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LOS INTERMEDIARIOS OLVIDADOS DE LA LITERATURA*

i kas h a b e r s e in d ig e s t a d o con teo ría, los estu d io so s de la lite ra tu ra vuelven la vista h acia la histo ria. El "nuevo historicism o" y la "nueva Iíistoria literaria" an u n ciado s en un reciente torrente de libros y a rtícu ­ los rep resen ta un esfuerzo p o r p o n e r u n alto a la obra de la decon struc­ ción y p o r b asar el estudio de la litera tu ra en u n a revaloración del pa­ sado. ¿Pero cuál pasado? La vieja histo ria literaria reb a n a b a el tiem po en segm entos señalados p o r la aparició n de grandes au tores y grandes obras: l'homme et l'oeuvre, según la clásica fórm ula francesa. El histo­ ria d o r de hoy necesita tra b a ja r co n u n a idea m ás am p lia de la litera­ tura, que tom e en cu en ta a los h o m b res y a las m ujeres que hayan te­ nido algo que ver con las p alab ras en todas las esferas de-la vida.

El folclore de la p a la b ra incluye a las m ad res que c a n ta n cancio nes infantiles, a los niños que rep iten rim as al sa lta r a la cuerda, a los ad o le sc en te s q u e c u e n ta n c h iste s o b scen os y a los n egros qu e in te r­ c a m b ian insultos rituales (“playing lhe dozens"). Los h isto ria d o res tal vez prefieran dejarles esas personas a los antropólogos. Pero incluso si restrin g ieran la litera tu ra a la com u n icació n p o r m edio de la letra im p resa, su concepción de ella p o d ría expandirse h asta in clu ir a algunas figuras poco fam iliares: los trap eros, los fabricantes de papel, los tipó­ grafos, los conductores de carretas, los libreros y h a sta los lectores. La lite ra tu ra libresca p e rte n ec e a u n sistem a p a ra p ro d u c ir y d istrib u ir libros. Sin em bargo, casi tod as las p ersonas que h acían fu n cio n ar ese siste m a h a n d esap a re cid o de la h isto ria litera ria . Los g ran d e s h o m ­ bres h an ap lastado a los in term ediario s. Si se los ve desde la perspec­ tiva de los transm isores de la obra, la h isto ria literaria p o dría ap arecer bajo u n a nueva luz.

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* La versión original de este ensayo apareció en The N ew R epublic, 15 de septiembre de 1986, pp. 44-50. He completado esa versión con algún material proveniente de "Soun­ ding the Literary M arket in Prerevolutionary France", en E ig h teen th -C en tu ry S tu d ies,

num. 17, verano de 1984, pp. 477-492. 147

Q uisiera p rese n tar este p u n to de vista p o r m edio de la discusión de algunos de los p ersonajes que he e n c o n trad o en los docum ento s de la Société typographique de N euchâtel (s t n), im p o rtan te ed itora y m ayo­ rista de libros franceses d u ra n te las dos ú ltim as décadas del Antiguo R égim en. N e u c h â te l, u n p e q u e ñ o p rin c ip a d o su iz o en la fro n te ra oriental de Francia, era el sitio ideal p a ra p ro d u cir el tipo de libros que no p asab an la censura en Francia, es decir, cu alq u ier cosa que pudiera ofender a la Iglesia Católica, al E stado o a la m oral convencional. Algu­ nos libros de la s t n -La vida privada de Luis XV, p o r ejem plo, o Gazette noir par u n ho m m e que n ’est pas blanc- se las arreglaron p a ra ofender a los tres y se convirtieron en best sellers, au n q u e tam bién h a n quedado fuera de la historia literaria. Otros llegaron a ser clásicos de la Ilu stra­ ción o bien se tra ta b a de obras inofensivas, com o libros de viajes o n o ­ velas sentim entales, que la s t npirateaba. P ara los im presores suizos y sus clientes en el com ercio del libro francés, la litera tu ra era u n nego­ cio. Como dijo uno de ellos: "El m ejor libro para u n librero es u n libro que vende”.1

¿Cóm o veían el negocio las p erso n as involucradas en él? C onside­ rem os al e d ito r y sus em peños p o r o b te n e r u n m an u sc rito de sus a u ­ tores. Los dos socios p rin cipales de la STN, Frédéric-Sam uel O stervald y A braham B osset de Luze, fueron a París en viaje de negocios en los m om ento s m ás álgidos de la Ilu stració n. A p a rtir de los inform es que enviaban a la oficina, se los p u ede seg u ir al c ru z a r la fro n tera francesa en carru aje, al e n c o n tra r u n buen hotel, al o rd e n a r el m an ten im ien to de sus pelucas, al c o n tra ta r a u n lacayo y al realizar sus ron d as p o r el m u n d o literario.

Franceses po r cultura, au n qu e provincianos y protestantes p o r tem ­ peram ento, en un prin cip io se sin tiero n u n tan to abru m ad o s p o r "esta c iu d a d in m e n sa y ru id o sa ”. R eq u iriero n de u n guía p a ra m overse en ella. Al ir a ver a los libreros, d e scu b riero n que los p a risin o s sólo h a ­ cían negocios h a sta las dos de la tard e y q u e n u n ca estab an si tenían que p a g a r un a cuenta. Pero las noches co m pen saban las frustraciones del día. Luego de u n a cena, O stervald escribió a casa: "A decir verdad, bebí algunos caldos, algo de c h am p án , u n poco de hermitage, algo de

1 André de Versalles a la Société typographique de Neuchâtel, 22 de agosto de 1784, en los papeles de la Société typographique de Neuchâtel, Bibliothèque publique et uni­ versitaire, Neuchâtel, Suiza (en adelante, s t n).

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m álaga; y sen tad o com o estab a e n tre dos a m isto sa s dam as, m is ideas se con fu nd ieron u n tan to ”.2

Los ed ito res re c a b a ro n ch ism es literario s. D’A lem b ert les co ntó que le h abía pedido a Federico el G rande que c e le b ra ra u n a m isa p o r el descanso del alm a de V oltaire al poco tiem po d e la m u e rte de este últim o. "De acuerdo -c o n te stó F ederico - au n q u e y o no creo m uch o en la etern idad."3

Pero so b re todo h a b laro n de negocios. H acían sus cálculos sob re la fo rm a de m e jo ra r los precio s de los edito res p a risin o s, red u cien d o costos y beneficios, y luego se dedicaron a rob arse a los m ejores a u to ­ res. R á p id a m e n te se vieron in u n d a d o s con las p ro p o sic io n e s que les h a c ía n los escrito res p o r en cargo . "Ayer volvió a v e n ir u n a u to r m ás p obre que Job ofrecién dom e en venta un m a n u sc rito so b re los jesui- tas”, escribió Bosset. Pero ta n to él com o O stervald p refe ría n p u b licar los n o m b re s m ás conocidos. Luego de tra ta r con V oltaire y R ousseau en Suiza, sabían cóm o congraciarse con u n filósofo. E n tra ro n en pour- parlers con D'A lem bert, R aynal, B eau m arch ais, Mably, M arm o n tel y M orellet. Incluso se acercaro n a B enjam ín F ranklin con u n a estrategia p a ra tra ta r de vender libros franceses en el Nuevo M undo.4

Todo este afán no resu ltó en m uchos co n trato s, pero ilu stra el ca­ rá c te r de la edición com o u n a actividad. Los editores siem pre estaban m etido s en negociaciones. S iem p re se estab an co cin an d o u n a docena de asuntos, pero los que salían adelante e ra n la excepción: las tra n sa c ­ ciones que p rod ujeron u n a red u cid a can tid ad de lite ra tu ra a p a rtir de la nebulosa vastedad de literatura-que-pudo-haber-sido.

Una obra que surgió de las charlas en París fue Du Gouvemement et des loix de la Pologne (1781), de G abriel B onnot de Mably. Al igual que m uchos otros autores, M ably sabía que su libro sería u n best seller; y a cam bio de su m anuscrito sólo pidió cien ejem plares gratis. Pero el lib ro fracasó. La cu lp a fue de la s t n, se quejó M ably en u n a discusión p o s te rio r p o r correo. E n lu g a r de sa c a r provecho del in te rés del p ú ­ blico en la p artició n de P olonia (1772), los suizos se h a b ía n atascad o con su calendario de publicaciones.

2 Ostervald y Bosset a la s t n, 23 de mayo de 1775, y Ostervald a la s t n, 11 de junio de 1775.

3 Bosset a la s t n, 16 de junio de 1780. 4 Ib id., 26 de mayo y 14 de abril de 1780.

O stervald defendió a la STN con u n a breve relación de su investiga­ ción de m ercado:

Luego de imprimir un buen número de portadas y de muestras del índice, que enviamos a varios buenos libreros en París, Versalles, Lyon y Ruán, no encontré uno solo que hiciera un pedido. Todos dijeron que aunque esta­ ban persuadidos del mérito de la obra, el público ya no se hallaba intere­ sado en su tema. Tuve que recurrir a Alemania y a la Europa del norte; y tan pronto com o estuve seguro de un centenar de pedidos, inicié el proceso de impresión. [...] Voilá, Monsieur, un desagradable tema de discusión.5

Los au to res e ra n u n a especie difícil. O stervald los en contraba "vanido­ sos". "E stán hinch ad os de u n con o cim ien to verdadero o fingido." P or ingeniosos que fueran en la sobrem esa, al llegar a la firm a del con trato d ab an la im presión de que los gobern aba la codicia. Incluso D’Alembert, quien e ra u n co n versado r encantador, dejó en B osset la im p resió n de alguien a quien "m ucho le preocupa la p a rte lucrativa de su escritura".6 No es que los editores su frieran de poco desarrolladas razones de interés. Ellos convirtieron la Ilustración en u n negocio. Desde París, Os­ tervald y B osset escribieron: "De nuevo tenem os que enfatizar que no es que sea difícil e n co n trar m ateriales p a ra im prim ir buenos, adm irables, m aravillosos; lo que sí resulta crucial, el objetivo suprem o al que debe­ m os aplicarnos, es a ten e r la seguridad, an tes de im prim ir, de que p o ­ dam os convertir el texto en d inero en efectivo". C uando las ganancias d ism in u ían , los suizos ce rra b an im p ren tas, despedían tra b a ja d o res y vivían de lo que ten ía su acervo. No se h acían ilusiones con la nobleza de la literatu ra com o u n a vocación. "Este trabajo produce m ás bilis que cualquier o tro ”, concluían. Al cabo de años de reg atear con autores y de lu ch a r con la com petencia, Ostervald sintetizó así sus opiniones sob re la profesión: "No debe pro m eterse m ás m an te q u illa que pan , ni ta m ­ poco creer en nada que no se pueda ver con los propios ojos, ni c o n ta r con algo que no se tenga entre los dedos de la m ano”.7

5 Ostervald a Mably, 7 de enero de 1781, y Ostervald a David-Alphonse de Sandoz- Rollin, 7 de enero de 1781.

6 Ostervald a Charles-Joseph Panckoucke, 16 de noviembre de 1777, y Bosset a la stn, 17 de mayo de 1780.

7 Ostervald y Bosset a la s t n, 31 de m arzo de 1780; Bosset a la s t n, 12 de mayo de 1780; Ostervald y Bosset a la s t n, 20 de febrero de 1780.

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E stas observaciones sugieren u n a perspectiva desde u n lu g ar en el c irc u ito de las c o m u n ic a c io n e s. H u b o m u ch a s o tra s m ás. El exp e­ dien te de Jean-N icolas Morel, u n fab ricante de papel en la p eq u eñ a vi­ lla de M esliéres en las m o n tañ as de Ju ra del Franco Condado, m u estra cóm o veía el negocio alguien que su m in istrab a su m ateria prim a. M o­ rel llenab a sus c a rtas de p alab rería, g arra p a te á n d o la s con u n a indife­ rencia m ayúscula h acia la o rtografía y la gram ática. Con dos tem as era p a rtic u la rm e n te elocuente: la excelencia de su papel y su p ro p ia vir­ tud. Le a seg u rab a a la s t n que él no co m p rab a m ás que los tra p o s de m ejo r calidad p a ra su m ate ria l (la h ú m ed a p u lp a con la que se fabri­ caba el papel). M orel tenía trap ero s que sabían cóm o conseguir lo m e­ jo r de to d o h ala g a n d o a las sirv ien tas con lison jas y o b seq u ián d o les

alfileres y p ren d e d o re s. El ag u a de M orel era la m ás p u ra en tod a la cordillera. E ra el rey del ram o en el Franco Condado. Y a diferencia de sus com petidores, n un ca h acía tra m p a m etiendo trap os de m e n o r cali­ d ad en su c u b a o deslizando pliegos defectuosos en resm as de m en o r peso. No, les aseguraba a los de N euchatel, a quienes tenía p o r piad o ­ sos calvinistas, que llevaba su negocio según los preceptos de san P a­ blo y el S erm ón de la M ontaña.

Sin em bargo, si lo que querían era a h o rrarse algunos sous del p re ­ cio, M orel podía añadirle u n poco de cal viva al m aterial. Eso h a ría que las hojas se vieran tan blancas com o las de u n papel de p rim era, a u n ­ que eso im p licab a un d e sa fo rtu n a d o efecto colateral: d esp ués de u n tiem po, la tin ta se volvía am arilla en las páginas. P o r esta razón, el go­ bierno francés tenía prohibido el em pleo de la cal viva en la producción de papel y castigaba a los infracto res con u n a m u lta de 300 libras tor- nesas. Sin em bargo, M orel estab a seguro de que no lo iban a descubrir, pues no había puesto su no m b re ni su m arca de agua en los m oldes que hab ía confeccionado -lo cual tam b ién era u n a violación de la ley-.

Los suizos no cayeron en la ten tació n, pero d ejaro n qu e M orel se sa lie ra co n la su y a e n v iá n d o les plieg os lig e ra m e n te p o r d e b a jo del p eso - la c a lid a d del p apel la d e te rm in a b a n so b re to d o el peso y la b la n c u ra - y luego le resp o n d iero n p agándole con letras de cam bio de c o m p añ ías relativam en te débiles co n fechas de vencim iento in u su al­ m en te distantes.

M orel co ntestó apelan do al flanco sen tim en tal de los editores. Su hijo h a b ía caído presa de u n a extraña enferm edad. Los m édicos insis­ tían en que sólo había una cura: el vino de Neuchatel. Morel había inten-

O stervald defendió a la s t n con u n a breve relación de su investiga­ ción de m ercado:

Luego de imprimir un buen número de portadas y de muestras del índice, que enviamos a varios buenos libreros en París, Versalles, Lyon y Ruán, no encontré uno solo que hiciera un pedido. Todos dijeron que aunque esta­ ban persuadidos del mérito de la obra, el público ya no se hallaba intere­ sado en su tema. Tuve que recurrir a Alemania y a la Europa del norte; y tan pronto com o estuve seguro de un centenar de pedidos, inicié el proceso de impresión. [...] Voilá, Monsieur, un desagradable tema de discusión.5

Los auto res e ra n u n a especie difícil. Ostervald los encontraba "vanido­ sos”. ‘‘E stán hin ch ad o s de u n conocim ien to v erdadero o fingido." P or ingeniosos que fueran en la sobrem esa, al llegar a la firma del co ntrato daban la im presión de que los gobernaba la codicia. Incluso D’Alembert, quien era un co n v ersad o r encantador, dejó en B osset la im p resión de alguien a quien “m ucho le preocupa la p a rte lucrativa de su e scritu ra ”.6 No es que los edito res sufrieran de p oco d esarrolladas razo nes de interés. Ellos convirtieron la Ilustración en u n negocio. Desde París, Os­ tervald y Bosset escribieron: "De nuevo tenem os que enfatizar que no es que sea difícil e n c o n trar m ateriales p a ra im p rim ir buenos, adm irables, m aravillosos; lo que sí resulta crucial, el objetivo suprem o al que debe­ m os aplicarnos, es a ten er la seguridad, an tes de im prim ir, de q ue p o ­ dam os co n vertir el texto en d inero en efectivo”. C uando las ganancias d ism in u ía n , los suizos c e rra b a n im p re n ta s, d espedían tra b a ja d o re s y vivían de lo que tenía su acervo. No se hacían ilusiones con la nobleza de la literatu ra com o u n a vocación. "Este trab ajo produce m ás bilis que cualquier otro", concluían. Al cabo de años de reg atear con autoi'es y de lu ch a r con la com petencia, Ostervald sintetizó así sus opiniones sobre la profesión: "No debe p ro m eterse m ás m an tequilla que pan, ni ta m ­ poco creer en n ad a que n o se pueda ver con los propios ojos, ni c o n ta r con algo que no se tenga en tre los dedos de la m ano".7

5 Ostervald a Mably, 7 de enero de 1781, y Ostervald a David-Alphonse de Sandoz- Rollin, 7 de enero de 1781.

6 Ostervald a Charles-Joseph Panckoucke, 16 de noviembre de 1777, y Bosset a la s t n, 17 de mayo de 1780.

7 Ostervald y Bosset a la s t n, 31 de marzo de 1780; Bosset a la s t n, 12 de mayo de 1780; Ostervald y Bosset a la s t n, 20 de febrero de 1780.

LO S IN T E R M E D IA R IO S OLVIDADOS D E LA LITERATURA 151

E stas observaciones sugieren u n a perspectiva desde u n lu g ar en el c irc u ito de las c o m u n ic a c io n e s. H u b o m u ch a s o tra s m ás. El ex pe­ diente de Jean-N icolas M orel, u n fabricante de papel en la pequ eñ a vi­ lla de M esliéres en las m o n ta ñ a s de Ju ra del Franco Condado, m u estra cóm o veía el negocio alguien que su m in istrab a su m ateria prim a. M o­ rel llen aba sus c artas de p alab rería, g a rrap ateán d o las con u n a indife­ rencia m ayúscula h acia la o rtografía y la gram ática. Con dos tem as era p a rtic u la rm e n te elocuente: la excelencia de su papel y su p ro p ia vir­ tu d. Le a seg u rab a a la STN que él n o com p rab a m ás qu e los tra p o s de m ejo r calidad p a ra su m ate ria l (la h ú m ed a p u lp a con la qu e se fabri­ cab a el papel). M orel tenía trapero s que sabían cóm o conseguir lo m e­ jo r de to d o h ala g a n d o a las sirv ien tas co n lisonjas y o b seq u ián d o les

alfileres y p ren d ed o res. El ag u a de M orel era la m ás p u ra en toda la cordillera. E ra el rey del ram o en el Franco Condado. Y a diferencia de sus com petidores, n un ca h acía tram p a m etiendo trapos de m en o r cali­ d ad en su cu ba o deslizando pliegos defectuosos en resm as de m en o r peso. No, les aseguraba a los de N euchátel, a quienes tenía p o r p iad o ­ sos calvinistas, que llevaba su negocio según los preceptos de san P a ­ blo y el S erm ón de la M ontaña.

Sin em bargo, si lo que querían era a h o rrarse algunos sous del p re ­ cio, M orel podía añadirle u n poco de cal viva al m aterial. Eso haría que las hojas se vieran ta n blancas com o las de u n papel de prim era, a u n ­ q ue eso im p licab a u n d e sa fo rtu n a d o efecto colateral: después de u n tiem po, la tin ta se volvía am arilla en las páginas. P o r esta razón, el go­ b ierno francés tenía pro hib id o el em pleo de la cal viva en la producción de papel y castigaba a los infracto res con u n a m u lta de 300 libras tor- nesas. Sin em bargo, M orel estab a seguro de que no lo iban a descubrir, pues no había puesto su no m b re ni su m arca de agua en los m oldes que h ab ía confeccionado -lo cual tam b ién era u n a violación de la ley—.

Los suizos no cayero n en la ten tació n , pero d ejaro n qu e M orel se sa lie ra co n la su y a e n v iá n d o les plieg os lig e ra m e n te p o r d e b a jo del p eso - l a c a lid ad del p ap el la d e te rm in a b a n so b re to d o el peso y la b la n c u ra - y luego le resp o n d iero n p agán d ole con letras de cam bio de c o m p a ñ ías relativ am en te débiles con fechas de vencim iento in u su a l­ m en te distantes.

M orel contestó apeland o al flanco sen tim ental de los editores. Su hijo h a b ía caído p resa de u n a ex trañ a enferm edad. Los m édicos insis­ tían en que sólo había una cura: el vino de Neuchátel. Morel había inten­

tado todo tipo de m edicam entos y todo tipo de bebidas: "borgoñas, m á ­

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