• No se han encontrado resultados

Masculino sin hombre y femenino sin mujer

2. El hombre universal

2.2 Masculino sin hombre y femenino sin mujer

En el acápite anterior hemos hecho referencia a los riesgos que implica proclamar una literatura femenina diferente a una literatura masculina, mientras el sujeto masculino siga resguardándose bajo la forma de lo universal. Frente a este impase existe una creciente voluntad en la crítica literaria feminista por desligar el género del sexo y proclamar lo femenino y lo masculino sin que exista una identificación con la mujer y el hombre. De tal manera que una escritura femenina no estaría dada necesariamente por mujeres ni una escritura masculina necesariamente por hombres.

Esta propuesta, que parte de los planteamientos de Julia Kristeva, asume la particularidad de la mujer antes que en su condición genérica en su marginalidad, por lo cual estaría emparentada con otros grupos marginados de la sociedad. Sin embargo, al ser de todos modos la diferencia sexual un elemento que atraviesa todos los otros tipos de marginaciones, la posición hegemónica, estable, ordenadora, será llamada masculina y la crítica, desestabilizadora, cambiante por tanto femenina; desligando estos conceptos de los cuerpos biológicos que históricamente los representan (hombre y mujer).

“Desligar ambas construcciones del realismo naturalista del cuerpo originario, permite darles movilidad de signos a lo masculino y a lo femenino; signos que se desplazan y se transforman según las dinámicas de subjetividad que cada proceso simbólico-sexual va formulando en respuesta a los llamados del modelo social de identidad dominante. Tal como "ser mujer" no garantiza por naturaleza el ejercicio crítico de una feminidad necesariamente cuestionadora de la masculinidad hegemónica (ni de sus parámetros culturales dominantes), "ser hombre" no condena al sujeto autor a ser fatalmente partidario de las codificaciones de poder de la cultura oficial ni a reproducir automáticamente sus

mecanismos, por mucho que la organización patriarcal busque convencerlo de sus beneficios” (Richard 133-134).

¿Cómo se definiría entonces esa escritura femenina y cómo esa escritura masculina separada de los seres biológicos? Partiendo de lo antes dicho, la escritura femenina, en la medida que es crítica de lo hegemónico, adquirirá las características opuestas a las dadas por el discurso ordenador. De tal modo que considerando ese discurso racional, contenido y preocupado de temas trascendentales, la escritura femenina resaltaría lo emocional, lo desbordante y se preocuparía de los temas más cotidianos. De modo que sea cuales fueran las cualidades de ese discurso hegemónico, sería denominado masculino, y a su contrario, femenino.

La concepción de lo masculino como racional frente a lo femenino como emocional ha sido asignada desde un lugar hegemónico. Por ello las cualidades de lo femenino: sensorial, pasional y cotidiano tiene una fuerte carga peyorativa. En un artículo de Marta Traba, ella distingue ciertos rasgos de la literatura escrita por mujeres, que no se encuentran en la literatura escrita por hombres, los cuales pueden enumerarse del siguiente modo:

a) Encadenan los hechos sin preocuparse por conducirlos a un nivel simbólico.

b) Se interesan por una explicación antes que interpretación del universo que esclarece para ellas mismas lo confuso (búsquedas personales).

c) Continua intromisión de la esfera de la realidad en el plano de la ficción. d) Se subraya el detalle, lo cual dificulta la construcción del símbolo.

e) Se establecen parentescos, "instintivos", con las estructuras propias de la oralidad.

Aunque en un primer momento Traba afirma que la mujer está en franca desventaja con el hombre, pues no escribe sobre la base de esas reglas universales (dadas por una literatura escrita por hombres); luego concluye invitando a que las mujeres no intenten escribir como los hombres sino que acepten escribir como mujeres. Es decir, asumiendo lo personal, intuitivo y explicativo. Pero lo que se evidencia en este artículo es que lo

sensorial, lo pasional, lo cotidiano, características con las que habíamos dotado a la escritura crítica de la mujer, resultan ser asumidas como desventajas y por lo tanto antes que cuestionar un orden establecido estarían reafirmando una estructura dada.

Nos parece por ello problemática esta opción teórica. En primer lugar, como hemos ya manifestado, por los riesgos de asumir la esencialidad del género que podría terminar convirtiéndose en una camisa de fuerza. Pues si se tratara de identidades separadas, ¿cómo podrían éstas reactualizarse de acuerdo a los cambios sociales y culturales de una época si les es ajeno el cuerpo que los representa? En segundo lugar, debido a que la misma literatura relativiza estas posiciones. ¿Qué sucedería ante autores que adoptan las características de la escritura femenina para trasmitir el modelo de mundo que constituye el punto de vista masculino dominante o viceversa, autores que adoptan las características de la escritura masculina para trasmitir un punto de vista marginal? El caso de Blanca Varela es un ejemplo claro que contradice las características establecidas por Traba para la literatura escrita por mujeres y que además echa por la borda las posibilidades prácticas de la separación de lo masculino y lo femenino de sus referentes sexuales.

El problema no radica en escribir femenina o masculinamente, si no en asumir la no universalidad ni neutralidad del discurso masculino, y por lo tanto entender como opciones literarias las dos posturas ahora establecidas. No hay que valorar a ciegas lo sensorial, ni proclamar como única escritura posible la racional, pues con ello conseguimos única y llanamente que en el coche de la buena literatura se cuelen cuantos puedan, sin razón de ser. Pero ¿cómo dejar de admirar la literatura contenida y racional por encima de la sensorial? ¿Cómo dar el justo valor a ambas? He ahí el mayor reto.

Pero tal vez nos encontramos en el camino correcto, si consideramos que se ha abierto un campo importante en la literatura por el protagonismo que ha adquirido lo personal y confesional en los textos contemporáneos, lo cual parecería un indicio de que ha dejado de imperar, al menos en una mínima medida, lo racional, contenido y trascendente como única norma. La mejor manera entonces de responder a la mentada pregunta de si se puede hablar de una escritura masculina distinta o no de una escritura femenina, sería

decir, en primer lugar que "es el sistema lo que hay que quebrantar, no unos cuantos términos que deben ser sustituidos" (Bennington y Derrida 59).