televisión, internet y las redes socia-les; contamos con muchos mensajes valiosos que nos ayudan a presentar el Evangelio restaurado; tenemos la prominencia de la Iglesia en muchas naciones; contamos con una canti-dad cada vez mayor de misioneros; pero, ¿estamos haciendo uso de todos esos recursos de manera que logre-mos el efecto máximo? Considero que la mayoría de nosotros diría que no. Deseamos ser más eficaces en cumplir con nuestra responsabilidad divinamente establecida de proclamar el Evangelio restaurado en todo el mundo.
Existen muchas buenas ideas para compartir el Evangelio que funciona-rán en estacas o países en particular. Sin embargo, debido a que somos una Iglesia mundial, deseo hablar de ideas que funcionen en todo lugar, desde las unidades más nuevas a las sólidamente establecidas, desde culturas que actual-mente son receptivas al Evangelio de Jesucristo a culturas y naciones que son cada vez más hostiles hacia la religión. Deseo hablar de ideas que ustedes puedan compartir con personas que son fieles creyentes en Jesucristo, así como con personas que nunca han oído Su nombre; con personas que están satisfechas con su vida actual, así como con personas que desespera-damente procuran mejorarse.
¿Qué podría decir que les sea útil cuando compartan el Evangelio, sean cuales sean sus circunstancias? Necesitamos la ayuda de todo miem-bro, y todo miembro puede ayudar ya que hay muchas tareas que llevar a cabo a medida que compartimos el Evangelio restaurado con toda nación, tribu, lengua y pueblo.
Todos sabemos que la participación de los miembros en la obra misional es de vital importancia para lograr
la conversión así como la retención. El presidente Thomas S. Monson ha dicho: “Ahora es el momento de que los miembros y los misioneros se unan [y]… trabajen en la viña del Señor para llevar almas a Él. Él ha preparado los medios para que compartamos el Evangelio de muchas maneras, y Él nos ayudará en nuestros esfuerzos si actua-mos con fe para llevar a cabo Su obra” 1.
Compartir el Evangelio restaurado es nuestro deber y privilegio cristiano de toda la vida. El élder Quentin L. Cook nos recuerda: “La obra misional no es solo una de las 88 teclas de un piano que se toca de vez en cuando; es un acorde mayor de una atrayente melodía que debe interpretarse de modo continuo durante toda la vida, si hemos de mantener la armonía con nuestro compromiso hacia el cristianis-mo y el evangelio de Jesucristo” 2.
II.
Hay tres cosas que todos los miem-bros pueden hacer para ayudar a
compartir el Evangelio, independiente-mente de las circunstancias en las que vivan o trabajen. Todos deberíamos hacer cada una de ellas.
Primero, todos podemos orar y pedir el deseo de ayudar en esta parte fundamental de la obra de salvación. Todo esfuerzo comienza con el deseo. Segundo, nosotros mismos pode-mos guardar los mandamientos. Los miembros fieles y obedientes son los testigos más persuasivos de la verdad y el valor del Evangelio restaurado; y lo que es más importante, los miem-bros fieles siempre tendrán el Espíritu del Salvador consigo para guiarlos a medida que procuren participar en la gran obra de compartir el evangelio restaurado de Jesucristo.
Tercero, podemos orar para recibir inspiración sobre lo que nosotros podemos hacer en nuestras circuns-tancias personales para compartir el Evangelio con los demás. Eso difiere de orar por los misioneros o de orar por lo que los demás pueden hacer. Debemos orar por lo que nosotros podemos hacer personalmente. Cuando oramos, debemos recordar que las oraciones para ese tipo de inspiración se contestarán si van acompañadas de un compromiso, de algo que las Escrituras llaman “verda-dera intención” o “íntegro propósito de corazón”. Oren con el compromiso de actuar de acuerdo con la inspira-ción que reciban, prometiéndole al Señor que si Él los inspira a hablarle a alguien sobre el Evangelio, lo harán.
Necesitamos la guía del Señor porque en un momento determinado algunos están preparados —y otros no— para recibir las verdades adicio-nales del Evangelio restaurado. Nunca debemos considerarnos jueces para determinar quién está preparado y quién no. El Señor conoce el corazón
de todos Sus hijos y, si oramos pidiendo inspiración, Él nos ayudará a encontrar a aquellos que Él sabe que están “prepa-rados para oír la palabra” (Alma 32:6).
Como apóstol del Señor, insto a todo miembro y a toda familia de la Iglesia a que oren a fin de que el Señor les ayude a encontrar personas prepa-radas para recibir el mensaje del evan-gelio restaurado de Jesucristo. El élder M. Russell Ballard ha dado este impor-tante consejo, con el que estoy de acuerdo: “Confíen en el Señor. Él es el Buen Pastor. Él conoce a Sus ovejas… Si no nos involucramos, se pasará por alto a muchos de los que escucharían el mensaje de la Restauración… Los principios son bastante sencillos: oren, tanto individualmente como en familia, pidiendo oportunidades misionales” 3. A medida que demostremos nuestra fe, esas oportunidades se nos presentarán sin necesidad de una respuesta “for-zada ni artificiosa, sino que nuestros actos fluirán como resultado natural de nuestro amor por nuestros hermanos y hermanas” 4.
Sé que eso es verdad, y agrego mi promesa de que con fe en la ayuda del Señor, seremos guiados, seremos inspirados y encontraremos gran gozo en esta obra de amor de importancia eterna. Llegaremos a entender que el éxito en compartir el Evangelio consis-te en invitar a las personas con amor y con la genuina intención de ayudarles, sin importar cuál sea su respuesta.
III.
A continuación figuran algunas otras cosas que podemos hacer para compartir el Evangelio eficazmente: 1. Es necesario recordar “que las
per-sonas aprenden cuando están listas para aprender, no cuando nosotros estamos listos para enseñarles” 5. Lo
que a nosotros nos interesa, como las importantes enseñanzas doctrina-les adicionadoctrina-les de la Igdoctrina-lesia restaura-da, generalmente no es lo que a los demás les interesa. Por lo general, lo que la gente quiere son los resul-tados de la doctrina, no la doctrina misma. A medida que observan o perciben los efectos del evangelio restaurado de Jesucristo en nuestra vida, sienten el Espíritu y comienzan a interesarse en la doctrina. Quizá también se interesen cuando estén buscando mayor felicidad, cercanía a Dios o una mejor comprensión del propósito de la vida 6. Por tanto, con prudencia y con espíritu de oración debemos procurar discer-nimiento en cuanto a la manera de preguntar sobre el interés que otras personas tengan de aprender más. Ello dependerá de varias cosas, tales como las circunstancias actuales de la persona y nuestra relación con ella. Ese es un buen tema a tratar en los consejos, cuórums y Sociedades de Socorro.
2. Cuando hablemos con los demás, debemos recordar que una invi-tación a aprender más sobre Jesucristo y Su Evangelio es prefe-rible a una invitación a aprender más en cuanto a nuestra Iglesia 7. Deseamos que las personas se con-viertan al Evangelio. Esa es la gran
función del Libro de Mormón. Los sentimientos en cuanto a nuestra Iglesia se producen tras la conver-sión a Jesucristo; no la preceden. Muchos que desconfían de las igle-sias tienen, sin embargo, amor por el Salvador. Hay que poner las cosas importantes en primer lugar.
3. Cuando procuremos presentar el Evangelio restaurado a otros, debe-mos hacerlo de maneras que sean genuinas y que demuestren amor e interés por la persona. Eso ocurre cuando estamos tratando de ayudar a los demás con problemas que ellos hayan identificado o cuando estemos trabajando con ellos en acti-vidades de servicio a la comunidad, tales como aliviar el sufrimiento, atender a los pobres y necesitados, o mejorar la calidad de vida de los demás.
4. Nuestros esfuerzos por compartir el Evangelio no deben limitarse a nuestro círculo de amigos y colegas. Durante los Juegos Olímpicos nos enteramos de que un taxista SUD en Río de Janeiro llevaba consigo ejem-plares del Libro de Mormón en siete idiomas diferentes, los cuales entre-gaba a los que aceptaban recibirlo. Se denominó a sí mismo el “misio-nero taxista”. Él dijo: “Las calles de Río de Janeiro… son [mi] campo misional” 8.
Clayton M. Christensen, cuya experiencia como miembro misio-nero es impresionante, indica que “a lo largo de los últimos veinte años, hemos observado que no hay ninguna correlación entre la estre-chez de una relación y la probabili-dad de que una persona se interese en aprender sobre el Evangelio” 9. 5. Los obispados de barrio pueden
planificar una reunión sacramen-tal especial a la cual se inste a los miembros a llevar personas interesa-das. Los miembros del barrio duda-rían menos en llevar a sus conocidos a una reunión de ese tipo ya que tendrán mayor seguridad de que el contenido de la reunión se planifi-caría bien a fin de generar interés y representar bien a la Iglesia. 6. Hay muchas otras oportunidades de
compartir el Evangelio. Por ejemplo, justo este verano recibí una alegre carta de una miembro nueva que aprendió sobre el Evangelio restau-rado cuando un viejo compañero de clases le llamó para preguntar-le sobre la enfermedad que ella
estaba padeciendo. Ella escribió: “Me impresionó la forma en que se presentó. Después de [unos] cuantos meses de aprender por medio de los misioneros, fui bautizada. Desde entonces mi vida ha mejorado” 10. Todos conocemos a muchos cuyas vidas mejorarían gracias al Evangelio restaurado. ¿Nos estamos acercando a ellos?
7. La fascinación y la experiencia que nuestros miembros jóvenes tienen con las redes sociales les da opor-tunidades únicas de comunicarse a fin de interesar a los demás en el Evangelio. Al describir la aparición del Salvador a los nefitas, Mormón escribió: “Enseñó y ministró a los niños… y soltó la lengua de ellos… de modo que pudieron expresarse” (3 Nefi 26:14). Supongo que actual-mente diríamos “soltó [los pulgares] de ellos… de modo que pudieron expresarse”. ¡Adelante, jóvenes! Compartir el Evangelio no es una carga, sino un gozo. Lo que llamamos la “obra misional de los miembros” no
es un programa, sino una actitud de amor y de participación para ayudar a los que nos rodean. Es también una oportunidad de ser testigos de lo que sentimos en cuanto al evangelio res-taurado de nuestro Salvador. Tal como el élder Ballard enseñó: “La evidencia más significativa de nuestra conversión y de la forma en que nos sentimos con respecto al Evangelio en nuestra vida es el deseo que tengamos de compar-tirlo con los demás” 11.
Testifico de Jesucristo, quien es la Luz y la Vida del Mundo (véase 3 Nefi 11:11). Su Evangelio restaurado nos ilumina el camino en la vida terrenal; Su expiación nos da la seguridad de la vida después de la muerte y la forta-leza para perseverar hacia la inmorta-lidad. Su expiación también nos da la oportunidad de que se nos perdonen nuestros pecados y, bajo el glorioso plan de salvación de Dios, de que reunamos los requisitos para la vida eterna, “el mayor de todos los dones de Dios” (D. y C. 14:7). En el nombre de Jesucristo. Amén. ◼
NOTAS
1. Thomas S. Monson, “Bienvenidos a la conferencia”, Liahona, noviembre de 2013, pág. 4.
2. Quentin L. Cook, “How to Be a Member Missionary”, New Era, febrero de 2015, pág. 48.
3. M. Russell Ballard, “Confíen en el Señor”,
Liahona, noviembre de 2013, pág. 44.
4. M. Russell Ballard, “Confíen en el Señor”,
Liahona, pág. 44.
5. Clayton M. Christensen, The Power of
Everyday Missionaries, 2012, pág. 30.
6. Véase de Christensen, Power of Everyday
Missionaries, págs. 26–27.
7. Véase de Gary C. Lawrence, How
Americans View Mormonism: Seven Steps to Improve Our Image, 2008, págs. 34–35.
8. Véase de Ashley Kewish, “Cab Driver Hands Out Copies of Book of Mormon to Rio Visitors”, 8 de agosto de 2016, ksl.com. 9. Christensen, Power of Everyday Missionaries,
pág. 21.
10. Carta personal, 21 de agosto de 2016. 11. M. Russell Ballard, “Ahora es el momento”,
Sesión general del Sacerdocio | 1 de octubre de 2016
“Quise decirle: ‘Desde luego no eran los Tres Nefitas’”, admitió Molly, “pero me refrené y dije con mucha calma: ‘Eran los maestros orientadores, pero consideraron que no era un momento oportuno para darme el mensaje’” 1.
Hermanos, permítanme examinar brevemente el deber del sacerdocio que se ha descrito como “el primer recurso de ayuda en la Iglesia” para las perso-nas y las familias 2. Se han sacrificado bosques enteros a fin de tener el papel para organizar y después reorganizar ese deber; se han dado miles de dis-cursos motivadores a fin de fomentarlo. Ciertamente, ningún psicoanalista de la corriente de Sigmund Freud podría identificar tantos sentimientos de culpa como los que ha provocado este tema. No obstante, aún tenemos dificultades para ni tan siquiera acercarnos a un nivel aceptable en el cumplimiento del mandamiento del Señor en cuanto a de la conferencia general!” Y prosiguió:
“Pero entonces, justo cuando intentaba decidirme entre darles un beso o el tra-peador, ellos me dijeron: ‘Discúlpenos, Molly. Vemos que está ocupada y no queremos molestar; vendremos en otro momento’. Y se fueron”.
“¿Quién era?”, le preguntó su amiga desde el sótano.
Por el élder Jeffrey R. Holland Del Cuórum de los Doce Apóstoles
N
o hace mucho, una hermanasoltera, a la que llamaré Molly, llegó a casa del trabajo y encon-tró que 5 cm de agua cubrían todo el piso del sótano. Inmediatamente se dio cuenta de que sus vecinos, con los que compartía las cañerías del desagüe, debieron de haber tenido una cantidad exorbitante de ropa para lavar y para bañarse, porque a ella le llegó toda el agua del sumidero.
Después de que Molly llamó a una amiga para que fuera a ayudarla, ambas empezaron a achicar el agua y a trapear. Entonces alguien llamó a la puerta y su amiga exclamó: “¡Son tus maestros orientadores!”.
Molly se rio. “Es el último día del mes”, respondió, “pero puedo asegurarte que no son mis maestros orientadores”.
Descalza, con los pantalones moja-dos, el cabello sujeto con un pañuelo y un par muy elegante de guantes de goma, Molly se abrió camino hasta la puerta. Sin embargo, su aspecto depri-mente no se comparaba con el espec-táculo inusual que tenía ante sus ojos. ¡Sí eran sus maestros orientadores!
“¡Me quedé boquiabierta ante seme-jante sorpresa!”, me dijo tiempo des-pués. “¡Era un milagro de la orientación familiar, como el que las Autoridades Generales comparten en los discursos