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Una decisión egoísta Percy comenzó la diosa Sé cómo te sientes

Yo, terco y testarudo, negué.

- Con todo respeto, no creo que lo sepa.-

La diosa se adelantó hacia mí.

- Sí que lo sé. He visto a muchos héroes sufrir, y su camino nunca termina bien. Solo Perseo acabó feliz su camino.-

Asentí, recordando la historia.

- Solo que todas las mujeres que se acercaban a él, terminaban muertas.-dije,

con melancolía. Hera carraspeó.

Me di la vuelta dispuesto a pegarle un puñetazo, pero me contuve.

- Siempre tienen que recordarme que no voy a ser feliz nunca, ¿verdad?-le pegué una patada a un barril vacío, que voló hacia una escalera y se rompió con un ruido ensordecedor.

- Puedes cambiar eso.-me dijo, repentinamente.

No creía en lo que oía. ¿Un dios me tentaba a cambiar el destino?

- ¿Por qué me lo dice? ¿No era que nunca decían nada porque los héroes

siempre tienden a cambiar su destino? Ni siquiera ustedes aspiran a hacer eso. Si algún día se les aparece Delfos y les dice que los van a matar a todos, no harían nada. Se sentarían a esperar que los mataran, ¿cierto?-me senté en el suelo y apoyé mi espalda contra la barandilla de bronce celestial del barco.

- Sí. Somos…-Hera tragó saliva y pareció obligarse a decir aquellas palabras.- Somos bastante idiotas.-dijo, con dificultad.

- ¿Por qué hace esta reflexión?-pregunté- ¿Por qué me lo dice sólo a mí? ¿Por

qué no molesta a su marido y lo obliga a bajar y ayudar?-me sentía realmente furioso con los dioses, casi como Luke años atrás. Tenía miedo, sentía odio y desesperación, y tenía la urgente necesidad de salir corriendo a buscar a Annabeth.

- Porque nadie más me escuchará. La mente de un semidiós no madura a la

misma velocidad que la de un humano. Madura el doble del rápido. Si bien tienes casi dieciocho años, tu mente trabaja como la de un humano de casi treinta y seis.-la diosa miró al cielo y luego volvió a mirarme.- En el pasado, sé que hemos tenido malas experiencias. Pero soy la diosa de la familia. Y sé lo que se siente perder a un ser amado. Para unirme a Zeus, tuve que abandonar a mi familia.-

- Yo nunca he hablado de…- Hera suspiró.

- No intentes engañarme, no puedes. Tú no quieres a Annabeth, la amas.

Porque tu mente está preparada para amar, lo quieras o no, y Afrodita te tildó hace mucho.-

Asentí por las malas. Hera debía saber de mi conversación con Afrodita años atrás.

- Sí, sé sobre eso, semidiós. Ares te fue a buscar y te forzó a hablar con

Afrodita. Ella te dijo que una búsqueda por amor la emocionaba más que una búsqueda por matanza, ¿cierto?-tragué saliva.- Descubrirás que Afrodita y yo somos muy amigas. En realidad…-Hera suspiró otra vez, como tratando de asumir cosas que nunca creyó que tendría que reconocer, mucho menos ante un mortal.- Lamento haber tirado a Hefesto cuando vi que no era hermoso.-yo casi podía oír a Hefesto riéndose de su madre en el Olimpo.- Te lo repito. Soy la diosa de la familia, del matrimonio. Y nada me gustaría más que ver una familia unida. Sabes muy bien que no me refiero a ti y a tu madre. Esa parte ya está zanjada. Poseidón ahora puede visitarla de vez en cuando, y gracias a mí, tu padrastro no se enoja.-

- ¿Qué intenta decirme?-pregunté otra vez.

Ella suspiró de nuevo, tratando de soportar mi ignorancia.

- Ve a buscar a Annabeth.-me dijo.- Busca en el Monte Tubqal. Ahora, he de

irme.-

Hera comenzó a brillar, pero la detuve.

- Espere.-le dije- Gracias.-

La diosa sonrió como si hubiera esperado durante siglos que yo le diera las gracias, y luego desapareció. Me volteé a tiempo de no verla estallar –porque si la hubiera mirado, ahora estaría muerto-.

Comencé a empacar mis cosas. Iría a buscar a Annabeth. La tercera línea de la profecía sonó en mi cabeza. “Una promesa que mantener con un aliento final.” No le di importancia, de todas formas iba a morir al final. Acababan de meterse con la persona equivocada.

- Al menos llévate algunos soldados.-me aconsejó Jason.- Te harán falta.-

Él tenía razón, pero este viaje era sólo mío. Además, necesitaba todas sus tropas.

- Jason.-le dije, poniendo mi mano en su hombro.- Esta búsqueda es sólo mía.

No quiero exponer a nadie más.-

- Pero, ¿y si la tienen los gigantes?-preguntó, con algo de miedo en su voz.- No podrás matarlos tú solo. Necesitarás ayuda de un dios. Solo dioses y semidioses trabajando juntos pueden hacerles frente. Y cada vez estamos más divididos. Anoche, en sueños, mi padre Júpiter me habló y me dijo que una guerra entre dioses es inminente. Minerva y Neptuno se enfrentaron anoche. Me dijo que si no hay noticias para dentro de tres días, no habrá acuerdo que pueda frenar su guerra, ni amnistía que alcance para perdonar la cantidad de muertes que causarán.-

- Tres días es más que suficiente.-le contesté.

Curiosamente, Jason se despidió de mí con un abrazo amistoso y me recomendó una última vez que tuviera cuidado. Hera me había dicho que encontraría lo que buscaba en el Monte Tubqal. Anteriormente, Atlas, el titán, había estado ahí sosteniendo el cielo, hasta que los dioses se habían trasladado a América y Atlas había ido a parar al Monte Othrys –bueno, en realidad, al Monte Tamalpais, pero qué más da-. Los demás no sabrían que me había ido hasta dentro de más o menos diez o quince minutos. Eché a correr. Las montañas estaban ante mí, esperando que llegara. Tenían algo que me pertenecía. La primer noche a la intemperie, me hizo recordar lo mucho que Annabeth y yo habíamos luchado por un mundo sin temor, cuánto habíamos peleado por que Cronos no gobernara el mundo. Me puse a llorar sin consuelo y clavé a Riptide en el suelo. Sin saber exactamente por qué, me puse a rezarle a Poseidón, como si él pudiera ayudarme. A continuación, el cielo se abrió formando un embudo y algo bajó de él a gran velocidad. Se estacó en la tierra y se quedó inerte, como esperando que yo lo tomara. Era un sencillo palo de madera.

- No… puede ser.-

Me adelanté y lo arranqué del suelo. Era el tridente de Poseidón. No podía creer lo que veía.

Capítulo 13