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Los primeros establecimientos de la Edad de Piedra

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A. A NTES DE LA HISTORIA: LOS FUNDAMENTOS DE LA CIVILIZACIÓN EN EL

1. Los primeros establecimientos de la Edad de Piedra

Las primeras ciudades permanentes conocidas pertenecen al final de la Edad de Piedra, entre los milenios séptimo y octavo a. C. Con anterio- ridad, los hombres vivían en cavernas.

a. La transición a la vida sedentaria

La historia del hombre de la Edad de Piedra no nos concierne1. Baste

con decir que desde las terrazas del valle del Nilo hasta las tierras altas del Irak septentrional, pedernales característicos atestiguan que la presencia 1. Para esta sección y las siguientes ver: G. E. Wright, BANE, pp. 73-88; R. W. Ehrich, ed., Chronologies in Old World Archaeology (The University of Chicago Press, 1965); también los importantes capítulos de CAH, especialmente R. de Vaux, «Palestine During the Neolithic and Chalcolithic Periods» (I: 9b, 1966); J. Mellaart, «The Earliest Settlements in Western Asia» (I: 7, pars. 1-10 [1967]). Presenta una exposición más popular: E. Anati, Palestine Before the Hebrews (Londres: Jonathan Cape 1963); J. Mellaart, The Neolithic of the Near East (Londres, Thames and Hudson, 1975).

del hombre se remonta hasta el paleolítico anterior (piedra antigua), quizá (¿pero quién puede asegurarlo?) hasta hace doscientos mil años. El subsi- guiente paleolítico medio (ampliamente atestiguado por restos de esque- letos, especialmente en Palestina) y el paleolítico posterior encuentran al hombre en su largo estadio cavernícola. Vivía únicamente de la caza y de la depredación. Solamente al final del último período glaciar (en climas cálidos el último período de lluvias), aproximadamente en el noveno milenio a. C., cuando desaparecieron los rigores del clima, pudo el hom- bre dar los primeros pasos hacia una economía productora de alimentos; aprendió que los granos silvestres podían ser cultivados y que los anima- les podían ser reunidos en rebaños para alimento. Esta transición comen- zó en el período mesolítico (Piedra Media, ca. 8000 a. C. o antes); la cul- tura natufiana de Palestina (así llamada por las cuevas de Wadi en-Natuf donde fue hallada por primera vez) es una muestra de ello. Aquí vemos al hombre viviendo todavía en cavernas, pero iniciando ya su instalación en rudimentarios asentamientos, para una ocupación estacional y acaso incluso permanente. El nivel más antiguo de Jericó se remonta a esta época, hacia el 8000 a. C., y tal vez incluso antes2. Aunque los natufianos

vivían principalmente de la caza, la pesca y la recolección espontánea, la presencia de hoces de pedernal, molinos de mano, morteros y manos de almirez testifican que habían aprendido a cultivar y preparar cereales silvestres. Parece haberse iniciado la domesticación de algunos anima- les. Avances parecidos aparecen atestiguados en otros lugares, particular- mente en la región montañosa de Irak septentrional, donde las cavernas de Zarzi y

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anidar nos muestran al hombre al final de su época pura- mente colectora de alimentos, mientras que las primeras ciudades, cro- nológicamente hablando, de Zawi Quemi, Karim

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ahir y otras atestiguan sus primeros pasos exploratorios hacia una economía productora3. Pero

fue en el período neolítico cuando se completó la transición de la vida en las cavernas a la sedentaria, de una economía colectora a una economía productora, y cuando se inició la construcción de poblados permanentes. Puede decirse que de este modo había comenzado el camino de la civili- zación, ya que sin estos progresos no habría podido existir civilización alguna.

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2. Para el Jericó natufiano el radiocarbono indica las fechas de ± 7800 a ± 9216 a. C.; cf. Patty Jo Watson, en R. W. Ehrich, ed., op. cit., p. 84; también Mellaart, Neolithic, p. 36. Pero, como indica acertadamente Miss Watson, estas fechas deben utilizarse con la máxima precaución.

3. Para la cultura zarziana el radiocarbono da fechas entre ± 10050 y ± 8650 a. C. y ± 8920 para el poblado más antiguo de Zawi Quemi; cf. Watson, ibid., para estas y otras fechas.

b. Jericó neolítico4

Entre los más antiguos establecimientos permanentes conocidos, el más interesante, con mucho, para el estudioso de la Biblia, es el hallado en los niveles inferiores de la colina de Jericó. Como ya se ha dicho, Jericó estuvo habitado al menos en el 8000 a. C. Pero, durante muchos siglos, todo se redujo a pequeñas y endebles cabañas, que tal vez respondan a una larga serie de acampadas estacionales. Fuera como fuere, al final las cabañas fueron sustituidas por un poblado permanente, que consta de numerosos niveles de construcción en dos fases distintas, separadas entre sí por un vacío, y que representan dos poblaciones sucesivas, con una cul- tura neolítica anterior a la cerámica. A causa del gran espesor de sus res- tos (más de cuarenta y cinco pies), podemos juzgar que esta cultura se prolongó durante siglos, con un inicio anterior a la etapa final del octavo milenio a. C. y un término que alcanza al menos a finales del milenio sép- timo5. Pero a ninguna de las dos se las puede considerar primitivas. Durante

largos períodos de su historia, la ciudad estuvo protegida por una mura- lla sorprendentemente sólida, de pesadas piedras. Las casas estaban cons- truidas con ladrillos de barro de dos tipos distintos, correspondientes a las dos fases de ocupación antes mencionadas. En la segunda de ellas, los pisos y paredes eran de arcilla, lucidos con cal y, con frecuencia, pintados. Se han descubierto restos de esterillas hechas de cañas entrelazadas que cubrían el suelo. Figurillas de arcilla de mujeres y animales domésticos sugieren la práctica del culto de la fertilidad. Extrañas estatuas de arcilla sobre armazón de cañas, descubiertas hace algunos años, indican que ya en el Jericó neolítico eran adorados los grandes dioses; en grupos de tres, representan, al parecer, la antigua tríada, la familia divina, padre, madre e hijo. Igualmente interesantes son los grupos de cráneos humanos (los cuerpos eran sepultados en otros lugares, por regla general bajo los pisos de las casas) con las facciones modeladas en arcilla y con conchas por ojos6. Tal vez servían para fines de culto (probablemente alguna especie

de culto a los antepasados) y atestiguan ciertamente una notable habili- 4. Cf. Kathleen M. Kenyon, Digging Up Jericho (Londres, Ernest Benn; Nueva York,

Frederick A. Praeger, 1957).

5. Las primeras pruebas hechas con radiocarbono daban fechas situadas entre el séptimo y el sexto milenios; cf. Kenyon, Digging, p. 74, que presenta fechas de ± 5850, 6250 y 6800. Las pruebas siguientes daban fechas mucho más altas, cf. Watson, en R. W. Ehrich, ed., op. cit. 85 s.; de Vaux, loc. cit., pp. 14 s., donde figuran fechas tan altas como ± 7705, 7852 e incluso ± 8230 y 8350. Estas amplias variaciones aconsejan precaución. 6. Cráneos similares del mismo período se han descubierto también recientemente en

otros lugares (Beisamun, junto al Lago Huleh); cf. M. Lechevallier y J. Perrot, IEJ, 23 (1973), pp. 107 s., y lámina 24.

dad artística. Los huesos de perro, cabra, cerdo, oveja y buey indican que se conocía la domesticación de los animales, mientras que las hoces, moli- nos de mano y muelas demuestran que se cultivaban campos de cereales. Del tamaño del poblado y de la pequeña extensión de tierra naturalmen- te arable se puede deducir que ya se había desarrollado un sistema de riego. La presencia de fragmentos de obsidiana (traídos probablemente de Anatolia), turquesas (del Sinaí) y conchas de caurí (del litoral marí- timo) testifican la existencia de intercambios comerciales que, de forma directa o indirecta, cubrían considerables distancias7. El Jericó neolítico es

verdaderamente asombroso. Por cuanto sabemos, su población –cualquie- ra que fuese– guió al mundo en la marcha hacia la civilización (¿quién habría de creerlo?) unos cinco mil años antes de Abrahán.

Este notable fenómeno llegó a su fin, y fue reemplazado, tras un con- siderable período vacío, por una cultura neolítica que conocía la cerámi- ca y que llega –de nuevo en dos fases distintas– quizás hasta el quinto milenio. Pero esta cultura, traída, según parece, por gente nueva en la re- gión, representa, decididamente, un retroceso.

c. Otras culturas neolíticas

Aunque el Jericó neolítico es un asentamiento extremadamente nota- ble, no puede en modo alguno pensarse que presente un caso aislado y único. Los recientes descubrimientos han puesto en claro la existencia, por todo el mundo bíblico, de poblados permanentes que se remontan al sép- timo milenio8. Es indudable que estas fundaciones se llevaron a cabo a

medida que se fueron dominando en diversas regiones del Asia occiden- tal –y de forma independiente en cada una de ellas– las técnicas del cul- tivo de cereales y de la domesticación de animales de las que depende la vida sedentaria. Donde mejor atestiguado está, en el ámbito mesopotá- mico, este tránsito a la vida agraria es en los estratos inferiores de la coli- na de Jarmo, en las tierras altas de Irak septentrional. Hallamos aquí, de nuevo, una cultura anterior a la invención de la cerámica; los utensilios y vasijas eran de piedra. Jarmo era un poblado pobre; sus casas estaban tos- camente construidas de barro empacado. Aun así, vivía aquí, de forma

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7. Es razonable la suposición de que el comercio de la sal, el sulfuro y el betún (pro- ductos muy abundantes en el área en torno al mar Muerto) constituían por aquella época la base de la economía de Jericó; cf. Anati, op. cit., pp. 241-250; ídem, BASOR, 167 (1962), pp. 25-31; Mellaart, Neolithic, p. 51 se muestra más cauteloso.

8. Respecto de este párrafo, cf. las obras citadas en la nota 1. Las fechas más importan- tes indicadas por el radiocarbono se analizan en varios artículos de R. W. Ehrich, ed., op. cit., Para los recientes descubrimientos en Anatolia, también J. Mellaart, «Anatolia Before ca. 4000 B. C.» (CAH, I: 7, pars. 11-14 [1964]).

permanente, una comunidad agrícola. Las pruebas del radiocarbono indi- can que los niveles precerámicos son tan antiguos como los estratos correspondientes de Jericó. También en las costas mediterráneas el radio- carbono data el primer asentamiento de Ras

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amra (igualmente precerá- mico) en el séptimo milenio. En varios lugares de Palestina aparecen asen- tamientos neolíticos precerámicos, de los cuales, uno al menos (Beida, en Transjordania) es datado por el radiocarbono en los inicios del milenio. Los más notables de estos antiquísimos poblados son los descubiertos en Hacilar y Satal Hüyük, en Anatolia, área generalmente considerada como remanso de culturas. Satal Hüyük es el mayor de todos los asentamientos neolíticos hasta ahora conocidos en el Oriente Próximo –varias veces mayor que Jericó– y el de mayor desarrollo económico. Según las prue- bas del radiocarbono, un tercio del asentamiento estuvo ocupado en el séptimo milenio y en la primera mitad del sexto milenio.

La vida ciudadana continuó progresando a lo largo del sexto milenio, y hasta muy entrado el quinto, época en la que existían poblados y ciu- dades ya casi por doquier. A lo largo de este período se fue generalizan- do la cerámica (ya conocida en Satal Hüyük, Anatolia). Aparecen pobla- dos conocedores de la cerámica en varios puntos de la costa mediterrá- nea (Ras

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amra, Biblos), en Cilicia y el monte de Siria (Mersin, Tell ej- Judeideh), en Chipre (cuya cultura más antigua, la de Khirokitia, era ace- rámica) y en Anatolia. En Mesopotamia florecía la cultura de Hassuna, así llamada por el emplazamiento (cerca de Mosul), donde fue identificada por vez primera, aunque se la encuentra en varios lugares de la región del Tigris superior. (Nínive fue construida por vez primera en este período).

Mientras tanto, también en Egipto había comenzado la vida sedenta- ria. Los indicios de la presencia del hombre en Egipto se remontan a la edad del Paleolítico anterior, cuando el delta del Nilo permanecía aún bajo el mar y su valle era una jungla pantanosa habitada por animales sal- vajes. Podemos sospechar que los hombres habían vivido desde entonces en las orillas del valle y que habían hecho un camino hacia el interior para pescar y cazar, y posteriormente para asentarse allí. Puede suponerse que hacia la época neolítica, cuando la geografía de Egipto alcanzó, a grandes rasgos, su estructura actual, comenzaron a establecerse algunos pueblos primitivos, primero de modo esporádico y después de modo permanen- te. Pero en Egipto, contrariamente al oeste asiático, no puede documen- tarse la vida sedentaria. Los poblados estables más antiguos yacen proba- blemente bajo profundas capas de limo del Nilo. La cultura urbana más antigua de que tenemos noticia es la de Fayum (Fayum A), seguida de la de Merimde, descubierta muy poco después. Se trata de culturas neolíti- cas posteriores a la invención de la cerámica, con un cierto paralelismo

respecto de la cerámica neolítica de Asia occidental. Las pruebas del radiocarbono tienden a datar el emplazamiento de Fayum A en la segun- da mitad del quinto milenio9. Podemos estar seguros de que en esta época,

aunque ya había comenzado a desarrollarse la agricultura, el río estaba aún sin controlar y el valle era completamente un pantano, con pocos poblados, distantes entre sí. No obstante, es evidente que en Egipto, lo mismo que en otros lugares, se había puesto en marcha la civilización, unos dos mil quinientos años antes de Abrahán.

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