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Período de confusión en el antiguo Oriente

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B. E L ANTIGUO ORIENTE CA 1750-1550 A.C

2. Período de confusión en el antiguo Oriente

La última parte del período patriarcal fue una época de confusión. Aun cuando Hammurabi llevó a Babilonia al cénit de su poder, comenzó a caer sobre el mundo antiguo un período oscuro. A todo lo largo de Mesopotamia, Siria y Palestina hay pruebas de pueblos en movimiento. Egipto entró en un período de dominio extranjero durante el cual son prácticamente nulas las inscripciones nativas, mientras que en Babilonia las glorias de Hammurabi desaparecían rápidamente.

a. Egipto: los hicsos

Ya hemos visto cómo en el siglo XVIII había declinado el poder del Imperio Medio. Al debilitarse la autoridad central, Egipto no pudo seguir manteniendo por más tiempo su posición en Asia y quedaba expedito el camino para la infiltración de pueblos asiáticos en el Delta, y finalmente para el sometimiento de todo el país a unos gobernantes extranjeros lla- mados hicsos. Quiénes eran estos hicsos y de dónde vinieron es una cues- tión muy debatida28. Frecuentemente son descritos como invasores salva-

jes que bajando del norte, inundaron Siria y Egipto como un torrente. Pero este cuadro necesita probablemente corrección. El término «hicsos» significa «jefes extranjeros» y era aplicado por los faraones del Imperio Medio a los príncipes asiáticos. Es probable que los conquistadores adop- taran este título, que después llegó a designar a todo el conjunto de inva- sores. Dado que los nombres de sus primeros gobernantes parecen ser, hasta donde llega nuestro conocimiento, cananeos o amorreos29, podemos

juzgar que los hicsos eran predominantemente de la estirpe de los semi- tas noroccidentales, aunque esto sólo probablemente, ya que tienen tam- bién otros elementos. Adoraban a los dioses cananeos, cuya divinidad EL MUNDO DE LOS ORÍGENES DE ISRAEL 99

28. Incluye interesantes análisis J. Van Seters, The Hyksos (Yale University Press, 1960); también J. von Beckerath, Untersuchungen zur politischen Geschichte der zweiten Zwischenzeit in Ägypten (Glückstadt, J. J. Augustin, 1964); W. C. Hayes, CAH, II: 2 (1962); A. Alt, «Die Herkunft der Hyksos in neuer Sicht» (1954; reimpresión KS, III, pp. 72-98); T. Säve-Soderbergh, «The Hyksos in Egypt» (JEA, 37 [1951], pp. 53-71); H. Stock, Studien zur Geschichte und Archäeologie der 13 bis 17 Dynastie Agyptens (Glückstadt-Hamburgo, J. J. Augustin, 1942).

29. Incluyendo un ‘Anat-hr y un Ya‘qub- (Jacob)-hr. Tal como Albright ha hecho notar (cf. YGC, p. 50), el último componente de estos nombres (hr o ‘r) debe leerse como ‘Al (o ‘Ali, ‘Eli) que aparece como nombre divino en la Biblia y también como denomi- nación de Ba‘al («el excelso») en los textos ugaríticos.

suprema era Baal, identificado con el dios egipcio Seth. Es probable que la mayoría de los jefes hicsos fueran príncipes cananeos o amorreos pro- cedentes de Palestina y del sur de Siria, como los que conocemos por los

Textos de Execración, que aprovechando la debilidad de Egipto se lanzaron

sobre el país. Y así los hicsos pueden ser considerados como un fenóme- no de alguna manera paralelo al de los dinastas amorreos cuyas incursio- nes hemos visto en Mesopotamia. Pero a juzgar por los nombres de los últimos gobernantes hicsos –que, junto a algunos típicamente egipcios, como por ejemplo Apofis, parecen ser en parte indo-arios y casi siempre de origen desconocido–, es posible que este episodio de la historia de Egipto esté de alguna forma relacionado con el movimiento de pueblos indo-arios y hurritas del cual hablaremos ahora30. La invasión parece haber

tenido lugar en dos oleadas. Los príncipes asiáticos que, según parece, esta- ban establecidos en el Delta ya antes del final del siglo XVIII, se fueron haciendo progresivamente independientes y comenzaron a consolidar su posición y a extender su autoridad en el Bajo Egipto. A continuación, a mediados del siglo XVII, llegó de Asia una nueva oleada de guerreros, mejor organizada y, al parecer, de composición muy mezclada, que se hizo con el poder. Los jefes de este grupo se convirtieron en los funda- dores de la llamada Dinastía XV, que extendió rápidamente su control a todo el territorio egipcio. Los hicsos colocaron su capital en Avaris, ciu- dad cercana a la frontera nordeste, fundada, según parece, por ellos, y desde la cual gobernaron a Egipto por unos cien años (ca. 1650-1542)31.

En opinión de la mayoría, los antepasados de Israel entraron en Egipto durante este tiempo.

Los hicsos controlaban también un imperio en Asia, lo que fue sin duda la causa de que situaran su capital donde lo hicieron. Este imperio incluía ciertamente Palestina, como lo muestran los miles de escarabajos y otros objetos allí encontrados. Pero en qué proporción se extendió su imperio hacia el norte, es una pregunta sin respuesta. Algunos creen que llegó hasta el norte de Siria, alcanzando incluso el Eufrates. Esto no es 30. Aunque existe discusión entre los especialistas (p. e. Van Sters, op. cit., pp. 181-190; von Beckerath, op. cit., pp. 114 s.; también R. de Vaux, RB, LXXIV [1967], pp. 481- 503), parece que los hicsos deben haber incluido elementos hurritas y otros no semi- tas; cf. Helck, Beziehungen (en nota 2); Geschichte (en nota 7); también Albright, YGC, pp. 50 s. Albright aduce el argumento de que Salatis, fundador de la Dinastía XV, tiene el mismo nombre (indo-ario) que Za’aluti (Zayaluti), capitán mandeo mencio- nado en los textos de Alalaj; cf. BASOR, 146 (1957), pp. 30-92.

31. Las fechas son de Helck, Geschichte, pp. 131-143, que se basa, para calcularlas, en la cronología «baja» de la Dinastía XVIII (cf. R. A. Parker, JNES, XVI [1957], pp. 39-43). Si se sigue la cronología más alta de M. D. Rowton (JNES, XIX [19601, pp. 15-22) las fechas deben adelantarse unos 25 años.

totalmente imposible, ya que no existía ningún poder que pudiera cortar- les el paso; además, se han descubierto por toda Palestina y Siria, incluso hasta Karkemis, tipos de fortificación asociados a los hicsos. Pero que el faraón hicso extendiera su autoridad efectiva por toda esta área es otra cuestión. Por otra parte, restos atribuidos a Khayana, rey de los hicsos, han sido hallados hasta en Creta y Mesopotamia. Pero esto, aunque demues- tra que el faraón de los hicsos tenía una posición influyente en el mundo, sólo prueba amplias relaciones comerciales. La extensión de las posesio- nes de los hicsos en Asia nos es desconocida.

Sólo después de un siglo de dominio hicso estalló la lucha que había de librar a Egipto de los aborrecidos invasores. El poder de los hicsos en el alto Egipto era, cuando más, precario. Casi desde los inicios mismos de su dominación, una línea de príncipes tebanos (llamada la Dinastía XVII) gobernó los nomos más meridionales de Egipto como a vasallos. Bajo la jefatura de esta dinastía, se inició la lucha por la libertad. Fue, al parecer, una guerra encarnizada. Su primer caudillo, Seqenen-re fue, a juzgar por su momia, gravemente herido y probablemente muerto en batalla. Pero su hijo Kamose pudo, mediante extraordinarios esfuerzos, reunir a sus compatriotas y continuar la lucha. El libertador, sin embargo, fue Amosis (1552-1527), hermano de Kamose, que es considerado fundador de la Dinastía XVIII. Amosis atacó repetidamente a los hicsos hasta que les obli- gó a encerrarse en su capital, Avaris, cerca de la frontera nordeste. Al final (hacia 1540 o algo después) fue tomada Avaris y arrojados de Egipto los invasores. Entonces Amosis los persiguió hasta Palestina, donde, después de un asedio de tres años, conquistó la fortaleza de Sarujén, en la frontera sur de esta tierra. El camino hacia Asia quedaba abierto. El período del imperio egipcio, durante el cual sería indiscutiblemente la mayor poten- cia de entonces, estaba a la vista.

b. Movimientos raciales en Mesopotamia. Siglos XVII y XVI

Coincidiendo con la invasión de Egipto por los hicsos, hubo también una gran presión de pueblos nuevos sobre todas las partes del Creciente Fértil. Entre estos pueblos se encontraban los hurritas32, cuyo lugar de ori-

gen parece haber estado en las montañas de Armenia y cuyo lenguaje era semejante al del futuro imperio de Urartu. Mencionados por primera vez en los textos cuneiformes hacia el siglo XXIV, muchos de ellos, como ya EL MUNDO DE LOS ORÍGENES DE ISRAEL 101

32. Respeto de los hurritas, cf. O’Callaghan, op. cit., pp. 37-74; Goetze, Hethiter, Churriter und Assyrer (Oslo, H. Aschehoug, 1936); I. J. Gelb, Hurrians and Subarians (The University of Chicago Press, 1944); E. A. Speiser, «Hurrians and Subarians» (JAOS, 68 [1948], pp. 1- 13); cf. ídem, AASOR, XIII (1931/1932), pp. 13-54; ídem, Mesopotamian Origins (Univer- sity of Pennsylvania Press, 1930), pp. 120-163; también J. R. Kupper, CAH, II: 1 (1963).

hemos visto, invadieron el norte de Mesopotamia, particularmente la región este del Tigris, cuando los gutios destruyeron el imperio de Acad. Pero aunque los textos de Mari y algunos otros indican la presencia de hurritas, la población de la alta Mesopotamia durante el siglo XVIII era aún predominantemente amorrea. En los siglos XVII y XVI, sin embargo, hay ya una enorme influencia de los hurritas en todas las zonas del Creciente Fértil: en la región este del Tigris, sur y suroeste a lo largo de toda la alta Mesopotamia y norte de Siria y aun hasta el sur de Palestina. También ocu- paron las tierras de los hititas. Hacia la mitad del segundo milenio la alta Mesopotamia y el norte de Siria estaban saturadas de hurritas.

Nuzi, en la región este del Tigris (como lo indican textos del siglo XV) era casi totalmente hurrita; Alalaj, en el norte de Siria, ya sólidamente hurri- ta en el siglo XVII33, llegó a serlo de una manera total (como lo demuestran

textos del siglo XV). Presionando a los hurritas, y en parte moviéndose con ellos, aparecen los indo-arios, probablemente como parte del movimiento general que llevó una población indo-aria a Irán y a la India. Umman- manda, mencionado en Alalaj y otros lugares, era sin duda uno de ellos34.

Más tarde volveremos a hablar de estos pueblos. Con sus rápidos carros sembraron el terror por todas partes. Antes del siglo XV, cuando sobrevi- no el período oscuro, se extendió a lo largo de la alta Mesopotamia el imperio Mitanni, que tuvo gobernantes indo-arios, pero con población fun- damentalmente hurrita. Estos movimientos sirven sin duda para explicar por qué Hammurabi no pudo extender sus conquistas hacia el norte y hacia el oeste más de lo que lo hizo y por qué el imperio que construyó no fue duradero. Y ciertamente no lo fue. Ya bajo su sucesor Samsu-iluna (1685-1648) se desmoronó y, aunque la dinastía pudo mantenerse aún más de 150 años, nunca logró recobrar el poder. Esto fue debido en parte a la disgregación interna, ya que los Estados sojuzgados recobraron la inde- pendencia. Y así, poco después de la muerte de Hammurabi, un Ilu-ma-ilu, descendiente de la línea de Isin, se rebeló y fundó una dinastía en el sur (la dinastía de la Tierra del Mar).

A pesar de todos los esfuerzos, Babilonia nunca pudo reducir a su rival, de suerte que la tierra patria quedó definitivamente dividida en dos par- tes. Ni siquiera Babilonia quedó inmune del alcance de la presión externa 33. Cf. D. J. Wiseman, The Alalakh Tablets (Londres, British Institute of Archaelogy de Ancara, 1953); E. A. Speiser, JAOS, 74 (1954), pp. 18-25. El nivel VII, donde se encon- tró el cuerpo más antiguo de textos, debería fecharse probablemente en el siglo XVII, mejor que en el XVIII; cf. Albright, BASOR, 144 (1956), pp. 26-30; 146 (1957), pp. 26- 34; R. de Vaux, RB, LXIV (1957), pp. 415 s.

34. Cf. Albright, BASOR, 146 (1957), pp. 31 s.; también ibid., 78 (1940), pp. 30 s.; pero cf. Kupper, CAH, II: 1 (1963), pp. 40 s.

de los nuevos pueblos. En el reinado del sucesor de Hammurabi, un pue- blo llamado casita (coseos) comenzó a aparecer en el país. Poco se sabe del origen de este pueblo, salvo que procedían de las altiplanicies de Irán. Quizás empujados por la presión indo-aria, se esparcieron desde las mon- tañas, como habían hecho los gutios antes de ellos, y comenzaron a apo- derarse poco a poco de las regiones adyacentes a la llanura mesopotámi- ca. Su potencia rivalizó pronto con la de Babilonia y al fin, poco a poco, puso en peligro incluso la existencia de esta última.

c. Palestina en el período hicso

Palestina no escapó, claro está, a este oleaje. Después de todo, forma- ba parte del imperio de los hicsos y los mismos hicsos procedían al pare- cer en buena parte de allí y del sur de Siria. Además, hay abundantes tes- timonios de que en este período35 sufrió Palestina una invasión por su

parte norte que trajo consigo nuevos elementos patricios. Por lo que, si en los textos más antiguos todos los hombres de Palestina son prácticamen- te semíticos, en el transcurso de los siglos XV y XIV, aunque los nombres semitas siguen predominando, abundan los hurritas e indo-arios. Es evi- dente, por tanto, que las sucesivas invasiones de hurritas e indo-arios refe- ridas más arriba se preocuparon de Palestina. Probablemente (como en el caso de Mesopotamia), una aristocracia indo-aria influyó sobre un sustra- to hurrita plebeyo y ocasionalmente patricio. La Biblia menciona fre- cuentemente a los hurritas (horitas) en Palestina36, mientras que los fara-

ones del período siguiente conocían este país como Hurru.

Estas gentes nuevas trajeron consigo nuevas y terribles armas y téc- nicas militares. Los carros tirados por caballos y los arcos dobles37 que

poseían les daban una movilidad y una eficacia incomparables en el mundo de entonces. Los carros, aunque conocidos desde mucho tiempo atrás en Asia occidental, fueron perfeccionados entre los indo-arios y utilizados EL MUNDO DE LOS ORÍGENES DE ISRAEL 103

35. En la terminología de Albright MB II B-C; en la Miss Kenyon MB II. Cf. nota 16, supra.

36. Cf. W. F. Albright, «The Horites in Palestine», en From the Pyramids to Paul, L. G. Leary, ed. (Nueva York, Nelson, 1935), pp. 9-26). Tal vez algunos otros grupos no identificados, mencionado en la Biblia (hivitas, jebuseos, etc.), eran también hurritas; cf. E. A. Speiser, «Hurrians», IDB, II, pp. 664-666. Pero cf. R. de Vaux, «Les Hurrites de l’histoire et les Horites de la Bible» (RB, LXXIV [1967], pp. 481-503). Para De Vaux es dudoso que exista alguna relación entre los horitas (joritas) y los hurritas (en su opinión los hurritas no llegaron hasta después de pasado este período).

37. Aunque los arcos dobles pueden haber sido conocidos ya en la temprana época del imperio de Acad, fueron al parecer poco utilizados en las primeras centurias del segundo milenio; cf. Yadin, op. cit., vol. I, pp. 47 s., 62-64; también ídem, IEJ, 22 (1972), pp. 89-94.

por ellos como una arma táctica de gran eficacia. Es probable que los hic- sos adoptaran las nuevas técnicas de los indo-arios y que las emplearan en la conquista de Egipto, donde eran entonces desconocidas. Por este tiempo apareció también un nuevo tipo de fortificación. Al principio con- sistía en un glacis de tierra apisonada, arcilla, grava y recubrimiento de argamasa, situado en la ladera o pendiente de la cresta sobre la que se alzaba la muralla. Más tarde, la tierra fue sustituida por piedras, de modo que el glacis circuía la gran muralla con talud que corría al pie de la coli- na. Se intentaba así probablemente una defensa contra los arietes, de uso ya generalizado en aquella época38. Muy pronto, todas las grandes ciuda-

des de Palestina contaron con fortificaciones de este género. Se han des- cubierto además, en varios lugares, recintos rectangulares, normalmente junto al nivel del terreno adyacente a la ciudad amurallada, en la colina, y rodeados de altos terraplenes de tierra apisonada, con una fosa en su base inferior. Estos recintos fueron conocidos en Egipto, en toda Palestina y Siria (p. e. Jasor, Qatna) e incluso en Karmemis, junto al Éufrates. Durante mucho tiempo se ha creído que estas fortificaciones fueron construidas para defender los campamentos en que se alojaban los carros, caballos y restante indumentaria de los guerreros hicsos; pero, aunque tal vez fuera éste su propósito original, hay pruebas de que la construcción de varios tipos diferentes fue hecha de tal modo que acabaron por convertirse en suburbios de las mismas ciudades, cuya población, incrementada sin duda por el número de tropas y de sus seguidores, no podía ya alojarse dentro del primitivo recinto amurallado39. También por este tiempo desapareció

por completo la patriarcal simplicidad de la vida seminómada de los amo- rreos. Las ciudades eran numerosas, bien construidas y, como hemos visto, poderosamente fortificadas. Hubo un aumento generalizado de la pobla- ción, unido a un notable avance de la cultura material. Parece haberse desarrollado el sistema de ciudad-estado característico de Palestina antes de la conquista israelita. El país estaba dividido en varios reinos minúscu- los, o provincias, cada una de ellas con su propio gobernante, sujeto, sin duda, a un alto control del exterior. La sociedad tenía una estructura feu- dal, con la riqueza muy desigualmente repartida; al lado de las hermosas 38. Cf. Y. Yadin, «Hyksos Fortifications and the Battering Ram» (BASOR, 137 [1955], pp. 23-32). Para similares fortificaciones en el bronce antiguo, cf. J. D. Segar y O. Borowski, BA, LX (1977), esp. pp. 158-160.

39. Para una descripción de este tipo de fortificaciones, cf. Yadin, op. cit., vol. pp. 67 s.; res- pecto de Jasor, cuyo recinto amurallado abarcaba más de 175 acres, ídem, Hazor (Londres, Oxford University Press, 1972), esp. lámina II. Para las diferentes interpre- taciones de estas estructuras, cf. los artículos de G. R. H. Wright y P. Parr en ZDPV, 84 (1968).

casas de los patricios, se encontraban las chozas de los siervos semilibres. No obstante, las ciudades de esta época evidencian una prosperidad como raramente conoció Palestina en la antigüedad.

d. El antiguo Imperio hitita y la caída de Babilonia

Como ya hemos dicho, el período oscuro de Egipto finalizó hacia 1540 con la expulsión de los hicsos y el ascenso de la Dinastía XVIII. Pero Babilonia no fue tan afortunada; para ella, su período oscuro fue mucho más profundo. Ya internamente debilitada y asediada por las incursiones casitas, cayó hacia el 1530, y la primera dinastía llegó a su fin. El golpe de gracia no fue asestado por los casitas, ni por ningún otro rival vecino, sino por una invasión hitita procedente de la lejana Anatolia.

No nos podemos detener aquí en el enojoso problema del origen de los hititas40. Su nombre se deriva de un pueblo no indoeuropeo, llamado Hatti,

que hablaba una lengua sin parentesco alguno con ninguna familia lingüís- tica conocida. Es poco lo que se sabe de este pueblo, pero es seguro que en el tercer milenio se había establecido en los espacios centrales y septentrio- nales del Asia Menor, en una área en torno a Hattusas (Boghazköy), más tarde capital del Imperio Hitita. Se ignora si el nombre se lo dieron los pro- pios hititas o si tiene otro origen. Aunque Hatti es el equivalente filológico de «hitita», para evitar confusiones con el pueblo conocido en la historia posterior bajo este nombre, a los primeros se les suele denominar como hattis o proto-hititas. En el curso del tercer milenio, Asia recibió una nueva población cuando varios grupos, que hablaban lenguas indoeuropeas estre- chamente emparentadas entre sí (luvio, nesio, palaico) comenzaron a avan- zar desde el norte, penetraron en esta zona y se instalaron en ella. Los recién venidos se infiltraron entre la población anterior y se mezclaron con ella. Al fin, la lengua hatti fue desplazada por la nesia en su propio hogar, con el resultado de que esta última fue conocida como lengua hitita y a sus hablantes como hititas. Escribieron su lengua (nesio, pero también luvio) en signos cuneiformes, tomados en préstamo de Mesopotamia –aunque tam- bién se desarrollo una escritura jeroglífica para un dialecto del luvio.

Al comenzar el segundo milenio –y tal como demuestran los textos de Capadocia del siglo XIX– los países hititas estaban organizados en un sistema de ciudades-estado: Kussara, Nesa, Zalpa, Hattusas, etc. Sin embargo, parece que ya a comienzos del siglo XVII se puso en marcha EL MUNDO DE LOS ORÍGENES DE ISRAEL 105

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