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Maximizar el placer

In document Adela Cortina El Quehacer-etico (página 67-70)

CAPÍTULO 4. LA EDUCACIÓN DEL HOMBRE Y EL CIUDADANO

3. Maximizar el placer

El placer es satisfacción sensible

Sin embargo, la tendencia a la felicidad, entendida como autorrealización (eudaimonía), puede interpretarse también como tendencia al placer, y entonces -como dijimos- entramos en una tradición hedonista.

Todos los hombres tendemos a la felicidad y nadie puede negar que lo hace. Evidente- mente cualquiera, aunque sea tratando de servir a los marginados de la tierra, busca su felicidad. Pero no es lo mismo "felicidad" que "placer", porque la felicidad es un término para designar el logro de nuestras metas, la consecución de los fines que nos proponemos: ser feliz es alcanzar las metas que perseguimos. Por eso algunas corrientes filosóficas entienden la felicidad como "autorrealización", para distinguirla de quienes entienden por felicidad "obtención de placer", que es el caso de los hedonistas.

"Placer" significa, en buena ley, satisfacción sensible causada por el logro de una meta o por el ejercicio de una actividad.

Quien escucha una hermosa sinfonía o come un agradable manjar experimenta un placer; quien cuida a un leproso no siente placer alguno, pero puede muy bien ser feliz cuando forma parte importante de su proyecto de autorrealización la preocupación por los marginados. Saber disfrutar

Educar para que las personas no tienen la toalla en buscar su felicidad, entendida como autorrealización, es -como hemos comentado- imprescindible. Pero también lo es ayudar a desarrollar la capacidad de experimentar placer, porque tan injusto es con la realidad -tanto pierde pie en ella- quien la trata frívolamente como el que carece de la capacidad de disfrutar lo que en ella es sensiblemente valioso.

Entender la educación moral como preparación para el sacrificio es un error craso, absolutamente injusto con el ser del hombre y con el de la realidad, que debe ser, no sólo "fruida" en el sentido zubiriano, sino también disfrutada en el significado sensible del término.

Pero identificar felicidad y placer es, sin duda, también erróneo.

4. Ser autónomo

¿Nos interesa ser morales?

Supongamos por un momento que decimos de una situación que carece de sentido

moral, ¿a qué nos estamos refiriendo? Podemos referirnos a una de las siguientes

posibilidades:

1) Las personas están bajas de ánimo vital.

2) No se encuentran integradas en la comunidad en la que viven. 3) No saben cómo ser felices.

4) No saben disfrutar.

5) No tienen internalizada la convicción de que deben obedecer ciertos deberes que consideramos morales.

La verdad es que normalmente nos referimos a la última de estas posibilidades, y por eso solemos preguntarnos a continuación cómo encontrar la motivación oportuna para interesarles en la moralidad.

Sin embargo, plantear así la cuestión es entender que las normas morales vienen de fuera, cuando precisamente lo que les especifica frente a normas como las legales es que brotan del propio sujeto: las normas morales, como afirma explícitamente la tradición

kantiana, son las que un sujeto se daría a sí mismo, en tanto que persona. Es decir, son

aquellas normas que -a su juicio- cualquier persona debería seguir, si es que desea tener - como antes decíamos- "altura humana".

Esas normas, en principio, no indican qué hay que hacer para ser feliz, sino cómo hay

que querer obrar para ser justos con la propia humanidad. Pregunta que nos lleva más allá

del placer o bienestar individual, incluso más allá de una ciudadanía nacional o cosmopolita, aunque sea desde ellas desde donde es preciso hacerse la pregunta.

Más allá de la ciudadanía

En efecto, la expresión "esto es justo" no significa lo mismo que "esto me da placer", ni tampoco "esto nos da placer a una colectividad"90.

Pero tampoco pueden equipararse "esto es justo" y "esto es lo admitido por las normas de mi comunidad" (ciudadanía nacional), ni siquiera "esto es justo" y "esto sería lo admitido por

una comunidad cosmopolita" (ciudadanía cosmopolita). Porque cualquier comunidad de la que hablemos se concreta -y de ahí su ventaja- en unas normas para unos ciudadanos reconocidos como tales, que, por lo tanto, tienen unos derechos que deben ser respetados.

La ciudadanía, en su aspecto legal, es en definitiva el reconocimiento de unos derechos por parte de un poder político; de ahí las dificultades de la ciudadanía cosmopolita, dada la debilidad del derecho internacional. Sin embargo, precisamente el hecho de que la ciudadanía se concrete en comunidades, aunque incluyeran en su cosmopolitismo a las generaciones futuras, al reconocerles unos derechos, tiene el inconveniente de no poder plantearse para cualquier ser racional en general.

El punto de vista moral

La expresión "esto es justo" se refiere a lo que tendría por juto cualquier ser racional. Por eso, como ha mostrado Lorenz Kohlberg, la formulación de juicios sobre la justicia supone un desarrollo y un aprendizaje que se produce a través de tres niveles:

1) El preconvencional, en que el individuo juzga acerca de lo justo desde su interés egoísta.

2) El convencional, en el que considera justo lo aceptado por las reglas de su comunidad.

3) El postconvencional, en el que distingue principios universalistas de normas convencionales, de modo que juzga acerca de lo justo o lo injusto "poniéndose en el lugar de cualquier otro".

Esta necesidad de "ponerse en el lugar de cualquier otro" para poder determinar qué es lo justo es lo que se ha llamado la necesidad de asumir el "punto de vista moral". Cuando juzgamos desde la perspectiva de cada uno de nosotros somos inevitablemente parciales ("arrimamos el ascua a nuestra sardina") y además introducimos en el juicio nuestros gustos personales, es decir, somos subjetivos. Lograr la imparcialidad y la objetividad sólo es posible poniéndose en el lugar de cualquier otro: asumiendo el punto de vista moral.

Las razones éticas que las tradiciones universalistas han aducido para no tener por justo sino lo que se decide desde el punto de vista moral son diversas:

- Según Kant, que cualquier hombre es un fin en sí mismo que no puede ser tratado

como un simple medio sin que renuncie a su humanidad quien así lo trata91.

91 I. Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres, cap. II. Para la fundamentación de la ética kantiana en la autonomía como libertad raciuonal ver J. Conill en El enigma del animal fantástico, Madrid, Tecnos, 1991.

- Desde el punto de vista de Rawls, prolongando la tradición kantiana, que la idea de imparcialidad expresa el sentido de la justicia propio de las sociedades occidentales con democracia liberal.

Tanto desde la perspectiva de Kant como desde la de Rawls,

ponerse en el lugar del marroquí a la hora de juzgar si es justo devolver al mar las pateras, ponerse en el sitio del dominicano para saber si es justo o no que los emigrantes tengan un puesto de trabajo, es un saludable ejercicio. Por nuestra cuenta podemos decir que practicarlo en la educación, por medio de técnicas como el "role-playing" o la resolución de dilemas morales, es indispensable.

In document Adela Cortina El Quehacer-etico (página 67-70)