espacio, un artículo sobre el amor pasional; y he leído después un par de cartas critican- do mi escrito. Ponerse a hablar de amor es meterse en terreno delicado: es un tema que, curiosamente, origina más trasiego epistolar que casi ningún otro. Con todo, lo más inquie- tante es la distancia que sueles encontrar en- tre el contenido de las cartas y lo que crees haber escrito. Lo más preocupante es com- probar, una vez más, que, sobre un mismo texto, cada cual entiende una cosa distinta. Y no sucede solo con la palabra escrita: hay amigos que adoran películas que tú odias, y viceversa, por razones que a ti te parecen un disparate.
Hay amantes que aseguran haber oído decir cosas que tú jurarías, por salud de tu santa madre, no haber dicho jamás. Pensando en todo esto, a veces me parece que la vida es un colosal malentendido.
Cabría preguntarse si las personas somos de verdad capaces de comunicarnos. Si, desde luego: de cuando en cuando, hablando con tu pareja, en una dulce sobremesa con algún amigo, puedes llegar a vivir uno de esos mo- mentos de magia cotidiana, cuando tus frases llevan un pellizco de tu corazón y tu interlocu- tor parece adivinarte.
Se borra entonces momentáneamente la so- ledad interior, y entre tú y el otro no hay dis- tancia. No hay intimidad mayor ni siquiera en el sexo, que esa intuición brillante y fugaz del entendimiento.
Pero lo cierto es que, muy a menudo, no com- prendes nada. Nos oímos, pero sin escuchar- nos. Siempre me han pasmado de modo es- pecial, quizás por mi trabajo, las confusiones que pueden originar un mísero puñado de líneas impresas. Personalmente, el malen-
tendido profesional mayor y más patético que guardo en la memoria sucedió hará cinco o seis años, con un pequeño artículo que escribí en la última página de El País. Yo no recuerdo bien la noticia que desencadenó toda la his- toria, pero fue relacionada con un emigrante ilegal africano con quien la autoridad cometió alguna tropelía, especialmente inicua.
Recuerdo, eso sí, que escribí el “artículo” por la vía sarcástica y que exacerbé la situación hasta el absurdo, por ver de demostrar de esa manera la exageración del caso.
Y así, dije que a los negros, si se ponían maño- sos, había que encadenarlos y azotarlos como en los buenos tiempos, y otras barbaridades semejantes de las que ya no guardo memoria y que, por supuesto, nadie podía tomarse al pie de la letra.
Pues bien, hubo alguien que lo hizo. Poco des- pués de publicar el artículo, me llegó la carta de un hombre que decía ser negro, emigran- te y guineano. Había leído de manera literal y completamente en serio mi artículo atroz y, pese a ello, su tono no era indignado, si no apesadumbrado.
Era una carta sencilla y modesta, apenas diez líneas escritas a mano, en la que me decía que los negros también tenían derecho a vivir. Carecía de firma y de remitente, por lo que, para mi desesperación, no pude contestarle ni explicarle.
Sin duda mandó una carta anónima porque temía posibles represalias.
Entendemos las cosas desde lo que somos: desde nuestras necesidades, nuestros me- dios, nuestras obsesiones. Estremece imagi- nar desde qué realidad leyó ese hombre mi desenfrenado artículo sobre los negros para Lectura
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llegar a interpretarlo al pie de la letra. Cómo sería su vida, de qué infiernos venía para creer que esa sarta de infames disparates iba en serio. Para no tener ni siquiera la capaci- dad de indignarse. Para hablar de ese modo manso y dolorido. Es la propia existencia la que nos va tallando nuestras entendederas. De modo que, más que escuchar o leer al otro, creo que tendemos a proyectar en ese otro nuestros deseos y temores; nuestras ambicio- nes y nuestros fantasmas. Quizá sea por eso que hablar del amor genere más malenten- didos por centímetro cuadrado que cualquier tema: porque el amor está especialmente teji- do de deseos y de ansias, y, por tanto, nuestra proyección en el otro es más exigente, más anhelante, más avasalladora.
Podría intentar explicar una vez más, en fin, que no desdeño el amor; que si digo que la
pasión romántica es algo inventado es por- que creo que hay otro tipo de amor, más real y profundo, al que el enamoramiento irreal y furibundo no hace sino dañar. Podría intentar explicar esto otra vez, con más párrafos y una escritura más pulida. Pero daría igual, por- que muchos entenderían nuevamente lo que quieran entender, del mismo modo que yo, seguramente, les malentiendo a ellos. Vamos los humanos por el mundo envueltos en una nube de palabras, cegados y ensordecidos por nuestra propia realidad, ensimismados. Pero de cuando en cuando se enganchan ca- sualmente dos frases dispersas, y entonces descubrimos súbitamente al otro, y se abren las espesas nubes que nos rodean, y nos ro- zamos los lomos, y surge el chispazo de la comprensión, el temor de la complicidad y del entrañamiento. El calorcito.
ROSA MONTERO, La vida desnuda
Responder estas preguntas relacionadas con la lectura inferencial.
1. Cuál es la imagen que se da del otro, del extranjero, del extraño.
2. Distinguir algunos juicios explícitos (directos, referenciales, denotativos, obje- tivos) y otros implícitos (indirectos, subjetivos, connotativos).
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3. Comentar estas líneas del texto: más que escuchar o leer al otro, creo que ten-
demos a proyectar en ese otro nuestros deseos y temores; nuestras ambiciones y nuestros fantasmas.