JaiMe lorén, José Maríade
Universidad CEU Cardenal Herrera. Valencia. España.
Introducción
Desde la más remota antigüedad, a la miel se le han concedido virtudes terapéuti- cas. Al igual que en otros aspectos de la civilización y de la cultura, en los relatos bíblicos no faltan citas que describen el empleo medicamentoso de los productos derivados de la colmena. Algo parecido sucede con los textos sagrados del judaís- mo y de otras religiones mono y politeístas.
Cierto que por entonces la miel era prácticamente el único edulcorante conocido y, necesariamente, a ella había que recurrir si se querían endulzar los brebajes o las pócimas que debían engullir los enfermos. Todavía habrá que esperar bastante hasta que la “miel de caña”, el azúcar de caña, se difunda y entre a formar parte
de los textos farmacéuticos de la cultura clásica. Y ello sólo como medicamento, no como edulcorante de uso generalizado, dado su alto precio por la dificultad de
su adquisición.
Hoy, cuando de nuevo vuelven a los anaqueles de las farmacias los productos de
la colmena, como propóleos, jalea real, néctar, pólenes de diversas clases y, por supuesto la miel y la cera en las más variadas formas farmacéuticas, sobre todo en lo que se ha dado en llamar “Medicina Natural”, vale la pena recordar y describir las principales utilidades farmacéuticas de la miel y sus derivados en las culturas clá- sicas del Mediterráneo. Veremos claramente que, como en tantas otras cosas, no hay nada nuevo bajo el sol, que aplicamos hoy criterios ya conocidos desde hace
milenios. Lo cual, bien mirado, es también una buena garantía terapéutica.
En nuestros trabajos sobre la Historia de la Apicultura Española, no hemos descui- dado atender a las virtudes curativas que las primitivas civilizaciones atribuían a la miel, a la cera e incluso al propóleos1. Veremos alguno de los antiguos medicamen-
tos que se preparaban con estos ingredientes, y comprobaremos cómo, de nuevo,
vuelven a cobrar actualidad en la terapéutica “naturalista” de hoy.
Grecia y Roma
De entrada conviene advertir que en el mundo antiguo la miel de mejor calidad se
dedicaba íntegramente a la alimentación, mientras que para usos médicos y de otra
1 JAIME GÓMEZ, J. DE; JAIME LORÉN, J.M. DE (2001): Historia de la Apicultura Española, 1.
Desde los orígenes hasta 1492. Calamocha, 338 pp.; JAIME LORÉN, J.M.; JAIME GÓMEZ, J.
DE (2002): Historia de la Apicultura Española, 2. Desde 1492 hasta 1808. Calamocha, 455 pp.;
JAIME LORÉN, J.M.; JAIME GÓMEZ, J. DE (2013): Historia de la Apicultura Española, 3. Desde
índole se gastaba la menos purificada. Es el caso de la empleada para embadurnar
los cadáveres y evitar así su putrefacción, pues las grandes personalidades que no eran incineradas, sus restos se envolvían en miel pretendiendo así prolongar su conservación al impedir la penetración del aire y la consiguiente descomposición del organismo.
Así Hipócrates aconseja la miel en sus Aforismos para procesos pulmonares y car-
diacos; también la emplea como medio de diagnóstico en la gestación para excitar el movimiento del feto, posiblemente por estimular los músculos de fibra lisa. De
aquí igualmente su poder como purgante, conocido por este maestro de la medici- na cuando lo recomienda para combatir el estreñimiento en forma de enema diluida con leche de cabra o de burra. Asimismo preconiza la miel como remedio para la tos de los niños y para varias otras dolencias, ya que siempre “la miel produce calor, limpia las llagas y úlceras, suaviza las úlceras duras de los labios y cura los carbúnculos y las llagas corrientes”.
Galeno usa la miel en multitud de fórmulas, una de ellas para evitar la alopecia a base de abejas pulverizadas y mezcladas con miel, frotando con la mezcla así formada la parte desprovista o poco poblada de cabello. Es posible que la propie- dad cáustica del veneno de la abeja, al liberarse de la glándula correspondiente, friccionado sobre la piel provocase un aumento local del riego sanguíneo y, en consecuencia, mayores probabilidades de regeneración capilar.
Dioscórides, el gran médico romano, nos ha legado un arsenal terapéutico sobre
las acciones y usos de la miel, bien sola, bien como vehículo excipiente, o bien acompañando a otros productos. Así la preconiza para la cicatrización de úlceras, de heridas y de los cortes en el prepucio, en las otitis, o en forma de gargarismos
en los casos de amigdalitis; además de sus virtudes como diurético, parasiticida
externo, etc.
Algunos otros productos elaborados por las abejas tenían asimismo utilidad medi- camentosa, como el propóleos que forman las abejas para reducir en el invierno el tamaño de la entrada de la colmena, y que para el hombre era “tratamiento ideal para golpes y magulladuras”, tal como se sigue haciendo hoy en ciertas cremas
antiinflamatorias.
En cuanto al veneno de las abejas como medio terapéutico, ya médicos griegos
como Hipócrates señalaban sus propiedades antirreumáticas. De hecho todavía en pleno siglo XX conocemos casos de tratamientos a base de provocar picaduras de
abeja en las zonas inflamadas de enfermos reumáticos.
Cosmética
Los productos de la colmena fueron también ampliamente usados en la cosmética
y la perfumería clásica. La miel entraba en la preparación de un gran número de productos para el tocador de las damas y de los patricios romanos.