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En páginas anteriores se ha recalcado que los paisajes del Uruguay tienen el encanto de un país pequeño y abarcable, siendo su distancia mesurable en cuestión de pocas horas recorridas en auto. Estas dimensiones de país pequeño, de menos de 180.000 kilómetros cuadrados, contribuyen a una escala conmensurable que tiene su contrapartida y contrasta con la amplitud e infinitud que caracteriza a la mayoría de los paisajes que predominan en “la dimensión terrestre”. La proximidad que goza en un sentido disiente en otro con la impresión de lejanía, fruto esta última de la visión ilimitada de sus tierras. Algo similar se trasunta en las palabras del escritor C. Domínguez: «Entonces comenzaba a advertir algo que se prolongaría camino al norte con engañosa fatalidad. Cada pueblo o ciudad era un espacio aislado por kilómetros y kilómetros de campos vacíos, montes vírgenes o forestaciones de eucaliptos, sin otro registro humano que algunas huellas, las alambradas, viejos cascos y galpones abandonados, como si el pequeño país multiplicara sus dimensiones con desfallecido abandono».216

Es la conformación del paisaje terrestre la que pone énfasis en el horizonte conllevando una contemplación asegurada. Asimismo, contemplación y viaje han sido dos constantes citadas aquí, que innegablemente nos llevan a pensar en un horizonte. Meta que invariablemente existe universalmente pero no siempre es posible apreciar por la ocupación edilicia, por la disposición urbana, y aun estando en el campo, por la masa arbórea que frecuentemente impide estimar la topografía. Para el viajero, igualmente, el horizonte siempre es lo que hay que traspasar, toma sentido por ese pasaje imposible y las palabras siguientes explican más de un sentido adjudicable al horizonte.

«En una problemática que asocie al viaje el tema del paisaje, está claro que el horizonte no puede quedar inmóvil; es aquello hacia lo cual se dirige la mirada del viajero, lo que siempre espera y siempre lo decepciona a la vez».217

Horizonte, no sólo como límite visual sino como objetivo y obstáculo a traspasar. Deseo visual de todo viajero, éste es un horizonte que niega la posibilidad de meta concluyente por su lejanía. Quizás el único aspecto que pueda rozar cierto carácter sublime es esa sensación de infinitud propia de los horizontes despejados que bordean un vasto territorio librado a su desnudez primaria. Imagen obligada de todo viajero la mirada hacia el horizonte, ofrece en el paisaje terrestre al espectador que pasea por esos lares, no sólo esta posibilidad sino que ésta será, muy

216 Domínguez, Carlos María, El norte profundo, Viaje por Tacuarembó, Artigas, Rivera y Cerro Largo, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 2004.

217 Tiberghien, Gilles A., La mirada del viajero, El principio del axolotl, artículo de Clément, Gilles y Eveno, Claude, op.cit, p. 10.

Representación y usos del paisaje. Aplicación sobre un caso de estudio: El Uruguay terrestre, la puesta en valor de sus paisajes mediterráneos.

Maestría Paisaje, Medio Ambiente y Ciudad- Universidad Nacional de La Plata Teresa Martínez Ciasullo - UDELAR – Uruguay

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probablemente, la impronta más fuerte que dejará en su recordación. Esos horizontes que el diccionario asocia, comprensiblemente, al paisaje como límite visual de la superficie terrestre, que en su unión son responsables de ser donde cielo y la tierra parecen juntarse.

Horizonte, esa línea que en estos campos figura lejano pero la palidez que le confiere la distancia no le impide establecer su primacía sobre las demás, por el contrario es la primera que miramos y que nos abre profundidad del campo hacia un figurado del espectáculo del mundo, la que separa cielo y tierra. Ciertamente las “tierras del sin fin” de América, están asentadas en inmensos latifundios, los cuales se convertirían en el premio que la Corona otorgaba a los adelantados, conquistadores y desbravadores del espacio innominado. Pareciera que aquí en los pagos del Uruguay terrestre, donde a veces ni siquiera Internet llega, el horizonte es “infinito”. Motivación para nuestra voluntad de perspectiva que practicaba el nómada en su “arte del trayecto”. Muchos autores desde distintos planos son subyugados ante el horizonte, desde otro punto de vista, desde el simple mirón al viajero que busca placer en todo lo que roza su vista hasta los filósofos o poetas.218 Tanto en psicología como en geometría, la idea de una línea tal que se encuentra en relación con nuestra situación de seres proyectados al mundo. Pero aun cuando este hecho pueda no revestir importancia, obviando fenómenos corporales, psicológicos, existenciales inherentes al hombre, los horizontes del paisaje terrestre constituyen un punto a destacar para comenzar su caracterización desde el momento de su visualización.

Tal es el caso del poema Una carta de otoño, extraído del libro Grillo Nochero de Osiris Rodríguez, que nos ilustra como él ve sus horizontes del paisaje terrestre para representarlos de la siguiente manera (presentamos fragmento):

De tarde, casi al alba de los grillos, | voy al palenque; muere el horizonte | con un delgado tajo de oro vivo, | mientras se ondula y crece en las lomadas una intensa costumbre de mugidos…

Fortuna sutil, el horizonte tiene aquí su particularidad, si bien refiere a una horizontalidad, no se constituye por lo general de una línea recta, sino que cerros particulares lo conforman dándole una condición ondulada, con árboles dispuestos según otro ritmo singular. Tampoco se trata de llenos y vacíos sino más bien, de acercamientos diferentes de la masa térrea. Ese espectáculo hace que las sensaciones olviden lo que sucede en el presente cercano para ir hacia ese tiempo adelante que nos promete siempre el horizonte.

218 Sin embargo en clave más contemporánea no es ese su único rol; el plano horizontal, para nosotros, seres terrestres, dice Merleau-Ponty «es aquel donde se realizan los desplazamientos vitales, donde se da nuestra actividad», y nos explica como algunos psicólogos refieren esta propiedad a algo natural de nuestro campo de percepción, «de nosotros, seres encarnados y obligados a moverse sobre la tierra» Merleau-Ponty, Maurice, op.cit., p. 24-25.

A ellos se suma también el ya referenciado silencio dado por la duración de ciertos panoramas, sólo posibles en el Uruguay terrestre. Ellos son silencios que bien se asemejan a los que propone escuchar Dixon Hunt, casi en una actitud que hace oír a través de otro sentido, el de la vista. Silencios y amplitudes que aquí intentaremos captar y representar (Silencio + Amplitud= Panorama) en estas fotos panorámicas, con cierta inspiración agregada proveniente del cine. «Se vuelve imposible distinguir rigurosamente el espacio y las cosas en el espacio, la mera idea del espacio y el espectáculo concreto que nos dan nuestros sentidos».219