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LOS ENVENENAMIENTOS

In document Duehren, Eugene - El Marques de Sade (página 137-151)

El siglo del Marqués de Sade

18. LOS ENVENENAMIENTOS

OS envenenamientos parecen formar la estela o el cortejo obli-

gado de la prostitución y los abusos sexuales. Sabido es que, en la Roma antigua, el barrio de la Suburra era el refugio de los envene- nadores y el mercado de todos los más famosos y eficaces venenos. Y no parece ciertamente una simple casualidad el hecho de que las famosas envenenadoras la Brinvilliers y la Voisin fuesen mujeres de vida disoluta.

Gracias a su profundo conocimiento de la vida sexual, Sade se percató de la conexión existente entre el envenenamiento y el vicio carnal, y la puso en evidencia por medio de algunos de los personajes de sus novelas. Varias veces describe con delectación el goce que produce la práctica del envenenamiento —goce, natural- mente, de carácter sexual—. Así, la envenenadora Durand, que vivía en el faubourg St. Jacques, era un monstruo erótico por excelencia y en ella puede encontrarse un tipo característico de la degeneración patológica. Aquella mujer histérica, cruel, fría y calculadora, tiene un jardín donde cultiva toda suerte de plantas venenosas, así como una alacena donde guarda otros venenos juntamente con afrodisía-

cos y anafrodisíacos, revelando aquella conexión entre el vicio car- nal y el crimen que señalábamos más atrás. Entre los venenos guardados por la Durand había uno llamado “real”, con el que, al decir de Sade, se había enviado al otro mundo bajo el reinado de Luis XV a una cantidad incalculable de personas. Tenía, además, la Durand, alfileres y flechas envenenadas, así como diversas pon- zoñas extraídas de serpientes.

Aquel “veneno real” es el que emplea Julieta para mandar al otro mundo a su marido, el conde de Lorsange; y para adormecer al monstruoso y antropófago Minski, echa una mezcla de estra- monio al chocolate que aquél va a tomar en casa suya. Cuando la Durand y Julieta abren un prostíbulo en Venecia, la venta de los venenos les reporta una de las más netas y redondas ganancias.

El asesinato por medio del veneno estaba fuertemente enrai- zado en esta época desde el siglo XVII, durante el cual “se esparció una verdadera epidemia de envenenamientos” bajo el reinado de Luis XIV, sobre todo entre las damas de la aristocracia. El célebre abate Guibourg era, como se sabe, el principal proveedor de venenos y filtros para esas encopetadas damas. Y a tal extremo fue des- arrollándose este sistema de crimen, que el rey tuvo que apresurarse a crear un tribunal en 1679 para ocuparse exclusivamente de los procesos por envenenamiento. La envenenadora que adquirió mayor renombre fue María Magdalena, marquesa de Brinvilliers, tan fre- cuentemente mencionada por Sade. Esta criatura excepcional estaba entregada ya, desde su más lejana juventud, a toda suerte de exce- sos carnales, como ha venido a demostrarlo una autobiografía en- contrada entre sus papeles. Una insaciable concupiscencia la devoró durante toda su vida, siendo ésta la causa primaria de crueldades posteriores. La lascivia y la concupiscencia, que en el fondo no constituyen otra cosa que un egoísmo concentrado, acaban por vol- ver insensible a la persona respecto de los sufrimientos ajenos. Y, luego, esta dureza del corazón se va cambiando, a medida que aumenta la degeneración sexual, en crueldad y en sed de sangre. Es lo que sucedió en este caso. La Brinvilliers aprendió de su aman- te Sainte–Croix a preparar y administrar los venenos y, después, acabó por emplearlos con una verdadera delicia. Envenenó a su padre, a sus dos hermanos, a sus hermanas y a otras muchas personas. Cuando se descubrieron tan horrendos crímenes fue, por supuesto, decapitada y sus cenizas lanzadas a los vientos de tal modo, que, como lo dice madame de Sevigné en sus cartas, “todo París corrió el riesgo de respirar los átomos de aquella mujerzuela”.

Y, efectivamente, parece que la infección temida por madame de Sevigné hubiera sido una realidad a juzgar por lo que vino después. Los envenenamientos crecieron en una forma alarmante y las autoridades se vieron en el caso de tomar severas medidas. La Voisin, la Vigouroux, la Desoeillet, la Delgragne y otras más son las famosas envenenadoras que se sucedieron en aquel tiempo en una rápida serie. Durante el siglo XVIII, los envenenadores más famosos fueron Desrues y su mujer. Esta excepcional pareja se había propuesto enriquecerse a toda costa y con la menor pérdida de tiempo posible. Su procedimiento más expeditivo consistía en eliminar de la vida por medio de fuertes venenos a todas aquellas personas que constituían un obstáculo para la realización de su proyecto.

Sade también puso sus ojos en estos terribles malhechores y los llevó a sus novelas como parte necesaria de la pintura del vicio que aquejaba a aquellos tiempos que él quería describir. Por eso, y no porque fuese un monstruo por sí mismo, el marqués ha tenido y tiene una tan funesta reputación. Sus libros parecen anegados en sangre, pero es que su época no le ofrecía otros ejemplos. Sade no hizo sino volcar a su siglo en las páginas de sus libros. Lo que ocurre es que el Directorio acabó con el Terror y, con éste, acabaron también todas las atrocidades cometidas por las muchedumbres. Pero en las obras de Sade, el Terror sigue latiendo todavía y, hoy, nos espanta y alucina. “Justina” y “Julieta” son las reliquias autén- ticas de una edad vergonzosa y es apenas natural que sus páginas exhalen un olor a cadaverina y que la suciedad carnal del siglo dieciocho renazca en ellas de nuevo al ser leídas.

Pero, ¿podría haber inventado un hombre solo todo aquello? Es evidente que no. Debemos ser justos con Sade. Y para esto lo primero que tenemos que hacer es conocerlo. Únicamente el cono- cimiento lleva a la justicia y no el sentimiento, ya sea de horror o de aversión, que nos despierten sus escritos. Únicamente un análisis sereno y, a ser posible, científico, puede darnos una idea aproxima- damente exacta de la naturaleza de este hombre y llevarnos a for- mular un juicio definitivo sobre él.

Nosotros sostenemos que Sade no es más que un producto de su tiempo. En el siglo dieciocho, las ejecuciones se hacían, como es sabido, públicamente. Era un sistema pernicioso. Y si antes de la Revolución la crueldad de los suplicios ejercía una influencia ne- fasta sobre los espectadores, la poda incesante de cabezas y los asesinatos por centenares, durante ella, tenían que actuar sobre la

población de una manera mucho más terrible y deletérea. El pueblo francés, a la vista de semejantes escenas, acabó por familiarizarse con ellas y tomarlas por mera distracción. Todos los espíritus dis- tinguidos de la época lo reconocen así. Montesquieu condena en “El Espíritu de las Leyes” las escalofriantes torturas infligidas a los reos y Voltaire se pasó toda su vida clamando contra semejantes actos de barbarie.

Hasta la Revolución, las penas de muerte más usuales en Fran- cia eran las siguientes: el descuartizamiento, el suplicio de la rueda; la decapitación —pena la más suave de todas—. Pero la más fre- cuente era la de la rueda y por eso es la que figura también más en las novelas de Sade. Una vez extendido el reo sobre la rueda, el verdugo procedía a quebrar al desgraciado delincuente los huesos de las extremidades superiores e inferiores con una pesada barra de hierro, tratando de operar con una extraordinaria habilidad a fin de ganarse los aplausos de la concurrencia. Después se ataba al reo entre los radios de la rueda y se le dejaba así expuesto hasta que moría ante los ojos del público.

Una ejecución capital en París constituía siempre una fiesta para el pueblo, ávido de asistir a ella y de no perderse un solo detalle de la misma. Las más famosas fueron las del bandido Car- touche y de su banda, la de Nivet y sus cómplices, la de Deschauf- fonis —que fue primero estrangulado y, después, quemado—, la de la Lescombat —que fue colgada por haber asesinado a su marido—, la de Damiens y la del envenenador Desrues y su mujer, que pere- cieron en la rueda.

Pregoneros públicos se encargaban de anunciar a tambor ba- tiente el día, el lugar y la hora de estas terribles ejecuciones. Y una inmensa muchedumbre acudía a presenciarlas como si se tratara de una fiesta. Entre esta muchedumbre tumultuosa y alborozada, no faltaban por supuesto ni las mujeres ni los niños, sin que a nadie se le pasara por la mente el desastroso efecto moral que actos de barbarie semejante podían producir en sus conciencias. Iniciado el acto, el verdugo, seguido de sus ayudantes, tomaba la actitud de un gran señor en medio de sus vasallos; iba peinado, empolvado, ves- tido con un traje de seda blanca y avanzaba hacia el cadalso pro- yectando miradas de superioridad sobre todo el mundo. El popu- lacho no perdía un detalle de la escena. Y en cuanto al condenado, éste podía bien pronto darse cuenta de si el público estaba o no de su parte por los aplausos o los silbidos con que era acogida su pre-

sencia. Claro que lo más frecuente era que le prodigasen mil insultos y vociferaciones injuriosas, acompañadas de blasfemias.

El más espantable suplicio tal vez sea el que se le aplicó al desgraciado Robert François Damiens, que el 5 de enero de 1757 había cometido un atentado contra la vida de Luis XV, y que, en castigo por ello, fue condenado a muerte en medio de los más atro- ces suplicios el 28 de marzo del mismo año. Carlyle, uno de los más grandes historiadores de la Revolución, escribía al referirse a las atrocidades cometidas durante la época del Terror: “Ch, esas estre- llas eternas miran desde el firmamento nuestra tierra como ojos brillantes y dejan caer sus lágrimas de una piedad inmortal sobre la suerte de los humanos”. Por lo que a nosotros se refiere, diremos que mil ejecuciones por el procedimiento de la guillotina no bastan para superar el horror que nos causa la espantosa ejecución del infortunado Damiens; ejecución que clama verdaderamente a los cielos y que parece suplicar una lágrima de compasión de las estre- llas. Aquella infamia cometida por el “ancien régime” no puede ser borrada por los arroyos de sangre que corrieron durante la Revo- lución. Y cuando rememoramos los detalles de semejante suplicio, caemos en seguida en cuenta de la capacidad de crueldades que oculta el hombre en sus entrañas y nos explica, sin necesidad de más, todo el posible horror que se esconde en las obras del marqués de Sade.

Damiens fue ejecutado de la misma manera que el asesino de Enrique IV, François Ravaillac, en 1610. Primero, se le sometió a la tortura; le desgarraron el pecho, los brazos, los muslos y las pantorrillas con tenazas caldeadas en el fuego y, en seguida, echa- ron sobre las heridas aceite hirviendo mezclado con cera y azufre. Hacia las tres de la tarde, se condujo al desgraciado, primeramente, a Notre–Dame y, después, a la plaza de Grève. Todas las calles por donde desfiló el macabro cortejo estaban atestadas de un pú- blico enardecido “que no manifestaba ni pena ni piedad”.

A las cuatro y media comenzó el macabro espectáculo, cuya sola descripción hoy nos repugna hasta la médula. En medio de la

plaza se había levantado un cadalso, donde Damiens, ansioso de

morir cuanto antes, fue atado por verdugos a seis anillos de hierro, de tal manera que el tronco quedara completamente inmovilizado. Luego, se le encadenó la mano derecha y se la quemaron con fuego de azufre, mientras el desventurado lanzaba terroríficos alaridos. Después, le ataron brazos y piernas con fortísimas cuerdas cuyas extremidades se amarraron a los arneses de cuatro caballos. Cuando

todo estuvo dispuesto, las caballerías, azuzadas por gritos y tralla- zos, arrancaron al galope y el delincuente quedó casi descuartizado por el impetuoso tirón. Pero como los caballos, por impericia de quienes los manejaban, no arrancaron con la debida precisión, el descuartizamiento no se produjo ni a la primera ni a la quinta ten- tativa y durante más de una larga hora se practicaron ensayos sin tener para nada en cuenta los ayes del miserable Damiens y sus angustiosas llamadas a la muerte.

El público celebraba la duración del magnífico espectáculo así como la resistencia de Damiens. Finalmente, los verdugos obtuvieron permiso de los jueces para abrir con machetes las articulaciones del cuitado y facilitar así el descuartizamiento que no lograban los caballos. Cuando le abrieron las ingles, Damiens pudo levantar todavía la cabeza, pero estaba ya tan agotado que no se quejó. Por fin, al cabo de hora y media de tirones, le fue arrancada una pierna. El público aplaudió. Le fue, luego, arrancada la segunda y, enton- ces, Damiens lanzó un profundo quejido. Siguió el despojo de un brazo... y el condenado no moría. Sólo cuando le arrancaron el izquierdo cesó al parecer de respirar. “Tal fue —dice un cronista— el fin de este hombre miserable que sufrió, según el consenso gene- ral, los suplicios más grandes que haya experimentado hombre algu- no en la tierra, a causa de su insólita duración”.

Sade nunca habría imaginado una escena como ésta si la reali- dad no se la hubiese puesto ante los ojos.

“La afluencia de forasteros —dice el duque de Croy— fue indescriptible ese día. Puede decirse que todos los habitantes de los pueblos vecinos y hasta muchos de las lejanas provincias, sin contar los extranjeros, invadieron las calles de París como si se tratase de presenciar la más inaudita diversión. Se habían pagado precios de locura no sólo por ocupar las ventanas que daban a la plaza de Grève sino por los mismos aleros de los tejados. Pero lo que más llamaba la atención —continúa diciendo— era el número de entu- siastas espectadoras, de mujeres, ansiosas de presenciar este espec- táculo en sus más mínimos y espantables detalles, sin que se viese asomar una lágrima a sus ojos, en tanto que muchos hombres sollo- zaban y volvían los rostros para ocultar sus ojos humedecidos”.

Madame Hausset, una de las espectadoras de la ejecución de Damiens, cuenta en sus Memorias que muchas mujeres jugaban mientras se le sometía al horripilante tormento y que, incluso, hubo algunas que se entregaron a otra clase de torpezas de más difícil descripción.

Nadie se extrañará tampoco al saber que el propio Luis XV contó, con todos sus pelos y detalles, esta ejecución a los embaja- dores acreditados en su corte. La piedad no se estilaba en aquel tiempo.

La Revolución encontró, por consiguiente, un público bien en- trenado para presenciar toda clase de ejecuciones sangrientas. Y Sade pudo ser testigo de ellas. Cabalmente había sido puesto en libertad en 1790.

Los primeros chispazos de los asesinatos de septiembre, la toma de la Bastilla (14 de julio de 1789), la marcha sobre Versalles (5 de octubre de 1789) y los sucesos sangrientos de Aviñón en 1790 y 1791 permitían adivinar ya el papel importantísimo que desem- peñarían las mujeres en las ejecuciones y masacres venideras, al mismo tiempo que probaban que la sed de sangre y la crueldad constituyen la característica específica de las vulgares hembras del populacho. Esas atroces pasiones florecieron, sin embargo, por igual en las clases aristocráticas. Particularmente en Aviñón, la discordia entre los aristócratas del “partido papal” y los miembros del “par- tido patriótico” cobró en seguida una violencia inusitada. El “patí- bulo de los papistas”, que reclamaba víctimas y más víctimas desde los comienzos del año de 1790, fue sustituido por el “patíbulo pa- triótico” tan pronto como llegó a aquella ciudad el famoso Jourdan. Y el 14 de septiembre del año siguiente, Aviñón, que tenía fueros propios desde la época en que sirvió de sede papal a raíz del Gran Cisma de Occidente, quedó incorporado a Francia y, para regirlo, se instituyó un gobierno de seis “Directores patriotas”. La persecu- ción cambió desde este instante de rumbo. El 16 de octubre de 1791, uno de aquellos patriotas encargados de reglamentar la vida de la ciudad, el ciudadano Escuyer, penetró audazmente en la iglesia de los frailes franciscanos a fin de “dirigir unas palabritas de exhorta- ción” —según el eufemismo empleado por el cronista— a los pa- pistas en ella reunidos. La respuesta fue “un penetrante alarido de los devotos y aristocráticos papistas”, entre los cuales había nume- rosas mujeres. Pero como Escuyer no hiciera mención de huir ante aquella gritería, las cosas adquirieron en seguida un peligroso cariz. En medio del tumulto y la confusión general, mil brazos se alzaron, amenazantes, mil puños cerrados se dirigieron contra los intrusos y, a los primeros golpes y a las primeras trituraciones ejecutadas por los hombres, se sucedieron los ataques de las mujeres, provistas de largas agujas y tijeras. Fue un espectáculo aterrador. Allí, en aquel mismo local sagrado donde reposaban tantos muertos ilustres y,

entre ellos, la misma Laura amada y cantada por Petrarca; allí, delante del propio altar sagrado e iluminado; de la imagen de la Santísima Virgen y de tantas venerables reliquias cristianas, se realizó una salvaje masacre francamente vergonzosa. Algunos de los guardaespaldas de Escuyer lograron escurrir el bulto en medio de la tiemenda trapatiesta y corrieron hasta la casa de Jourdan para pedirle que enviara sin dilación la guardia nacional para socorrer a sus compañeros y a su jefe, acorralados en el templo. Pero el ciudadano Jourdan era un hombre cachazudo y lento en sus deci- siones. Con desesperante parsimonia, ordenó que se cerraran y vigi- laran previamente las puertas de la ciudad; se puso, luego, al frente de un piquete de guardias nacionales y cuando llegó al templo de los franciscanos, encontró el sacro recinto sumido en un silencio dramático y completamente vacío. Los papistas habían huido, pero no sin dejar previamente varias víctimas tendidas por el suelo y, al propio Escuyer, derribado junto al altar mayor, nadando en un charco de sangre, atravesado su cuerpo por cien punzadas de agu- jones y tijeras, aplastado y horriblemente masacrado. La partida había sido ganada por los “papistas”.

Pero entonces, cabalmente, comenzó aquel terrible proceso que, con el nombre de “castigo en la torre de hielo”, de Aviñón, adqui- riría por siempre una triste celebridad. Hombres y mujeres de la aristocracia fueron arrastrados hasta el solitario castillo y ence- rrados como bestias en estrechos y húmedos subterráneos que co- lindaban con el lecho del río Ródano. Al lado de estos terroríficos calabozos estaba la “Heladera”, la famosa “torre de hielo”, llamada también el “osario” y la “gran cámara mortuoria”, donde en épocas pretéritas, eran arrojadas las víctimas de la Inquisición.

El piso de la “Heladera” estaba literalmente cubierto de huesos y de esqueletos, su atmósfera era irrespirable y a los reos que en ella eran encerrados se les condenaba a morir de inanición y de frío. Las escenas que’ se desarrollaron en aquel sitio dantesco a raíz de la represión de Jourdan se resisten a todo intento de descripción. En medio de la oscuridad impresionante, entre chasquidos de huesos y un frío húmedo que taladraba las carnes, los aristocráticos papis- tas quedaron allí encerrados, sin que sus ululantes gritos hallaran misericordia en los brutales carceleros. Sabían bien aquellos míseros condenados que quien entraba en la “torre de hielo” no salía jamás.

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