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En este segmento se presenta la fundamentación teórica que sustenta la propuesta investigativa, dicha propuesta encarna categorías sociales y políticas que permitirán establecer un análisis profundo de la temática en cuestión. Así, a) memoria, b) narración, c)víctima, d) victimario, e) violencia estructural, f) violencia cultural, y g) educación se empoderan como las categorías elegidas, las cuales encuentran un punto de conexión, un puente teórico-práctico que permite dar sentido al análisis de la memoria de los Raspachines en el Meta, desde una perspectiva socioeducativa y humanista. Esta fundamentación teórica estará inscrita desde horizontes de análisis que nos permitirán acercarnos a la comprensión de la realidad desde la perspectiva de los sujetos investigados.

6.1 Memoria:

Transitar los senderos de la memoria presenta en sí mismo un desafío arduo tanto para el escritor como para el lector, pues implica hacer una gran retrospectiva de su proceso. En un

45 sentido básico, la memoria puede ser acuñada como “relación de algunos acontecimientos particulares, que se escriben o se relatan para ilustrar una historia” (Drae, 2014), sin embargo, cuando se relacionan a dicha definición conceptos como recuerdo, historia, olvido o memoria colectiva, la misma se queda corta para abarcar la totalidad.

Para Paul Ricoeur (1999), la memoria no es solo retrospectiva de los hechos o acontecimientos vividos, sino que es un aparato que presenta una relación dialéctica entre ella y la historia, pues siempre estamos en la constante de reelaborar permanentemente el sentido de los acontecimientos por la forma en que usamos y contamos dicha memoria. En un sentido global, es válido afirmar que memoria e historia son estructuras recreadoras de la realidad. Ahora bien, en esa intención por reelaborar el sentido de los acontecimientos la memoria no es siempre ni eminentemente individual, ni tampoco pretende alcanzar el pasado y serle fiel al mismo, pues, de acuerdo a los postulados de Ricoeur (1999), Jellin (2002) y hasta Halbwachs (1991) la memoria presenta características individuales y colectivas.

Dentro de las características individuales se presenta la construcción de un criterio de identidad, basado en un sistema cultural determinado. La capacidad individual permite recorrer y remontar el tiempo, a través de recuerdos archivados -los recuerdos son archipielagos medianamente separados (Ricoeur, 1999)- y la capacidad de orientación, de un suceso o evento específico, en el tiempo y en el espacio. Por otro lado, la característica fundamental, para Ricoeur (1999), del aspecto colectivo de la memoria es la capacidad de reconocimiento de recuerdos compartidos instalados en la memoria de carácter individual y que ayudan a tender el puente de conexión entre lo individual y lo colectivo.

Otro punto de vista sobre la memoria lo teoriza la socióloga argentina Elizabeth Jellin, quien entiende el concepto de memoria desde diferentes sentidos. Entiende que pensar y analizar la memoria es ubicarla en presencias y sentidos del pasado político, cultural, simbólico y personal (Jellin, 2002, p. 9) que se expresa en 3 premisas: a) Entender las memorias como procesos subjetivos en experiencias y en marcas simbólicas, b) Reconocer a las memorias como objeto de disputas, conflictos y luchas que poseen un rol activo y productor de sentido, c) Existen cambios en el sentido del paso, así como el lugar asignado a cada uno. (Jellin, 2002, pp. 2-6). La perfecta concreción de las premisas permite

46 identificar dos puntos fundamentales, 1) es imposible encontrar una memoria, una visión y una interpretación única e irrepetible del pasado, 2) pueden encontrarse momentos o periodos históricos en los que el consensó de la memoria, la visión o la interpretación son mayores. (Jellin, 2002, pp. 64-65). Las anteriores premisas confirman lo que Ricoeur había expresado y que se ha descrito en párrafos anteriores, existen memorias individuales que tejen un puente cercano y certero a los espacios colectivos. Las memorias individuales, se categorizan en memorias psíquicas (Moliner, 1998, p 318), que poseen siempre la capacidad de recordar, pues cada persona tiene sus recuerdos, que no pueden ser transferidos -bajo el mismo código- a otros, mientras que, las memorias colectivas son un extendido de las individuales y, según Halbwachs (1991):

[...] agrupan las memorias individuales, pero no se confunde con ellas. Esta (la memoria colectiva) evoluciona siguiendo sus leyes, y si ciertos recuerdos individuales penetran también algunas veces en ella, estos cambian de figura a partir de que son emplazados en un conjunto que no es ya una conciencia personal (60).

En consecuencia, es posible definir las memorias colectivas como un conjunto de recuerdos de cada individuo, que está inscrita en marco de referencias conjuntas y presentan un consenso mayor entre el conjunto de memorias individuales. Los marcos sociales de las memorias están mediados por el lenguaje, el espacio, el tiempo, la familia, la religión y hasta las clases sociales y sus tradiciones (Halbwachs, 2004, Rueda Arenas, 2003).

En conclusión, en el entramado de la memoria, es posible encontrar una que se muestra como escenario de seguridad y/o temor al olvido y otra como temporalidad de expectativa - todo tiempo pasado fue mejor y debe fijarse siempre en él- punto de retorno a la “comodidad” del pasado. Es decir, la memoria se convierte en una herramienta política y metodológica que permite la definición de diferentes áreas que se transversalizan desde lo psicológico hasta lo social y como categoría cuiltural que permite el análisis del hecho o hecho históricos, construidos a razón del tiempo, del recuero y del olvido.

47 Una categoría necesaria para el análisis y desarrollo de la investigación es la narración, es decir, la acción o acto de narrarse-identificarse a través de lo dicho, de lo recordado, de la palabra. En ese sentido, vale la pena apelar a la narración como el oficio-arte de narrar (Benjamín, 2008, pp- 48-71)

Desde la perspectiva de la narración como arte, es posible desglosar varios y diversos sentidos que dotarán a la misma de un sinfín de características. Para el filósofo Walter Benjamín, la narración es un relato sensible, impregnado de sentimiento y vida, que trasnmitido, generalmente, de boca en boca (tradición oral) y que presenta dos modos arcaicos8; a) El Campesino: un personaje que en su trabajo de labrado conoce por boca de los narradores anteriores sus tradiciones e historias, b) El Marino: aquel que viene de muy lejos y en sus largos viajes a escuchado, en boca de muchos, historias y tradiciones de todo el mundo que posteriormente replicará.

Ahora bien, el arte de narrar es producto de un personaje -el narrador- una figura que en principio “toma lo que narra de la experiencia; la suya o la referida; y la convierte a su vez en experiencia de aquellos que escuchan su historia” (Benjamín, 2008, p. 65), estableciendo de tal forma, un proceso de trasmisión de lo narrado a través de la oralidad.

Otra postura, respecto al acto u oficio de narrar, nos ofrece el filósofo francés Paul Ricoeur, quien deja ver en sus largas y espesas líneas, que la narración es un producto del lenguaje y, que el lenguaje es un sistema complejo de relaciones y comunicaciones que solo es posible, gracias al uso de símbolos comunes propios de una cultura y unas prácticas sociales, colectivas establecidas bajo acuerdos comunes. (Ricoeur, 2004, pp. 115-137). La narración se presenta en Paul Ricoeur como estrategia comunicativa fiel a la cultura y el lenguaje, ya sea oral, escrito, histórico o de ficción y presenta en su interior -estructura- un círculo de tres estadios entendidos bajo el nombre de -Triple Mímesis- (Ricoeur, 2004, pp. 113-139) entre el proceso de creación literaria, su configuración, interpretación, el autor, el texto y el lector. Los tres momentos de la mímesis se describen, en la obra de Ricoeur, de la siguiente manera: tres momentos:

8 De acuerdo a lo descrito por Benjamín, los modos arcaicos de la narración dan origen, o mutan, hasta un modo urbano. Aquel modo urbano se encara en oficio del artesano, un hombre que es capaz de encarar en un solo ser el acto de narrar del campesino y del marinero (Benjamín, 2008, p. 60). Por otro lado, Benjamín advierte (el fin de la narración).

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Primera Mímesis: Existe una precomprensión o preconfiguración entre el autor (narrador) y lo que vive en el mundo, dicha preconfiguración es lo que el narrador plasma en lo que hace o dice, cabe aclarar que toda configuración es producto de la semiótica de la imitación de las ideas humanas, en ese sentido, la riqueza de la primera mímesis está en el “imitar o representar la acción […] comprender previamente en qué consiste el obrar humano” (Ricoeur, 2004, p. 129), es decir, su obrar en un sistema cultural.

Segunda Mímesis: Se establece como una fase entre el “antes” y el “después” de una narración, en un sentido amplio, se empodera como mediación que permite la comprensión de cómo y porqué, “comprender la historia es comprender cómo y por qué los sucesivos episodios han llevado a esta conclusión, la cual, lejos de ser previsible, debe ser, en último análisis, aceptable, como congruente con los episodios reunidos” (Ricoeur, 2004, pp. 132). En resumidas cuentas, es la configuración de la obra o narración ya dicha, pronunciada o (re)escuchada, es una intención de imitación del mundo, pues simplemente es una copia editada de este: la obra o narración es una ficción.9

Tercera Mímesis: Es la reconfiguración, en esta fase el lector o el oyente se apropian del relato y lo pasan por cada una de sus interpretaciones, que están puestas en sistema cultural específico, Ricoeur la define como la “intersección del mundo del texto y del mundo del oyente o del lector: intersección, pues, del mundo configurado por el poema y del mundo en el que la acción efectiva se despliega y despliega su temporalidad específica.” (Ricoeur, 2004, p. 140)

La narración se empodera, entonces, como una categoría de análisis, pues está transversalmente en el ejercicio de configurar el mundo a través de lo que vemos, decimos, oímos e interpretamos. Por la narración podemos obtener un proceso que permite identificarnos o ser conscientes de un sistema cultural y lingüístico que nos permea, nos construye y edifica.

6.3 Víctima

49 El concepto de víctima puede ser percibido y/o reconocido como una condición personal o colectiva, que hace parte de un capital social, cultural, económico o político (Guglielmucci, 2016, p. 86) disputado en diversas situaciones sociales generalmente violentas o conflictivas. En materia de Derecho Internacional, es posible encontrar un acercamiento al concepto de víctima en la Resolución 40/34 de 1985 de la Organización de Naciones Unidas, donde reconocen que:

Se entenderá por "víctimas" las personas que, individual o colectivamente, hayan sufrido daños, inclusive lesiones físicas o mentales, sufrimiento emocional, pérdida financiera o menoscabo sustancial de los derechos fundamentales, como consecuencia de acciones u omisiones que violen la legislación penal vigente en los Estados Miembros, incluida la que proscribe el abuso de poder. (Onu, 1985)

La concepción es reforzada y profundizada en la Resolución 2005/35 de 2005, donde se enuncia que en la expresión “víctima” se incluyen, de acuerdo a cada caso particular, a los familiares o personas a cargo que tengan relación inmediata con la víctima directa y las personas que por influencia directa en la atención a la víctima hayan recibido, o puedan recibir algún daño (Onu, 2005). Además, es posible encontrar otro acercamiento al concepto en la Resolución 47/133 de 1992, donde se identifica a la víctima como aquella persona que es sustraída de la protección de la ley y de su familia y es sometida a graves y diversos sufrimientos, constituyendo así, una violación de las normas del derecho internacional que le garantizan a todo ser humano el reconocimiento de los derechos fundamentales.

En materia nacional, el gobierno emitió la Ley 1448 de 2011 en la que se dictan disposiciones en torno al reconocimiento de las víctimas, la reparación integral y la restitución de tierras. La Ley, en el artículo 3 considera qué:

Para los efectos de esta ley, aquellas personas que individual o colectivamente hayan sufrido un daño por hechos ocurridos a partir del 1º de enero de 198510, como consecuencia de infracciones al Derecho Internacional Humanitario o de violaciones graves y manifiestas

10 Sentencia C-250 de 2012 sobre la fecha

50 a las normas internacionales de Derechos Humanos, ocurridas con ocasión del conflicto armado interno. (Congreso de la República, 2011)

La Ley 1448, reconoce también como víctimas al cónyuge, compañero o compañera permanente, parejas del mismo sexo y familiares de primer grado de la persona que ha sufrido hechos victimizantes y que el hecho le hubiese causado la muerte o desaparición. En el caso en que no existan miembros de primer grado, se reconocerán los de segundo grado de consanguinidad, además, en su parágrafo reconoce que:

La definición de víctima contemplada en el presente artículo, en ningún caso podrá interpretarse o presumir reconocimiento alguno de carácter político sobre los grupos terroristas y/o armados ilegales, que hayan ocasionado el daño al que se refiere como hecho victimizante la presente ley, en el marco del Derecho Internacional Humanitario y de los Derechos Humanos, de manera particular de lo establecido por el artículo tercero (3º) común a los Convenios de Ginebra de 1949. El ejercicio de las competencias y funciones que le corresponden en virtud de la Constitución, la ley y los reglamentos a las Fuerzas Armadas de combatir otros actores criminales, no se afectará en absoluto por las disposiciones contenidas en la presente ley. (Congreso de la República, 2011).

En conclusión, es posible aseverar que el concepto de víctima no posee -en su interior- un contenido esencial unívoco, su noción siempre puede ser variable y dependerá de las condiciones sociales y políticas con que se defina, inscriba o identifique. “En este transcurso de identificación y reconocimiento de alguien como víctima (lo que aquí es entendido como parte de un proceso de victimización) intervienen diferentes actores que marcan su uso socialmente legítimo o los criterios legales de adscripción” (Guglielmucci, 2016, p. 90).

Por último, el Centro Nacional de Memoria Histórica entiende el concepto de víctima con una connotación más allá del marco jurídico, y reconoce al sujeto violentado como un rostro y un cuerpo lacerado que devela la crueldad -física y psicológica- de los perpetradores (Grupo de Memoria Histórica, 2013, p. 25-26).

51 Comúnmente, se concibe como victimario a aquella persona que le inflige un daño o perjuicio a otra en un momento determinado (quien pasa a ser, por oposición, la víctima de la acción). Si bien este término puede ser usado para referirse a cualquier persona responsable de cometer un delito, en la actualidad está relacionado con el concepto de conflicto armado o confrontación bélica. En ese sentido, para Báquiro (2010, p. 182)), un victimario es un sujeto que en el momento del acto no da cuenta de derechos, desconoce la humanidad del otro, impone su ideal mortífero, altera el lazo social y, por tanto, profana los ideales existenciales de una familia o de una comunidad, sin mayores remordimientos.

6.5 Violencia estructural:

La violencia estructural ha sido abordada desde diversos componentes teóricos, que intentan construir un concepto holístico y que abarque todos los aspectos sociales y sistemáticos de la misma, en ese sentido, es posible encontrar un concepto básico de violencia estructural en la teoría del sociólogo Johan Galtung (1981, 2003, 2016), quien describe que dicha forma de violencia es el resultado de sistemas políticos, económicos y sociales inadecuados en el mundo (pp. 91-106). Los teóricos afirman que la violencia estructural es el tipo de violencia que más afecta el desarrollo pleno de una sociedad, pues, sí se mira en perspectiva es una violencia invisible que:

[…] tiene como causa los procesos de estructuración social (desde los que se producen a escala de sistema-mundo, hasta los que se producen en el interior de las familias o en las interacciones interindividuales) y no necesita de ninguna forma de violencia directa para que tenga efectos negativos sobre las oportunidades de supervivencia, bienestar, identidad y/o libertad de las personas (Galtung, 2003, p. 50).

La acción de la violencia silenciosa, o indirecta, se deja ver en momentos o espacios de economías desiguales, injusticias, diversas formas de exclusión, pobreza (extrema), represión, opresión y alienación, El español Francisco Jiménez, resumen la violencia estructural en dos sentidos “la pobreza condicionada estructuralmente (cuando no estuviera garantizado el acceso a bienes como alimentos, agua, vestido, vivienda, medicamentos y escolaridad) […] y la represión política (cuando se vulneren derechos como los relativos a la libertad de expresión, de reunión, de movimiento, de protección jurídica, de

52 movilización, de formación de la conciencia, al trabajo” (Jiménez Bautista, 2012, p. 34). La violencia estructural estampa marcas no sólo en el cuerpo, sino también en la mente y hasta en el espíritu, pues la coacción del libre desarrollo, de la libertad de expresión, de la posibilidad de acceder a derechos humanos fundamentales o servicios básicos para garantizar la vida.

6.6 Violencia cultural

La violencia cultural se entiende como todo acto o acción violenta que se ejecute o legitime desde un sistema cultural convencionalmente creado, pero hegemonizado, así pues, es posible encontrar en estructuras monoculturales o multiculturales ideas, normas, valores, tradiciones que agreden, violentan o traspasan los límites, afectando a unos - oprimidos- y beneficiando a otros -opresores- (Jiménez Bautista, 2012, pp. 36-38).

En ese sentido, aludir a la violencia cultural es hacer referencia explícita a aquellos aspectos de la cultura -esfera simbólica de nuestra existencia- que pueden ser utilizados para justiciar o legitimar desde diversos puntos la violencia directa o la violencia estructural. Galtung (2016), específica que es posible ejercer violencia cultural desde aspectos de la cultura como “las estrellas, las cruces y las medias lunas; las banderas, los himnos y los desfiles militares; el retrato omnipresente del líder; los discursos inflamatorios y los carteles incendiarios” (Galtung, 2016, p. 149-150).

La violencia cultural podría entenderse como una especie de “superestructura” de los sistemas violentos y opresores, pues es faro guía para estructurar -desde el poder- las conductas, prácticas, acciones y lenguajes que pueden o no ser válidos para una colectividad, por ejemplo:

[…]ciertos discursos sociales y políticos se convierten en justificadores de formas de explotación o marginación; la palabrería y la propaganda alienadora; la manipulación sesgada e intencional de las ideas para perpetrar con éxito el adoctrinamiento generalizado; la información deforme de los mass media; algunas costumbres, ritos y actos institucionales que pueden contribuir a difundir directamente la “utilidad” de la violencia; las propuestas que incluyen discriminaciones por razones de creencias, religión, sexo, color de la piel u otras diferencias físicas.” (Jiménez Bautista, 2012, p. 45)

53 Coincidentemente, la violencia cultural puede gestar la violencia directa y la estructural e incluso hacer que se perciban como cargadas de razón y sentido claro en un contexto determinado, pues encarna un sistema que es capaz -a través de las prácticas y del discurso- de cambiar el esquema o la escala moral, pasando del incorrecto al correcto-aceptable, o viceversa.

[…] un ejemplo podría ser asesinato por la patria, correcto; y en beneficio propio, incorrecto. Otra forma es presentar la realidad con caracteres difusos, de modo que no pueda percibirse la realidad del acto o hecho violento, o al menos que no se perciba como violento. (Galtung, 2016, p. 152).

Dentro de la “superestructura” de la violencia cultural, es posible encontrar la violencia simbólica, como una expresión simbólica de la imposición de la violencia estructural, es decir, como una coacción de la producción de signos, del lenguaje que designa mecanismo de imposición y jerarquización del poder y que derivan de allí relaciones sociales asimétricas.

La violencia simbólica, fue estudiada a profundidad por el sociólogo francés, Pierre Bordieu (1999, 2005), quien la define como una sumisión no consciente de las prácticas al “poder simbólico”, apoyadas por unas exceptivas colectivas que han sido elaboradas desde un sistema de creencias socialmente inculcadas. El “Poder Simbólico” es posible entenderlo como la capacidad de determinar socialmente el valor de las representaciones simbólicas sociales (económicas, políticas y/o culturales) (Jiménez Bautista, 2012). De acuerdo a lo conceptualizado por Bordieu (2005), la estructura de la violencia simbólica -y que a consideración de los investigadores es una derivación de la violencia cultural- determinar, por aquellas expectativas del “poder simbólico” qué actos son valiosos o deshonrosos para

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