En este apartado incluiremos las Universidades para la tercera edad y los programas universitarios para mayores.
CAPÍTULO 5: POSICIONAMIENTO EN LA METODOLOGÍA DE LA INVESTIGACIÓN.
5.2. Marco metodológico: la narrativa como enfoque de interpretación de la realidad
No obstante, aunque los relatos de vida siempre hacen referencia a la singularidad de una persona, de su vida particular, no debemos incurrir en el error de entenderlos como individualistas. Al contrario, siempre existe un referente en forma de grupo social y profesional que, a lo largo del tiempo, ha incidido e influido en la vida de cada individuo. No olvidemos que el observador está totalmente implicado en su investigación, en el campo de su objeto investigado. Por tanto, el conocimiento no tiene al otro como su objeto, sino que depende de la interacción recíproca entre observador y
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observado. Se trataría, pues, de un conocimiento compartido, fruto de la intersubjetividad de la interacción, un conocimiento más profundo y objetivo cuanto más íntegra e íntimamente subjetivo (Ferrarotti, 1981). Para ello, el enfoque narrativo da prioridad a un yo dialógico, concediendo mayor importancia a la naturaleza relacional y comunitaria de las personas y admitiendo que la subjetividad es una construcción social, interactiva y socialmente conformada en el discurso. Así, el yo deja de tener prioridad en el origen del conocimiento, pasando a un primer plano las vivencias y sentimientos en los contextos transaccionales y relacionales de la vida cotidiana (Bolívar et al., 2001). De modo que el enfoque que hemos adoptado tiene la virtud de ayudarnos a recuperar la dimensión afectiva de las personas implicadas en el proceso de investigación, cuestión minusvalorada –cuando no despreciada– en múltiples ocasiones; una dimensión personal (afectiva, emocional y biográfica) que solo puede expresarse mediante narrativas.
Normalmente, los relatos de vida se realizan de forma oral –aunque también puede hacerse por escrito, si bien es menos frecuente–, a demanda de alguien (el investigador) que promueve situaciones de interacción entre los participantes para reconstruir un relato común sobre la totalidad de la vida o sobre dimensiones más específicas (en nuestro caso, el patrimonio intangible). Del mismo modo, el relato/historia de vida es una técnica que permite al investigador penetrar y comprender el interior del mundo de los sujetos que quiere estudiar. En estos casos, es preciso realizar un uso heurístico de la reflexividad, transformando al sujeto informante en coinvestigador de su propia vida, ya que, como es lógico, es el propio sujeto quien interpreta y analiza las acciones realizadas, las decisiones tomadas y, en definitiva, el sentido que le otorga a su recorrido vital (Bolívar et al., 2001).
Por otra parte, no cabe duda de que este método resulta especialmente útil en la formación de adultos. En este sentido, el desarrollo metodológico de este enfoque de investigación se ha derivado, sobre todo, de los estudios de diversos autores
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francófonos liderados por Gaston Pineau y Pierre Dominicé. Agrupados en la Association Internationale des Histoires de Vie en Formation (ASIHVIF) sus esfuerzos se han dirigido, principalmente, a manifestar la utilidad de las historias de vida como instrumento de formación experiencial de adultos (por ejemplo, Pineau y Michèle, 1983; Pineau, 1998 y 2000; Dominicé, 2000 y 2002; Dominicé et al., 2001; Josso, 2000). En líneas generales, de estas obras se desprende una máxima común, y es que el empleo de las historias de vida en la educación de adultos posibilita un enfoque democrático, unificador de la investigación y de la formación, que concibe al investigador y al actor como colaboradores en una relación no jerárquica. Es decir, a lo largo de toda la formación, los sujetos narradores detentan el control sobre el proceso y el producto de la actividad. La teoría y la práctica se alimentan recíprocamente, e investigadores, formadores y narradores se relacionan en el marco de una dinámica horizontal, democrática y existencial, a partir de la experiencia vivida (González Monteagudo, 2008).
Por supuesto, existen diversos caminos para explorar las historias de vida. Siguiendo a Pineau y Le Grand (1993), podemos hablar de tres modos:
El modelo biográfico o relato de una vida por un tercero. En este caso, todas las tareas relacionadas con el análisis, interpretación y síntesis sobre una vida determinada, son realizadas por una persona diferente al que cuenta la historia de vida. Se trata de un modelo partidario de mantener la distancia entre el investigador y el investigado como garantía de objetividad.
El modelo autobiográfico o relato de vida por uno mismo. Al contrario de lo que sucede en el anterior caso, aquí es el propio sujeto quien realiza un ejercicio introspectivo y retrospectivo para dar lugar a un relato sobre su propia experiencia vital.
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El modelo dialógico o de «coinvención». Como señalan Bolívar, Domingo y Fernández (2001), este modelo opta epistemológicamente por la explicitación del saber implícito como una tarea conjunta, entendiendo que explicar lo vivido no puede reducirse a una mera enunciación de hechos, sino que requiere de la colaboración del investigador para analizar su sentido y coherencia. Permite y depende de un acercamiento entre el investigador y el investigado, que deben establecer una relación de confianza (nadie confía sus vivencias personales a una simple grabadora o a una persona que le resulta desagradable o antipática). Se genera así, en palabras de Ferrarotti (2007), una especie de co- investigación, donde el investigador, lejos de poder atrincherarse tras un armamento metodológico preconstruido, es a su vez un ‚investigado‛. Así pues, el éxito del modelo dialógico aplicado a las historias de vida dependerá, en gran medida, de la capacidad del investigador para crear y consolidar esos vínculos afectivos e igualitarios con los investigados.
Evidentemente, este último modelo es el más adecuado para desarrollar un estudio basado en las historias de vida, no sólo porque el diálogo resulta esencial en estos casos; también porque respeta y se inserta a la perfección en la línea metodológica que articula nuestro trabajo. De igual forma, este modelo permite (González Monteagudo, 2008: 216):
La exploración del mundo personal desde una perspectiva libre y subjetiva, en un marco interpersonal.
Enfrentar al sujeto con sus conflictos y favorecer una resolución positiva de los mismos, en la línea de lo que Ricoeur ha llamado una memoria feliz.
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Abrir una vía de acceso al trabajo pedagógico experiencial, subjetivo, afectivo y rememorativo, propiciando además una dinámica de apertura, comunicación profunda y colaboración que, indudablemete, posibilita la expresión de los sentimientos, a la vez que sensibilizan al sujeto hacia los sentimientos de los demás, aumentando la empatía y la tolerancia.