Percy Jackson
Y
El Regreso del
Olvidado
Prólogo
Verán, no es que haya sido fácil llegar a mi edad, siendo un mestizo. Tengo treinta y ocho años, y hoy es la madrugada del dieciocho de Agosto. Soy hijo del dios griego del mar, Poseidón.
Mi vida fue un fiasco hasta que cumplí dieciocho años, en el mismo momento en que peleaba por mi vida y por el mundo.
Volvamos al momento en que cumplí diecisiete. Hoy día recuerdo todo, pero luego, al cumplir los diecisiete, Hera, la diosa del matrimonio, me borró la memoria y me entregó a los romanos. El día antes de desaparecer, hacía tres meses que había vuelto al campamento. Estaba con Annabeth, mi novia, en la orilla del lago. Había peleado mucho por ella los últimos cinco años, pero por fin la tenía. Teníamos problemas, como toda pareja, pero estar juntos era lo que más queríamos, así que nos aguantábamos. Atenea, su madre, y Poseidón, mi padre, no se veían del todo contentos con nuestra relación, pero lo aceptaban. Ella me había ayudado a evitar una guerra de triple frontera entre los Tres Grandes –Zeus, Poseidón y Hades- en mi primer año en el Campamento Mestizo, la cual habría sido provocada por Cronos, el rey de los titanes; me había ayudado a rescatar a Grover de un cíclope, Polifemo, al que le robamos luego el Vellocino de Oro, –el auténtico- con ayuda de mi hermanastro, Tyson, otro cíclope. Por culpa de la magia del Vellocino, Thalia Grace, hija de Zeus -y hoy día, ex lugarteniente de Artemisa-, había vuelto a la vida. Más tarde, al año siguiente, yo había afrontado el rapto de Annabeth por parte de una mantícora. Después, había perdido a una amiga –Zoë Belladonna- a manos de Atlas, el titán, y Ladón, el dragón de cien cabezas que custodiaba el Jardín de las Hespérides. Al año siguiente, Annabeth y yo habíamos encontrado accidentalmente una de las millones de entradas al laberinto de Dédalo. Luego, Nico di Angelo, hijo de Hades, nos había ayudado, y habíamos liberado a Briares –el último de los tres hecatónquiros: Briares, Giges y Coto. Los dos últimos habían muerto para cuando encontramos al primero-. Al final, Dédalo murió para destruir el laberinto y las fuerzas de Cronos refugiadas en él. Durante
el año que siguió, Cronos intentó destruir el Olimpo –desviando a los dioses hacia Tifón, que iba hacia el Empire State, la antecede del Monte Olimpo-, y de no haber sido por nosotros, los mestizos del Campamento Media-Sangre, lo habría logrado. Luke, el dueño del cuerpo que Cronos usaba como puente para alcanzar su verdadera forma, se redimió al final, arrepintiéndose de haber roto una promesa de gran peso. Annabeth logró hacerlo entrar en razón, y Luke se suicidó, destruyendo a Cronos. Igualmente, él no estaba muerto –me refiero al titán Cronos-. Sin embargo, quizá nunca formara una consciencia de nuevo. Independientemente de eso, el rey de los titanes no volvió a atacar.
Durante el transcurso del año anterior, perdí mi memoria y amanecí en el campamento mestizo de los romanos, quienes me enviaron a soltar a Tánatos, el dios que custodiaba las Puertas de la Muerte, a quien los gigantes habían apresado. Lo liberé sin ayuda de los dioses –aunque no pude matar a los gigantes- y finalmente él volvió a su trabajo, pero ya era tarde. Las Puertas estaban abiertas, y sólo se cerrarían otra vez si todo lo que había salido de ellas, volvía a entrar. Sin embargo, hacerlo era mucho, muchísimo, más difícil que decirlo. Yo no recordaba quién era, ni qué hacía con los romanos, pero me formé adecuadamente. La guerra se avecinaba. Mi directora del campamento, la loba Lupa, decía constantemente que Tellus se alzaría otra vez. Yo la asociaba, inconscientemente, con Gea, la titánide de la tierra –para los griegos-. Lupa también me había dicho que siguiera mi instinto, y a las doce encontraría mi pasado. Lo único que yo recordaba inicialmente era un nombre: Annabeth. Sólo sabía, en ese momento, que ella había sido importante para mí.
Capítulo 1
De vuelta al principio de mi vida
No podía parar de correr. Más recuerdos habían ido volviendo a mí las noches anteriores. Pero eran únicamente recuerdos relacionados con personas, no con lugares. Me podía acordar de un tal Grover Underwood, un fauno; un niño hijo de Plutón, un tal Nico di Angelo; y una hija de Minerva. Bueno, eso no importaba en realidad. La loba Lupa, mi directora del campamento, me había dicho que tenía que encontrarla. Solo así recuperaría mi memoria. Annabeth, ese era el nombre. Pero solo eso sabía. No sentía ninguna referencia especial hacia ninguno de ellos, sólo quería encontrarlos y ver qué le había pasado a mi memoria. Quién la había despedazado y por qué, aun no lo sabía. A mi derecha, se extendía una larga pradera, donde podía ver vacas y tierras dispuestas a ser aradas. Por otro lado, a mi izquierda estaban las dependencias de New York, las cuales acababa de pasar. Dos gorgonas venían persiguiéndome. Les había hecho de todo, pero no podía entender por qué no morían. De pronto me di cuenta que las había perdido y caminé tranquilamente hacia las vacas. Eran el animal sagrado de Juno, después de todo. No podía explicarme eso, pues Juno era bastante belicosa. ¿Por qué le gustaban tanto las vacas? Me acosté en el granero de una granja una vez que entré. No era muy hospitalario, menos aún con los caballos mirándome como si fuera su jefe – con una mirada un tanto miedosa-, pero de todas formas me acosté. Durante mi sueño, más recuerdos vinieron a mí. Una chica pelirroja se alzaba delante de una enorme casa azul claro, gritando con una voz difícil de imitar. Como si tuviera tres voces independientes hablando todas al mismo tiempo.
- "Siete mestizos responderán al llamado. Por la tormenta o el fuego, el mundo caerá. Una promesa que mantener con un aliento final,
De repente, el sueño cambió otra vez, como queriendo indicarme algo, pero yo no supe qué.
Era algo bastante estúpido. Yo me había caído de mi canoa. En ella, estaba una chica riéndose de mí.
- No te me vas a ir tan fácil, sesos de alga.-decía, como si lo que acababa de
pasarme fuera un asunto de vida o muerte.
Me tendía la mano, esperando que yo la tomara. Parecía tan real. Estiré mi mano y agarré la de ella, pero entonces me desperté abruptamente.
- Sesos de alga…-susurré en silencio.
No tenía ni idea de lo que había querido decir, pero por lo visto no tenía importancia. Sin embargo, me quedé con ese recuerdo. Tarde o temprano, todo iba a servirme. Mi radar interno me dijo que debían ser más o menos las ocho de la mañana, según el sol y la posición de mi sombra. Tenía que apresurarme. Según Lupa, tenía que encontrar mi principio cerca de aquí. “En un viaje que te llevará meses,” me había dicho, “una mañana antes de las doce, tu origen te será revelado de la manera más tonta.” Aún estaba por verse cuál era el significado de “tonto” para ella, y si se refería a las doce del mediodía o del anochecer. Ya había pasado mucho tiempo lejos de una familia. Tenía que ser hoy. Algo me decía que iba a ser dentro de poco. Empaqué mis cosas y las guardé en la bolsa encantada que los romanos me habían ayudado a preparar. Ellos habían sido duros conmigo al principio, pero cuando descubrieron que yo era hijo de Neptuno, su postura había cambiado abruptamente. Seguí caminando con tranquilidad. El camino me era vagamente familiar. Había conseguido llegar hasta la autopista y encaminarme en dirección contraria a New York. Pronto, mi sombra me dijo que eran las diez de la mañana. Quizá el empezar a acordarme del camino fue lo que me hizo acelerar el paso, o quizás fue el hecho de que el viento cambió de rumbo y me llegó a la nariz un repugnante hedor a reptil. Comencé a correr. Ojalá mi nariz no fuera tan buena. No quería pelear otra vez con Euryale o Stheno. Cada vez que las mataba se
tomaban apenas un par de horas para aparecer otra vez. Subí una colina, y… me caí al suelo al ver una piel de cordero dorada sobre un árbol, más precisamente sobre un pino, y un enorme dragón enroscado en él. Algo me dijo que no podía seguir por ahí –vi, además, literalmente, un tipo de muchos ojos caminando hacia mí-, pero antes de darme vuelta, una flecha me sorprendió. Se partió contra mi espalda, pero de alguna forma algo golpeó un punto en la misma que hizo que me desmayara. Pude ver al tipo de los ojos totalmente sorprendido corriendo hacia mí, y agachándose a mi lado.
Capítulo 2
Reencuentro
Realmente no había sido tonto, sino embarazoso. Y ni siquiera habían sido las doce, ni del mediodía ni de la noche. Lupa había errado por lo visto. Pero algo me decía que mi regreso aún no estaba completo. Desperté, pero no abrí los ojos. A mi alrededor, todos discutían. Podía escuchar la voz de esa chica que había oído en sueños, pero ahora no recordaba cuál era su importancia. Por otra parte, había muchas voces que no reconocía.
- Ahora solo faltan dos mestizos que sean indicados para ir.-decía la única voz familiar.
- Sí.-reconoció una voz desconocida. Tenía un aire a la de Júpiter.- Pero,
¿quiénes
serán?-- ¿Qué importa eso? ¡Encontraste a tu novio, al fin!-esa parecía la voz de Venus. No era buen signo. Recordaba malas experiencias con las hijas de Venus, pero no podía acordarme exactamente qué era lo que había pasado la última vez que tuve contacto con una.
- A ver, contemos. Percy, Jason, Leo, Piper, y tú.-tenía la sensación de que
quien hablaba era hijo de Mercurio y estaba contando con los dedos. Ellos no destacaban exactamente por ser inteligentes.
- Él podría sernos de mucha ayuda en el viaje.-dijo otro. Este tenía la voz seca
y áspera. Me recordó a Vulcano.
Entonces la de la voz familiar habló otra vez.
- Bueno, vayan todos a trabajar. Yo me quedo con
Percy.-Pude sentir que la chica de la voz familiar se acercaba a mí. Luego tomó mi mano. Era fría al tacto, pero su piel era suave y delicada, no parecía haber entrado
en combate en mucho tiempo. Sin embargo, por otra parte, el solo tocarla me aportaba calor, figuradamente, como si una vez ella hubiera sido mucho para mí. Cuando iba a abrir los ojos para mirarla y hablar con ella, me llegó una brisa fresca con olor a agua salada. No podía creer que Neptuno, mi padre, hubiera venido en persona a verme.
- ¿Poseidón?-preguntó la voz familiar con ingenuidad.- Mi señor, ¿se atreve a
venir después de todo este
tiempo?-- He tenido que darle una tunda a Zeus, no me gustaría estar aquí cuando despierte. Afortunadamente, no recordará nada.-supuse que la chica estaría mirándolo fija e interrogativamente, porque él agregó: - Bueno, en realidad Tyson le dio en la nuca por la espalda, pero qué más da.-se sentó a mi lado, y su sola presencia me hizo sentir que no me dolía nada, me dio fuerzas para salir a correr.
¿Tyson? ¿Poseidón? ¿Zeus? ¿Quiénes eran esos? ¿Dioses que no conocía o que…? Entonces caí en cuentas. Estaba en un campamento griego. Los peores enemigos de los romanos. Pero por alguna razón, no me pareció que fueran mis enemigos. Lentamente abrí los ojos. La chica era, como yo pensaba, la de mis sueños, la de la canoa. Llevaba una armadura griega de combate sobre una remera naranja que, según parecía, era de algún campamento. Unos vaqueros le cubrían las piernas, y unas zapatillas blancas Rebook eran su calzado. Su cabello rubio atado en una cola de caballo la hacía ver hermosa, pero sus ojos no la acompañaban. Eran grises, como si fuera ciega, pero te hacían pensar que con ella había que tener un especial cuidado, y no por lo que acabo de mencionar. Me sonreía intensamente y apretaba con desesperación mi mano. Neptuno, por su parte, llevaba unos pantalones cortos playeros y una camisa hawaiana alocada color celeste, con palmeras blancas bordadas a mano. Unos lentes Ray-Ban adornaban su cara junto con una sonrisa cálida que me hacía sentir renovado. En los pies llevaba solo sandalias. Su pelo era color negro y tenía una jovial barba negra, solo en el mentón.
- ¿Papá?-pregunté.
Pronto se darían cuenta de que yo era romano. Solo por si entonces me odiaban, no solté la mano de la chica, a lo cual ella respondió con emoción.
- ¿Me reconoces, Percy? Soy
Poseidón.-Eso no sonó como lo que yo quería escuchar.
- Sí, y no.-declaré.
Se quedaron mirándome, como si hubieran oído mal.
- Tú eres Neptuno.-dije, poco después.
La chica estiró su mano hasta mi frente, e hizo como si me midiera la temperatura.
- Percy.-empezó ella.- ¿Me reconoces a
mí?-Ambos parecían preocupados. Quizá más de lo que deberían. Neptuno, Poseidón o quien fuera, se levantó y me dirigió una mirada. Se encaminó a la puerta. No quería hablar con ella si mi padre estaba presente.
- Los dejo. Tienen mucho de lo que hablar. Le diré a tu madre que estás bien, Percy. Intenta pensar en lo que te
pasó.-En cuanto mi padre abandonó la sala, la chica se me lanzó encima entre un abrazo estrangulador y un beso. Yo no entendía nada, solo confirmé lo que sospechaba. Ella era la que yo andaba buscando.
- Annabeth.-dije, cuando me soltó.
Ella se emocionó.
- Sí. Soy yo,
Percy.-- Pero, ¿y tu
apellido?-- Chase. Annabeth
Chase.-“Chase. Chase.” Una imagen de un avión ametrallando monstruos apareció en mi cabeza. Debía ser de algunos años atrás, porque Annabeth y yo lucíamos como auténticos niños. Pero además, había presente un dios ahí. Diana. La diosa de la caza. Cuando pensé en el rostro de la diosa, una imagen relampagueó en mi cabeza, otro recuerdo sin duda. Annabeth, yo y otra chica estábamos en lo que parecía ser el hogar de los dioses. El “Monte Olimpo” lo llamaban mis compañeros,
en el recuerdo. Allí estaban todos: Venus, Apolo, Marte, Minerva, Diana, Baco, Plutón, Vulcano, Mercurio, Juno, mi padre Neptuno y Júpiter. Parpadeé. La miré a los ojos –que eran grises como un cielo tormentoso-. Pensándolo mejor, sobre lo que dije anteriormente acerca de sus ojos… lo retiro. Eran hermosos. Pero a la vez indicaban peligro. Casi podía ver su cerebro armando un rompecabezas dentro de su cabeza.
- Um… Supongo que nadie te lo dijo, pero… se supone… que tú y yo somos
novios.-Me tomé mi tiempo para contestar. Resulta que tenía novia, y, al menos que yo recordara, no había movido ni un dedo para conseguirla. “Bueno, eso no importa”, pensé, “no voy a echarla por la borda”.
- ¿Estás bien?-me preguntó.- Lo que quedó de la flecha de Stheno al romperse en tu espalda, dio en tu punto mortal. Solo una pequeña
astilla.-- ¿Mi punto mortal?-pregunté, incrédulo.- Lo dices como si yo
fuera…-invulnerable… lo que de hecho era.
- Oh, tu amnesia, casi lo olvido.-apretó mi mano.- El año pasado tomaste un
baño en el Río Estigio, en el Inframundo, para protegernos a todos de Cronos, el rey de los titanes, que estaba volviendo a la vida mediante…-ella se cortó de repente. Su rostro se tornó triste.- mediante Luke, un amigo que nos… que nos traicionó hace mucho, pero que al final hizo lo correcto con nuestra ayuda. ¿Te
acuerdas?-- Sí.-dije, de pronto. Doce campanadas sonaron –maldita Lupa-. Los
recuerdos volvieron a mí todos juntos. “Luke” y “Cronos” habían sido las palabras clave. De pronto recordé los nombres de los dioses romanos, pero en griego, recordé también que había peleado furtivamente contra ejércitos enteros de monstruos asesinos sedientos de sangre, que había visto morir al dios Pan, que tenía un amigo llamado Grover Underwood, un sátiro, además de un viejo amor, que era ella, Annabeth Chase, la hija de Atenea, diosa de la sabiduría y la estrategia militar.
Capítulo 3
Tyson
Annabeth no se despegó de mí nunca –y cuando digo nunca, es nunca-. Quirón, nuestro director, incluso le había dado permiso para que durmiera en la cabaña de Poseidón junto conmigo, pero no después de que mi padre y Atenea, a regañadientes, dieran su consentimiento. Por supuesto no dormía en la misma cama que yo, ni siquiera en la misma litera, pero tengo que reconocer que sentía mi privacidad violada. Los recuerdos habían seguido llegando cada día, pero de algo estaba seguro. Jason Grace, el hijo de Zeus, Leo Valdez, el hijo de Hefesto, y Piper McLean, la hija de Afrodita, nunca habían estado en este campamento. Debían de haber llegado el verano pasado cuando yo estaba desaparecido en el campamento romano. ¡Lupa! ¡Me había hecho prometer que le avisaría cuando llegara al Campamento Mestizo! Me levanté y me puse las pantuflas –que por cierto, tenían forma de caballitos de mar en la punta de los dedos y lanzaban fuertes relinchos a cada paso que daba-. Caminé hacia la fuente en un rincón, y busqué una moneda – un dracma, me había dicho Quirón-. La lancé al agua y dije:
- Oh, Iris, diosa del Arcoíris, muéstrame a la loba Lupa, la contraparte de
Quirón.-En la neblina se formó lentamente un campamento. Pilares blancos como la nieve le daban la bienvenida a cualquiera que llegara, pero la loba Lupa no residía ahí. Vivía mayoritariamente en la cúspide de una colina, pero ahora estaba de espaldas a mí.
- ¡Lupa!-la llamé. Se volteó.- He llegado al Campamento Mestizo con vida.-le
informé.
- Has demostrado ser digno hijo de Neptuno. Las aguas te guiaron bien. Pero no confíes en la tierra. Estamos teniendo problemas con ella. Se mueve inquieta en su
sueño.-Annabeth abrió los ojos y se quedó pasmada mirando a la loba hablando conmigo. ¿La tierra? ¿Problemas con ella? ¿De qué hablaba Lupa?
- Percy, no serás… un espía. Dime que
no.-- No.-le aseguré. Puse mis manos en su cuello.- No soy un espía. Solo le estaba dando las gracias a Lupa. Ella me vigiló mientras estaba en el campamento romano.-Annabeth me miró incrédula.- Los romanos ubicaron mi punto débil rápidamente.-agregué, como mentirita piadosa.
Ella se quedó mirándome un momento, pero luego me palmeó la mejilla y posó sus fríos y calculadores ojos sobre Lupa, que le devolvió y le sostuvo la mirada durante un rato.
- Hija de Minerva.-dijo finalmente.
- Atenea.-la corrigió mi novia. No sonaba enfadada ante la confusión de
madres. Parecía que Lupa le caía bien.- Eres… diferente a los demás lobos.-dijo, después de unos momentos de silencio.
Lupa se rascó detrás de la oreja con la pata trasera.
- Sí, hija de Minerva. Por mis venas corre Icor inmortal, pero por poco más me diferencio del resto de mi manada. Incluso me parezco a mis guerreros.-Annabeth la miró incrédula.
- No es literal.-le aclaré.
Ella desvió la mirada. Se puso el pelo detrás de las orejas, y luego miró su reloj. Eran las cuatro de la mañana del diez de Junio. Lupa pestañeó con sus pobladas pestañas como bailando delante de sus ojos por el viento.
- Me alegro de que estés bien, Perseus Jackson. Volo vos fortuna in vestri
quaero.-Annabeth no entendió ni una palabra, pero yo asentí. Acaba de desearme suerte en mi búsqueda. Pero no entendía sobre qué búsqueda hablaba ella. No quise preguntar tampoco. Mis búsquedas solían terminar mal.
- Dijo que nos deseaba suerte en nuestra
búsqueda.-Annabeth me miró. Pero no era una mirada fría como la que le echaba a los campistas con los que se llevaba mal. Su mirada me infundía calor, me daba fuerzas –de una forma que no puedo describir con palabras-.
- Etiam non loqui, Perseus Jackson. Integer conversation.-dijo la loba.
Al mismo tiempo que se desvanecía, Lupa echaba a correr montaña arriba como un rayo.
- ¿Qué dijo?-quiso saber Annabeth. Me senté a su lado y entrelacé mis dedos
con los suyos. Me quedé pensando en lo que había dicho Lupa, eso sobre la búsqueda.
- Nos dijo que no teníamos nada más que hablar, que nuestra conversación
estaba terminada.
Quizá por un impulso estúpido, la enredé en mis brazos y me eche sobre ella. Al instante, nos quedamos dormidos.
Cuando desperté, ella estaba en la parte trasera de la cabaña de Poseidón y un ser de un solo ojo me miraba atentamente. Retrocedí asustado y me senté en la cama. Era terriblemente musculoso, y tenía la piel estirada, sin un solo milímetro de grasa en el cuerpo. Sobre su calva cabeza sobresalía un cuerno blanco como el de un unicornio, solo que medía unas tres pulgadas nada más. Me era muy familiar. Entonces Annabeth vino de la parte de atrás, y le dio una bolsita de cuero que tenía su nombre bordado. Me acordaba de todo, pero me era difícil asociar nombres a la gente o a los monstruos. Tenía problemas con todos salvo con Annabeth.
- ¡Tyson!-grité de alegría.-
Capítulo 4
Puesta al día
Tyson se fue a la forja con los de Hefesto. El campamento estaba muy tranquilo. Íbamos caminando por él, mientras Annabeth me ponía al día de los acontecimientos. El año pasado, Hera había sido apresada, el gigante Porfirión se había alzado con su poder, un tal Jason Grace había matado al gigante Encelado con ayuda del mismísimo Zeus, y había impedido que Gea –la tierra que Lupa había mencionado- se alzara. Todo eso con ayuda de Leo Valdez, consejero de Hefesto, y Piper McLean, consejera de Afrodita. Luego cambiamos de tema. Yo no identificaba todas las cabañas, pero recordaba cuál era el dominio de cada dios. Annabeth me iba señalando alguna de vez en cuando. Se veía tan hermosa, sonriéndome cada vez que se daba vuelta a mirarme. Era casi como si Luke nunca hubiera existido. Solo por si acaso, nunca lo nombré. Ni a él ni a Cronos.
- Esa es la cabaña de Deméter.-- Sí, la
recuerdo.-- Esa otra es la de Hefesto. Leo Valdez está ahí, y va a venir a nuestra pequeña
excursión.-me explicó Annabeth.- Él es uno de los siete mestizos.
¿Uno de los siete mestizos? "Siete mestizos responderán al llamado.” La primera línea de la profecía.
- Y también es parte del segundo renglón, que dice: “Por la tormenta o el fuego,
el mundo caerá.”-dijo, como si leyera mi mente.
como si te dijeran “Tranquilo, no pasa nada, vas a hacer un esfuerzo descomunal por salvar el mundo, pero igual todos moriremos.” Para colmo tenía al futuro culpable cerca de mí.
- Esa cabaña es la de
Zeus.-Annabeth adoptó una expresión distinta. Zeus no le gustaba, obviamente, pero parecía respetarlo. Dentro de la cabaña, un muchacho estaba vistiéndose. No había ventanas, pero la puerta estaba entreabierta y su interior estaba fuertemente iluminado.
- Y esa otra es la de
Hera.-Señaló una cabaña ubicada al lado derecho de la de Zeus, pero yo estaba mirando otra cosa. En el centro de la Omega griega que formaban las cabañas en el prado, había un árbol con un tronco muy grueso. Me distraje por él. A sus pies, había un cartel.
- ¿Qué representa?-quise saber.
- Lee el cartel, Percy. Seguro te hace recordar ciertas
cosas.-“Imitación del árbol de Hiperión, titán del sol, hermano de Cronos e hijo de Gea y Urano. Desapareció bajo el árbol del centro de Central Park, New York, bajo la mano de Percy Jackson y los sátiros.”
- La letrme quedé mirando.- Me recuerda
a…-- A Grover. Nuestro amigo sátiro. Creo que los romanos lo llamarían “fauno”.
-agregó, recordando de pronto mi problema. Tendía a llamar todo por su nombre romano, pero poco a poco iba retomando los términos griegos.
- ¿Dónde está Grover ahora?-pregunté.
- Está en Venecia.-dijo Annabeth. Sacó una carta de su bolsillo.- Me escribió
ayer. Lo que me recuerda, que luego hablaremos con él.
Léela.-Me estrechó la carta. Estaba escrita con mano firme, como la letra del cartel delante del árbol.
Querida Annabeth:
por él. No logro establecer mi vínculo por empatía para hablarle, pero tengo la sensación de que lo logré una vez, aunque lo escuché hablando dormido en latín, así que supuse que había hablado con otra persona. No importa. Enebro y yo estamos de mil maravillas aquí. Los italianos cuidan mucho el agua –al final de la semana su olor se hace insoportable-. Por lo demás, son muy cuidadosos. Cuando vueles hacia Grecia con Jason y los demás pasen por mí, no lo olvides.
Grover Underwood.
Estaba a punto de preguntar qué era eso acerca de ir a Grecia, cuando se nos acercó un tipo grande y musculoso. No era Tyson, él era un cíclope y podías verlo desde una legua de distancia si él quería –y sí, lo digo literalmente-. Tyson había peleado contra Tifón, el padre de todos los monstruos, dos años atrás, pero no medía más de veinte metros si en verdad estaba furioso. En su estatura normal, debía tener unos tres metros y medio.
- Hola.-dijo, amigablemente.- Soy Leo Valdez.-me tendió una mano sudorosa y llena de callos, pero yo había visto cosas peores. Eso no me causaba asco en absoluto.
- Hola.-le respondí, sacudiendo su mano.- Soy Percy Jackson.-El muchacho se congeló en el acto.
- Tú… He oído hablar de ti.-dijo en susurro casi inaudible.- Ah, ¡sí! ¡Tú eres el novio de
Annabeth!-- ¡Bingo, Leo!-gritó Nisa, una chica de la cabaña de Hefesto, detrás de él.
Leo rió y nos dedicó a Annabeth y a mí una sonrisa.
- Así que tú eres Leo. El usuario del fuego. Annabeth me ha hablado de ti. Me dijo que derrotaste en combate a la hija de Aqui…-iba a decir Aquilon, pero reemplacé la palabra por otra.-
Boreas.-Leo notó que casi decía Aquilon, pero no le dio importancia, como si fuera algo muy normal. Por culpa de su THDA –por el cual nunca podía estar mucho tiempo quieto-, sacó de su cinturón unas piezas de metal y unos pernos y armó un
helicóptero en miniatura en cuestión de segundos. Me lo tendió.
- Ten, toma.-me dijo.- Es como mi forma de darte la “re-bienvenida al campamento”.-explicó.
- Oh, vaya…
gracias.-Lo tomé en mis manos y lo examiné cuidadosamente. Era exactamente como un Bell 412, demasiado pequeño incluso como para meter un mosquito dentro, pero me lo guardé en el bolsillo superior de mi camisa. Miré a Annabeth y me di cuenta de que ella estaba pensando en que nunca me había regalado nada, pero yo me sentía igual. Nunca le había dado nada a ella. “Sé lo que le gustaría”, pensé, “Un escudo ‘Égida’, igual al de Thalia”.
- Oye, Leo.-le dije.- Quiero decirte algo, ven por acá. Um, -me volví hacia
Annabeth.- ¿puedes esperarme
aquí?-- Sí, no hay problema.-
Pasé mi brazo alrededor de los hombros de Leo y me dispuse a pedirle un favor. Bueno, no tanto un favor. Por supuesto le iba a pagar.
- Leo.-empecé.- Necesito un favor. Uno grande.-- Lo que sea.-dijo él inmediatamente.
Me sorprendí de lo rápido que lo había logrado. Al menos que yo supiera, en el pasado nunca había tenido tanta suerte.
- Necesito que hagas una réplica exacta del escudo
“Égida”.-Leo se detuvo en seco.
- No puedo hacer eso.-me dijo.- Es muy difícil. El único “Égida” que anda
dando vueltas por el mundo lo tiene la hermana de Jason, y difícilmente vendrá
para…-Pero se quedó pasmado mirando la colina. Una chica bajaba corriendo, seguida de otro montón de adolescentes. Era Thalia Grace, la hija de Zeus. Una vieja amiga.
Capítulo 5
Empiezan los preparativos
En cuanto llegó, “Égida” se cayó de sus brazos y se quedó pasmada mirándome. Annabeth vino corriendo con sus brazos agitándose despavoridamente a su alrededor, gritando el nombre de Thalia. El chico solitario en la cabaña de Zeus también vino corriendo, y una chica salió de la cabaña de Afrodita. Thalia me atrapó en un abrazo estrangulador que me dejó sin aire, y luego abrazó a Jason. A Annabeth le hizo lo propio. Leo sabía que no tendría la misma suerte y le tendió la mano. Una mujer cualquiera lo habría rechazado, pero ella no le tenía asco a nada –además, una mano sudorosa y llena de cayos no tenía por qué dar asco a nadie. Era la mano de un trabajador-. Apretó fuertemente su mano y hasta le dedicó una sonrisa. ¿Me parecía a mí o Thalia faltaría a su juramento tarde o temprano por un hijo de Hefesto? De cualquier forma, miré al otro muchacho al que había abrazado. Sin duda era ese otro hijo de Zeus, pero, ¿eran hermanos o hermanastros? La esperanzada pregunta salió de su boca sin más.
- Vendrás, ¿verdad, Thalia?-Jason preguntó, frotándose el antebrazo
izquierdo, donde un tatuaje mostraba algo así como un código de barras. Doce líneas azules estaban grabadas allí.
- ¿Qué son esas líneas?-pregunté yo, antes de que Thalia pudiera contestar
algo.
Jason.-¿Estuviste ahí, y Lupa no te dijo
nada?-De pronto me cargué de furia. No podía creerlo. Habían adivinado dónde estaba y no habían ido a buscarme. Jason sonaba demasiado inocente como para estar actuando. Miré a Annabeth y di de lleno con sus tormentosos ojos grises. Iba a preguntar por qué no me habían buscado mejor, pero no podía culpar a nadie. Según Quirón, todos habían estado buscándome mucho tiempo, y, para colmo mío, sin descanso.
- Entonces, ¿qué es eso sobre lo que habla la nueva Gran Profecía?-pregunté,
tratando de no saltar de furia.
- Sabemos que nosotros somos parte de ella.-empezó, para mi asombro, Jason Grace.- Quiero decir… Tú, Annabeth, Leo, Piper, Thalia y yo. Pero sigue faltando un mestizo. Desearía saber quién.- dijo Jason con aire soñador. ¿Era yo o se daba demasiada importancia a sí mismo?
Bueno, después de todo era normal. Era hijo de Zeus, era normal que estuviera demasiado confiado. Pero su padre era un imbécil de todos modos. Había intentado carbonizarme más de una vez. Decidí que no era el momento de hablar con nadie más por ahora, y centré mi atención en la ladera de la Colina Mestiza y lo que vi no me gustó nada. Una cortina púrpura con decorados de serpientes verdes. “Rachel”, pensé. Miré a Annabeth suplicante y cabeceé hacia la Colina Mestiza. Ella no se molestó, mas ni siquiera mostró signo de no querer ir hacia allí. Esbozó una sonrisa.
- Sabía que querrías ir ahí tarde o temprano.-se volvió hacia el hijo de Hefesto.- Leo, necesitamos tu fuego allí
dentro.-- Siempre disponible.-dijo Leo con una sonrisa. Miró al resto del grupo y se
frotó las manos mientras comenzábamos el ascenso.
Yo podía saber qué hora era observando el sol y mi sombra, pero preferí preguntárselo a Annabeth. Me dijo que eran las once treinta. Al entrar en la cueva nos tragó la oscuridad. Recordé unos años atrás cuando nos habíamos enfrentado a Polifemo.
- ¿Te acuerdas de Polifemo?-pregunté.
- ¿Polifemo? ¿El cíclope hijo de Poseidón? Ustedes le robaron el Vellocino de
Oro a él,
¿no?-Leo no parecía de los más inteligentes. Estiró su mano y abrió la palma de la misma. Un puñado de llamas saltó a la vida en el centro de su mano y nos proporcionó luz. Annabeth me miró sonriente, como diciendo que no me molestara. Me explicó luego que Leo se ponía nervioso cuando conocía a la gente, y hacía bromas malas a menudo.
- ¿Saben que tenía un solo
ojo?-De acuerdo, esas eran las bromas malas. Al menos eran inofensivas.
- Leo, -empezó Annabeth-alumbra
allá.-Él movió la mano hacia el punto que señaló ella. Annabeth me miró, ya sin una sonrisa.
- Ahora vamos a hablar con Rachel y pediremos una profecía para la
misión.-me dijo.- Últimamisión.-mente ha estado escupiendo profecías cada vez más
peligrosas.-Se oyó un ruido en lo profundo de la caverna.
- ¿Rachel?-pregunté, incapaz de hacer otra cosa.
- ¡¿Percy Jackson?!-gritó ella desde la oscuridad. Vino corriendo hacia mí y
me atrapó con tal fuerza que casi me hizo caer al suelo.- ¡Estábamos todos muy preocupados, idiota! ¿Qué
hiciste?-Expliqué brevemente que había despertado cerca de una mansión abandonada, que los lobos me habían llevado al campamento romano, y que había estado allí el año anterior. Iba a contar que los monstruos ya no se desintegraban como antes ni regresaban al Tártaro, cuando Rachel me tomó por los hombros y me apretó con una fuerza antinatural. Annabeth intentó separarla de mí, pero no pudo. El espíritu de Delfos habló. El Oráculo había tomado su lugar.
- “Contra toda voluntad, el cielo se oscurecerá.”
- ¿Eso es todo una profecía?-pregunté, incrédulo.
- Sí. Y la verdad, no dice nada nuevo. Solo afirma el fin del
mundo.-Capítulo 6
Un comienzo inesperado
Volvimos al campamento en silencio. Acabábamos de volver con Leo, que se había vuelto a la entrada. Le contamos la línea de profecía que Rachel había escupido, y nos dispusimos a bajar. Eran las doce. Podía oír las campanadas que daba Quirón a la hora del almuerzo, avisándonos a todos para ir a comer. Los de Apolo dejaron de practicar con el arco y salieron disparados hacia allí. Los hermanos Stoll, que estaban jugando voleibol con hijas de Hécate, se dispusieron a correr, pero sus contrincantes les pegaron una sacudida con magia. Thalia ya no estaba allí con Piper y Jason –seguramente habían ido a almorzar, y, para mi frustración, se había llevado a “Égida”-.
El Pabellón del Comedor estaba como siempre. El suelo reluciente dejaba ver tu reflejo si mirabas hacia él. Las que antes eran doce mesas –una por cada dios olímpico excepto Hades, más la mesa de Dionisio y Quirón-, ahora debían ser unas veinte o más. Me senté con Annabeth a la mesa de Poseidón –sí, ella podía hacer eso también-, y Leo se despidió de nosotros mientras se encaminaba hacia la mesa de Hefesto.
- Ey.-dije, mientras agarraba mi plato lleno de carne asada y me ponía de
cielo.-Annabeth me imitó. Era costumbre ofrecer parte de la comida a los dioses antes de almorzar, desayunar o cenar.
- La verdad es que no lo sé. Nunca he sido muy buena con las profecías.-mi
recién adquirido instinto animal me dijo que había algo de miedo en su voz, pero preferí no insistir.
Mierda, a decir verdad, si Annabeth tenía miedo, entonces la situación era muy, muy mala. No tenía ningún apuro por saber nada más sobre eso.
- Nep…-me callé repentinamente.- Poseidón.-dije, cuando finalmente lancé al
fuego parte de la comida. Un aroma a pescado me llegó desde el fuego, acompañado de una suave brisa marina.
- Atenea.-susurró Annabeth, al tirar parte de su carne asada.
Probablemente yo no podía sentir el olor que despedía, porque no era hijo suyo. De todas formas no la enviaba, no me habría gustado nacer de un cráneo, mucho menos del de Atenea. La comida fue tranquila. Quirón anunció que más tarde, alrededor de las ocho, habría un consejo de guerra, y que Annabeth, Jason, Piper, Leo, Thalia – asombrosamente-, y yo teníamos que ir para organizarnos. El séptimo mestizo llegaría pronto, dijo luego.
El día pasó lentamente. Yo solo me lo pasé en la cabaña de Poseidón con Annabeth y Tyson, hablando de mi pasado. Me ayudaron a acordarme de los nombres de la gente –de algunos hijos de Apolo, de Ares, y otras cabañas-, de los hechos sobre la reciente Guerra del Titán, de sobre cómo yo, Annabeth y Grover habíamos peleado contra Cronos, y todas las historias anteriores: la del rayo maestro de Zeus, el mar de los monstruos y Polifemo, el “casi-retorno” de Atlas, la muerte de Dédalo –Annabeth hizo una mueca de dolor en ese momento-, y, finalmente, cómo yo había rechazado la inmortalidad por ella. A mi memoria aún le faltaban algunas piezas, cosas que estaban perdidas en mi mente. Cuando le pregunté a Tyson por mi mamá, me dijo que vivía que con mi padrastro en New York, en el Upper East Side, en un departamento de clase media, en el octavo piso de un complejo. Luego, alrededor de las ocho, nos dispusimos a ir a la Casa Grande, al consejo de guerra. De camino, noté que la cabaña de Hades se veía inquieta. Los fuegos verdes de la entrada estaban más vivos que de costumbre.
Annabeth y yo nos aproximamos. Golpeé cautelosamente la puerta. Un niño de unos catorce años abrió de golpe. Parecía malhumorado, pero al vernos, su rostro se tornó normal, como si su estado de ánimo no pudiera ser nunca totalmente bueno.
- ¿Percy?-preguntó. Su voz era muy baja, como si la sorpresa le quitara el aliento.
- Um… sí, soy
yo.-El chico notó que Annabeth y yo íbamos de la mano. Esbozó una sonrisa triunfante.
- ¡Ja!-dijo- ¡Sabía que no estabas
muerto!-Supuse que sería demasiado frío como para abrazarme, dado que se quedó quieto donde estaba. Estrechó amistosamente mi mano, pero nada más.
- Vayamos al Pabellón.-dijo el chico finalmente.
Annabeth me hizo una mueca de “siempre fue así”, y salimos caminando detrás de él.
La mesa de ping-pong en el centro de la sala estaba rodeada de sillas –una era una silla de ruedas-. Doce en total. Me senté en una a la derecha de Jason y Nico lo hizo a su izquierda. Annabeth se sentó a mi lado y a su costado se ubicó Thalia. Leo y Piper se sentaron juntos al lado de Nico. Clarisse, de Ares, irrumpió en la sala y se ubicó evitando el contacto con cualquiera de nosotros. Luego apoyó sus talones en la mesa, y entrelazó sus dedos detrás de su cabeza. Un chico de Apolo, uno de Deméter y Travis Stoll de Hermes, entraron y se ubicaron. Por último entró Pólux, el hijo de Dionisio. Solo quedó la silla de ruedas libre. Quirón entró galopando en la sala.
- Tenemos un invitado de última hora.-anunció.
Cuando todos íbamos a preguntar a quién se refería, la mismísima Hera entró en la sala. Venía vestida con una toga blanca nada más. No tenía calzado. Quirón compactó sus cuartos traseros en la silla de ruedas. Hera chasqueó los dedos y un sillón apareció en la cabecera de la mesa, donde actualmente nadie se sentaba. Se
sentó y apoyó los codos en la mesa de ping-pong.
- Bueno. Directo al punto como siempre, espero, Juno.-dijo Jason, mirando a la diosa.
- Hera.-lo corrigió.- La apariencia de Juno no me gusta. Y aguántate las
ironías.-la diosa nos miró al resto.- Percy y Jason dirigirán el ataque principal.-explicó Hera. Estaba siendo demasiado directa.
- ¿Por qué está hablando tan abiertamente, mi señora?-se atrevió a preguntar
Annabeth. Apreté su mano contra mi pierna. Hera fulminó a mi novia con la mirada.
- Será porque estoy demasiado preocupada por mi reino. Los demás dioses y
yo estamos intentando hacer entrar en razón a mi marido, pero poco atiende. Cuando vea a los dos campamentos –griego y romano- luchando bajo una misma bandera contra el enemigo,
recapacitará.-- Mi señora,-empezó Jason- aún tenemos que navegar al campamento
romano.-- Valdez, ¿cómo va el Argos II?-preguntó Clarisse, cambiando de lugar sus piernas y jugando con su cuchillo.
- Está terminado.-dijo Leo, para mi asombro.- Podemos partir mañana
mismo.-Hera bajó la mirada y se quedó pensativa.
- No olviden que no pueden confiar en la tierra. Solo pueden viajar por aire o por mar. Y para eso es necesario que Jason y Percy vayan a bordo. He de suponer que separar a Annabeth del hijo de Poseidón sería tan fácil como separar a Leo y a Piper del hijo de mi marido.-prosiguió Hera. Todos estábamos en silencio, oyendo detenidamente. Eso era cierto. Yo no iría a ninguna parte sin Annabeth.
- Yo me apunto.-dijo Nico.
- ¿Un hijo de Plutón se alista a la guerra voluntariamente?-preguntó Jason
sorprendido.
- Un hijo de Hades.-lo corrigieron Hera y Nico al mismo tiempo.- No confundas.-dijo Nico, molesto.
- Ahora bien… Han de navegar hacia Grecia y llegar antes que los gigantes.
el nuestro es fuerte, por lo que…
Pero antes de que Hera pudiera seguir hablando, Argos –el tipo de muchos ojos- entró en la habitación. Estaban atacando el campamento.
- Jura protegerlos.-Hera se dirigió a Quirón.
- Juro protegerlos por el río Estigio.-Quirón se levantó y salió galopando, arco en mano, a la vez que se oía un rayo a lo lejos.
Capítulo 7
El largo viaje comienza
Me levanté y salí corriendo de la Casa Grande a la vez que destapaba mi bolígrafo y Riptide emergía de él.
- ¡A un
lado!-Pude ver a un enfurecido Leo Valdez cubriéndose de intensas llamas rojas, disparando como loco a los atacantes.
- ¡Mi lanza! ¿¡Dónde está mi lanza!?-gritaba Jason, exasperado. Annabeth la tomó de un rincón y se la lanzó.
-
¡Atrápala!-El hijo de Zeus la agarró al vuelo y salió disparado hacia los monstruos. Minotauros, soldados huesudos con armas–que me recordaban a los de Hades-, y dracaenaes –mujeres serpiente-.
- ¡Tyson!-grité, mirando hacia la forja.
puñetazos a diestra y siniestra a todo monstruo que se cruzara en su camino. Ni siquiera los minotauros eran un desafío para él. Después de todo, había peleado contra Tifón él mismo, podía matar a unos cuantos miles de enemigos. Entré en batalla en medio del ruido. Un gigante venía dirigiéndolos. Por otro lado, Jason, el hijo de Zeus, invocaba un rayo y mataba a uno. Leo Valdez acribillaba a los minotauros con sus flamas, pero todos se levantaban tan rápido como caían. Decapité a una mujer serpiente y rodé a un lado evitando el hacha de un minotauro.
- ¡Piper!-llamó Jason, cubriéndose del ataque de una dracaenae.- ¡Corre al barco y tráelo hasta la orilla de la cabaña de Poseidón!-rodó a un lado y atacó a la mujer serpiente, desintegrándola.
La hija de Afrodita salió corriendo hacia el bosque, pero no la miré más. Busqué a Annabeth con la mirada y la divisé luchando furtivamente contra un minotauro. Corrí hasta ella y salté a la espalda del monstruo a la vez que clavaba mi espada en su lomo. Se disolvió y al instante una sustancia negra burbujeante se formó en el suelo.
- ¡Las puertas de la Muerte están abiertas!-me gritó.- ¡Nunca morirán del
todo, no regresarán al
Tártaro!--
¡¿Qué?!-Pero no había tiempo que perder, los monstruos nos iban a fulminar, y si no hacíamos algo, destruirían el Campamento Mestizo. Dirigiendo el asalto, venía un gigante de unos cuarenta pies de altura. De la cintura para arriba era humanoide, y sus piernas estaban llenas de escamas de drakón, por lo que sería imposible penetrarlas.
- ¡Porfirión!-gritó Jason.
- En efecto.-contestó el gigante, elevando su voz sobre el fragor de la batalla.
Posó sus enormes ojos en mí y se quedó mirándome atónito. Luego buscó entre la multitud y divisó a Nico di Angelo, que estaba levantando muertos para que se unieran a la batalla a nuestro favor.- Increíble.-de pronto parecía muy contento.- Hijos de Zeus, Poseidón y Hades en el mismo lugar. ¡Todos preparados para convertirse en mantequilla de
maní!-Yo ya no podía ver a Annabeth. Comencé a sentir pánico. Ella me había advertido que tenía que controlarme si no quería causar una verdadera masacre, así que intenté calmarme, pero no pude. Aun cuando hacía apenas unos días que había recuperado mi memoria, no podría consentir perderla. Apreté el mango de mi espada y me obligué a mirar a Porfirión a los ojos. Eran oscuros, casi sin pupilas, y me miraba fijamente a la vez que disfrutaba de la masacre que estaba causando a nuestro alrededor.
- Patético.-dijo finalmente.- No hay coordinación. Y, ¿saben? Los dioses del
Olimpo siempre han reflejado su personalidad en sus héroes. Será fácil destrozar a Zeus en mil
pedazos.-- ¡Tú no tocarás a mi padre!-le gritó Jason, apuntándolo con su lanza.
En alguna parte, Thalia extendió a “Égida” y entró en combate contra siete u ocho monstruos a la vez. Porfirión sólo se rió.
- Sé que tú mataste a Encelado.-le dijo a Jason. Luego me miró a mí.- Y que tú
mataste a Anteo hace algunos años. Él también era un gigante… lo fue alguna vez.
Ahora…-Antes de que el gigante pudiera seguir hablando, algo detrás de mí explotó y me lanzó hacia Porfirión. Fuego griego –lo supe porque el humo era verde-. Pude sentir unas manos rápidas atrapándome y arrastrándome hasta que alguien que sudaba me cargó en brazos y me dejó en una cama. Pude oír unas palabras una vez que estuve quieto. “Una promesa que mantener con un aliento final”. Nunca antes una profecía me había dado tanto miedo. ¿Quién había muerto? Entonces lo recordé. “Juro protegerlos por el río Estigio”. No quería aceptarlo, pero en lo más profundo de mi ser, lo supe. Quirón había muerto.
Capítulo 8
El campamento romano
Desperté, en lo que probablemente fueron horas después del ataque y mi pérdida de conocimiento, en el Argos II. A mi lado estaba Annabeth, dormida sobre mi pecho. Un poco más allá estaba Leo, todo despatarrado sobre un colchón en el suelo. Piper ordenaba algunas cosas de su armario –tal como lo hacían las chicas de Afrodita en el campamento-, y Jason estaba dormido sobre su cama, a mi izquierda. Pero faltaban Thalia y Nico. Con cuidado de no despertar a Annabeth, me levanté, saludé a Piper, y caminé hacia la cubierta de proa del barco. Estaba desierta. Podía oír el ruido de “Égida” –el escudo de Thalia- en alguna parte, pero no podría decir dónde. Íbamos flotando sobre Nevada. El sol y mi sombra me dijeron que eran las seis de la mañana, más o menos. No podría decir cuál era nuestra velocidad, porque si bien mi sentido en los barcos era terriblemente certero, ahora no estábamos navegando sobre el agua. Cómo habían construido este barco en seis meses mis compañeros de campamento con Leo, yo no tenía ni idea, ni la tendría nunca. Aún no lo podía creer, pero el Campamento Mestizo de los griegos ya no existía, y Quirón había muerto para salvarnos. Si bien él había sido una vez inmortal, podía morir por la mano de otro, ya fuese dios, mortal o semidiós. En cuanto dije la palabra “mortal” dentro de mi mente, recordé a Rachel.
“Bueno,” pensé, “en cuanto alguien despierte, le preguntaré si sabe algo.” Me aproximé a la barandilla –que estaba hecha de madera de pino y placas de bronce celestial como cobertura anti-proyectiles- y miré el horizonte, tratando de tranquilizarme. Podía ver a lo lejos el mar, y, más allá, el océano. Miré al cielo. Poseidón y el resto de los dioses estarían mirándonos –con suerte-. Tanteé mi bolsillo, y allí estaba Riptide en su forma de bolígrafo. Me quedé pensando en mi estadía en el Campamento Mestizo de los romanos, y en el momento en que me habían nombrado Pretor –jefe del campamento, solo Lupa tenía más autoridad que yo, y era la única que podía revocar mis órdenes- solo por dirigirlos a una victoria sobre un grupo grande de monstruos muy fuertes. Recordaba que sobre la cabaña de Júpiter, había una escritura en latín. “Rex Regum, et omnium gubernatur”, que significaba “Rey de Reyes y de todos los gobernados”. En ese momento, el barco giró levemente hacia la izquierda y apuntó hacia San Francisco –que aún no se veía desde aquí, desde Las Vegas-. Miré el resto de la cubierta del barco. El timón estaba hecho de bronce celestial en su más puro estado, y tenía diamantes rojos incrustados por todo la parte circular, perfectamente dividida en treinta y dos partes, como la “Rosa de los Vientos”. Entonces leí, en el centro del timón, aquella misma inscripción, pero en griego antiguo. “Ρόόδό των Ανέόμων”. Abajo estaba en latín. “Rosa ventorum”. Aparté la mirada y me fijé en la balaustrada de la escalera. Era de madera de roble lustrada –de dónde la habían sacado, yo no tenía ni idea. Los hermanos Stoll debían de haber andado detrás de eso-. El mástil medía unos setenta pies de altura y era de roble también. Me senté sobre un barril vacío, y me quedé mirando al frente. Ahora íbamos mucho, mucho, más rápido. No sabía quién conducía, pero sabía hacerlo bastante bien.
- ¿Todo
bien?-Me volteé para ver quién era. Annebeth. Su rubio cabello estaba revuelto, y sus ojos grises, a medio camino de abrirse del todo. Se sentó a mi lado y apoyó su cabeza contra la pared de madera del barco.
- Sí.-dije.- Oye… ¿qué fue de Rachel?-Ella se entristeció.
rodeé con los brazos.- No pude hacer nada. Fui a buscarla cuando nos atacaron, -entendí que ella había ido a la cueva de Rachel cuando yo la había perdido de vista- pero ya… ya estaba medio muerta. Y me dijo…me dijo que me fuera y que cuidara de ti, y de todos.-dijo, con
dificultad.-Me acordé de Thalia y Nico.
- ¿Tienes idea de si Thalia y Nico están a
bordo?-Ella asintió con la cabeza. Apuntó una escalera de bronce celestial que ascendía un nivel por encima de nosotros y desaparecía de la vista.
- Duermen arriba, con Argos.-me explicó.
- ¿Argos? ¿El tipo ese con muchos ojos? ¿Está aquí?-- Sí. Él es quien está navegando el
barco.-Entonces una línea de la profecía retumbó en mi cabeza. “Una promesa que mantener con un aliento final”.
- Annabeth.-empecé.- Um…-no sabía cómo preguntarlo, pero tenía que hacerlo tarde o temprano.- ¿Quirón ha muerto?-mi pregunta salió de mi boca sin piedad, como si quisiera matarla.
Ella se entristeció y se puso a llorar desconsoladamente, a la vez que asentía con la cabeza.
- Lo siento, no quería preguntarlo así, solo… Lo siento.-dije, apretándola contra mí.
- No, tú no tienes la culpa.-dijo. Su voz quebrada me hizo sentirme débil.-Quirón murió como un héroe. Tratando de impedir que nos mataran. Pero de todas formas vamos a morir, según la
profecía.-La profecía otra vez, maldición.
- Tranquila, no dejaré que te pase nada.-mi promesa salió de mí como un escudo, pero yo no estaba seguro de nada… no podía estar seguro de nada. Sin embargo, Annabeth alzó la vista y se quedó mirándome durante un rato, como emocionada.
En ese momento, yo me sentía bien. Íbamos llegando a San Francisco ya. Habíamos ido verdaderamente rápido este último tramo, lo suficiente como para llegar a San Francisco desde Las Vegas en una hora. Desde luego no era como viajar a lomos de un centauro, o hacer un viaje sombra sobre mi perro del infierno, pero bueno… qué más da.
- Annabeth, ¿sabes dónde está la señorita
O’Leary?-- ¿No la has visto?-me preguntó, apuntando a un gran bulto negro cerca de la balaustrada de estribor.
Pero ahora estaba durmiendo, así que no la molesté. Ya podía ver el campamento romano alzándose cerca de la costa. Divisé la cabaña de Neptuno –en la que yo había estado alguna vez-, y llevé a Annabeth hasta la baranda del barco.
- Ahí.-le dije.- Ahí está el campamento romano.-- ¿Dónde, Percy? No puedo
verlo.-Recordé las protecciones.
- Ego, Percy Jackson, licentia huius nauis pro omni nave castra Romana ingredi.-dije, en latín.
- ¿Dijiste algo así como que nos…-Annabeth se quedó boquiabierta, mirando al campamento romano- dejabas
entrar?-Doce enormes cabañas se erguían formando un círculo. Las montañas de alrededor, todas escarpadas, estaban resecas por el sol. Un grito nos llegó desde abajo. Era la loba Lupa.
Neptuni!-Capítulo 9
Nos tomamos un pequeño descanso
Recordé de pronto que Annabeth había dicho que íbamos a hablar con Grover. Alcé la mano y obligué a las aguas a que formaran un espejo al lado de la cubierta de proa del barco, donde nosotros estábamos.
- Annabeth, -dije- ¿tienes un
dracma?-- Ten, toma.-me lo tendió. Pareció recapacitar en que yo había llamado a las aguas.- ¿Con quién vas a
hablar?-- Con Grover.-le dije- Ayer dijiste que hablaríamos con él, pero nos olvidamos y acabo de
recordarlo.-Ella no contestó, sólo se aferró a mi brazo mientras yo lanzaba el dracma al agua y decía:
- Oh, Iris, diosa del Arcoíris, muéstranos a Grover el
sátiro.-En el agua se formó una niebla muy espesa, y luego, de un segundo a otro, apareció un tipo con cuernos y piernas peludas. Estaba en el coliseo, según pude adivinar.
- Vaya, no has cambiado, vetus cuckold –viejo cornudo en latín-.-le dije a Grover, que se sobresaltó y desenvainó su cuchillo y se mantuvo alerta hasta que nos vio.
- ¿¡Percy!? ¡¿Eres
tú?!-Parecía que quería abrazarme a través del mensaje Iris. Cuando pareció reparar en que no podía, se quedó quieto, pero en sus ojos podía ver la excitación mezclada con la sorpresa y la vergüenza.
- ¡Hermano, ¿dónde estabas?!-cuando le iba a explicar, pareció cambiar de idea- No, espera, no lo hagas, me lo cuentas cuando pasen por mí.-parecía estar demasiado feliz como para querer una mala noticia justamente ahora. Miró a Annabeth.- Tengo una noticia para ustedes. Una grande.-informó. Se aclaró la garganta, como dándose importancia.- Ustedes saben que a pesar de mi apariencia, tengo más años que los que un humano tendría.-empezó.-Tengo treinta y un años
ahora.-- Grover, ¿qué quieres decir?-pregunté. Miré a Annabeth y sus ojos la delataban. Estaba intentando anticiparse a la noticia de Grover, pero no parecía capaz.
- Y Enebro tiene
veintiséis.-- Ya lo tengo.-susurró Annabeth, solo para mí.
- Ella está…-Grover saltaba de alegría y de desesperación. Sus zapatillas saltaron de sus pezuñas- ¡Está embarazada,
muchachos!-Annabeth y yo nos miramos. Su mirada era un “lo sabía”, mientras que la mía era sorpresa pura al estilo de “¿¿¿¡¡¡Qué!!!???”
- ¡Grover, eso es…!-me volví hacia él.- ¡Eso es fantástico!-- ¡Sí,
¿cierto?!-Annabeth mostraba felicidad por él y fingía una sonrisa de sorpresa. De repente una tétrica idea cruzó mi cabeza y la estúpida pregunta salió de mi boca sin más.
- Si tú y yo tenemos un hijo alguna vez, no saldrá de tu cráneo, ¿cierto?-Annabeth me fulminó con la mirada.
- Supongo que no.-dijo, finalmente.
él.
- Bueno, muchachos, en realidad Enebro me había mandado a comprar unas cosas, así que bueno, los dejo planificar un parto cráneo-cerebral…-Annabeth le gritó.
-
¡¡¡Grover!!!-Pero él se mataba de risa.
- Era broma, era broma. Ya, de verdad, los dejo. Tengo que irme. No se
olviden de parar en Roma y recogerme. Y tú, idiota, -me miró a mí.- ¡no vuelvas a perderte de nuevo o tendré que darte un
paliza!-Antes de poder decir algo más, él desapareció de la vista.
En cuanto bajamos al mar, todos –y cuando digo todos, me refiero a Leo, Jason, Piper, Thalia, Nico, Annabeth y yo- descendimos del barco. Los romanos no nos dieron una bienvenida cálida –iban todos vestidos con armadura de combate, escudos, picas y lanzas, además de espadas-, pero al vernos a Jason y a mí –sus dos antiguos Pretores-, bajaron las armas. Lupa se sentó en el suelo y nos observó con aire curioso. Reconocía solo a tres de nosotros siete. A mí, a Annabeth –por haberla visto en el mensaje Iris la otra noche- y a Jason. Los demás se presentaron lo más educadamente que pudieron después de ser apuntados y amenazados de muerte.
- Así que,-decía Lupa- un hijo de Vulcano, una descendiente de Venus, otra más de Júpiter, y…-miró a Nico con muchísima curiosidad- uno de Plutón.-se rascó la parte de atrás de la oreja con la pata derecha de los cuartos traseros, tal como había hecho la última vez que hablamos. Solía hacer eso solo cuando estaba sorprendida.
Nico no parecía tener ganas de decirle que su padre era Hades y no Plutón, por
lo que solo hizo una mueca de desdén y desvió la mirada hacia el océano.
- Solo están aquí de paso, ¿verdad?-Lupa se volteó a los campistas y ladró
algo en latín, demasiado rápido como para que yo entendiera, pero capté las palabras “abandonen” y “prisa”.- Esta única vez en la historia, griegos y romanos lucharán bajo la misma bandera.-informó, sin signo ninguno de emoción.
Sin decir nada más, pegó un salto y aterrizó en el barco.
Capítulo 10
Rumbo al estrecho de Gibraltar
Ahora éramos unos trescientos en el barco. El Argos II había sido diseñado y construido para una tripulación de mil hombres. Lupa y unos hijos de Trivia – Hécate para los griegos- encantaron los camarotes para hacerlos más grandes, y hasta nos construyeron camarotes individuales a los siete mestizos –Annabeth, quien no parecía muy tentada, Jason, Piper, Leo, Thalia, Nico y yo-. La tarde fue aburrida. Hoy era veintiuno de junio, solsticio de verano. En cuanto pasamos Washington D.C., Argos nos dejó caer de lleno al agua y yo nos impulsé hacia adelante, hacia el estrecho de Gibraltar. Habíamos decidido que sería nuestra primera parada. Inglaterra no era segura, y Portugal no nos servía absolutamente de nada. Solo podíamos llegar hasta ahí y descansar para luego ejecutar el tramo final hacia Grecia. Mis sueños eran molestos. En ellos pude ver conversaciones entre titanes, y comprendí qué era lo que le pasaría al cielo.
Estaba en un lugar oscuro, casi no había luz. Los que hablaban eran dos tipos que iban solo en taparrabo. Sin embargo, aunque su apariencia era totalmente ridícula, lo que escuché me dejó perplejo. Fueron solo unas pocas palabras, pero el miedo se coló en mí.
- Aprovecharemos su defecto fatídico.-dijo uno. - El orgullo.-concluyó el otro.
- Sí. Y luego usaremos el del otro.-dijo el primero.
- “Todos para uno, y uno para todos.”-el segundo hizo una pantomima como
si estuviera haciendo eso con todo un grupo.
- Y después el señor descenderá de los
cielos.-“Urano”, dijo alguien dentro de mi cabeza. De no haber sido porque Annabeth me despertó, habría seguido con ese sueño. Estaba interesante, aunque me había cargado de miedo con muy pocas palabras.
- Ey.-le dije.- Acabo de tener un sueño.-Ella se ruborizó.
- ¿Sobre qué?-quiso saber.
- Tu defecto fatídico.-dije.- El
orgullo.-Los músculos de su cara se calmaron de pronto.
- Ya sé cuál es mi defecto fatal, Percy.-me dijo.
- Sí, pero solo… ten cuidado. Prométeme que no dejarás que te pueda el
orgullo.-Ella suspiró.
-
Percy…-- Prométemelo.-la corté.
Asintió con la cabeza. Tomó una de mis manos.
- Ven, Jason quiere
hablarte.-- ¿Sobre qué?-quise saber.
- Programas de entrenamiento. Los romanos no pueden estarse
quietos.-Asentí de mala gana y me vestí. Salimos a la cubierta de popa, donde estaban los romanos y los hijos de Trivia haciendo aparecer unos maniquíes con cabezas de monstruos. Chasquearon los dedos otra vez, y los dieron a la vida. Los romanos atacaron uno tras otro, desorganizados. Lupa les ladraba en latín instrucciones para que formaran una falange –un movimiento griego, pero ahora reformado-. No se
acomodaron en una fila, sino que formaron una recta oblicua a la de los monstruos. Cargaron uno detrás del otro en diagonal y arrasaron con todo a su paso. Los maniquíes cayeron desarmados al suelo y los hijos de Trivia se dedicaron a aplaudir.
- Genial.-dije en voz alta.
Jason se volvió. Thalia lo miraba con felicidad, viendo la eficacia de la formación de ataque de su hermano.
- La hemos practicado durante mucho tiempo.-dijo el hijo de Zeus,
quitándose el casco con penachos.- Por fin da resultado.-admitió.- Hemos estado entrenando durante horas, pero esto es pan comido. Les hace falta un verdadero
reto.-Lupa sacudía la cola, evidentemente feliz, pero solo lo demostraba de esa forma. Su hocico no decía nada, y sus ojos estaban quietos en Jason. De pronto, movió su cabeza a la derecha, achicó levemente sus ojos, y corrió hacia Jason a la vez que se volvía hacia él. Saltó sobre su pecho abriendo la boca y gritando.
- ¡Al
suelo!-Antes de que ninguno de nosotros reaccionara, un centenar de flechas rasgaron el aire hacia nosotros. No pensé en nada más y salté hacia Annabeth, atrapándola por la cintura y estampándola contra el suelo.
- ¡Ay!-gritó ella.
Antes de que ninguno de nosotros dijera algo más aparte de “Ah”, “Oh” o “Ay”, las flechas comenzaron a clavarse en el suelo de madera. Thalia llegó corriendo y nos cubrió a los tres con “Égida”, mientras Nico alzaba una barrera negra y cubría el barco. Su dominio había aumentado mucho desde la última vez. La señorita O’Leary vino corriendo desde la proa y se estacionó en medio de la cubierta, batiendo la cola y ladrando alegremente. Quizá pensaba que las flechas eran comida. De pronto, la barrera se estremeció. Nico afianzó más el escudo, pero el poder atacante parecía levemente más fuerte que el suyo. Y tenía un garrote. Otro golpe se escuchó y el escudo se rasgó un poco. Hubo otro golpazo y un gigante hiperboreano saltó a la cubierta desde el agua. Apartó a Thalia de un manotazo y
“Égida” voló directo al timón. Por suerte, Piper, que estaba ahí arriba, lo atrapó al vuelo. Me levanté exasperado y destapé a Riptide casi al mismo tiempo que la sacaba de mi bolsillo. Era una estupidez hacer lo que cruzó mi cabeza, pero sentía la necesidad de demostrar que yo era mejor que Jason –quien por alguna razón había ocupado mi “puesto” de líder-. Cargué contra el hiperboreano y lancé un mandoble seguido de una estocada -luego de rodar esquivando su ataque-. Un enorme tajo y una herida de diez centímetros de profundidad aparecieron en el gigante, pero eso no lo detuvo. Pude escuchar a Annabeth gritar que otro hiperboreano saltaba al barco y Jason y Leo fueron a por él. Esa pequeña distracción me habría costado la vida si no portara la maldición de Aquiles. El garrote del gigante chocó con mi cabeza y me mandó a volar. Me di de espaldas contra la balaustrada del borde. Me dolía todo, pero sabía que no moriría salvo que me tocara en aquel punto en mi espalda. Pude ver a Leo incendiando a un hiperboreano, a Jason clavándole su lanza a uno en la cara, y a Nico y Thalia intentando evitar que otro gigante matara a Annabeth. Me puse dolorosamente de pie e invoqué a las aguas. Sentí un tirón en las tripas y algo parecido a una serpiente marina nació del océano Atlántico. Se retorció en el aire, rodeada de pinzas y patas puntiagudas, y cargó contra los hiperboreanos. No tuvieron la más mínima oportunidad. La serpiente cortó a uno por la mitad, decapitó a otro de un pinzazo y devoró a un tercero sin piedad. A continuación la dirigí hacia el lugar del que provenían las flechas. Los arqueros no tenían miedo ninguno, pero para mi serpiente marina no eran rivales. Las flechas la traspasaban sin hacerle daño alguno. Poco después, pude oír a mi nueva mascota rasgando la carne de los enemigos o devorándolos –incluso puede que haya volatilizado a unos cuantos-. En cuanto me pareció que estábamos a salvo, la dejé volver al océano y fundirse con él. Todos se levantaron empapados y atónitos. No entendían cómo yo tenía tanto poder sobre el agua. Solo Jason mantenía su expresión normal. Obviamente, él hacia las mismas cosas con los rayos y el cielo. Poco después, los tripulantes, – incluyendo a los romanos-estallaron en vítores. Acababa de salvar el día. Todos me palmearon y luego Annabeth se quedó aferrada a mi brazo. Thalia parecía sorprendida, pero volaba en otra dirección. Se quedó mirando al frente. España y África ya empezaban a hacerse visibles.
Capítulo 11
La decisión de mi vida
Me sentía terriblemente cansado –quizá por haber invocado a esa serpiente de poder descomunal-. Caminé lentamente hasta mi camarote y empujé la puerta. Eran las ocho de la noche. Pronto sería la cena, pero yo no tenía hambre. Mis tripas estaban revueltas y apretujadas en mi interior. No había alcanzado a derribarme sobre la cama, cuando alguien golpeó la puerta. De mala gana, me arrastré hacia el objeto en cuestión y abrí. Era Annabeth, tal como yo esperaba. Y seguramente ahora me iba a bombardear con preguntas como “¿Cómo llamaste a esa cosa?”, “¿Te sientes bien?” o, quizás, “¿Poseidón te enseñó eso?”.
- ¿Estás bien?-preguntó, metiéndose en la habitación.- Acabamos de lanzar el
ancla. Estamos cerca de la costa de Marruecos. En Punta Cires.-me informó. La verdad me importaba bien poco dónde estábamos. Solo quería descansar. Me derrumbé en la cama a la vez que me quitaba la remera naranja del campamento. Además de que me traía nostálgicos recuerdos, tenía mucho calor, como si invocar a aquella serpiente me hubiera hecho subir la temperatura.
- Comemos en una hora.-dijo, sentándose a mi lado.
- Annabeth.-dije. Tenía que hablar con alguien sobre mi sueño, y sabía que
ella era la persona indicada.- Tuve un sueño. Sobre la línea de la profecía de Rachel. Eso sobre el
cielo.-Annabeth alzó las cejas.
- ¿Sí? ¿Y qué
viste?-Le conté rápidamente mi sueño, pero evité decir que los titanes nunca habían pronunciado a Urano. Es más, muy seguro de mí mismo, dije que ellos lo habían nombrado.
- Pero…-ella parecía confusa.- Aunque fue muy indirectamente, Urano le cedió a Zeus parte de su poder, ¿por qué ahora lo querría derrocar? Él no tiene nada contra los dioses. Es más, odia a los titanes.-Annabeth frunció el entrecejo, tratando de pensar.
- No lo sé bien, pero algo está claro, ¿no? Urano manejaba el cielo en las
antiguas historias, ¿cierto? La profecía de Rachel decía “Contra toda voluntad, el cielo se oscurecerá.” Urano abandonará el cielo y se unirá a la lucha.-me sentía emocionado. Había descifrado una profecía.
Annabeth apretó los puños y los músculos de su cara se tensaron.
- No sé, Percy, esto… me resulta difícil de comprender. Urano no tiene
motivos para ayudar a Gea, él la odia desde que le tendió la trampa con Cronos para
castrarlo.-Un escalofrío recorrió mi columna vertebral. “Castrarlo”, pensé.
- Como sea, solo quiero que me prometas que tendrás cuidado. Tu defecto es el orgullo, así como el mío es dar todo por alguien solo porque…-me quedé pasmado en el acto.
Annabeth pareció leerme el pensamiento, porque al instante replicó algo.
- Los titanes hablaban de nosotros.-dijo, sorprendida.- Um…-se mordió el labio inferior con los incisivos centrales superiores.- Esto es todo muy raro. ¿Por qué alguien iba a usarnos, justo a nosotros
dos?-Por primera y única vez en mi vida, caí en cuentas antes que ella.
- Porque así provocarían una guerra entre Atenea y Poseidón.-dije súbitamente.- Acuérdate de que se odian desde que Atenas eligió a tu mamá como patrona. Atenea creería que yo te he secuestrado, se enfrentaría a Poseidón y se desencadenaría una guerra que acabaría con los dioses sin esfuerzo de parte de los titanes. Además, serían dos semidioses menos.-agregué, como conclusión.
Annabeth parecía incrédula.
- No, ese no puede ser el
motivo…-- ¿Por qué siempre quieres tener razón?-le planteé, enojado.
Ella me clavó la mirada. Acababa de cometer un error. Sin decir una palabra más, se levantó, cruzó la puerta, y la cerró de un golpazo. “Bien”, pensé “La culpa es toda mía”. Pero estaba muy cansado. Cerré los ojos y me dispuse a dormir. Curiosamente, tuve un sueño tranquilo, sin ninguna interrupción. Desperté al día siguiente con un hambre terrible. Comprobé la hora y decidí bajar a desayunar. Salí de mi habitación y me dirigí a la bodega, pero al llegar, nadie estaba comiendo. Lupa estaba parada en dos patas –porque sus cuartos delanteros estaban en la mesa donde se sentaba Jason- y decía algo en latín. Solo capté las palabras “desapareció” y “enfurecida”. “¿Enfurecida?” No entendía nada. Curioso, anoche había descifrado una profecía como nunca antes en mi vida y ahora casi no entendía el latín. Piper, la hija de Afrodita, se volteó hacia mí y me miró.
- Annabeth desapareció.-dijo con voz lenta y apacible, tratando de no exaltarme.
Demasiado tarde, comprendí que era la trampa que habían planeado los titanes en el fondo del Tártaro. “Aprovecharemos su defecto fatídico.”, había dicho uno. “El orgullo.”, había respondido el otro. Exasperado, caminé hasta la cubierta y me aferré a la barandilla. “¿Dónde estás, Annabeth?”, pregunté, para mis adentros. Tenía dos opciones ahora. Ir a buscarla, desviando el curso del barco, o seguir adelante y hacer caso omiso de su rapto. La primera decisión destruiría al mundo, y la segunda quizá lo salvara. Ni siquiera la decisión de darle a Luke el cuchillo dos años atrás había sido tan difícil. Al menos allí solo había una opción con esperanza.
Aquí había dos. Una era propia, encontrar a Annabeth. Y la otra era colectiva, seguir adelante. A mis espaldas, hubo una explosión de una supernova. Me volteé. Allí estaba Hera, la reina de los dioses.
Capítulo 12
Una decisión egoísta
- Percy.-comenzó la diosa.- Sé cómo tesientes.-Yo, terco y testarudo, negué.
- Con todo respeto, no creo que lo
sepa.-La diosa se adelantó hacia mí.
- Sí que lo sé. He visto a muchos héroes sufrir, y su camino nunca termina bien. Solo Perseo acabó feliz su
camino.-Asentí, recordando la historia.
- Solo que todas las mujeres que se acercaban a él, terminaban muertas.-dije,
con melancolía. Hera carraspeó.