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LA NOBLEZA Y EL CLERO

In document Duehren, Eugene - El Marques de Sade (página 36-39)

El siglo del Marqués de Sade

4. LA NOBLEZA Y EL CLERO

A nobleza y el clero ocupan un puesto de primera línea en las

novelas de Sade. Príncipes, duques, condes, marqueses y caba- lleros aparecen pintados al lado de los Papas, de los cardenales, obispos, arzobispos y abates, con un aspecto de monstruos eróticos y de ateos. Toda la corrupción del “viejo régimen” desfila allí ante nuestros ojos.

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La nobleza y el clero no formaban en Francia, a decir verdad, más que una sola clase, ya que el clero procedía, en su mayor parte, de la nobleza. El primogénito de un gentilhombre era siempre mili- tar; el segundo, sacerdote o fraile, y las hijas que no encontraban con quien casarse, tomaban el velo religioso. La protección a la nobleza por parte del Estado había adquirido dimensiones inaudi- tas en el siglo XVIII. Todos los cargos públicos, prebendas, magis- traturas y comisiones militares estaban distribuidos entre la nobleza. “Muchos hijos de nobles —dice L. S. Mercier en su “Tableau de París”— mandaban un regimiento a la edad de dieciocho o veinte años aunque no tuvieran la menor instrucción castrense. Y en ellos

pasan su juventud entre el lujo, los placeres, y siempre al lado de sus complacientes cortesanas”.

Una singular posición social, intermedia entre el clero y la nobleza, era la que ocupaban los abates, hombres anfibios y atilda- dos que en todo se entrometían y que a nadie ni nada representa- ban, sin embargo. El mismo Mercier refiere que, en el París de aquellos días, pululaban como moscas los abates y otros tonsura- dos que, sin servir ni a la Iglesia ni al Estado, llevaban una vida completamente ociosa e irregular y que no se ocupaban sino en futilidades, en traer y llevar chismes y, cuando más, en cubrir las formas externas con títulos de preceptores, de poetas o de escritores.

Eran estos individuos los clientes más asiduos de todos los nocturnos establecimientos de diversión, aun cuando en otro tiem- po, cada cortesana que denunciara la visita de un abate, recibía cincuenta francos de prima por la valiosa delación.

El célebre gastrónomo Brillat–Savarin, en su “Physiologie du goût”, nos ha dejado una curiosa pintura de lo que era un abate del atildado y vicioso “dix–huitième”. “Cuando una familia noble tiene varios hijos —dice— destina uno de ellos a tomar el hábito. De este modo, obtiene en seguida grandes prebendas que bastan para pagar su educación. Más tarde, se le nombra canónigo, abad u obispo, de acuerdo con sus personales aptitudes para la carrera eclesiástica. Este es el tipo legal, por decirlo así, de los abates. Pero hay muchos, muchísimos falsos abates, jóvenes de la buena sociedad que se hacen pasar por tales sin que lo sean, desde luego. La cosa es ciertamente bien sencilla. Basta un ligero cambio en la indumentaria, adoptar un aire de benefactor, dárselas de erudito o de poeta y, con ello, se pasa a ser uno de tantos, uno cualquiera de los auténticos, y se tienen en seguida amigos, amantes y anfitrio- nes, ya que cada casa elegante se considera muy honrada con sentar uno de estos abates a su mesa”.

Los abates —ya fuesen físicamente gordos o flacos, altos o bajos— vestíanse con pulcritud y se mostraban dulces, exquisitos, curiosos, sibaritas, ingeniosos e insinuantes. Más tarde, al degenerar esta clase social esencialmente francesa, se trocaron en sencillos santurrones. Sade pintó este tipo de hombres en el abate Chabert,

el gran amigo de Julieta y preceptor de su hija.

Los abates figuraban, por supuesto, con excesiva frecuencia, en los informes secretos de la policía sobre el libertinaje del clero de París, publicados más tarde por Manuel. Pero nadie se mostraba sorprendido por tan “pequeños placeres”.

Otro representante típico del siglo dieciocho era el llamado “caballero”. Y también encontró en Brillat–Savarin su punzante descriptor. “Muchos de estos caballeros —escribe— habían encon- trado ventajoso y simple armarse ellos mismos como tales —cuando no por un ventero a la manera quijotesca—. Llevaban siempre la espada haciendo casi un ángulo recto con el cuerpo, la cabeza alta, la nariz al viento, las piernas estiradas; eran jugadores, seductores, camorristas y se adscribían por lo general a la escolta de alguna dama bella y joven que estuviese de moda. Al comienzo de las guerras revolucionarias, la mayor parte de estos “caballeros” se inscribieron en el ejército; otros emigraron y el resto se perdió con- fundiéndose con la multitud. Los escasos supervivientes son reco- nogscibles aún por su fisonomía y porte. Pero ahora están enfla- quecidos y su paso no resulta ya marcial, pues el que más y el que

menos está atacado por el reuma” (1).

Los representantes del clero resultan en las novelas de Sade los autores de las peores atrocidades. Con particular delectación, Sade denuncia sus prevaricaciones, su hipocresía y su impiedad, y se revuelve, luego, contra ellos lanzándoles al rostro mil groseras injurias. Reconozcamos, sin embargo, que le asiste un gran dere- cho para comportarse así. Le dan la razón todos los documentos históricos —auténticos— que justamente habremos de examinar al hacer un análisis de su conducta poco morigerada. No somos nos- otros quienes hablaremos sino los testimonios de testigos presencia- les y los informes de la policía parisiense, en los cuales bebió abun- dantemente el marqués de Sade. Esos documentos no hacen sino ratificar los conceptos de Sade.

Sabido es que las obras del marqués fueron incluidas en el “Index”; pero no a causa de su presunta obscenidad, sino por su recio contenido anticlerical. Según Sade, todas las calamidades de Francia eran debidas a la relajación del elemento religioso; y las incontables extralimitaciones y corrupciones a que se entregaban los eclesiásticos, en sus novelas, no parecen sino una literal trans- cripción de las que, efectivamente, existían en el terreno de la reali- dad. Como esas novelas no fueron, en último término, más que la pintura exacta de la época: del corrompido siglo dieciocho, todos los tipos de una patología sexual exacerbadísima están en ellas re- presentados: el pederasta activo y el pasivo, el “lecheur” y el “san- guinaire”, la lesbiana y la Celestina. Bastaría citar, a este respecto,

las horribles bacanales de convento descriptas en “Julieta”, así como las celebradas en otros recintos religiosos e incluso en las catacum- bas del Claustro Panthemont. Los prelados que en ellas intervie- nen son todos ateos, blasfemos y viciosos. Sade hace leer —cosa única en sus obras— dos poesías pornográficas y sacrílegas del cardenal Bernis a uno de sus personajes en “Julieta”.

Todo esto puede parecer exagerado, producto de una mente atormentada. Pero —repetimos— el marqués se limitó a transcribir lo que sucedía en torno suyo. Actualmente, y utilizando los infor- mes de la policía de aquel tiempo, cualquiera puede obtener las pruebas irrefutables en que Sade se basó para exponer en sus obras toda la corrupción que llenaba de miasmas a su época.

5. LOS INFORMES SECRETOS DE LA POLICÍA

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