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Capitulo II. La reacción ultramontana: el obispo Carlos Bermúdez

2.3. Concilio Provincial y Olimpo Radical Entre pastorales de Bermúdez

2.3.1. El llamado al Sínodo Diocesano y la reforma del clero

En plena convicción de su papel obispal, Bermúdez considera necesario trabajar en dos planos que conducían a un mismo objetivo: uno, era realizar el Sínodo Diocesano para tener bases reales de regla con los cuales ordenar el caos, relajación y mala imagen del clero caucano de tal manera que así se daba orden al adoctrinamiento del dogma y la feligresía que lo recibía, y dos, era la realización de una fuerte, amplia y feroz campaña en contra de la educación oficial liberal impuesta con el Decreto Orgánico de Instrucción Pública Primaria (DOIPP).

En ese orden temporal, el 15 de mayo de 1871 Bermúdez convoco al Sínodo Diocesano para dar impulso a las disposiciones del Concilio Provincial, el cual ayudaría “con sus luces y la experiencia de sus vocales a dictar con mayor acuerdo las providencias necesarias para el mejor arreglo de la diócesis” (A.C.C., 1871b, p. 1). Dice el obispo que el sínodo debería llevarse a cabo después de que visitara canónicamente toda la diócesis, pero que por la lejanía de muchas de las parroquias se le imposibilitaba hacerlo, por lo tanto, sin cumplir completamente dicho requisito convoca el Sínodo que iniciaría el 17 de agosto del mismo año. A él debían concurrir, el vicario general, el capítulo catedralicio, los vicarios foráneos, los párrocos y demás sacerdotes que por derecho o costumbre estuvieran obligados a asistir. Para la celebración del sínodo se tendría en cuenta las disposiciones del ceremonial romano, por lo cual en la primera sesión se haría el nombramiento de los testigos y jueces sinodales, y se pondría en conocimiento de la asamblea los temas a tratar que serían: los

ejercicios espirituales, las conferencias morales y litúrgicas, los decretos de fábrica, los aranceles parroquiales, el pago de diezmos y su distribución. Además, durante el sínodo debían exponerse las dudas que se tuvieran sobre el Concilio Provincial para que fueran abordadas y aclaradas.

Después de concluido el sínodo diocesano de la Iglesia caucana, el obispo expone su satisfacción por las reuniones sinodales ya que estas ayudaron a darle luces de como remediar las necesidades de su grey, a través de la expedición de cuatro decretos disciplinares que denominó “Conferencias morales del clero, sobre ejercicios espirituales del mismo clero y de los fieles, sobre vicarias, y sobre los deberes externos más notables de los párrocos y demás sacerdotes” (Bermúdez, 1871, p. 2), cuyas disposiciones debían ser de entero cumplimiento.

Las conferencias morales se basaban en el capítulo 3 del título 8 de las disposiciones del Concilio Provincial, el cual mandaba se hicieran éstas en todas las diócesis. El objetivo de dichas conferencias era que los sacerdotes renovaran sus conocimientos acerca de la doctrina de la Iglesia, para que con su palabra y ejemplo enseñaran a los fieles. Los temas elegidos para las conferencias morales eran 3: teología, liturgia y ascética, y esperaba Bermúdez que a futuro se agregaran otros temas sagrados como cánones e historia de la Iglesia y la Biblia. Las conferencias debían establecerse en todas las vicarias de la diócesis, donde habría un director, subdirector y secretario; estaban obligos a asistir semanalmente todos los sacerdotes párrocos y los curas que residieran a menos de 3 leguas, a las conferencias de la ciudad más cercana, siendo designadas para ello Popayán, Buga, Cali, Palmira y Cartago, las cuales debían iniciar en el mes de enero de 1872 y ser divididas en trimestres.

Los directores de cada conferencia debían tomar lista de los sacerdotes asistentes y entregarles un certificado, pues quien faltara a ellas durante un mes serian declarados suspensos por 3 días y el que lo hiciera por todo un trimestre seria sancionado más gravemente; los certificados serian solicitados por el obispo para poder refrendar las licencias de los sacerdotes, y también cuando se presenten para concurso de curatos. El

obispo buscaba con las conferencias morales una mayor disciplina del clero, y que se perfeccionaran incluso en como practicar una correcta celebración litúrgica según el ritual romano.

El segundo componente, los ejercicios espirituales, también habían sido propuestos desde el Concilio Provincial en el capítulo 3 del título 6, aunque no se estimaba que su práctica fuera obligatoria, para Bermúdez sí lo eran pues “en esos días de retiro el alma se desprende de todo lo terreno, se renueva el espíritu eclesiástico, y reparadas sus pérdidas, elevase con más fervor a la contemplación de las cosas divinas” (A.C.C., 1871b, p. 5). El sínodo reunido determino que los ejercicios espirituales fueran realizados por el clero y por los laicos en el local del seminario de Popayán a puerta cerrada y que cada uno de los ejercitantes debía asumir los gastos en que se incurrieran. Para los sacerdotes de las vicarias del Valle del Cauca se dispusieron ejercicios en Buga y Cali para facilitar su asistencia, pues el obispo advertía que los curas que sin justa causa no asistieran a los ejercicios espirituales no podrían ejercer el ministerio del sacerdotal. En las 3 ciudades designadas también se darían ejercicios públicos para el pueblo en la primera semana de cuaresma.

Respecto al punto de las vicarias, los sinodales determinaron que los vicarios foráneos debían ser jueces de paz en los pleitos que se presentaran entre clérigos o laicos para que reinara la concordia en las vicarías y se lograran evitar los escándalos que tanto daño le hacían a la Iglesia. Si el vicario no lograba resolver los problemas, debía remitir los casos al obispo, el cual en adelante no aceptaría acusaciones contra los eclesiásticos, solo denuncias con testigos y bajo juramento. Además, se autorizaba a los vicarios para que tomaran las medidas necesarias para corregir los abusos que se presentaran en las parroquias, respecto a la disciplina del sacerdote y al ornato de los templos; de esta forma se prohibía a los curas que participaran de bailes públicos, que se embriagaran, que asistieran a espectáculos profanos, a reuniones “mundanas” y habitaran bajo su mismo techo con mujeres sospechosas; si el sacerdote incurría en alguna de estas faltas a la disciplina y moral, el vicario debía corregirle fraternalmente, pero si persistía en la falta le declararía suspenso hasta que remediara su error. El vicario también debía en sus visitas parroquiales velar por el buen estado de las iglesias, que en ellas se guardara el debido aseo y limpieza, que los

vasos sagrados estuvieran en buen estado y que el cura explicara el evangelio. Estas medidas buscaban que el sacerdote volviera a ser el hombre ejemplar de los pueblos y que los feligreses les vieran como fuente de respeto y de verdad.

Respecto al último aspecto sobre los deberes externos más notables de los párrocos y demás curas, el sínodo se basó en el capítulo 1 del título 7 del Concilio Provincial, el cual recordaba que los sacerdotes debían habitar en la casa cural o en una cerca de la parroquia, para que fueran fácil de localizar por sus feligreses; además, recordaba que era fundamental que el sacerdote instruyera a los niños en doctrina cristiana y les preparase para la primera comunión, que debían mantener también una buena presentación, el orden y la moral de su parroquia so pena de castigos canónicos. Era un deber primordial de los párrocos según el sínodo, que cuidaran de que en las escuelas de su parroquia se enseñara el catecismo de la doctrina cristiana aprobado por el obispo, y si no había escuela debían hacer lo posible para que se estableciera una. También se daban otras recomendaciones como el que los sacerdotes no tomaran bando con ningún partido político, el de no cobrar por el bautizo o el matrimonio a los fieles pobres, el de asistir a los oficios de la semana santa, el tocar 3 veces al día las campanas de la iglesia y rezar en la noche el rosario con los feligreses.

El obispo marcho a hacer la visita pastoral del norte de su extensa diócesis, llegó a Cartago y visito hasta el límite con Antioquia, luego:

Pasó á Marmato, visitó las parroquias de la Vicaria de Riosucio, atravesó la cordillera occidental y visito las parroquias del Atrato hasta Quibdó, no habiendo podido bajar más en dicho río por haberse enfermado gravemente Su Señoría; un tanto repuesto, pasó á San Juan, visito las parroquias de esa Vicaria, salió al puerto de Buenaventura, cuya parroquia visitó, lo mismo que las que se hallaban en el camino que conduce de allí á Popayán, á donde llegó a fines de Mayo de 1872 (El Unitario, 1886).

Transcurrido solo un año del sínodo diocesano, los efectos positivos ya eran palpables y el trabajo del prelado reconocido por los laicos; el periódico La Juventud Católica de la ciudad de Cali decía al respecto:

La providencia Divina es sin duda la que, consultando la situación y necesidades de nuestra diócesis de Popayán, ha puesto a su cabeza a su actual pastor, el ilustrísimo señor Bermúdez, que distingue por las más notables dotes y condiciones para el gobierno de la Iglesia que se le ha asignado. Brilla entre aquellas dotes el conocimiento profundo y exacto de las necesidades espirituales de la grey que debe apacentar, y al lado de este conocimiento, el señor Bermúdez presenta una cualidad rara ya en nuestros tiempos […], esa cualidad es la firmeza de carácter y la perseverancia en la acción, que hace que las reformas sean algo más que proyectos y las instituciones más que letra muerta. […] ha emprendido el deber imperioso de formar en su Iglesia un clero ilustrado y virtuoso, capaz de satisfacer las necesidades morales creadas por la presente época […], preciso es confesar que ninguno de los venerables predecesores del señor Bermúdez, por lo menos de medio siglo para acá, acaso por la diferencia de los tiempos, ha presentado un carácter reformador más completo y perseverante […]. (La Juventud Católica, 1872a, p. 2)

En el mes de agosto de 1872, el obispo Bermúdez reunió de nuevo el sínodo diocesano, el cual elaboro importantes decretos sobre administración temporal de las parroquias. Terminado éste, viajo al Valle del Cauca para reunir al clero en ejercicios espirituales en las ciudades de Cali y Buga, durante los meses de octubre y noviembre(Bueno, 1945, p. 174).