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LA MASACRE DE LOS LAMBAYEQUE

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EL FILKA O DUEÑO DE INDIOS (Lectura)

LA MASACRE DE LOS LAMBAYEQUE

Una vez dueño de la fortaleza de Sinto, Francisco Pizarro decidió informarse en forma completa de cuanto ocurría en el enorme y rico valle de Collique, nombre este que comúnmente se daba a toda la región.

El mismo día de su llegada -4 de noviembre 1532- invitó al Kuraka principal del valle, a fin de lograr un conocimiento más preciso de las muchas rencillas aborígenes locales y sobre la marcha de la guerra civil entre Ataowallpa y Waskar Inka.

Más que nada le interesaría conocer la verdad sobre lo oído en torno a la masacre que Ataowallpa realizó entre los lambayeque, poco tiempo atrás, a raíz de la guerra civil. Francisco de Jerez cuenta que su jefe Pizarro

"mandó' llamar a un cacique, del cual supo que Ataowallpa estaba delante de Caxamalca, en Guamachuco, con mucha gente de guerra, que sería cincuenta mil hombres; como el Gobernador oyó tanto número de gente, creyendo que erraba el cacique en la cuenta, informóse de su manera de contar, y supo que cuentan de uno hasta diez, y de diez hasta ciento; y de diez cientos hacen mil, y cinco dieces de millares era la gente que Ataowallpa tenía".

"Este cacique de quien el gobernador se informó es el principal de los de aquel río; el cual dijo que el tiempo que vino Ataowallpa por aquella tierra, él se había escondido por temor; y como no lo halló en sus pueblos, de cinco mil indios que tenía, le mató los cuatro mil, y le tomó seiscientas mujeres Y seiscientos muchachos para repartir entre su gente de guerra; e dijo que el cacique señor de aquel pueblo y fortaleza donde

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estaba se llama Sinto, y estaba con Ataowallpa".

El Gobernador Pizarro otra vez debió alegrarse en sumo grado, puesto que los kurakas lambayecanos del valle continuaban divididos, combatiendo en distintos bandos, en el tráfago de la guerra civil Inka. Los caciques lambayeque, al igual que los de otras zonas, estaban escindidos en luchas intestinas, anarquizados en contiendas internas que convenía azuzar. Algunos, seguramente yana-caciques, es decir recién nombrados, hasta eran partidarios de Ataowallpa, lo cual confundía más a todos los nativos, especialmente a los pequeños kurakas y a los plebeyos.

Tras escuchar la versión del Kuraka lambayeque de Sinto, Francisco Pizarro pensó - probablemente- en adoptar mayores medidas de seguridad, fortaleciendo su alianza con los diversos kurakazgos yungas que venían a ofrecer pleitesía o adhesión, según los juzgasen dioses Viracochas u hombres poderosos. Las cosas en general se le presentaban muy bien. LA DECISIÓN

En Sinto Pizarro debió tomar una decisión fundamental. Podía continuar a lo largo del litoral rumbo a la Chincha del sur tan mentada por su esplendor, o adentrarse en las cordilleras donde acampaba Ataowallpa en un lugar todavía lejano.

La marcha hacia el sur ofrecía la ventaja de consolidar los límites de su Gobernación bastante borrosos. Entrar a los Andes significaba un alto riesgo pero también la posibilidad de acabar con el enemigo principal. Para esta segunda opción contaba con el respaldo u aliento de todos los príncipes yungas costeños sublevados contra los inkas del norte y del sur, especialmente contra los de Tumebamba, con cuya rama semi-cusqueña se había identificado Ataowallpa en su rebelión contra Waskar.

Pizarro tomó la decisión de subir a las cordilleras, gesto verdaderamente audaz, al punto de resultar casi inexplicable. Muy probablemente, no creía en las versiones sobre el enorme poderío bélico de los inkas; pero sobre todo le inspiraba confianza el hecho de que arcos y flechas eran de poco uso en "el Pirú". En efecto, por inexistencia de madera flexible era imposible fabricar arcos, lo cual solo resultaba factible en las zonas tropicales periféricas. Y las flechas constituían las únicas armas que los españoles temían en América.

Pero más lo alentaría conocer que aunque muy fuerte en apariencia, Ataowallpa se hallaba rodeado de enemigos: por el oeste Lampayecs y Chimúes; al este Chachapoyas; al norte Pacamoros; al sur Huamachucos y Conchucos. En la propia Cajamarca, se le oponían los Cusimancus y Cuismancus

En Sinto, asimismo, se informaría de que en ese lugar ¿desapareció? uno de sus compañeros de 1528 en la empresa del descubrimiento de las tierras del Perú, el marinero Bocanegra. Ese español se había quedado osadamente en la costa a fin de aprender alguno de los idiomas que se hablaban, para poder servir de intérprete cuando Pizarro retornase, lo cual demoró casi cuatro años, mucho más de lo previsto.

126 EL EMBAJADOR TALLÁN

Para tan delicada misión ante la Corte de Ataowallpa Francisco Pizarro pensó en el cacique tallán Huaccha Pfuru, quien tan excelentes servicios le venía prestando desde hacía meses: "Reposó el Gobemador y su gente cuatro días; y un día antes que se hubiese de partir habló con un indio principal de la provincia de San Miguel, y le dijo si se atrevía a ir a Cajamarca por espía y traer aviso de lo que viese en la tierra.

El indio respondió: "No osaré ir por espía; mas iré por tu mensajero a hablar con Ataowallpa, y sabré si hay gente de guerra en la sierra, y el propósito que tiene Ataowallpa".

"El Gobernador le dijo que fuese como quisiese; y que si en la sierra hubiese gente, como allí había sabido, que le enviase aviso con un indio de los que allí llevaba, y que hablase con Ataowallpa y su gente, y que le dijese el buen tratamiento que él y los cristianos hacen a los caciques de paz y que no hacen guerra si no a los que se ponen en ella; y que de todo les dijese verdad según lo que había visto; y que si Ataowallpa quisiese ser bueno, que él sería su amigo y hermano, y le favorecía y ayudaría en su guerra. Con esta embajada se partió aquel indio".

Entre tanto, los Pizarro fueron aprestando la salida de Sinto rumbo al interior. La región a todos parecía buena: había "muchos pueblos grandes y señalados de muchas florestas y arboledas, donde se vieron innumerables gentes y templos del sol".

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