4. Marco Teórico
4.2 Los Movimientos Sociales y la Acción Colectiva
Para comprender el fenómeno de la acción colectiva juvenil (ACJ) es necesario hacer un recorrido teórico que explique el tránsito de los movimientos sociales (MS) a la acción colectiva (AC). Para ello se revisaron varias sistematizaciones del desarrollo
epistemológico de los MS. Todos los autores establecen clasificaciones que difieren no sólo en las denominaciones que utilizan (etapas, enfoques teóricos, tipologías conceptuales),
sino en las teorías que involucran, entre otras cosas porque, como declara Tarrés (1992) todo conocimiento es parcial y selectivo. Entonces lo que se decidió hacer es una breve relación de los enfoques y sus autores; siguiendo las 4 etapas de la revisión teórica que hace Campos (2008) y complementarlas con el balance de Carrillo (2009).
El estudio de los MS se ha llevado a cabo dentro de las Ciencias Sociales, desde la Teoría Política y la Sociología principalmente. Hay que señalar que en su historia los abordajes difieren bien sea que provengan de Europa o de Norte América; esto debido a que el énfasis de las miradas en cada continente fue diferente; algunos centrados
únicamente en la parte política, otros en los aspectos organizacionales, otros en los culturales y cognitivos y otros centrados en la identidad y las subjetividades.
En la primera etapa de la investigación de los MS se analiza los levantamientos, motines, revoluciones y huelgas posteriores a la revolución francesa e industrial en el periodo de la construcción nacional del siglo XIX. Los fenómenos que se observan son básicamente todos aquellos relacionados con el Movimiento Obrero. Desde este primer momento se empiezan a diferenciar y a distanciar las teorías europeas y las
norteamericanas.
Mientras que en Europa las primeras aproximaciones, sin constituir como tal un estudio de los movimientos sociales provienen del Marxismo (medios de producción, acumulación de capital, plusvalía, la dictadura del proletariado etc.) y se explican las luchas sociales en relación con las contradicciones estructurales del capitalismo; en Estados
teorías psicológicas como La Psicología de Masas, la Teoría del Comportamiento Colectivo y los Modelos de Privación Relativa.
Fue Smelser (1963) quien elaboró una teoría del comportamiento colectivo. A partir de los cuatro componentes básicos de la acción –valores, reglas, movilización e instrumentos- derivó una tipología de comportamientos colectivos –movimiento valorativo, movimiento normativo, estallido hostil y furor, miedo, pánico- que se corresponden con cada uno de los componentes de la acción social. (Smelser, 1995, p. 21-22, citado por Carrillo, 2009).
Los desacuerdos con este enfoque no se hicieron esperar. Revilla (1996) por ejemplo, manifiesta una posición crítica respecto a los enfoques que incluyen el movimiento social entre las formas de comportamiento colectivo puesto que:
En muchos de ellos puede producirse tan sólo una confluencia de acciones individuales en el espacio y en el tiempo, una agregación de voluntades
individuales que no tienen un sentido dirigido a los otros y que no se inserta en el proceso de constitución o expresión de una identidad colectiva. (p.3)
En relación con los modelos de privación relativa, son teorías de la década de los años 70, producto de la alta conflictividad que los caracterizó, que comparten el mismo punto de partida: “la violencia aparece cuando un sector de la población siente descontento al percibir una discrepancia entre el nivel de bienes sociales (riqueza, poder, estatus) que cree merecer y las expectativas que tiene sobre el nivel de bienes que percibirá realmente” (Collazos, sf). Como autores, se encuentra Ted Gurr (1973) “quien, desarrolló un marco analítico para abordar la acción colectiva desde un enfoque psicosocial bajo el concepto central de frustración relativa” (Carrillo, 2009 p.56) y Barrington Moore, en 1978, con la teoría del “agravio moral.”
Esta mirada, influida fuertemente por el funcionalismo de la época consideraba los movimientos como conductas desviadas protagonizadas por individuos con dificultades de integración social en situaciones de malestar (Park, 1939, citado por Carrillo, 2009) Lo que se acrecentaría con las psicología de masas, en la que la masa también era consideraba como peligrosa, entre otras cosas por la pérdida del sentido de responsabilidad individual que dentro de ella se genera y por su emotividad fácilmente contagiable y por ende
manipulable.
La segunda etapa de la investigación de los MS según Campos (2008) se inicia con las revueltas de 1968. En esta se acentúan las diferencias de los paradigmas de los dos continentes. Las sociedades de la época, denominada posindustrial o posmoderna, presentan desde los años 60 una proliferación de movimientos de gran diversidad, entre ellos: el movimiento por la defensa de los derechos civiles, movimientos estudiantiles, pacifistas y ecologistas y movimientos feministas y de derechos sexuales etc.
Estados Unidos, por su parte, continúa concentrado en la instrumentalidad de la acción social (aspectos políticos, organizativos, recursos, oportunidades, estrategias) bajo la Teoría de la Movilización de Recursos (TMR). Amador (2009) señala que esta tipología de la acción colectiva “supone que la acción de los movimientos sociales se basa en la conquista, gestión y administración efectiva de recursos, mediante un complejo proceso de negociación con las instituciones del Estado y de la sociedad civil.” Al lado de la TMR aparecen las “Teorías de la Decisión Racionalo Racional Choice (Olson, 1964; Elster 1979 y 1989) que parten de la premisa de que los protagonistas de la acción colectiva son actores racionales que actúan desde una racionalidad estratégica movida por la ecuación costo-beneficio, Carrillo (2009).
Estas teorías, junto con las dos premisas claras de la (TMR): “1) las actividades que realizan los movimientos sociales no son espontáneas ni desorganizadas y 2) los que participan en ellos no son personas irracionales” (Ferree, 1994: 151, citado por Campos, 2008) reafirman un cambio respecto a la visión negativa de los movimientos sociales que caracterizó los paradigmas de la etapa anterior.
Desde el balance que hace Carrillo (2009) surgen críticas a estos dos paradigmas relacionadas con el descuido de otros aspectos importantes de la acción colectiva, que hacen que la (TMR) caiga en el reduccionismo de la racionalidad político-económica. Sobre ellos el intelectual plantea que:
Los enfoques de decisión racional y movilización de recursos así hayan hecho aportes en los aspectos organizacionales y estratégicos de los movimientos sociales, desconocieron la dimensión subjetiva de la acción colectiva y empobrecieron el análisis de la pluralidad de los componentes culturales, ideológicos y
motivacionales presentes en ella. A la vez, dejan sin respuesta los procesos de solidaridad y de identidad colectiva, así como los contenidos altruistas presentes en la acción colectiva. (p.58)
Así mismo, Campos coincide con la crítica mencionada y añade, citando a Riechmann y Fernández Buey (1994:25) que “la perspectiva organizacional del enfoque de movilización de los recursos tiende a identificar movimientos con organizaciones (por el contrario, un movimiento es siempre más que las organizaciones que engloba) lo cual puede ocasionar distorsiones teóricas considerables.”
Mientras tanto, en Europa la atención se dirige hacia la identidad y los aspectos culturales de la acción colectiva. Allí se instaura el Paradigma de la Identidad (colectiva e individual) y el de los Nuevos Movimientos Sociales (NMS). Melucci (1994 y 1995) considera que los NMS son propios de las sociedades “complejas”; las que se caracterizan por un aumento en la densidad de la información y de la autonomía en la formación de
identidades; lo que a su vez genera que crezca la necesidad de integración y control por parte del sistema (Carrillo, 2009). Entre las diferencias que estos movimientos presentan con respecto a las formas de acción colectiva que los preceden están:
No hay una clara relación entre los roles estructurales de los participantes; existe una pluralidad de ideas y valores; las demandas suelen ser de carácter cultural y simbólico, relacionadas con cuestiones de identidad; hay una relación difusa entre lo individual y lo grupal; se implican aspectos personales y de la vida cotidiana, y las tácticas empleadas para las movilizaciones se caracterizan por la no violencia y por la desobediencia del poder civil. (Campos, 2008, p.117)
El paradigma de la Identidad, como los anteriores, involucra también varios autores; de ellos los más importantes son Alain Turbine y su discípulo, el ya mencionado Alberto Meluccii. Los dos son sociólogos representantes de la Teoría Accionalista, pero, por considerarse más importante relacionamos únicamente las ideas de Melucci (1999) para quien los MS:
Son construcciones sociales organizadas como “sistemas de acción”, que
Involucran: 1. Conflicto: existencia de oposiciones estructurales que generan dos o más actores que compiten por los mismos recursos. 2. Identidad: capacidad de los actores para generar solidaridades y sentidos de pertenencia que les permita ser vistos como actor social. 3.Trasgresión de los límites del sistema: alternatividad política, social y cultural. (p.17)
La importancia de este intelectual radica en que con su posición constructivista plantea una visión más holística de los MS dado que plantea que “su comprensión debe involucrar tanto sus dimensiones analíticas internas como el sistema de referencia en el que se halla” (Carrillo, 2009, p. 59). En otras palabras “romper esquemas reduccionistas lo condujo a pensar la AC como fruto de una compleja dinámica donde su edificación está anclada en un contexto sociocultural en el que la solidaridad, la construcción de sentido y la identidad son factores clave.” (Kuri, 2016, p.200)
El otro planteamiento central de su teoría que interesa a este marco, dados los objetivos de la investigación, es su conceptualización y desarrollo del concepto de
identidad colectiva entendida como “una definición compartida e interactiva, producida por varios individuos (o por grupos a un nivel más complejo) que está relacionada con las orientaciones de la acción y con el campo de oportunidades y constricciones en las que esta tiene lugar” (Melucci, 1995, p. 44, citado por Carrillo, 2009)
En la tercera etapa de la investigación de los MS tiene lugar un acercamiento de los postulados de lado y lado del Atlántico, pues se organiza un grupo con intelectuales de los dos continentes, lo que hace que se puedan vincular las dos perspectivas. Campos (2008) la ubica a finales de década de los años 80.
Un aspecto importante de este momento, contrario a la etapa anterior en la que “los MS surgirían con clara vocación política, en favor de sus intereses y demandas, y no con una vocación opositora a los partidos” (Campos, 2008, p.116) es que tiene lugar un desprestigio generalizado de ellos, lo que posiciona a los MS como interlocutores de los mismos. Al tiempo que continúa el crecimiento del fenómeno; emergen nuevos y numerosos movimientos y formas de movilización que por supuesto confrontan la teoría que los explica. Al respecto, Carrillo (2009) señala que:
Los conflictos surgidos desde los ochenta, reflejan esta nueva contradicción, a la vez, que introducen nuevos rasgos a la acción colectiva: 1. Evidencian que la emergencia de los conflictos tiene un carácter permanente, no coyuntural; 2.
Expresan la tensión entre los sistemas institucionales de decisión y la sociedad civil; 3. Sus temáticas son particulares; 4. Sus actores son temporales; 5. Poseen una transversalidad social y una globalidad espacial; 6. Revelan a la sociedad que estos problemas existen; 7. La acción de los movimientos son ellas mismas un mensaje y una alternativa para la sociedad; 8.Dan un lugar central a la expresión simbólica; 9. No buscan principalmente metas materiales. (p. 59)
Esta novedad hace que surjan nuevos paradigmas: el Análisis de los Marcos, la Estructura de Oportunidades Políticas y las Redes. La teoría de los Marcos es propuesta por Goffman (1974); este paradigma analiza la identidad, los factores culturales y los factores ideológicos y cognitivos de los MS y los concibe como “mundos en sí mismos.” Se entiende por marco a un esquema de interpretación (significados) que organiza los
acontecimientos de la vida y que son compartidos por los colectivos; puesto que lo que sucede es una “alineación” de los marcos de los sujetos a partir de nexos o puentes y de amplificaciones, extensiones y si es necesario transformaciones de los mismos.
Desde una mirada exclusivamente política se encuentran los planteamientos de Sidney Tarrow (1994) quien explica el surgimiento del movimiento social a partir del concepto de estructura de oportunidades políticas, que entiende como “dimensiones del entorno político que fomentan o desincentivan la acción colectiva de la gente.” Kuri (2016) afirma que esta teoría explica el cuándo surge un MS, pero no el cómo ni el por qué,
desconociendo de esta manera otros aspectos que se consideran esenciales como la
inequidad y la injusticia, las relaciones de dominación y los aspectos culturales. “El mismo McAdam ha desarrollado el concepto de oportunidades culturales para referirse al peso de lo cultural en la generación de oportunidades políticas y, como tal, en la irrupción de actores colectivos” (Kuri, 2016, p.195)
Otro interés de investigación, concentrado esta vez en las formas de organización de la AC es el de las Redes. Los MS se entienden como un conjunto de organizaciones y colectivos que se organizan de esta manera. Estas redes (Gerlach y Hine, 1970, citado por Melucci, 1999, p. 37) tienen las siguientes características: a) propician la asociación múltiple, b) la militancia es sólo parcial y de corta duración y c) el desarrollo personal y la solidaridad afectiva se requieren como una condición para la participación en muchos
grupos. Sin embargo, este también puede ser un planteamiento de Melucci, pues, según afirma Kuri (2016):
Ni la lógica economicista de algunos enfoques marxistas, ni las teorías de la frustración-agresión, ni la sobredimensión política del modelo de movilización de recursos, como hemos visto, son respuestas para Melucci; sólo la construcción de categorías analíticas que funjan como elementos de mediación entre el actor y las estructuras sociales pueden representar una salida explicativa: para él dicha salida la constituyen las redes sociales. Así, estas son un espacio de intermediación en donde los individuos interactúan, se influyen recíprocamente y negocian. (p. 200-201)
Campos (2008) plantea que la cuarta y última etapa reúne las perspectivas actuales en las que se realiza una revisión y valoración crítica de las teorías anteriores vinculando las aportaciones de la Antropología y que sus planteamientos convergen con Melucci, en cuanto a que los MS “han dejado de ser vistos como entidades uniformes, admitiéndose ahora sus conflictos internos, sus ambigüedades y sus limitaciones.” (p.120) Además, que es el contexto de la globalización el indicado para interpretar la AC; precisando por
supuesto, que ésta no es una aparición coyuntural, sino que se viene presentando desde hace al menos tres décadas y, por otro lado, que no se debe olvidar la importancia de lo local como campo de práctica social, aún en medio del peso de lo global. De nuevo los MS presentan novedades o diferencias que, en este caso, tienen que ver con sus contenidos reivindicativos, el carácter solidario con los menos favorecidos y una institucionalización parcial que, según la autora, tiene que ver más con que se toma la vía institucional desde el principio.
Desde la perspectiva de Carrillo (2009) el panorama finaliza con los autores que, desde el constructivismo, “han retomado aportes teóricos provenientes del mundo anglosajón y del paradigma de la identidad” (p.61) Se trata de Joseph Gusfield (1994),
Ron Eyerman (1998) y Enrique Laraña (1994 y 1999) De este último tomamos la definición de MS que se relacionó en el planteamiento del problema de la investigación:
El movimiento social se refiere a una forma de acción colectiva 1) que apela a la solidaridad para promover o impedir cambios sociales; 2) cuya existencia es en sí misma una forma de percibir la realidad, ya que vuelve controvertido un aspecto de ésta que antes era aceptado como normativo; 3) que implica una ruptura de los límites del sistema normativo y relaciones sociales en el que se desarrolla su acción; 4) que tiene capacidad para producir nuevas normas y legitimaciones en la sociedad (1999: 127).
Por su parte, los postulados de Eyerman también resultan importantes, pues habla, entre otras cosas de la “praxis estética” que es la contribución de lo estético a la identidad colectiva del MS. Esta praxis estética de acuerdo con Carrillo (2009)
Puede darse en dos niveles: uno que denomina pre político y otro explícitamente político. El primero está referido a las previas disposiciones que generan las
subculturas artísticas en la generación de significados e identidades, como es el caso de culturas musicales como el rock o el punk. El segundo nivel es el del uso
intencional de artefactos culturales (canciones, himnos, imágenes, comparsas) como herramientas de movilización y construcción de sentidos de pertenencia; es el caso de la Internacional o la canción protesta latinoamericana. (p.62)
Con este autor finaliza el recorrido por el desarrollo histórico del pensamiento y la investigación sobre los MS. Recorrido que puede concluir con la cita que Campos hace de Eder (1998, p. 342) en la que afirma que “el estado actual de la teoría de los movimientos sociales marca el fin de las viejas batallas, caracterizándose por un acuerdo paradigmático del análisis de los movimientos sociales como un campo normal de investigación social.”
Antes de pasar al desarrollo de la acción colectiva juvenil, es necesario indicar claramente qué diferencia los movimientos sociales de la acción colectiva; puesto que “no toda forma de acción colectiva es un movimiento social, aunque este siempre sea una modalidad de acción colectiva.” (Kuri, 2016, p. 198) Esta situación ya había sido
explícita o implícitamente el movimiento social es un tipo de acción colectiva (…) y, sin embargo, no toda forma de acción colectiva es la acción de un movimiento social.” (p. 2) Melucci (1999) ya se pronunciaba al respecto diciendo que “en el campo de la acción colectiva la falta de conceptos más adecuados hace difícil librarse de una noción como la de -movimiento social-” y sin embargo propone “el concepto de -red de movimiento- como un reajuste provisional para cubrir la ausencia de definiciones más satisfactorias” y facilitar la transición a otro paradigma. (p.36)
Sin duda alguna, como ya se mencionó y aparece en la definición relacionada anteriormente de Laraña, un Movimiento Social es siempre una forma de acción colectiva. Se necesita entonces es establecer que lo determina. Para ello aparecen respuestas en Touraine (1987) y Laclau y Mouffe (1997); citados por Amador (2009, p.155) El primero señalaba en los ochenta que “los movimientos, para que fuesen sociales, debían atender a tres condiciones fundamentales –lucha de clases, liberación nacional y modernización social”. Laclau y Mouffe (1997) “un poco después, abogaban por la unidad de clase en la vía de la lucha contra-hegemónica capitalista, como requisito central en la constitución y puesta en escena de un movimiento social.” Finalmente, también Melucci (1999) responde este interrogante cuando señala que la solidaridad, el desarrollo de un conflicto y la ruptura de los límites del sistema en el que ocurre la acción:
Son las dimensiones analíticas que definen un “movimiento social”; la presencia de las tres nos permite aislar una clase específica de fenómenos colectivos. Por el contrario, si se presentan sólo uno o dos de estos rasgos, nos enfrentamos a un tipo diferente de actividad colectiva. (p.17)
Desde luego también habría que determinar la categoría de Acción Colectiva. Una referencia directa sobre su emergencia nos remite de nuevo a Amador (2009) para quien “la acción colectiva es una hipótesis de las ciencias sociales y de la teoría política, que
empezó a tener cierta aquiescencia en la década del noventa” Según el autor, Touraine (1987), Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (1997) y, especialmente, Alberto Melucci (1999), observaban atentos el devenir de los movimientos sociales en América Latina, los cuales llegaron a ser catalogados para intelectuales y analistas como nuevos (NMS). (p. 154-155)
De esta manera se puede inferir que el “tipo diferente de actividad colectiva” a la que se refería Melucci, es precisamente la acción colectiva que empieza a tener
“aquiescencia en los noventa” y que fue catalogada como Nuevos Movimientos Sociales. Al respecto, ya se señaló cómo desde las segunda y tercera etapa los movimientos sociales