; a su vez, entiende que esa imagen él la da al otro, al punto de imaginar que si esa imagen vi- niera a faltar el otro ya no sabría de qué agarrarse. Este es el fundamen- to de lo que en otra parte llamé la dimensión altruista de este amor mítico basado en una mítica oblatividad […] el mantenimiento de esa imagen lo ata a toda una distancia de sí mismo; ella es precisamente lo más difícil de reducir […] distancia… del sujeto consigo mismo, en relación con lo cual […] sólo beneficia a ese otro del que hablo, a esa imagen […]‖
Dar lo que no se tiene, la falta, es factible por estructura, cosa que sólo se despliega desde la posición femenina, desde la asunción de la falta, desde la castración. Si amar feminiza, la masa posicionada en lo feme- nino anhela ser amada. A la espera del amor del otro, la masa desenca- dena su propio amor a la manera de la niña, donde su amor cabalga en la perentoriedad del amor del otro (del padre) de quien espera lo que le falta. Eso marcará su destino femenino y la amenaza de la pérdida de amor, propia de la posición femenina. El varón (―Pegan a un niño‖) ama al padre, pero feminizado. A la pregunta ¿qué quiere o qué espera la masa? se le ajusta la siguiente respuesta: ―quiere ser amada (golpea- da).‖
Desde la condición femenina, la masa, en virtud de la falta, hace que su ser no-toda la transporte, en ocasiones, a la exorbitancia de goce o al amor místico, (como dice Paulhan, v. supra: abandonarse a la voluntad ajena como hacen los enamorados y los místicos) amor casi carnal, donde la nadificación y el arrobamiento de la masa son la expresión del manifiesto estado hipnótico de la misma donde, como decía Perón si- guiendo a Goebels habrá disposición de entregar hasta la vida en cuanto la masa experimente que el Otro, el conductor, se ha hecho carne en ella vía la voz y la palabra a la manera de la hostia cristiana. La masa se torna, entonces, esposa-novia de Cristo, de Hitler, etcétera, con las con- secuencias que conlleva este modo de gozar que conduce casi a lo opuesto del amor en lo que más lo caracteriza: el sesgo romántico. En este goce exorbitante de la masa, el otro, el conductor, entra al cuerpo y
9
La masa, una erótica de lo social
(Conjunción del objeto a con el Ideal del yo)
121
toma posesión del mismo, se hace sustancia con él otorgándole certeza de consistencia hasta el punto de que la masa feminizada podrá soportar el goce activado por la sola y pura presencia del líder donde hasta su silencio áfono podrá ser manifestación de amor.
En una sociedad de totalitarismo autoimpuesto, el rebaño desconcerta- do ávido de amor (como designa Lippman a la masa)10 deberá ser diri- gido, sometido e imbuído de un temor reverencial hacia el líder, que le salva de la destrucción, sea éste un sujeto o una idea. Hay que evitar que el rebaño brame y pisotee. Hay que hacer que conserven un miedo permanente a la pérdida de amor y debidamente atemorizados por todos los posibles males que puedan destruirles una vez que hayan sido aban- donados a su suerte.
¿Se podría plantear que la masa, en tales condiciones, posee un cariz erotomaníaco en tanto certeza de amor? Dice Lacan11:
―El otro al que se dirige el erotómano es muy singular, porque el sujeto no tiene con él relación concreta alguna, aunque se haya podido efecti- vamente hablar de vínculo místico o de amor platónico muy a menudo es un objeto alejado, con el cual al sujeto le basta comunicarse por una correspondencia que ni siquiera sabe si llega o no a destino.‖
Como en la mujer –donde no hay en el inconsciente un símbolo equiva- lente al falo que represente al sexo femenino, es decir, no hay simboli- zación del sexo de la mujer- no hay en el inconsciente nada que diga algo sobre la masa. Ésta como aquella tiene un carácter de ausencia. Por lo que, así como la mujer, la masa no existe. La falta en el incons- ciente de un significante de la masa, determina el hecho de que se con- figure su construcción yoica y se ponga en acción, desde la posición femenina.
La masa como la mujer encarnarán la alteridad respecto del amo y del falo (único significante que representa al sexo en el inconsciente), res- pectivamente. Podemos afirmar que la masa, como la mujer, será no- toda fálica; su ser femenino se escurre metonímicamente ya que no hay un significante en el inconsciente que pueda toda-nombrarla.
10
Ver en este número El poder del escíbalo, p. 7. 11
Psicoanalítica
122
Una masa será, según Freud, no más que el amor uniendo a muchos sujetos y reiterado en cada uno de ellos en virtud del discurso del amo cuyo agente, ―todo‖ amor, sostendrá la cohesión yoica de la misma. De tal forma, el significante masa será un término envoltorio, mascara- da, término sostén de un conglomerado, instituído bajo la mirada de un amo. En consecuencia, la masa adquiere lugar social a partir de la au- sencia que la funda en un discurso donde el amor, como S1, ocupa el
lugar del agente encarnado éste en un conductor, a la manera de padre dador / privador a medio camino entre la madre y la castración. Tal agente se presentificará como padre ideal y maternizado por un lado y por el otro actualizará la severidad de la voz que retorna viva desde lo real del padre primordial.
Si en el plano horizontal predomina la cohesión yoica que configura a la masa en su uniformidad vía la identificación, en el plano vertical habrá un despliegue pulsional singular a cada sujeto sea con el ideal como con el objeto voz, erigidos ambos en atributos escenciales de conducción de la masa. Por amor y por temor la masa es cohesión de sujetos. Por amor se entrega el sujeto y entrega su goce a la imagen