• No se han encontrado resultados

Luis Felipe Cabrales Barajas

45 Universidad de Guadalajara. Departamento de Geografía y Ordenación Territorial.

La geografía, en particular la europea, logró identidad y se dotó de certidum- bre durante medio siglo. La región fue analizada con una buena dosis de carga historicista, lo que permitió exaltar la personalidad de cada unidad subnacional. De esa manera la región se consagró como “el objetivo fundamental del trabajo geográfico” (Capel y Urteaga, 1982: 30) y la síntesis constituyó un principio me- todológico imprescindible. “No fragmentemos aquello que la naturaleza unifica” declaraba reiteradamente Paul Vidal de la Blache (Claval, 1981: 73). Hoy parece que la historia se reedita, no tanto derivada de un peligro de ruptura, sino como espacio de oportunidad para acertar en un postulado capaz de promover la uni- dad del conocimiento geográfico o por lo menos de estimular un diálogo que permita construir convergencias: el paradigma ambiental.

Carlos Reboratti nos entrega un interesante ensayo en el que recorre his- tóricamente conceptos básicos que han acompañado a nuestra disciplina y problematiza la relación entre la cuestión ambiental y la geografía. Es explí- cito al señalar que “como intelectuales, aun cuando aceptamos la existencia evidente de aquella interrelación sociedad / ambiente, se podría decir que hasta ahora hemos puesto más énfasis en analizar cada uno de los extremos, mientras que hemos mirado poco la propia interrelación”. Esa autocrítica puede encontrar respuestas a través de la mirada ambiental.

Resulta claro que el discurso hegemónico que apela al “enfoque holísti- co” recorre una dirección y las prácticas siguen un camino distinto. En todo caso habrá que preguntarse si en aras de la coherencia existe consenso para acortar el antagonismo entre ambas posiciones. La diferencia entre el “deber ser” y “el ser” puede, en parte estar condicionada por una organización ins- titucional en la que pesa el trabajo individual mientras que para desentrañar las relaciones entre la sociedad y el ambiente se requiere del despliegue de pequeños ejércitos de investigadores que trabajen coordinadamente sin caer en la mera yuxtaposición de informes parciales.

El hecho es que la región en los inicios del Siglo XX y el ambiente durante el arranque del Siglo XXI -aunque en ambos casos con importantes prece- dentes cognoscitivos durante el Siglo XIX-, suponen categorías con potencial integrador. El cumplimiento de tal promesa dependerá de la puesta al día de sus preceptos científicos así como de la superación de posiciones meramente discursivas, tan comunes en una disciplina que es más dada a proclamar que a practicar.

Comentario a Geografía y ambiente 47

Para completar el cuadro, habrá que referir un tercer concepto afín a los anteriores, el paisaje, que forma parte del patrimonio intelectual tanto de la escuela geográfica regional como de la propuesta ambiental. De ahí su proclividad para hacer las veces de puente conceptual y metodológico, no obstante su carácter polisémico y las maneras tan diversas de encararlo. Si entendemos el ambiente como un metaconcepto, su estudio no puede redu- cirse a un objeto o rama particular de la geografía, solo sería aprehensible de modo transversal, con enfoque integrador y procesamiento sintético a fin de domesticar la complejidad. Este hecho se traduce en el desafío de reorganizar el conocimiento geográfico para dar respuestas congruentes y además invita a hacerlo sin caer en la trampa de la “especialización sin retorno”. Los geó- grafos bien podríamos practicar una suerte de “especialización reversible”, es decir, lanzar convocatorias de reencuentro, “ir y venir” como metáfora de diálogo y que puede refrendar la caracterización que Reboratti hace de una “disciplina orgullosamente generalista”.

La vertiente ambiental estaría omnipresente en casi todo objeto de estu- dio territorial. Para exponer esta idea recurro a una analogía inspirada en Federico Fernández Christlieb cuando afirma: “llamamos geografía cultural a una manera de estudiar el espacio y no a una rama de las ciencias geográfi- cas” (2006: 221). La fuerza de esta idea es replicable a lo que aquí nos ocupa: “la geografía ambiental es una manera de estudiar el territorio y no una rama de las ciencias geográficas”. De tal forma, tanto la cultura como el ambiente constituyen categorías leíbles en las estructuras territoriales que interesan a la geografía y permean a sus objetos o “ramas”. Se trataría de dimensiones irreductibles, de aspectos no negociables que pueden ayudar a construir una concertación entre los estudiosos de la geografía: precisamente diálogo y no necesariamente unidad totalitaria.

Intuyo que Reboratti concuerda con este planteamiento cuando escri- be que la temática ambiental “ha creado una nueva forma de mirar lo que nos rodea”. Se trataría entonces de configurar nuevas visiones, no una nueva rama de la geografía ni un objeto de estudio especializado. En esta discusión va implícito algo que personalmente considero una certeza, aunque entien- do que pueda haber colegas que no estén totalmente de acuerdo: el carácter social del ambiente. Queda así manifiesta nuestra renuncia hacia el reduccio- nismo biologista con el que frecuentemente se asocian imaginarios ambien-

tales del ciudadano común, de representantes políticos, e incluso de algunos sectores del gremio científico. Hace un par de décadas Leff (1992: 14) fue enfático al afirmar que “el ambiente no es el medio que circunda las especies y poblaciones biológicas, es una categoría social y no biológica”.

Si el ambiente es social, de ello se desprenden consecuencias relevantes como la revisión de las formulaciones tradicionales que incluso tienen im- pactos éticos y políticos. El territorio humanizado, y más aún el urbanizado serían objetos de estudio privilegiado para el análisis ambiental dada la in- tensidad de relaciones entre el hombre y su entorno al grado que podemos encontrar ahí el clímax paisajístico, interpretación distinta a la decimonóni- ca, cuando el paisaje por antonomasia era el de origen natural.

El tema del compromiso social que los geógrafos radicales lograron co- locar en la agenda de debates durante la década de 1960 no es ajeno a los contenidos de la geografía ambiental. La crisis ambiental a escala planetaria, últimamente visibilizada a través del cambio climático es real. Pero más allá de posiciones catastrofistas habrá que aceptar que no veremos el fin del mun- do pero si está siendo cada vez más difícil vivir en el planeta Tierra. ¿Quién puede mantenerse ajeno a la degradación o por lo menos vivir bajo ese ilu- sionismo? La respuesta es predecible, estamos ante un “sálvese quien pueda” lo que exhibe el grado de irresponsabilidad ambiental e indiferencia humana a las que hemos llegado, producto en buena medida del desvanecimiento del Estado benefactor y el triunfo del pensamiento neoliberal, cuya combinación legitima una racionalidad económica que avanza a ritmos que no permiten la regeneración de la naturaleza ni son capaces de garantizar la reproducción social con equidad.

Bajo tales circunstancias, se salva el que tiene solvencia para comprar am- bientes limpios, agua pura, confort, seguridad privada y paisajes armónicos: el mundo ofrece paraísos artificiales para las capas altas de la pirámide social.

Esta lógica sitúa como productos de mercado a bienes que deberían ser públicos lo que incrementa las desigualdades sociales dadas las disparidades en el nivel de ingresos de la población. La geografía tiene una amplia trayec- toria en el estudio de las desigualdades con la ventaja de saber leer patrones espaciales. Esto facilita la articulación con la dimensión ambiental y consti- tuye una vía para realizar propuestas para incidir en un uso más democráti- co y sostenible del territorio.

Comentario a Geografía y ambiente 49

De aquí también se desprende la necesidad de poner al día nuestros postu- lados teóricos y programas universitarios para sembrar en nuestros alumnos el germen de una geografía como ciencia relacional, capaz de diagnosticar los problemas ambientales del mundo y de generar propuestas para cons- truir un orden socialmente justo.

No cabe duda que la categoría ambiental despierta el viejo debate sobre la unidad de nuestra ciencia pero también renueva la discusión sobre la geo- grafía aplicada, por ejemplo realizando aportes en materia de ordenamiento territorial. Hay que reconocer que nuestra disciplina ha evolucionado du- rante las últimas décadas y sus fuerza internas han cambiado. Sin resolver sus problemas estructurales es ahora más plural y parecería que se desgasta menos en sus debates internos e invierte esas energías en dialogar con otras ciencias.

Dicho escenario podría interpretarse como un signo de madurez a sa- biendas de que el asunto de la unidad del conocimiento geográfico parece ser irresoluble y no necesariamente debe asumirse como un problema: en medio de sus contradicciones la geografía avanza. Pienso que esta posición que podríamos calificar de serena, pero también proactiva es compartida por Carlos Reboratti, o por lo menos así lo insinúa en sus reflexiones con- clusivas cuando afirma que “es poco útil y bastante fantasioso pensar que tendremos alguna vez una sola geografía” e incluso pone en duda que la se- paración de campos de estudio geográfico deba calificarse como negativa. Cierra con la idea de buscar entre nosotros actitudes dialogantes y “la opor- tunidad de la cuestión ambiental es uno de esos puentes”. Ello iría enfocado a la comprensión del mundo y a buscar soluciones a sus problemas. Por tan- to, ya no estaríamos precisamente ante un anhelo “fantasioso” de construir una geografía única. No obstante esta convicción puede resultar peligrosa: si se asume como una actitud acrítica y “confortable” puede empobrecer a la geografía. Si realiza con espíritu innovador y compromiso es probable que nuestra disciplina salga fortalecida como ciencia social.

Dicho esto, queda asentada la idea de utilizar el potencial de la categoría ambiental para dotar de cohesión interna a la geografía y también como un recurso para aportar soluciones operativas a la hora de gestionar el territorio del siglo XXI.

Referencias

Capel, H. y L. Urteaga (1994) Las nuevas geografías. Salvat, Temas Clave, Barce- lona.

Claval, P. (1981) Evolución de la geografía humana. Oikos-Tau, S.A. Ediciones, Bar- celona, España.

Fernández-Christlieb, F. (2006) “Geografía cultural”, en Daniel Hiernaux y Alicia Lindón -Directores-, Tratado de Geografía Humana. Anthropos, Universidad Autónoma Metropolitana, Barcelona: 220-253.

Leff, E. (1992) “La educación superior en perspectiva del desarrollo sustentable”, en

Formación Ambiental. 9: 9-22.

Stamp, D. (1960 [1981]) Geografía aplicada, Editorial Universitaria de Buenos Ai- res, Argentina.

Sauer’s Berkeley School Legacy 51

Introduction

Over the past decade the term “environmental geography” has begun to ap- pear as non-specific indicator and descriptor of differing demands and con- ditions in current disciplinary geography. Perhaps most significantly, it is being used to refer to the site or arena wherein human and physical geogra- phy can be conjoined, or ideally, integrated. In turn, this emergent field or sub-disciplinary focus is being both propelled and promoted by a range of factors. At one end of a continuum, there are the ongoing and accelerating series of global physical environmental crises that call attention to geogra- phy’s potential utility in addressing these problems in practical ways. At the other end, post-positivist and post-structuralist ways of thinking about geography’s relations to environmental issues and questions has opened up multiple micro-sites of theoretical and practical engagement that question the traditional human-physical geographic dichotomies on both epistemo- logical and ontological grounds. Between these differing incubators, there is the middle range where one might expect an emergent environmental ge-

Sauer’s Berkeley School Legacy: