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M.R Vincent, Word Síudies in íhe New Testament , p 876.

La humildad y la condescen­ dencia ejemplificadas en Cristo

2. M.R Vincent, Word Síudies in íhe New Testament , p 876.

encubierto entre los que se pierden, porque Satanás ha cegado la luz del evangelio de la gloria de Cristo (2 Co. 4:3-4).

La frase “los que se oponen” (ton antikeimenon), es un participio presente en la voz media del verbo antikeimai que significia “oponer'’, “ser adversario” o “alinearse en contra”. La voz media sugiere que “los que se oponen” lo hacen de sí mismos. El pecado que abunda y reina en el corazón del hombro, hace que éste tome una postura activa en contra de la voluntad de Dios. “La luz vino al mundo, y los hom­ bres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Ja 3:19). El tiempo presente del participio sugiere una acción conti­ nua. La lección es clara: los enemigos del evangelio no cesan de oponerse tanto al credo como a la ética del cristianismo.

Todo aquel que trata de oscurecer o adulterar el evangelio de Cristo se constituye en un adversario de la obra de Dios, teniendo como fin la perdición eterna. Es verdad que grandes enemigos del evangelio han llegado a conocer a Cristo e incluso le han servido con abnegación. Pablo mismo es un excelente ejemplo (1 Co. 15:9; Gá. 1:13). Muchos, sin embargo, han sido verdaderos azotes contra la fe cristiana. Hoy día, dentro de la sociedad humana, existe una oposición manifiesta en contra del mensaje del evangelio. Filósofos, educadores, científicos, economistas, políticos, medios de comunicación e incluso “religiosos”, se oponen abierta o encubiertamente al evangelio de la gracia de Dios. Esa oposición constituye no sólo un “indicio de perdición”, como apa­ rece en la Reina-Valera 1960, sino como sugiere el vocablo griego éndeixis, es una evidencia o prueba de perdición.

El vocablo “perdición” (apoleías) contempla una situación que tras­ ciende la esfera de lo físico y lo terrenal. La perdición aludida en el texto tiene que ver con la imposibilidad de entrar en la vida eterna. El contraste aquí es decisivo: “perdición” (apoleías) para los que se opo­ nen al evangelio y “salvación” {sotenas) para quienes se acogen a los beneficios que se derivan de la persona y la obra de Cristo. Salvación, según su uso soleriológico, involucra, entre otras cosas, el perdón de los pecados, la redención, la reconciliación del pecador con Dios, la imputación de la justicia divina al creyente, la adopción en la familia de Dios, la santificación o separación del creyente para Dios, el sello del Espíritu Santo, la inscripción del nombre del creyente en el libro de la vida y su glorificación eterna.

“T esto de Dios” (kai tonto apótheou). Dios ha determinado que no hay otro camino de salvación fuera de Cristo (Jn. 3:16,18; 5:24; 14:6; Hch. 4:12; Ro. 6:23). La condición para que alguien entre en el cielo

es establecida por Dios, no por el hombre ni por la religión. La Biblia lo expresa de manera clara y terminante: “El que tiene al Hijo tiene la vida, el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Jn. 5:12). Los que reciben a Cristo, creyendo en el evangelio de salvación, entran a formar paite de la familia de Dios y obtienen, como regalo, el cielo y la vida eterna en Cristo (Jn. 1:12).

Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis p o r él, teniendo el mismo conflic­ to que habéis visto en mí, y ahora oís que hay en m í (1:29-30).

Contrario a lo que algunos pudieran pensar, sufrir por causa de Cristo es una gracia que Dios derrama sobre cierto número de sus hijos. Cuando un cristiano se enfrenta a cara descubierta a aquellos que antagonizan con el evangelio, de seguro que ha de sufrir pruebas, persecuciones y aún la muerte. Esteban fue apedreado por predicar que Cristo es el Mesías; Santiago fue pasado a cuchillo por orden de Herodes, por el simple hecho de ser cristiano; Pablo fue decapitado durante la persecución ordenada por Nerón. Otros como Wycliff, Savonarola y Huss murieron contendiendo por la fe. Más recientemen­ te, miles de cristianos han sufrido y continúan sufriendo persecución bajo regímenes totalitarios y ateos. El apóstol Pedro escribió:

“Amados, no os sorprendáis del friego de prueba que os ha so­ brevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría. Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros. Ciertamente de parte de ellos, él es blasfemado, pero por vosotros es glorificado. Así que, ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello” (1 P. 4:12-16).

El apóstol Pablo escribió a los romanos: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Ro. 8:18).

Aquellos a quienes Dios ha salvado, han recibido el privilegio de sufrir por causa de Cristo. Conjuntamente con el privilegio de creer en Cristo, Dios concede el privilegio de sufrir por El. Lcnski dice:

Todos los cristianos lucen esta joya preciosa como el don más amado de Dios, en el cual se halla grabado a [por] causa de Cristo.3

3. R.C.H. Lcnski, La Interpretación de las Epístolas de San Pablo a los