Desperté abruptamente. Había sido todo un sueño. Una parte de mí quería que fuera real. De mala gana, me levanté y me vestí. Aún no aceptaba que Annabeth y Leo estuvieran muertos. Observé el rincón de la tienda de campaña en la que dormía y suspiré.
Allí estaba el cuerpo de Annabeth entre raíces. Pensé en lo que Luke había dicho sobre curar sus heridas. Era una vaga esperanza, pero me senté ahí delante. Eran feas. Tenía grandes desgarros musculares por todo el cuerpo, según me había dicho un romano hijo de Febo –Apolo para los griegos-. Si quitaba las raíces antes de que su alma volviera –si es que eso era posible- entonces la perdería definitivamente. Decidí no tocar nada, al menos por ahora. Me puse de pie y salí de la tienda. No había nadie a la vista. El Olimpo estaba tranquilo. Subí lentamente la escalera de platino celestial. No iban a escucharme, nunca lo habían hecho. Pero seguro que a mi padre y a Atenea les molestaría que les recordaran que ya había muerto otro de los siete mestizos. Si la racha seguía… Bueno, una parte de mí quería que yo fuera el próximo, así podría ver a todos otra vez, pero por otra parte…
- Ojalá mi sueño hubiera sido verdad.-dije, mientras llegaba al final.
La magnificencia del Olimpo no se había visto menguada. Los edificios que Cronos había destruido durante su incursión, ya habían sido reconstruidos. Abrí las puertas del Consejo Olímpico sin demasiado esfuerzo y entré. No había nadie. Me sentaría y esperaría que llegara alguien. Pero no fue necesario. Al lado del fuego, como en ocasiones anteriores, pude ver a Hestia, la diosa del hogar. Me miró con sus cálidos ojos rojos y me sonrió.
- Pasa, Percy Jackson.-me dijo, como si me conociera de toda la vida.- Ponte
cómodo.-
Chasqueó los dedos y un sillón de oro apareció a su lado. Lo apunté asintiendo con la cabeza, preguntando si debía sentarme ahí. Afirmó y yo me ubiqué de frente a ella.
- Siento tu pérdida, joven.-me dijo.
Asentí. Nadie podía entenderme mejor que ella, estaba seguro. Bueno, tenía que reconocer que Hera, después de todo, también me entendía.
- Sí.-afirmé, con melancolía.- Siento…-la miré, preguntándome si podía ser abierto con ella, y descubrí que me miraba atentamente. No estaba escuchando para tomarme el pelo, escuchaba en serio.- Siento que una parte
de mí, murió con Annabeth.-
- Es normal.-me dijo al instante.- No te pido que lo superes, pero ten en
cuenta que este tipo de pérdida es común en los héroes. Luke la perdió cuando aceptó ayudar a Cronos. Jasón se suicidó por culpa de Medea. Perseo acabó teniendo que alejarse de Andrómeda.-la diosa suspiró.- ¿Sabes? Me gustaría que alguna vez terminaran bien. Siempre todo acaba mal, todo termina en muerte. Parece que para algunos no hay otra forma de arreglarlo.-Hestia se apoyó contra la pared del hogar, en cuyas fauces crujía carbón. Agitó la mano y el fuego cambió de color y se hizo más alto. La observé, dubitativo.
- Pero…-pensé en si podía contarle que Hera me había tentado a cambiar el destino.- Hera me dijo hace una semana y un par de días que podía cambiar el destino, que tenía que hacerlo.-
- Entonces hazlo.-me dijo. En ese momento se abrió la puerta que daba a la calle, y Poseidón y Atenea entraron en la habitación. Mi padre iba vestido con una armadura griega de combate y Atenea llevaba aún una toga fúnebre de color negro oscuro, cortesía del propio Hades, según pude adivinar.
- ¿Percy?-preguntó mi padre, sorprendido.- ¿Qué pasa?-Atenea me miró con
curiosidad, preguntándose si debía matarme o dejarme vivir.
- Precisamente, los buscaba a ustedes dos.-dije, dejando de lado todo respeto.- Anoche tuve un sueño.-
Les conté detalladamente mi sueño, explicando lo que había dicho Luke sobre volver de la muerte y tal.
- Eso es muy arriesgado.-dijo mi padre. - Prácticamente imposible.-corrigió Atenea. - ¡¿Es que no quiere que su hija viva?!-le grité.
Al principio creí que iba a despellejarme, pero luego adoptó una expresión triste. Suspiró penosamente y alzó la vista hacia mí.
- Haz lo que debas.-me dijo.- Pero, te lo advierto, si no queda ni el cuerpo de Annabeth, haré que te arrepientas el resto de tu vida.-dijo, lenta y amenazantemente.
Atenea dirigió sus peligrosos ojos grises hacia él y lo fulminó con la mirada. Mi padre parecía estar acostumbrado a esos ojos, sólo le sostuvo la vista.
- Así no llegamos a ninguna parte.-dijo Hestia, acercándose y separándolos.-
Atenea, Percy dice que no tiene la culpa de que tu hija haya muerto, y yo le creo.-declaró.
La diosa de la sabiduría me miró fijamente. Miró de mí a Poseidón, y, finalmente, de este último a Hestia. Suspiró y asintió con la cabeza.
- Tema zanjado.-afirmó Hestia, mirándolos a ambos.
- ¿Cómo que tema zanjado? ¡Esto… es… es una injusticia! ¡Ahora sé por qué
Luke los odiaba!-les grité.
Atenea se mordió el labio inferior y desvió, por un momento, la mirada, a la vez que alzaba las cejas. Poseidón la miró lleno de odio y Hestia, sorprendentemente, me puso una mano en el hombro.
- Tranquilo, Percy.-me dijo. Su voz suave y relajada me hizo perder todo odio.-
Cambiemos de tema, ¿sí? No hace ningún bien hablar de muertos.-Hestia me convenció.
Al poco rato llegaron los demás dioses. Se ubicaron cada uno en su trono y se prestaron a escuchar lo que tenía que decirles. Hestia se sentó en el silloncito pequeño que había llamado para mí y se quedó mirándome. Afrodita y Hera cruzaban miradas preocupadas, pero no les presté atención. Les conté mi sueño a los dioses, y todos, salvo Zeus y Hades, comenzaron a murmurar. El rey de los dioses hizo una seña con la mano y todos se callaron. Luego, el dueño del Inframundo me miró con ojos curiosos.
- No me mientas.-dijo.- No vale la pena. Sé que Nico te llevó allí.-
- ¿Entonces está mintiendo?-observó Hestia, mirando al rey del Inframundo con curiosidad forzada.
La miré. ¿Acababa de llamarme mentiroso? ¿Precisamente ella, que siempre me prestaba más atención que los demás dioses, me decía mentiroso? Hades torció su cuello hacia ella y la observó.
- Mmm… No.-declaró.- Ahora que lo pienso, no miente. Es solo que no lo
sabe.-me miró a mí.- Nico no te lo ha explicado, ¿o me equivoco?-lo miré a los ojos. Parecían fuego negro.
Entendí que Hestia lo había dicho para abrirle los ojos a Hades.
- ¿Explicarme qué?-quise saber.
- No, es obvio que no lo hizo.-miró a Zeus.- No tiene la culpa.-Hades había
cambiado radicalmente –para bien- desde que lo admitían en el Olimpo en todo momento –antes sólo lo dejaban entrar para los solsticios de verano e invierno-. Volvió a mirarme.- Érebo es un dios primordial.-empezó.- La sombra que cubre todo el mundo ininterrumpidamente.-dijo.
- ¿Ininterrumpidamente? Pero si cada cosa tiene su sombra…-
- Déjame terminar.-me cortó.- Érebo es la sombra. Éter la luz. Nix trae la noche, Érebo, y a su vez, horas después, Hemera esparce la sombra y trae a Éter. Pero, a pesar de que de la sombra solo quedan vestigios, sigue siendo una. Por eso es posible ejecutar un viaje sombra. Es… como… una vasta red de conexiones e interconexiones inentendible para cualquier mortal. ¿No te has preguntado por qué tomas giros cuando haces un viaje sombra?-al igual que muchas veces antes, el señor de los muertos mostró una sonrisa de autosuficiencia y se apoyó en el respaldo de su trono.
De acuerdo, Hades tenía razón. Muchas veces había habido curvas en el camino de la señorita O’Leary cada vez que habíamos hecho un viaje sombra.
- Ahora bien,-siguió Hades.- ningún mortal o semidiós puede entrar a los
Campos Elíseos en vida.-
Eso solo me hacía sentir peor, me confirmaba que lo mío había sido un sueño, una alucinación.
- Pero…-dijo Hades, alzando el dedo índice de la mano derecha y apoyando el codo correspondiente en el apoyabrazos de su trono.- Cuando se duerme, se está en un estado aproximado a la muerte, por lo que un semidiós, en sueños –un humano no-, puede entrar a los Elíseos si es llevado por un vivo. Ahora, como ningún vivo puede entrar allí, y solo yo o un hijo mío puede hacerlo, Nico te llevó. Pero para no explicarte todo esto, directamente te hizo
creer que entrabas ahí despierto. Además, a su manera, resultaba más creíble.-
Mi corazón dio un vuelco. Curiosamente, Hades acababa de alegrarme el día. Ya quería salir corriendo a buscar a Annabeth y a Leo.
- Muchas gracias, mi señor Hades.-le dije. Él asintió. Curioso, muchas veces había querido matarme y ahora parecía quererme.- Mi señor.-me dirigí a Apolo.
- Dime, muchacho.-dijo, sonriendo intensamente.
- ¿Cómo puedo curar heridas mágicas causadas por gigantes?-
Apolo dudó. Se tocó la barbilla y miró de reojo a Poseidón. Luego observó a Zeus. Finalmente, volvió su vista a mí.
- Hay una forma.-dijo, acomodándose en la silla.- Pero…-dudó otra vez sobre
si debía explicármelo.
- Por favor.-supliqué. Miré a los demás. Hera y Afrodita me echaban miradas compasivas. Ares, por su parte, recordaba que yo había caído de rodillas después de la primera batalla contra Porfirión, y cada vez me quería menos. Hefesto lucía incómodo, pero miró a su mujer y luego se volvió hacia mí. Entonces, sucedió lo último que yo esperaba que pasara. Hermes me miró con interés, preguntándose algo. Por último se puso de pie y caminó en silencio hasta mi lado. Se quedó mirando el suelo un momento y luego miró a Zeus a los ojos.
- Este muchacho, -empezó Hermes.-ha demostrado valentía y honor estos últimos años.-Zeus lo miró a través de sus cejas con el ceño fruncido. Poseidón se removió en su asiento, inquieto. Atenea me clavó la mirada, pero rápidamente la desvió a Hermes. Hera y Afrodita se miraron un momento y susurraron algo acerca de Annabeth –no pude escuchar qué-. Ares y Hefesto parecían de opiniones opuestas –yo sabía cuál de los dos me apoyaba, no era necesario decirlo-. Dionisio estaría, con suerte, de mi lado. Artemisa miró a Poseidón y supe que los dos me ayudarían.- Digo que demostró valentía, porque se plantó delante de Cronos y no tuvo miedo, ¡aunque él fuera el rey de los titanes!-Hermes me señaló con el dedo.- ¡Digo que tiene honor, porque aun cuando Cronos le quitó mucho, no era
venganza lo que lo movía, sino hacer el bien!-dijo Hermes, mirando un poco a cada dios. Abajo estarían preguntándose dónde estaba yo.- El chico sólo quiere vivir en paz y armonía con lo que lo rodea. No veo nada de malo en eso. ¡Someto el tema a votación! Si hay más de cinco de nosotros a favor, Apolo le dirá qué hacer.-gritó Hermes.- Tú,-apuntó a Apolo con el dedo.- no votas.-
- Ni tú tampoco.-intervino Zeus.
Hermes asintió. Él había llamado a votación, por lo tanto no podía favorecer a nadie. Esperaba que fueran pocos los que alzaran la mano a mi favor. Poseidón, Hera y Afrodita alzaron la mano al instante. Hades votó negativo. Artemisa se unió a mi causa y Hefesto también. Uno más y ganaba. Dionisio y Ares votaron en mi contra, aludiendo a que “no podía traer a los muertos de donde estaban”. Zeus votó a favor de su hermano Hades.
- Solo faltas tú, Atenea.-dijo Hermes, mirándola con nerviosismo.- Por favor,
sé razonable.-
- ¡Silencio!-exigió Zeus.- Ella hará lo que quiera.-
Atenea me miró. Dependía de ella. Sus tormentosos ojos grises se cruzaron con los míos y supe lo que iba a hacer.
- Voto… por él.-dijo, segundos después.
Zeus asintió, decepcionado.
- Apolo, dile lo que quiere saber.-accedió el rey de los dioses. - Ven por aquí.-me dijo Apolo, contento de ayudarme.
Me llevó hasta su mansión y me dio una lira.
- Has de hacer lo mismo que Orfeo. Hades te dejará entrar a los Elíseos, pero
deberás salir sin mirar nunca atrás para ver si las almas te siguen. De lo contrario, perderás toda esperanza. Sin mencionar que los dioses te fulminarán. Ahora, una vez que llegues abajo, junta como máximo dos almas y parte de regreso. Hades no podrá traerte. A la vuelta, Cerbero estará atento por almas que lleguen al Inframundo o que quieran escapar, así que deberás tocar la lira para que se duerma.-
Sentí un tirón en las tripas y se me hizo un nudo en el estómago. Yo no sabía tocar la lira.
- Pero, mi señor…-
- No me llames “mi señor”.-
- Está bien. Apolo. No sé tocar la lira.-declaré, sonrojándome.
- ¿Y para qué crees que estoy yo?-me dijo, como si fuera obvio.- Tú sólo lleva
los dedos a ella y deja que yo haga el resto.-
Recordé que Luke había dicho que tenía que curar las heridas de Annabeth antes de intentar atar su alma de vuelta a su cuerpo. Le expliqué eso a Apolo, y él adoptó una expresión preocupada.
- Ya hice eso algunas veces en el pasado. Casi siempre salió mal, si te soy
sincero. Lo haremos sólo si estás seguro. Debe ser un trabajo de precisión. El momento en que la curemos y su alma y su cuerpo se junten de nuevo debe ser el mismo. O casi el mismo. Pongamos una variación máxima de un segundo.-
Minutos después, Hades me llevó al Inframundo –con sólo chasquear los dedos- y me dejó entrar a los Campos Elíseos. Parecía que con su permiso, cualquiera podía entrar. Entré allí gritando. El señor de los muertos observó con curiosidad mi paraíso. Era el Campamento Mestizo, el valle que era para todos. Annabeth y Leo corrieron hasta mí.
- Percy, ¡por fin! Estábamos esperando que llegaras para…-ella se congeló al ver a Hades.- Oh, oh.-
- No, no, tranquilos. Nos está ayudando.-dije, con algo de sorpresa en la voz.-
Miren, nos iremos así.-
Les conté brevemente lo que haríamos. Ellos tenían que ir detrás de mí, caminando a mi paso. No tenían que hablar, ni distraerse por nada. Tenían que dejarse llevar por mi melodía –que en realidad era de Apolo-, y yo no tenía que mirar atrás.